La coleccionista de insectos Capítulo 12
50%

Capítulo 12

Tomo nota

La inspectora la había llevado para que mirase la casa antes de asaltarla. Esa parte, Iska la entendía. Al fin y al cabo, antes de ejecutora había sido exploradora.

El resto, no lo comprendía.

Durban la recogió al caer la tarde y, antes de arrancar la máquina de metal, le dijo dos cosas.

La primera, que aquella noche no estaba allí de manera oficial, y que cuanto menos la viesen los hombres nuevos, mejor para las dos.

La segunda, que no se bajase de la máquina de metal por ningún motivo.

Iska aceptó la primera sin dudar. Sobre la segunda no dijo nada.

En su mundo era una forma bastante honrada de no aceptar una condición.

Aparcaron una calle más arriba y el objetivo era una casa estrecha de ladrillo, aparentemente igual que todas las demás pegadas a ella. Mientras los guerreros se preparaban, Iska estudió el terreno.

Lo primero de todo fue contar las salidas, porque eso siempre se hace así.

Tres bocas; una delante y dos atrás. En Zaldrakor, una posición con tres bocas se tomaba tapando primero las dos de atrás en silencio y, a continuación, haciendo mucho ruido y fuego por la de delante.

De ese modo, los enemigos correrían asustados hacia las espadas que les esperaban en la oscuridad.

Era de las primeras cosas que aprendía un niño.

Los guerreros de la ley no hacían nada de eso.

Se pusieron unos chalecos rígidos sobre el pecho que dejaban la garganta al aire, como una provocación al enemigo.

Comprobaban sus aparatos una vez, y otra, y otra más.

Uno masticaba algo con la boca abierta. Otro, muy joven, no paraba de mover la pierna.

Todos esperaban una señal, como si el enemigo de dentro de la casa fuese a tener la cortesía de no moverse mientras ellos esperaban.

Iska había visto morir a muchos hombres esperando demasiado.

Bajó la ventanilla un poco.

—Tendrías que poner a varios de tus guerreros en el callejón antes de tocar esa puerta —dijo lo bastante alto para que la inspectora la escuchase—.

Y a alguien en el tejado de enfrente, un buen arquero.

Si entráis solo por delante, se escaparán por atrás.

Por delante se enciende un fuego y se hace ruido, por detrás se les da caza.

Durban se acercó a la máquina con disimulo.

—Aquí no se hace de ese modo —dijo en voz baja—. Primero debemos esperar a que llegue una autorización que aún no ha llegado.

Iska estaba a punto de responder que eso era una estupidez cuando alguien llamó a la inspectora.

Llevaba días observando. Habían puesto a alguien sin experiencia por encima de Durban, una mujer a la que ella obedecía sin discutir.

En Zaldrakor, un jefe debe demostrar su valía en combate para ganarse el respeto de los demás.

La señal tardó en llegar tanto que Iska pensó que podría entrar allí ella sola y tomar la posición si le daban una buena espada. A continuación, vino de golpe y los guerreros se acercaron a la puerta, avisando al enemigo de que estaban allí, lo cual le pareció realmente absurdo.

—¡Policía, abran la puerta! —gritaron.

Desde el coche escuchó los gritos, una puerta que se venía abajo y una pelea que se ganaba por superioridad numérica, no con táctica o estrategia.

Decidió que volvía a ser asunto suyo cuando un hombre delgado se les escapó por la ventana. Se descolgó al patio de atrás, lo cruzó agachado y se perdió entre las casas mucho antes de que ninguno de los del chaleco se diese cuenta. Se movía bien, sabía lo que hacía.

Sin apenas pensarlo, Iska salió de la máquina de metal.

Llegó a la puerta trasera para cortar el paso al siguiente justo cuando uno de los hombres con chaleco gritaba “¡despejado!” desde dentro. Durban la vio, pero en vez de enviarla de nuevo a la máquina de metal, la dejó pasar.

—Ya que no me has hecho caso y estás aquí, pasa. No toques nada, pero mantén los ojos bien abiertos por si ves algo que se nos haya escapado —dijo en voz baja, apartándose para dejarla entrar.

Los guerreros llenaban bolsas con lo que encontraban por los rincones: pequeños rectángulos de luz apagados y varios fajos de esos papeles de colores que usaban como dinero.

También dos bolsitas con un polvo blanco.

Había un hombre esposado boca abajo en el suelo del salón, vigilado por dos agentes que no le quitaban ojo.

Iska observó las pequeñas cosas, las tazas y los platos sucios de la cocina y las prendas de ropa, detalles que te decían cuántas personas dormían allí.

En esa madriguera vivían cuatro, quizá cinco personas. Habían recogido deprisa: un cajón abierto, un hueco limpio en el polvo de una repisa donde antes había algo rectangular. A continuación, vio algo que no le gustó.

—Esta casa no está despejada —murmuró.

Nadie le hizo caso.

La puerta del fondo, la del cuarto de aseo, se abrió de golpe y de ella salió un hombre grande, con tatuajes que Iska pensó que debían de marcar su estatus en algún clan. El hombre cogió a Tait por el cuello, por sorpresa y le puso en la sien una de esas pequeñas armas que lanzaban truenos.

Iska sabía lo que esas armas le hacían a la carne. Lo había visto una noche, antes de la sangre del templo de piedra, y no hacía falta verlo dos veces para aprender que podían terminar con una vida más rápido que una espada.

Cruzó el pasillo y desvió el arma hacia el techo, se oyó un trueno, pero Iska estaba ocupada rompiéndole el brazo, lo siguiente fue su codo contra la garganta y estaba a punto de rematarlo en el suelo cuando dos hombres con chaleco la detuvieron.

Tait cayó de rodillas, tosiendo, con la marca roja del antebrazo cruzándole el cuello. El arma giró por el suelo hasta dar contra una pared y allí se detuvo.

Durante un instante largo, los guerreros de la ley la miraron. Luego se miraron unos a otros o a la inspectora Durban.

Iska recogió el arma del suelo y se la entregó a la inspectora por el lado que no mordía. Durban la cogió con cuidado. Estaba muy pálida.

***

Dentro de la comisaría, le dijeron que esperase sentada en un banco. Permaneció allí mucho tiempo, vio entrar y salir a una mujer mayor que parecía cansada, cruzó cuatro palabras con Durban y se marchó. Cuando por fin la inspectora vino a buscarla, traía la cara de haber discutido y haber perdido.

Era ya muy tarde cuando la llevaron de vuelta a la pensión.

—Has entrado en una casa que no estaba despejada —protestó la inspectora, sujetando con tanta fuerza el círculo que dirigía la máquina de metal que sus nudillos se pusieron blancos—. Te dije que te quedaras en el coche.

—Tus guerreros no saben asaltar un campamento. Tait casi muere —respondió sin más.

Durban soltó el aire despacio y no respondió. Luego se volvió en el asiento y le clavó la mirada. Iska estaba convencida de una cosa: la inspectora quería acortar la distancia entre ellas y besarla, pero, al mismo tiempo, no quería ser ella la que tomase esa decisión.

Iska también quería besarla. Ahí estaba el problema.

Sintió la necesidad de desnudarla allí mismo, en la máquina de metal; de colar las manos por debajo de aquella blusa y averiguar de una vez cómo era su cuerpo bajo la ropa de este mundo.

Pero la intimidad era abrir una puerta. Quien dejaba entrar a otra persona en su piel le entregaba mucha información.

No había llegado a vivir treinta inviernos abriendo puertas sin estar antes muy segura.

Se acercaron de todos modos. El cuerpo le iba hacia delante mientras la cabeza le repetía la regla. La inspectora cerró los ojos y abrió ligeramente los labios, su respiración se hizo más rápida e Iska sintió su aliento en la piel.

La máquina de metal escupió una voz metálica y eso la desconcertó. No sabía que esas máquinas supiesen hablar.

Se detuvieron a un palmo la una de la otra. La voz pedía a la inspectora un informe que alguien necesitaba. Durban aseguró que estaría a primera hora del día siguiente y la voz dejó de hablar.

—Es mejor que me vaya —dijo la inspectora. Su respiración seguía acelerada.

—Quería hacerlo —admitió, intentando acercarse a ella de nuevo.

—Vale, tomo nota —suspiró Durban, poniendo una mano en su pecho para detenerla antes de señalar la puerta.