La coleccionista de insectos Capítulo 13
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Capítulo 13

La palanca

Al día siguiente, temprano por la mañana, dos hombres a los que la inspectora Durban no conocía revisaban las bolsas de la redada. Habían apartado una docena de teléfonos móviles y varios ordenadores portátiles y ahora contaban fajos de billetes con una máquina, mientras apuntaban el resultado.

Ninguno levantó la vista cuando entró. El más joven deslizó una hoja sobre la mesa de manera casi distraída.

—Esto puede quedarse, el resto nos lo llevamos —murmuró.

La inspectora chasqueó la lengua. Se llevaban todo lo que podría dar alguna pista.

Los interrogatorios a los detenidos tampoco iban mucho mejor.

El hombre del salón seguía sin abrir la boca y el de los tatuajes, al que Iska había neutralizado, tenía un brazo roto y varios hematomas.

Ahora juraba que los demandaría por brutalidad policial.

En el fondo, no había sido una victoria.

A esas alturas, el que se escapó por la ventana habría llamado a sus jefes.

La casa que ocupaban como piso franco no era ya más que cuatro paredes que habrían dado por perdidas y estaba casi segura de que incluso el dinero que habían incautado no les importaba tanto.

A cambio, Leask se había enterado de que la policía iba a por él. Eso sí era una victoria.

En el pasillo, varios agentes jóvenes hablaban junto a la máquina de café.

—Te lo juro, fue como en una peli. Ni siquiera la vi moverse. La tipa esa de los escarabajos le rompió el brazo sin esfuerzo y si no la paran le remata en el suelo —les aseguró uno de ellos, haciendo un gesto exagerado con las manos.

—Estabas cagado, por eso no la viste moverse —replicó otro que no había estado en la redada.

Se rieron todos y Durban pasó de largo sin decir nada. Pensó que era mejor así. Mientras lo contaran riéndose, pensarían que era tan solo una exageración.

Subió a ver a Sinclair de todas formas. Tenía que intentarlo.

Sinclair la recibió de pie, con la chaqueta ya puesta. Mala señal, porque eso significaba que la conversación iba a durar muy poco.

—Te lo dije hace días —gruñó su superior al verla—.

El caso ya no es nuestro. Desde anoche, menos todavía, y reza para que no tengamos serios problemas.

Si los de arriba se enteran de que has llevado a esa refugiada de los escarabajos a una redada, ya puedes dar por terminada tu carrera en la policía.

Durban no protestó, el dinero que pagaba la pensión de Iska salía de una partida que Sinclair firmaba sin mirar.

Pero tampoco quería abandonar el caso, así que pasó el resto del día haciendo el trabajo que aún le dejaban hacer, que cada vez era menos. Casi a la hora de comer, Iska se presentó para la firma diaria y la inspectora aprovechó para tener una pequeña charla con ella y con Tait.

Esta última se plantó con dos cafés y una Coca-Cola. Iska había descubierto esa bebida y estaba fascinada con ella.

—Con lo tranquila que estaba yo de adorno en esta comisaría —dijo Tait, repartiendo las bebidas.

Iska no preguntó qué era un adorno ni para qué servía. Sirvió su Coca-Cola en un vaso y se quedó ensimismada mirando cómo subía la espuma. A Durban se le escapó una pequeña sonrisa.

Continuaban en un punto muerto: el dinero de la primera víctima se rastreaba siempre hasta una cuenta opaca en un paraíso fiscal. Por la vía legal eso eran al menos seis meses y seguramente pedir un favor que nadie iba a hacerles.

—Pero hay algo nuevo —dijo Tait, señalando con el dedo índice hacia uno de los papeles—. El dinero que estaba parado ahí fuera ha empezado a moverse, y una parte regresa aquí.

—¿Tu contacto puede ver qué se mueve dentro de una sociedad de las Islas Vírgenes? —preguntó sorprendida Durban.

—No, lo que ocurre ahí no lo ve nadie. Lo que ve es lo que aterriza a este lado desde esas cuentas, porque las tienen controladas. Son pagos pequeños a proveedores locales. Alojamiento. Coches. Gente contratada por unos días. Es como si esperasen recibir a alguien importante.

Durban entendió de inmediato y un escalofrío recorrió su espalda. La teoría de Iska de que alguien pagaba para ver una demostración empezaba a cobrar forma y más arriba también lo habían visto, por eso se habían apoderado del caso.

Sabía lo que venían a ver. Porque matar lo podía hacer cualquiera.

Lo difícil era hacerlo en el sitio más vigilado del país, y que no quedase forma de demostrar quién había sido ni por qué.

Ni tampoco pillar a quien lo había hecho.

Gente poderosa y sin escrúpulos. Alguien estaba dispuesto a demostrarles que podía aceptar los encargos más difíciles sin dejar rastro. Y eso valía mucho dinero.

—Si pedimos una orden para investigar esos pagos se entera el MI5 —masculló entre dientes.

—Y te recuerdo que estamos fuera del caso —añadió Tait.

Iska permaneció inusualmente callada. Nunca hablaba mucho, pero no había dicho nada. En un momento determinado, se terminó su Coca-Cola, se dirigió hacia la puerta y se marchó. Así, sin más. Dejando a las dos policías prácticamente con la palabra en la boca.

Durban la siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo.

Atribuyó su comportamiento a que la noche anterior, en la redada, dos agentes la habían sujetado mientras estaba a punto de matar a un hombre.

O quizá a la situación en su coche al despedirse.

No le dio más importancia, pero la silla vacía la hacía sentirse extraña.

***

Lo que Durban no le contaba ni a Tait ni a nadie era que prácticamente cada noche, se sentaba delante del ordenador y entraba en la base de datos nacional para comprobar un registro que se sabía de memoria.

Siempre se repetía a sí misma que sería la última vez, pero no podía evitarlo, porque las noches que no lo hacía dormía peor.

No lo tocaba. Solo comprobaba que seguía igual que lo había dejado. Una huella huérfana y sin nombre en un rincón de la base al que nadie llegaba si no sabía que estaba ahí.

Era la huella que no había podido borrar, la que le tomaron a Iska el primer día por puro trámite.

Lo único que pudo hacer fue cortar el hilo que unía esa huella al nombre de Iska Harrak, pero el registro se quedó en la base de datos nacional, anónimo, solo un dato suelto que no señalaba a nadie. Durante semanas nadie tiró de ese hilo.

Esa noche había una línea nueva en la pantalla; una consulta reciente, hecha desde fuera de la policía. Alguien había metido unas huellas en el sistema y había preguntado de quién eran. Y el sistema devolvió el registro sin nombre que ella había enterrado.

Así que alguien había estado lo bastante cerca de Iska como para llevarse las huellas. De un vaso, de una puerta, de cualquier cosa que hubiese tocado sin pensar.

Quien lo había hecho no se había tropezado con el registro por casualidad. Sabía que existía y había ido directamente a por él.

Se recostó en la silla. El reloj de la pared pasaba de la medianoche y el edificio se había quedado en silencio.

Trató de aplicar el método de siempre: racionalizar las cosas, imaginarse lo peor que podía pasar y calcular las probabilidades.

Y comenzó a entenderlo. Lo que de verdad protegía a Iska no era nada que ella hubiese firmado.

Lo único que la había protegido desde el principio era que nadie se creía nada de lo que decía.

La huella no coincidía con ningún ser humano, de modo que pasaba por una avería de la máquina.

Lo mismo ocurría con los termómetros o con su densidad ósea.

Incluso lo que ella contaba sonaba más a delirio que a verdad.

Una refugiada de un país que no existía, llegada a este mundo por algún tipo de explosión, que hablaba de clanes y de ejecutores.

Y luego estaba lo de la redada; desarmar a un hombre más rápido de lo que los ojos alcanzaban a ver.

Esa historia ya corría por los pasillos convertida en una especie de chiste, pero Durban había estado allí y aquello estaba muy lejos de ser un chiste.

Era lo más letal que había visto jamás. Una mujer acostumbrada a matar con sus propias manos.

La incredulidad era su coartada: la mejor y al mismo tiempo la más frágil que podía tener. Un sistema entero decidiendo que todo lo relacionado con ella era imposible y que, por tanto, no era cierto.

Y, de pronto, se le heló la sangre, porque se dio cuenta de que ella sí había empezado a creérselo.

Había intentado ignorarlo a pesar de que había visto la huella, los termómetros o a Iska partirle el brazo a un hombre enorme sin apenas esfuerzo.

Había dejado atrás el punto de “esta mujer está medio loca” y ahora estaba cerca de “¿y si es verdad?”