Capítulo 9
La mano fría
La condición de la admisión temporal de Iska Harrak era demasiado estricta; todo el mundo en la comisaría lo sabía.
Una presentación al día, un garabato torpe, porque Iska no sabía escribir su nombre.
El funcionario de guardia sellaba el registro por rutina, sin levantar la mirada.
A continuación, Gillian Durban tenía la oportunidad de hablar con la extraña refugiada con la esperanza de conseguir algo de información que le permitiese avanzar en el caso que preocupaba a todo Edimburgo.
Cuando llegó a la sala, Iska estaba de pie junto a la ventana, alejada del haz de luz, mirando la calle. Llevaba la ropa que le había comprado Lina el día anterior y parecía otra persona. Incluso ahora se duchaba a diario, tras asegurarle varias veces que el agua no se acabaría.
—Por el primero —respondió Iska sin dudar.
—Hartley es el que peor encaja de todos. Trabajaba en un banco de inversiones de Londres, vino de turismo al Festival durante una semana y no tenía absolutamente ninguna relación con los otros dos —protestó la inspectora.
—A los otros dos los mataron para que los vierais. A ese le mataron porque le conocían.
—Eso ya lo dijiste —apuntó Durban—. Que el asesino se le acercó por la espalda y Hartley no se dio la vuelta.
—Un ejecutor no se acerca igual a un desconocido que a uno de los suyos —murmuró, encogiéndose de hombros—. Al banquero le mató alguien que tenía permiso para estar a su lado. Fue limpieza.
—¿Limpieza de qué? —insistió Tait.
—De un problema. Cuando alquilas a un ejecutor que no es de tu clan, no pagas con grano ni con tierra. Pagas con metal. Y el metal hay que guardarlo en algún lugar. Vuestro primer muerto guardaba metal; tenéis que encontrar al pagador —explicó.
—Seguir la pista del dinero —tradujo Tait, tamborileando los dedos sobre el borde del portátil—.
Interesante. Ese hombre llevaba la gestión de cuentas de depósito en garantía.
Escrow. Dinero que se aparca a nombre de un tercero hasta que dos partes cumplen un trato.
Ya sabes, si tú me compras algo caro y turbio, y no nos fiamos, metemos el dinero en una cuenta que controla alguien neutral.
Cuando entregas la mercancía, suelta el dinero. Ese era el trabajo de la víctima.
La inspectora Durban abrió las manos como pidiendo más explicación.
—Sus últimas operaciones las hizo una sociedad en las Islas Caimán que a su vez lleva a otra en Panamá y luego a otra en las Islas Vírgenes. Alguien no quiere que lo encuentren.
—El muerto quería salirse —masculló Iska entre dientes—. Un hombre que guarda el metal de otros y se arrepiente es peligroso. Si le matas, recuperas la confianza de los compradores y de paso les enseñas lo que sabes hacer.
Durban se frotó los ojos.
Por fin tenían un hilo del que tirar. El problema era que en cuanto pidiese una orden judicial para investigar con más detalle las cuentas de Hartley, se enterarían los hombres del traje gris y prefería tenerlos alejados de Iska…
o de las mentiras que había escrito en su informe y no la dejaban dormir por la noche.
—¿Sigues teniendo a tu antiguo novio en delitos económicos? ¿Puedes preguntarle de manera extraoficial y discreta?
—Fue él quien me dio esa información —respondió Tait—. De todos modos, quedaré a tomar un café con él y tiraré un poco más del hilo a ver dónde nos lleva.
***
Cuando Tait abandonó la sala, la inspectora sintió que Iska la miraba de forma extraña.
—Estás cansada —dijo de pronto.
—Estoy bien.
—No, no lo estás —insistió, rodeando la mesa y sentándose al lado de Durban—. He visto a guerreros llevar su cuerpo al límite y se cometen errores. Cargas con demasiado tú sola.
A continuación, le cogió la mano y acarició sus nudillos con el pulgar.
Estaba fría.
—En mi mundo te desnudaría —susurró Iska, mirándola a los ojos.
Algo parecido a una corriente eléctrica atravesó el cuerpo de la inspectora hasta detenerse en la parte baja de su vientre, pero no retiró la mano.
—El problema es que todavía no sé si me puedo fiar de ti.
Cuando yo tenía siete inviernos, mi clan acogió a una mujer.
Parecía perdida. Le dimos comida y agua, se acostó esa noche con uno de nuestros guerreros y se marchó a la mañana siguiente.
Tres días más tarde, fuimos atacados y yo era la única que quedaba de mi clan.
Estaba asustada y escondida entre los matorrales mientras veía cómo mataban a mi familia.
—¿Crees que te estoy tendiendo una trampa? —preguntó la inspectora, apretando ligeramente la mano de Iska.
—Quizá aquí las reglas son otras. Llevo días tratando de entenderlo. Por qué me ayudas. Me metes en una nueva celda sin vigilancia, de la que me puedo escapar cuando quiera. Incluso me das monedas sin pedir nada a cambio. Todavía no he encontrado la trampa.
—A lo mejor no la hay y solo quiero ayudarte —susurró Gillian, sintiendo cómo su corazón se aceleraba.
—Eso es justo lo que diría alguien que me quiere tender una trampa muy buena —corrigió Iska, retirando la mano.
Cuando Tait volvió poco más tarde con dos cafés, el corazón de la inspectora todavía seguía acelerado. No comprendía lo que había pasado, solo sabía que, si esa mujer hubiese insistido un poco más, tan solo un poco, habría hecho una locura en una sala de la comisaría.
Un agente joven acompañó a Iska al taxi que la llevaría a su pensión y Durban la vio alejarse desde la ventana.
En el despacho, abrió la caja fuerte para guardar las copias que Tait había sacado de las cuentas de Hartley.
—¿Gill?
—¿Qué?
—Esa carpeta. La marrón. Es la primera vez que la veo —insistió Shona Tait.
Durban siguió su mirada. Debajo de la pistola reglamentaria y de la caja con el móvil viejo, había una carpeta sin etiqueta.
—Es mía.
—Ya veo que es tuya, está en tu caja fuerte. Lo que quiero saber es qué hay dentro, porque me da la sensación de que ya lo sé y no me va a gustar nada de nada.
—Es el informe original de Sandison. El de verdad. Las tomas de temperatura corporal, densidad ósea, las huellas. Todo lo que quité de la versión que envié al COPFS —confesó la inspectora.
—¿Lo que me enseñaste en el teléfono?
—Sí.
—¿Tienes una jodida copia en papel? ¿Te has vuelto loca? —susurró, pasándose una mano por la cara—. Una cosa es tener una noche de mierda y falsear un informe y otra guardar las pruebas. Joder, es que llevas veinte años en la policía.
—¿Quieres que lo queme?
Tait le clavó la mirada.
—Haz lo que quieras —respondió con un soplido—. Solo quiero saber qué hacemos si un día alguien se entera, porque si esto sale a la luz, caemos las dos. Y, Gillian… creo que merece la pena luchar por esa mujer. Y no lo digo solo por el caso.
La inspectora no preguntó qué quería decir con eso porque se lo suponía.
—Gracias —dijo.
—No me las des. Me has convertido en cómplice. Lo mínimo que puedes hacer es invitarme a comer en un buen restaurante —bromeó, cogiendo su chaqueta del perchero y haciendo una seña a Durban para que la acompañase.