La coleccionista de insectos Capítulo 6
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Capítulo 6

La noche que ella predijo

Durante la sexta noche en la celda, Iska notó que algo había cambiado.

Había aprendido a escuchar los ritmos desde su camastro, sin moverse, con los ojos cerrados. Al fin y al cabo, no tenía mucho que hacer durante el día, aparte de intentar comprender cómo había llegado a ese mundo.

Esa noche los ruidos eran diferentes.

Primero escuchó los pasos. Más rápidos, más juntos, más personas. Luego fueron las puertas: empezaron a abrirse y cerrarse sin horario, a deshora, con prisas. Después las voces, en ese idioma de vocales blandas que ya casi entendía cuando hablaban despacio. Aunque esa noche nadie hablaba despacio.

Y, sobre todo, lo supo por las cajas negras y pequeñas que los guardianes llevaban sujetas a la cintura, esas que escupían las voces de otra gente. Las cajas no callaron ni un momento. Voces dentro de voces, urgentes, pisándose las unas a las otras.

Era una regla vieja, de las primeras que aprende un guerrero. Cuando el campamento se mueve inquieto por la noche, significa que la batalla ha empezado.

Iska se sentó en el camastro con la espalda contra la pared fría, de cara a la puerta. Despertó los músculos. Si alguien atacaba el campamento en el que estaba prisionera, debía estar preparada para defenderse.

Los golpes empezaron poco más tarde.

El primero lo sintió en las plantas de los pies. Un temblor seco que subía desde el suelo. Iska conocía ese tipo de temblores. En Zaldrakor significaba que algo grande se había roto y que pronto habría que correr, o pelear, o morir, según dónde te pillara.

Esperó lo que siempre venía detrás del temblor. Gritos, humo, flechas, pero no hubo nada de eso. Hubo, en cambio, otro temblor. Y luego otro más.

Le costó entenderlo.

Quizá eran las flores de ruido y luz que usaban en este mundo.

Esas que explotaban en el cielo por la noche y creaban figuras de muchos colores.

Las había visto los primeros días. Las personas, en vez de buscar refugio, se quedaban mirando hacia arriba con la boca abierta y suspiraban “aaah” cuando detonaban.

Eran bonitas, a su modo, pero completamente inútiles como arma. Nunca vio que matasen a nadie.

Esa noche, además de las flores de ruido y luz que explotaban en el cielo, alguien había colado otro ruido que sí mataba. De eso estaba segura por el cambio de ritmo del campamento.

Negó con la cabeza y suspiró. Pensó en las consecuencias.

Era una buena demostración para el ejecutor.

Un estallido que mata suena igual que los demás.

Las presas no habrían corrido porque llevaban varios días siendo amaestradas para mirar al cielo y suspirar “aaah”.

A esas presas, les habían enseñado a no tener miedo justo al sonido que debía darles más miedo.

A Iska le pareció extraño. En este mundo, la mayor parte de las personas parecían estar domesticadas de algún modo, como los rebaños de cabras en el suyo.

Lo que no entendía era por qué los guardianes no estaban cerrando filas y protegiendo el campamento.

Lo estaban abandonando. En Zaldrakor, cuando un clan enemigo te ataca, defender el campamento es más fácil.

No corres hacia el peligro. Lo meditó un momento y pensó que quizá salían a proteger a las presas del peligro y eso reforzó su idea de que la mayoría de la gente de este mundo estaba domesticada.

El guardián viejo apareció en su celda hacia la mitad de la noche.

Iska recordó que su nombre era Brodie. Le había cogido cariño, a él y a la que llamaban inspectora.

—¿Estás despierta? —preguntó, aunque, a continuación, se respondió a sí mismo—. No me extraña, esta noche no duerme nadie.

Abrió la trampilla de abajo y le pasó una bandeja llena de comida a pesar de que no era la hora. Pan, carne entre el pan, una manzana y un vaso de agua.

—Come algo —dijo—. A saber cuándo voy a poder bajar de nuevo, esto es una locura —añadió.

Iska guardó la manzana bajo el colchón por si la comida se acababa y se comió el resto.

Un clan que alimenta a sus prisioneros mientras lo atacan es un clan demasiado rico o uno que no entiende lo que es una guerra.

Seguía sin saber cuál de los dos era este.

Empezaba a sospechar que los dos a la vez.

Quizá esperaban que se uniese a ellos si tomaban el campamento.

—¿Qué ocurre ahí fuera? —preguntó antes de que el hombre se fuese, señalando hacia el techo con la barbilla—. Ha reventado algo en tres sitios diferentes.

Brodie la miró extrañado a través de la rendija.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Por el ruido. Las flores que estallan en el cielo suenan diferente.

El viejo no contestó. Se pasó la mano por la cara, desde la frente a la barbilla.

—Ven conmigo —dijo, descorriendo el cerrojo—. Prefiero tenerte a la vista con el resto de los guardias.

La llevó por el pasillo hasta una sala grande y eso confirmaba su idea de que le pedirían que se uniese a ellos si los atacaban, aunque no había visto espadas ni lanzas. Tampoco arcos.

El resto de los guardianes miraban atontados el rectángulo de luz que colgaba de la pared en vez de comprobar las fortificaciones. Iska ya sabía que la gente que vivía dentro de esos rectángulos de luz no estaba ahí dentro por ninguna magia, pero seguía sin gustarle.

Esa noche, en el rectángulo de luz había fuego.

Reconoció la zona de los primeros días que había pasado en este mundo.

Una calle estrecha entre edificios altos de piedra.

Estaba llena de humo, con luces azules girando sobre las máquinas de metal.

Una mujer hablaba muy deprisa frente a las imágenes, pero no estaba allí, hablaba desde otro sitio, bien peinada y a salvo.

Las imágenes cambiaron. Otra calle, más ancha, con árboles a los lados y una columna de humo subiendo entre ellos.

Cambiaron de nuevo a una plaza grande que estaba en cuesta, con un castillo en la parte de arriba.

La gente corría en todas las direcciones para ponerse a salvo y había muchas luces azules girando.

Iska reconoció ese sitio también. Estudió el castillo en su primera semana y se asombró de lo bien construido que estaba. Sin duda, el clan que lo habitaba debía ser de los más ricos de la ciudad.

Tres puntos separados. El ejecutor que inició el ataque no pretendía matar a mucha gente. Era solo una demostración: quería que alguien supiese que podía causar el caos cuando él quisiera.

Se lo había dicho a la inspectora, la que olía a alcohol la primera noche; le había advertido que pasaría algo más grande. En Zaldrakor, cuando tenías razón con algo así, subías de rango dentro del clan, la próxima vez te escuchaban. No sabía si este mundo funcionaba de igual modo.

En el rectángulo, las imágenes daban vueltas sobre lo mismo.

El fuego, la calle estrecha, la mujer peinada hablando deprisa, el castillo.

Otra vez el fuego, otra vez la calle, la misma mujer, las mismas palabras que ella solo entendía a medias.

Iska tardó un rato en darse cuenta de que aquello no estaba pasando muchas veces, sino que el rectángulo lo repetía sin parar, para que toda la ciudad lo viera sin tener que estar allí.

En Zaldrakor, si matabas a alguien o bien escondías el cuerpo o lo dejabas a la vista.

Cada cosa decía algo diferente. Esconderlo decía “no he sido yo”.

Dejarlo donde lo vieran todos decía “he sido yo, mira lo que soy capaz de hacer”.

Pero un cuerpo a la vista lo veían, con suerte, los que pasaban por allí ese día. El mensaje viajaba poco a poco.

Aquí no.

Aquí los rectángulos de luz se encargaban de que todo el mundo lo supiese.

Iska reconoció la utilidad de ese método y, por primera vez, admitió que en eso en concreto, este mundo era mucho mejor.

Era una gran ventaja para los ejecutores como ella, con tan solo unos pocos ataques podías conseguir que todo el mundo supiese tu valía.

Brodie la devolvió a la celda cuando el cielo empezaba a clarear. Habían pasado varias horas y el rectángulo seguía repitiendo el mismo fuego.

—Intenta dormir algo —dijo el viejo—. Por la mañana esto va a ser un sinvivir. Vendrán a hacerte preguntas. Muchas, y no muy amables.

—¿Por qué a mí? —preguntó Iska.

Brodie tardó en contestar y se pasó la mano por la cara.

—Porque te encontramos donde te encontramos —dijo al fin, dejando escapar un soplido—. Y porque después de una noche así, los jefes querrán a alguien a quien echarle la culpa de todo.

Empezó a cerrar la trampilla, y se detuvo de pronto.

—Tus bichos siguen bien, por cierto. Les he puesto un trozo de pera esta tarde. Comen poco —añadió.

Iska se tumbó y cerró los ojos para pensar mejor.

Alguien había medido la rapidez de los guardianes, enviado una señal a los suyos y enseñado la mercancía. Las tres cosas al mismo tiempo.

Quien hace esas tres cosas juntas no las hace para terminar nada.

Las hace para comenzar algo mucho más grande.