Capítulo 10
Aprendiendo a vivir en un mundo blando
Esa mañana, Iska intentó pagar el desayuno.
Petrie le sirvió dos huevos fritos, pan tostado y unas tiras de algo marrón que sabía a sal y a grasa quemada.
Comida buena, de esa que en su mundo había que defender con un cuchillo.
Iska dejó tres monedas junto al plato y esperó.
No quería deber favores; los favores siempre hay que pagarlos de un modo u otro.
El hombre las miró extrañado.
—Guárdate eso, cielo —le dijo, negando con la cabeza y silbando una melodía que Iska no conocía.
Recogió las monedas. Era el cuarto día que aquel hombre la alimentaba sin pagar nada.
Poco más tarde, la inspectora Durban pasó a buscarla en una máquina de metal sin el aparato que emitía luces azules.
—Hoy toca ir de compras —dijo cuando le abrió la puerta—. Te vendrá bien algo de ropa nueva.
***
Eyemouth olía a mar.
Iska nunca había visto el mar y le pareció algo realmente hermoso. El agua se juntaba a lo lejos con el horizonte.
—¿A cuánta distancia? —preguntó.
—A cuánta distancia, ¿qué?
—Se acaba el mar.
Gillian Durban dudó un instante.
—En esa dirección atravesarías el mar del Norte y llegarías a Noruega, pero no te sabría decir a qué distancia está.
Iska achinó los ojos, pero no pudo ver tierra firme a lo lejos.
—En mi mundo, cuando el mar se acaba hay un abismo, por eso la gente no se aleja mucho de la costa. O eso dicen los pocos marineros que he conocido —explicó.
Durban entornó los ojos y, por un momento, dudó si trataba de hacer un chiste o lo creía de verdad. No le dio tiempo a responder nada, porque Iska se bajó de la máquina de metal y se colocó de espaldas a una pared antes de hacer nada más.
—¿Quién manda en esta calle? —preguntó.
—Nadie manda en esta calle. Es solo una calle.
Iska no la creyó. En cualquier territorio siempre mandaba alguien. De todos modos, si la guerrera consideraba que el lugar era seguro, no tenía razones para dudar de ella, así que la siguió.
Lo que más problemas le daba eran los cruces y eso había sido así desde el primer día. En este mundo, la gente confiaba sus vidas a que las máquinas de metal se detuviesen ante unas rayas pintadas en el suelo o frente a unas luces rojas. Eso no le ofrecía ninguna confianza.
***
La ropa estaba en una cueva con luz blanca. Había mucha, hileras e hileras de todo tipo, con cristales pulidos que reflejaban tu imagen, iguales al que tenía en el baño.
Ropa abundante, pero poco útil. No encontró cotas de malla, ni siquiera buenas prendas de cuero grueso que pudiesen detener un cuchillo. La ropa de este mundo parecía especialmente diseñada para estorbar en una pelea.
—Preferiría ropa oscura, algo que disimule la sangre.
—O también podemos buscarte una blusa —respondió Durban mientras le ponía varias prendas en las manos.
La inspectora la metió en una habitación muy pequeña y la hizo probarse una de las blusas y unos pantalones. A Iska le pareció que la miraba más tiempo del necesario, pero no dijo nada.
—Te queda bien —dijo Durban, detrás de ella.
—Me hace parecer una de vosotros —rebatió Iska.
—Esa es la idea.
Se miró otra vez en el cristal pulido. Aquella ropa sin protección que llevaban las presas de ese mundo era, en realidad, la mejor armadura que había tenido nunca. Nadie pensaría que era una ejecutora capaz de matar a alguien en menos de lo que dura un parpadeo.
La inspectora se colocó delante de ella y le desabrochó los últimos dos botones de la blusa. Le rozó la clavícula con los dedos, justo donde tenía la cicatriz.
Iska sintió otra vez la necesidad de desnudarla allí mismo, pero todavía no sabía si podía fiarse de aquella mujer. En Zaldrakor, esas cosas podían costarte la vida.
—Te queda mejor así —dijo la inspectora, con un tono de voz algo más suave de lo habitual, y se ruborizó ligeramente.
En la salida, una larga fila de gente esperaba ante una mujer que pasaba la ropa por una luz que pitaba.
—¿Por qué esperan? —preguntó Iska—. Son al menos veinte. La mujer es solo una.
—Es una cola. Llegas, te pones detrás del último y esperas tu turno.
—¿Y nadie se lo salta?
—Si te saltas la cola, la gente te mira mal.
—¿Eso es todo? ¿Os miran mal?
—En este país, que te miren mal es bastante grave —explicó Durban.
Cuando salieron a la calle, un hombre con prisa chocó con el hombro de Iska y ella giró sobre los talones para golpearle.
—¡Uy, perdón! —dijo el hombre, sin detenerse, y siguió su camino.
—Te ha pedido perdón —dijo Durban, mientras la sujetaba por el brazo para que no le persiguiese.
—¿Por qué se disculpa quien ataca? —preguntó confusa.
—No te ha atacado. Ha chocado contigo sin querer y la gente se disculpa cuando hace algo así.
Se relajó un poco, aunque no estaba nada convencida. Junto a un portal, una mujer saludó a Durban con un largo abrazo y en ese momento Iska sintió algo parecido a los celos, aunque intentó descartar esa idea.
La mujer sostenía la correa de un animal pequeño, con la cara aplastada, que respiraba como si cada bocanada de aire le costase la vida.
—Esto no es un perro de guerra —murmuró Iska, agachándose para verlo más de cerca.
—Es un carlino. Se llama Bruno. Puedes tocarlo, no te va a morder —dijo la mujer.
—¿Para qué sirve? No puede correr ni cazar. Apenas puede respirar y tampoco defender nada. Lo habéis criado para que sea inútil y lo queréis igual.
El carlino estiró el cuello y lamió la mano de Iska mientras la inspectora se disculpaba con la dueña del perro.
—¿Ves? Le caes bien —dijo mientras le explicaba que Bruno era un perro muy cariñoso y le hacía mucha compañía a su dueña.
Iska prefirió no discutir. Aquello era lo más ridículo que había escuchado en mucho tiempo. Los perros solo servían para cazar o para la guerra. No tenían otra utilidad. En su mundo, la compañía la hacían los cuervos, pero nunca un perro.
***
Cuando regresaron a Edimburgo, Lina se reunió con ellas en una cafetería.
—La vista es la semana que viene y necesito que me digas la fecha de tu llegada al país y si pudieses confirmar cómo llegaste, quizá nos ayude.
Piénsalo bien, por favor, lo de que te viste envuelta en una luz blanca y una explosión y apareciste en un parque del centro de la ciudad no creo que nos sirva.
Apenas la escuchó, estaba muy concentrada mirando a una mujer en la calle.
Llevaba puesto un chaleco de color chillón y tenía en la mano una caja transparente con una ranura.
La gente pasaba junto a ella y metía monedas o los papeles de colores que usaban como dinero.
Ella solo agitaba la caja y sonreía a todo el que pasaba, les daba las gracias, pero no amenazaba a nadie.
—Esa mujer… —murmuró—. Recauda tributos sin armas ni amenazas. Debe servir a un señor de la guerra muy poderoso.
—No es ningún tributo —explicó la abogada, mirando extrañada hacia Durban—. Es una colecta para ayudar a curar una enfermedad grave. La gente echa dinero porque quiere.
—Dan dinero a desconocidos a cambio de nada —masculló Iska entre dientes, aunque no quiso discutir.
Cuando terminaron los cafés, Lina se despidió con prisa y le recordó que no se saltase la firma en la comisaría. Iska y Durban siguieron calle abajo.
Pasaron junto a un trozo de hierba con bancos, y entonces Iska se detuvo en seco.
La mano de Durban voló a su arma.
—¿Qué ocurre?
Iska no respondió. Tenía los ojos clavados en una flor. Sobre ella, un insecto abría y cerraba unas alas anchas de colores brillantes. Volaba mal, a tirones, sin esconderse, anunciando su posición a cualquier cazador del mundo.
Con un movimiento rapidísimo atrapó al insecto. Lo hizo con cuidado de no hacerle daño.
—¿Qué es? —preguntó.
—Una mariposa. ¿Nunca has visto una mariposa?
Iska abrió los dedos y colocó al insecto sobre la palma de su mano. En su mundo no quedaban de esas.
La mariposa dudó un instante y se fue volando, de nuevo a trompicones, hacia la flor de al lado. Tenía en el bolsillo la lata, con su musgo y sus tres inquilinos. Cabía una cuarta cosa, pero no la metió. Una mariposa que no vuela deja de ser una mariposa.
La inspectora la miró con una cara que Iska no supo entender.
Terminó el agua que llevaba, una botella de aquel material transparente y ligero, y la dejó sobre un muro bajo al pasar.
En Zaldrakor, el agua limpia se guardaba o se racionaba, incluso se mataba por ella.
Aquí se vendía embotellada por una moneda y se tiraba el envase sin pensar.
Otro despilfarro más de un mundo que no comprendía.
Firmó en la comisaría. Garabateó la marca que había aprendido a hacer en vez del nombre que no sabía escribir, y salió a la lluvia con una bolsa de ropa que alguien había pagado.
Había dejado que un extraño perro le lamiese la mano.
Había soltado una mariposa que en su mundo valdría una fortuna.
Había dejado que una mujer le desabrochase dos botones de la blusa.
Ella era la ejecutora del clan Harrak, temida por todos, y ese mundo blando le estaba quitando, una por una, todas las reglas que la habían mantenido con vida.
Y lo peor de todo era que no le parecía tan malo.