La coleccionista de insectos Capítulo 8
33%

Capítulo 8

País de origen: Zaldrakor

Iska no entendía nada. La nueva celda que le habían asignado tenía una puerta de madera que se podría romper con el codo y una ventana que daba a un patio trasero sin rejas y sin ninguna vigilancia.

En la planta de abajo, el único guardián parecía ser un hombre mayor, de manos grandes, que le dijo que se llamaba Petrie y la única pregunta que le hizo fue su comida favorita.

—El desayuno es de siete a nueve. La comida empieza a la una y la cena a las siete. No hace falta avisar —fue lo único que añadió.

Esa celda era mucho más cómoda que la anterior.

Una vez que la inspectora se marchó, Iska hizo lo primero que se hace en un territorio nuevo: comprobar las salidas.

La puerta cerraba desde dentro, pero la inspectora la había dejado abierta, ni siquiera tendría que romperla si quería escapar.

La ventana se abría hacia fuera, y debajo había un saliente que aguantaría su peso.

Si un enemigo entraba por el pasillo, saldría por el patio.

Si entraban por el patio, tenía el pasillo para escapar.

Dos vías de escape. Mejor que la mayoría de las madrigueras en las que había dormido.

Después comprobó la cama. Era blanda, muy blanda, así que decidió que esa noche dormiría en el suelo.

Había una caja pequeña en la pared, junto a la puerta, con una diminuta palanca.

La primera vez que la tocó, la habitación se llenó de luz sin que ardiese nada.

La apagó. La encendió. La apagó de nuevo.

No había llamas ni humo, y tampoco quemaba aceite.

En Zaldrakor la luz costaba combustible y delataba tu posición.

En este mundo, salía de la pared moviendo una palanca y nadie parecía vigilar cuánta se usaba.

La dejó encendida un rato, solo para ver si alguien venía a reñirla. No vino nadie.

En lo que llamaban baño había uno de esos cristales que te devuelven el reflejo de tu cara y, como en su celda anterior, el agua no se acababa nunca.

Iska se miró solo por curiosidad. Desde que sus guardianes se empeñaron en que se bañase a diario, su cara estaba limpia, sin la capa de ceniza y barro que la había acompañado toda su vida.

Se quedó mirando un rato largo para comprobar que seguía siendo la suya y salió.

A última hora de la tarde, antes de bajar a cenar, salió por la ventana con la lata y bajó al patio para que los escarabajos caminasen por la hierba.

Uno de ellos desplegó las alas y se fue.

Iska Harrak se encogió de hombros. La posesión es temporal; esa regla la conocen todos en Zaldrakor desde niños.

Ahora tenía dinero. La inspectora le había dejado unas monedas y unos papeles de colores que ella no sabía leer. Al preguntar, le dijo que era por si acaso, pero no explicó más.

Entender el funcionamiento del comedor le llevó más tiempo.

Bajó a las siete para la cena y se quedó en el umbral, estudiando la sala.

Había varias mesas y en cada una, una jarra de agua y pan en una cesta.

Un hombre con gafas comía de espaldas a la puerta, sin vigilar un posible ataque.

En este mundo desconocían las reglas básicas, esas que te explican desde que cumples tres o cuatro inviernos.

Siempre con la espalda pegada a la pared y mirando a la puerta. Petrie salió de la cocina con un plato.

—Salchichas, huevo, alubias y tomate —recitó, y lo dejó en una mesa, haciendo un gesto para que se sentase—. ¿Quieres vino o prefieres agua?

Iska no se sentó.

—¿Cuánto? —preguntó.

—¿Cuánto de qué?

—Por la comida. Qué cuesta —insistió Iska.

Petrie la miró por encima de las gafas.

—Está incluido, cariño. Es el Estado del bienestar —añadió, encogiéndose de hombros—. Tú come todo lo que quieras.

Iska no conocía algunas de esas palabras, pero entendió lo básico.

Alguien, en algún lugar, ya había pagado para que ella comiera, y ese alguien no estaba en la sala para cobrarse el favor.

Eso no solía ser buena señal. La palabra “cariño” tampoco la conocía, pero por el tono, supuso que no era algo malo.

Comió deprisa, porque la comida que aparece sin que la pidas puede desaparecer igual de rápido. No desapareció y a la mañana siguiente había más.

El hombre de las gafas le dio los buenos días a la mañana siguiente.

Iska le estudió. Para ser un guardián era muy extraño.

Desarmado y distraído, sin un solo reflejo que pudiese mantenerle vivo en una pelea.

Durante todo el desayuno se estuvo preguntando cómo pretendían que ese hombre pudiese detenerla si decidía escaparse.

***

Le habían dicho que tenía que presentarse cada día en la comisaría y preguntar por la inspectora Durban. Iska le buscó algún tipo de lógica táctica y no la encontró.

Ningún guardián vino para obligarla a ir, así que le preguntó a Petrie, solo por curiosidad.

Ese hombre empezaba a caerle bien y eso era un problema si un día tenía que deshacerse de él.

Su nuevo guardián le dijo que podía coger algo llamado taxi y al poco tiempo llegó uno de esos carruajes de metal que parecen moverse solos, sin ningún tipo de bestia que tire de ellos.

Por un momento, Iska pensó en no ir. Podía coger la lata y escaparse fácilmente por la ventana. Ser libre de nuevo. Pero la curiosidad pudo más. De todos modos, lo de escaparse cuando quisiera se lo ponían cada vez más fácil.

La mujer de los papeles, Lina, la esperaba a la puerta.

—Petrie me dijo que ya habías salido. Es desproporcionado, no me parece normal —añadió—. Que te hagan venir a firmar cada día no es lógico. Lo entendería cada dos semanas, quizá una. A ti te han puesto el máximo como si fueses una persona peligrosa.

Iska prefirió no explicarle lo peligrosa que podía llegar a ser si se lo proponía.

—Todavía no tienen claro si has participado de algún modo en el peor atentado que ha sufrido este país en mucho tiempo. Hasta has salido en las noticias —le explicó.

Iska solo entendió la mitad de las palabras, pero casi toda la situación. Alguien pensaba que era una amenaza y a las amenazas se las vigila de cerca. Eso, al menos, tenía sentido. Era de las pocas cosas de este mundo que se parecía a algo de lo que habrían hecho en Zaldrakor.

Dentro, un agente joven le señaló dónde firmar. Iska no sabía dibujar las letras de su nombre, así que copió las marcas que había visto la primera noche, despacio, un trazo de cada vez, mientras el agente esperaba y ponía los ojos en blanco.

—Mejor firma con una cruz —protestó el guardián, pero Iska tampoco sabía lo que era una cruz.

La inspectora Durban apareció al poco tiempo. Tenía mejor aspecto que la noche del templo de piedra y no olía a alcohol.

Iska llevaba un día dando vueltas en su cabeza a esa situación.

En Zaldrakor, depender de una sola persona es un error de principiante; si esa persona cae, caes con ella.

Pero la inspectora le había conseguido un techo con dos salidas del que se podía escapar cuando quisiera y le había devuelto la lata con los escarabajos vivos y bien cuidados.

Parecía de fiar, pero, de todos modos, prefirió ofrecerle algo a cambio.

—En el sitio donde duermo dan comida. Mucha. Más de la que puedo comer. Si tienes hambre, puedo traerte mañana toda la que necesites.

Sin duda, la inspectora agradecería el ofrecimiento. En cambio, la miró extrañada y frunció el ceño.

—Estoy bien, Harrak. Pero gracias igualmente —dijo a continuación.

Más tarde, Lina, la mujer que actuaba como su defensora, la llevó a una oficina. El guardián tenía los ojos cansados y parecía estar muy aburrido mientras tomaba notas.

—Empecemos por lo básico —dijo el hombre—. ¿País de origen?

—Zaldrakor.

El hombre comenzó a teclear, hizo una pausa y frunció el ceño.

—¿Cómo se escribe eso?

Iska no sabía escribir. En este mundo las letras eran dibujos sin sentido.

—Se escribe como suena —intervino su defensora.

El funcionario tecleó y se inclinó hacia el rectángulo de luz que había frente a él.

—Aquí no aparece ese lugar. ¿Está en el Este?

Lina abrió la boca para responder algo, pero Iska se le adelantó.

—Está al este de las montañas de Kromgath.

El guardián la miró, sorprendido. Luego tecleó algo y murmuró mientras lo hacía: “posible confusión con el país de origen”.

El funcionario le entregó una hoja impresa, llena de casillas y líneas, y empezó a hacer preguntas que ya traían una respuesta marcada. Sexo, edad, altura, peso… estaba ya casi todo marcado.

—Religión —leyó.

—¿Qué es eso?

El hombre levantó la vista. La defensora habló antes de que la pausa se hiciera larga.

—Dioses. A quién le rezas.

Iska lo pensó un rato.

—En mi mundo no se reza. Se sobrevive. Si hay dioses, no han ayudado. Los ancianos les hablan a los espíritus, pero dudo de que respondan.

El funcionario miró la pantalla, miró a Iska y dejó la casilla en blanco.

—¿Algún familiar en el país? —preguntó a continuación, ya sin mucha esperanza.

—Todos mis familiares están muertos.

—¿En… Zaldrakor?

—Sí, en Zaldrakor.

Lo escribió sin pedir aclaraciones.

Una máquina en la esquina de la mesa escupió una hoja, con la mitad de las letras torcidas. El guardián maldijo entre dientes y le dio un manotazo al costado del aparato.

—Lleva sin tóner desde el lunes —se quejó—. Lo pedí hace dos semanas. Malditos recortes presupuestarios, no hay dinero para nada.

El hombre salió a buscar a alguien que entendiera lo que le ocurría a la máquina e Iska se quedó a solas con su defensora.

Lina dejó el bolígrafo sobre la mesa y le clavó la mirada.

—No me creo nada de lo que has dicho —dijo muy despacio—. Que lo sepas. Lo de Zaldrakor, lo de venir de otro mundo. Ni una palabra. Me parece que estás complicando las cosas con tus mentiras.

Iska resopló. Entendía que era difícil de creer, pero mentir sería más complicado.

—Pero te voy a defender igual. ¿Sabes por qué?

Esperó. Era una pregunta de esas que hacían en su nuevo mundo que no quieren que respondas porque, por algún extraño motivo, el que habla quiere contestarse a sí mismo.

—Porque te sientas de espaldas a la pared y controlas las salidas cada vez que se abre una puerta.

Porque, cuando entré, tenías las manos donde yo pudiera verlas sin que nadie te lo hubiese pedido.

He visto eso con refugiados que vienen de guerras.

Preferiría que me dijeses la verdad, pero entiendo que hagas todo lo posible para no regresar a ese lugar, incluso mentir si hace falta.

—¿Por qué acogéis a gente que viene de guerras? ¿Cómo sabéis que no son peligrosos? —preguntó Iska—. ¿Tu gente acoge a desconocidos sin pedir nada a cambio? ¿Cómo seguís vivos?

—A veces no los acogemos —murmuró la defensora—. Por eso existe mi trabajo.

***

Esa noche, en su habitación, Iska sacó la lata y dejó a los escarabajos caminar por encima de la cama, a su lado. Ahora tenía uno nuevo de colores brillantes.

Repasó el día igual que repasaría un terreno después de cruzarlo. La defensora estaba molesta porque creía que mentía; en cambio, decía la verdad. En su mundo, una verdad que se confunde con una mentira significa la muerte o la tortura. Quizá ambas cosas.

Se recordó de nuevo que la verdad era su mejor defensa. Una mentira se le caería en dos días, porque tiene cabos, y los cabos se siguen. Además, apenas conocía nada de este mundo como para poder mentir. Su verdad no tenía cabos que llevasen a ningún lugar conocido para ellos.

Antes de dormir bajó a por agua. Petrie estaba en la cocina, recogiendo los platos, y sobre la encimera había un cuenco pequeño con media manzana troceada y unos pétalos de las rosas de la entrada.

—Es para tus bichos —explicó sin darse la vuelta—. La inspectora me contó que tenías unos insectos o algo así —añadió.

Iska cogió el cuenco. Pesaba poco, pero estaba lleno, mucho más de lo que necesitaban sus escarabajos. En Zaldrakor, un cuenco de comida verde y fresca habría costado una pelea.

—Que duermas bien, cariño —se despidió.

No respondió, sus ojos estaban fijos en los cuchillos de la cocina.

Parecían de buena calidad y el guardián no los custodiaba.

Por un instante, se le pasó por la cabeza entrar y llevárselos, escapar de ese lugar, quizá hacia los bosques que rodeaban la ciudad.

Pero luego pensó que aquí la trataban bien y no quería hacerle daño a ese hombre, así que regresó a su celda con dos salidas sin vigilar y sus escarabajos.