La coleccionista de insectos Capítulo 11
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Capítulo 11

La doctora que calla

A las nueve y diez, la inspectora Durban recibió una notificación que anunciaba problemas. Muchos problemas. El asunto decía “Revisión: cadena de custodia, material forense, operación Mercat”.

Una denuncia anónima señalaba irregularidades en la custodia del material del caso Hartley y pedía una revisión externa.

El correo no la acusaba de nada, pero sugería un reexamen del material remitido por la forense.

Ella quedaba apartada de cualquier intervención en ese proceso al ser la oficial al mando de la investigación original.

Soltó el ratón y desvió la mirada a la ventana de su despacho. El cielo gris encapotado de esa mañana de agosto parecía un mal presagio.

Sabía de quién venía la denuncia, o al menos, lo sospechaba. A Tulloch le encantaban ese tipo de cosas.

Repasó lo que había hecho. El informe de Sandison reescrito.

Las imágenes del archivo local sustituidas.

La cadena de custodia retocada y la referencia desvinculada del expediente nacional.

Lo guardaba todo en el teléfono, y la copia en papel del original en la caja fuerte.

Un reexamen del material físico solo podía salir mal de una forma, que el segundo analista midiese de nuevo lo que ella había escondido.

La temperatura, la densidad ósea y las extrañas huellas.

Ni siquiera podía pedir estar presente en la sala. Cualquier interés por su parte sería poner la flecha que faltaba para señalarla.

Llamó a Sinclair de todos modos, solo para ver si averiguaba algo más.

—Lo he visto —anunció antes de que Durban pudiese preguntar—.

No es un problema mío, ni tuyo. Es simplemente una revisión externa.

Nos ha pasado cientos de veces. Gillian, en cualquier caso, te recuerdo que esta investigación dejó de ser nuestra hace tiempo.

Si esa mujer está remotamente relacionada con los atentados, más te vale que no te pille cerca.

—Solo quiero saber quién supervisa el reexamen, nada más —murmuró la inspectora.

—No. No, no te interesa saberlo, y yo no quiero que me lo preguntes —zanjó Sinclair, bajando el tono de voz.

Colgó antes de poder hacer más preguntas y Durban se quedó con el teléfono en la mano y el correo abierto en la pantalla. Aquello no tenía buena pinta.

Iska llegó a firmar cuando empezaba el turno de noche. Era el momento perfecto porque a esa hora nadie prestaba mucha atención, así que aprovecharon para llevársela a una de las salas vacías e intentar indagar algo más.

Llevaba la ropa nueva, la blusa y los pantalones que habían comprado y, aun así, se sentaba como si esperase que alguien entrase a atacarla en cualquier instante.

Shona Tait tenía nueva información.

—Mi ex me lo confirmó esta mañana —empezó, abriendo una carpeta azul pálido—. El banco de Hartley gestionaba un escrow muy grande. La titularidad era de una sociedad en las Islas Caimán, que es propiedad de otra en Panamá, que responde ante una tercera en las Islas Vírgenes Británicas.

—Una matrioshka —murmuró Durban.

—No podemos llegar al beneficiario último sin pedir cooperación internacional, ni siquiera la gente de delitos económicos, pero la forma de la estructura ya dice bastante: alguien de fuera puso dinero en garantía esperando recibir un producto.

—En Zaldrakor, esperar mientras tienes la garganta del enemigo a tiro consigue que te maten —aseguró Iska.

La inspectora sonrió, pero sabía que no podía hacer otra cosa.

***

El resultado tardó cuatro días en llegar y fue la propia doctora Sandison quien se lo llevó a Gillian Durban a media tarde.

—El reexamen de la operación Mercat —dijo, cogiéndola por el codo para llevársela a una esquina discreta—. Lo han cerrado esta mañana. Coincide con mi informe en todos los puntos. Cadena de custodia conforme, así que no hay nada que revisar.

Durban parpadeó varias veces sin comprender lo que ocurría. A esas alturas estaba completamente segura de que, como mínimo, detendrían a Iska esa misma tarde.

Cogió la carpeta y revisó las cifras. Las conocía de memoria porque las había modificado ella misma sobre el informe original. Allí estaban. Soltó una gran cantidad de aire que no sabía que estaba reteniendo. O bien había tenido muchísima suerte, o había cubierto sus huellas extremadamente bien.

—Procura no complicarme el trabajo —dijo la forense antes de despedirse.

Y se fue por el pasillo con prisa, tres autopsias esperándola. Durban se quedó con la carpeta fría entre las manos y la sensación de haber esquivado algo que no había visto venir del todo.

***

Esa noche, en casa, abrió la caja fuerte.

Sacó la copia en papel que se había llevado del despacho de la comisaría y se sentó con ella a la mesa de la cocina, bajo la lámpara, con el resto del piso a oscuras.

La hojeó despacio, como quien guarda un tesoro y comprueba que no falta nada. Tardó un rato en reconocer lo que estaba haciendo, y algo más en admitir por qué le gustaba hacerlo.

El informe falso protegía a Iska; el original que solo existía en su caja fuerte y en su teléfono no protegía a nadie, pero lo guardaba ella. Era la única persona, en este mundo o en cualquier otro, que sabía que aquella mujer no parecía del todo humana.

Pensarlo en frío le dio vergüenza, pero intentó quitárselo de la cabeza. Devolvió la carpeta a la caja fuerte, la cerró y apagó la lámpara.