La coleccionista de insectos Capítulo 7
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Capítulo 7

Mintiendo a todas las agencias del Reino Unido

A las nueve de la mañana, no cabía ni una sola persona más en la sala de coordinación de la comisaría.

Nadie había pegado ojo. La inspectora Durban contó al menos media docena de agencias, a juzgar por las acreditaciones que colgaban del cuello: la Policía Escocesa, los de antiterrorismo, gente del enlace militar y dos hombres de traje gris que no se identificaron ante nadie y a los que todo el mundo trataba con mucho cuidado.

En la pantalla, el recuento provisional y los tres puntos del ataque. Explosión junto al puente de George IV. Carga secundaria en George Street y otra más en el Grassmarket. En total, siete muertos y veintitrés heridos.

Gillian Durban se sentó al fondo con un café que no pensaba beberse.

La noche anterior había movido dos coches y media docena de agentes al puente de George IV horas antes de que estallara nada, sin ninguna orden que lo respaldase.

Esa decisión había salvado vidas, pero ahora no podía explicar que lo había hecho por la corazonada de una refugiada a la que tenían en una celda.

Ya estaba mintiendo y todavía no había abierto la boca.

El comisario al mando mostró las imágenes.

Cámaras de tráfico, cámaras de comercios, el móvil de algún testigo.

En tres de ellas aparecía el mismo hombre.

Cerca de sesenta años, complexión fuerte, caminando contra la corriente de la gente que huía.

No corría, ni siquiera se molestaba en taparse la cara.

—Stuart Leask —murmuró uno de antiterrorismo—. Ex fuerzas especiales. Baja del ejército desde hace seis años, y desde entonces no figura en ningún registro. Ni una sola multa de tráfico.

—¿No sabe que hay cámaras? —preguntó alguien.

—Lo sabe perfectamente —afirmó la inspectora Durban—. Por eso se deja ver. Es publicidad con cobertura mundial.

Tampoco podía explicar que eso, de nuevo, se lo había dicho la extraña prisionera.

Los dos de gris no dijeron ni una palabra en toda la reunión.

Tomaban notas y se miraban entre ellos. Durban llevaba en la policía mucho tiempo y sabía que dos hombres que no daban su nombre en una sala llena de gente solo podían significar que aquello había dejado de ser un caso normal. Y esos dos estaban al mando.

Después vino el turno de la carpeta. Alguien estaba muy interesado en culpar a su detenida.

Una mujer sin documentos. Sin identidad verificable por ninguna fuente en ningún país.

Encontrada sobre el primer cadáver con una preparación de combate evidente.

La carpeta ofrecía una lectura limpia: una operativa que se había dejado capturar para vigilar la investigación desde dentro.

No sabían todavía cómo, pero tenían clara la historia que querían vender si no encontraban a los culpables.

Durban negó lentamente con la cabeza. Cada hecho que relataban era cierto, pero habían llegado a una conclusión falsa.

El problema era que estaba bien montada, por alguien que sabía cómo construir una sospecha.

En veinte años había aprendido que una sospecha a veces no necesita ser verdad para sostenerse; le bastaba con encajar con lo que se necesita justo en ese momento, y esta encajaba.

Para cuando salió al pasillo a por agua, la historia ya corría de boca en boca con un pequeño detalle que la hacía irresistible.

Era lo que se temía, carnaza para la prensa sensacionalista.

La detenida guardaba una caja de metal con tres escarabajos vivos.

En los pasillos nadie hablaba de ángulos de corte ni de fallos del escáner.

Hablaban de la mujer que coleccionaba bichos.

La llamaban “la coleccionista de insectos”, y el apodo ya estaba en todos los medios de información digitales.

Sinclair se colocó a su lado en la máquina de agua.

—Camina conmigo, Gillian —susurró.

Se movieron hasta una ventana que daba al aparcamiento, fingiendo hablar del calor que hacía ese agosto en Edimburgo hasta que un grupo de policías pasaron de largo.

—Anoche tenías gente colocada en el punto clave de los ataques antes de que se produjesen —dijo sin rodeos—. El comisario lo ha visto y de momento le pareció buen olfato. ¿Lo fue o manejabas información que no has compartido?

—Fue una corazonada, nada más. Supuse que estaría bien tener más vigilancia en esa zona —mintió la inspectora.

Sinclair no quiso presionar, pero le recordó que si disponía de algún tipo de información y no la compartía, el problema podría salpicarlos a él y al comisario principal, porque ahora el caso era de los del traje gris.

***

Ese mediodía, la ciudad parecía muy diferente.

Las taquillas permanecían cerradas, los carteles del Festival colgaban empapados por la lluvia de anoche y un montón de funciones aparecían tachadas a mano en las pizarras de los teatros.

Había flores y velas contra una valla de obra en el puente de George IV.

Dos turistas se hacían una foto delante.

Durban no supo si era falta de respeto o que no tenían otra cosa que hacer. Probablemente, ambas cosas.

La Fiscalía llamó a media tarde y el fiscal del procedimiento fue muy claro.

No había base legal para imputar a la detenida por la muerte de Thomas Hartley.

El informe forense de Sandison era concluyente: el corte que abrió la garganta de ese hombre lo había dado una persona diestra y más alta que ella.

La mujer era zurda y más baja que el asesino.

Sus heridas eran defensivas y de esa misma noche.

Para las otras muertes era imposible imputarla porque estaba encerrada en una celda y bien custodiada.

—No la puedo llevar a juicio con esto —admitió el fiscal, que parecía estar muy decepcionado—. No tengo nada.

La inspectora Durban debería haber sentido alivio, pero no lo tenía tan claro.

Si Iska Harrak dejaba de ser sospechosa, pasaba a no ser nada.

Una mujer sin papeles, sin un país conocido, sin huellas que cruzar con ninguna base de datos del mundo.

El sistema la soltaba por una puerta, pero la esperaba en otra.

Ya había una orden de detención de Inmigración junto a su traslado a un centro de inmigrantes en mitad de Lanarkshire.

La abogada de oficio se presentó a las seis. Lina Sabbagh, del turno de extranjería y asilo. Treinta y muchos, una chaqueta buena, aunque gastada, y una carpeta llena de papeles.

—A ver si lo he entendido —murmuró, pasándose una mano por la nuca—. La habéis tenido encerrada una semana en una celda policial a disposición de Inmigración porque en el centro no había plaza, cosa que pienso poner por escrito y con fechas. Y ahora resulta que no podéis acusarla de nada.

La abogada puso los ojos en blanco y empezó a hacer llamadas. Era buena, sorprendentemente buena. Y tenía ganas de ayudar.

Planteó una alternativa. Mientras se aclaraba su procedencia, la detenida podría permanecer en libertad, presentándose en comisaría cada cierto tiempo.

—El domicilio es el problema —dijo la abogada—. No tiene dónde caerse muerta. Sin una dirección fija y verificable, la admisión temporal es complicada.

Durban pensó en el presupuesto de protección de testigos. No tenían mucho dinero reservado para esa partida y tendría que ser muy creativa para justificarla.

—El domicilio lo consigo yo —dijo mientras soltaba un largo soplido—. Tú encárgate de lo demás.

Al terminar con la abogada de oficio, Shona Tait la esperaba junto a su coche.

—Esta mañana has dejado que el comisario creyese que habías reforzado la seguridad del puente solo por instinto. Fue ella. Esta tarde le he mentido al MI5 por ti, Gillian. A la cara. Convénceme de que ha valido la pena, por favor —suplicó en voz baja, con cara de preocupación.

Durban sacó el teléfono y le enseñó el informe original de la forense. Tait lo leyó en silencio; la temperatura por debajo de los treinta y cinco grados. La densidad ósea fuera de las tablas. Huellas con un dibujo imposible.

—Esto está mal medido —respondió sin creérselo.

—Ya, bueno, lo midió todo Sandison, varias veces. No está mal medido —replicó la inspectora.

Tait le devolvió el teléfono y se quedó callada.

—Mira, yo no me creo ni por un momento toda esa mierda que ella cuenta.

Eso de que viene de un lugar llamado Zaldrakor que no es un país de este mundo y todo eso.

Solo te digo que es muy raro y que ella entiende lo que está ocurriendo mejor que nosotros, así que no quiero perderla de vista.

Porque si la pierdo de vista, nadie le hará nunca las preguntas correctas que nos permitan resolver este caso —le explicó.

—Eso suponiendo que no esté implicada —añadió Tait.

—Suponiendo que no esté implicada —repitió Durban.

—Está bien, con una condición. Se acabaron los secretos. No me entero de las cosas por una carpeta anónima ni por uno de los hombres de gris. Me las cuentas tú. Todas.

—Todas.

***

A la mañana siguiente le devolvieron sus cosas y parecía que media unidad había encontrado alguna excusa para estar presente cuando le devolviesen la lata de los escarabajos.

Brodie sacó la bolsa precintada y recitó el inventario al revés de como lo había hecho la primera noche. Sin documentos. Sin dinero. Sin teléfono. Y la lata. La puso sobre el mostrador con mucho cuidado. La goma del pelo seguía sujetando la tapa.

Iska la abrió, miró dentro, y sonrió. Sobre el musgo fresco, los tres escarabajos seguían vivos.

La propia inspectora Durban se encargó de llevarla a su nuevo domicilio.

Le habían asignado una habitación en una pensión con fachada de piedra en una calle tranquila. El dueño, un tal Petrie, le debía a Durban más de un favor, así que le dio la llave sin hacer preguntas.

Durban sacó del bolsillo la copia impresa de la captura de las cámaras y la puso sobre la cama.

—Antes de irme, necesito que mires esto. Es el hombre que dirigió lo de anoche.

—Eso de anoche era el ensayo. Lo de verdad será más grande, y será pronto, mientras toda vuestra gente sigue poniendo velas y flores a los muertos —murmuró Iska, devolviéndole la fotografía.

La inspectora prefirió no preguntar más. Se quedó embobada observando cómo la que hasta hacía poco era su prisionera colocaba a los tres escarabajos con mucho cuidado sobre la cama y los acariciaba.

—Abajo te darán tres comidas al día, en el comedor —le recordó al despedirse—. No tienes que pagar por ellas. Lo que sí es muy importante es que mañana pases por la comisaría a firmar. Pregunta por mí al llegar. Ni se te ocurra olvidarte —añadió.