Capítulo 5
Veinte años en una tecla
La forense entró sin llamar. Traía una carpeta gruesa y ni siquiera se sentó.
—Iba a mandártelo por correo —dijo a modo de saludo—. Pero pensé que preferirías escucharlo de mí antes de que lo vea otra persona —añadió, dejando la carpeta sobre la mesa.
La inspectora Gillian Durban puso los ojos en blanco.
—Empiezo por lo que ya creías saber. La temperatura. La primera noche te dije que el termómetro no estaba bien calibrado. 34,8 grados era imposible sin al menos estar desorientada, así que la culpa tenía que ser del aparato. Eso era lo razonable.
—¿Y?
—Pues que he usado cuatro termómetros. Dos lotes diferentes, de dos proveedores distintos, uno calibrado esta misma tarde delante de mí para quitarme la duda —explicó, pasando una hoja del informe—.
34,4; 34,6; 34,4 y 34,5. Cuatro aparatos diferentes y con la sala a veintidós grados y ella tranquila.
No era el termómetro, Gillian. Es esa mujer —concluyó.
—Hay gente que tiene la temperatura corporal algo más baja.
—La gente con esa temperatura está en una camilla, con una manta térmica y un médico nervioso a su lado. Ella estaba tan tranquila, comiéndose un sándwich enorme y pidiendo otro por si mañana se nos acababa la comida.
Durban prefirió no decir nada, así que Sandison pasó a otra página.
—Hay más. La densidad ósea. Cuando la pesamos y medimos el primer día asumimos que quizá tenía sobrepeso.
Sin ropa, se nota que de sobrepeso, nada de nada; se le marca cada músculo.
Le hice una placa de las manos por las contusiones y aproveché para mirar un poco más.
Está muy por encima de los registros que tenemos, eso sin contar con su musculatura, por eso pesa tanto.
No te estoy hablando de una densidad ósea por encima de la media, te hablo de muy por encima del percentil 99.
Básicamente, se sale de las tablas. Te ahorro la palabra que me vino a la cabeza, porque no es clínica y yo solo me baso en datos forenses.
—¿Imposible?
La doctora Sandison asintió lentamente con la cabeza.
—¿No puede ser una enfermedad? No sé, ¿un problema de metabolismo o algo así? Quizá por eso se le va la cabeza —insistió la inspectora.
—Las enfermedades suelen debilitar. Con esos registros, ella tiene que ser mucho más fuerte que un ser humano normal. Y luego está lo de la temperatura. Es más sencillo pensar que no está enferma de nada.
—¿Eso es todo?
—Esa es la parte fácil —suspiró la forense—. Lo complicado son las huellas.
—El escáner falló. Las tomó Brodie con tinta como hace muchos años. A saber si lo habrá hecho bien, en los turnos de noche está siempre medio dormido —murmuró Durban.
—Las tomó bien. Aunque hubiese cometido un error, el problema es mucho más complejo —anunció, sacando dos fotografías que colocó lado a lado sobre la mesa, giradas hacia la inspectora—. Mano izquierda y mano derecha. Míralas bien.
Durban parpadeó varias veces sin comprender.
—¿Son iguales?
—Son el reflejo exacto la una de la otra. Dedo por dedo, cresta por cresta. La izquierda es la derecha vista en un espejo. Eso es completamente imposible. Las huellas de ambas manos son simétricamente perfectas y, además, tienen patrones muy extraños que no había visto nunca.
—He escuchado algún caso de francotiradores a los que un cirujano les modifica las huellas dactilares, quizá…
—Lo pensé, pero no. Llevo dieciocho años viendo de todo como forense, Gillian. Esto no lo había visto nunca.
—¿Y qué vas a poner en el informe? —preguntó Durban con cautela.
—Su altura y que está bien de salud. Debo hacer notar los otros registros, pero no voy a escribir ninguna conclusión, porque si pongo que la detenida presenta datos físicos incompatibles con la biología humana, en media hora sale de su celda y acaba en un laboratorio secreto en algún lugar y eso no se lo deseo a nadie.
Incluso si es culpable de asesinato —explicó, encogiéndose de hombros.
—De todos modos, parte de esos datos están ya en el sistema, ¿no? Al menos las huellas, la temperatura del primer día y el peso —interrumpió la inspectora.
La forense asintió y a Durban se le heló la sangre.
Si tenían la mala suerte de que alguien, en algún despacho, prestase atención a esos datos, las cosas podían acabar muy mal para la mujer que tenían en la celda.
Estaba segura de que debía existir una explicación lógica para esos datos, pero prefería encontrarla ella antes de que a alguien, en algún laboratorio sin ventanas, le diese por hacer alguna prueba más invasiva.
Cuando la forense abandonó el despacho, Durban abrió el sistema en busca del registro de las huellas dactilares.
Las tomas manuales se escaneaban y se enviaban a IDENT1 como cualquier otra toma de huellas.
Era un trámite que el sistema hacía solo, de madrugada, sin necesidad de que nadie diese la orden.
Encontró el envío. Fecha: la mañana siguiente al crimen. Hora: las seis y cuarto. Estado: cursado. Referencia nacional asignada.
Las seis y cuarto. A esa hora Iska Harrak era una detenida más, una mujer rara empapada de sangre de otra persona.
Ahora podía convertirse potencialmente en un problema muy serio y no había manera de modificar ese registro.
Solo esperaba que esas huellas permaneciesen en el sistema junto a otros millones de huellas más que nadie comprobaba nunca.
Brodie estaba de nuevo en el turno de noche, medio dormido sobre un periódico del día anterior. Durban le hizo un gesto y se acercó a la celda número cinco.
Por la mirilla observó a la mujer. Dormía bajo la manta, de lado y de cara a la puerta.
El día que la encerraron, a todos les extrañó que esa mujer durmiese así en su primera noche en una celda, sin sobresaltos, tranquila.
Seguía igual. Le podían caer un asesinato y la colaboración en otros dos y dormía como si aquella celda fuese el lugar más seguro en el que había estado nunca.
—O es una asesina profesional o no le importa nada —murmuró Brodie a su espalda—. Les he echado un ojo a los bichos, por cierto, siguen vivos.
De vuelta a su despacho, la inspectora Gillian Durban ponderó sus opciones.
Lo normal era confiar en el sistema, hacer su informe de la mejor manera posible y esperar que alguien supiese diferenciar a una inocente de una culpable.
Irse a casa a dormir sabiendo que has hecho bien la parte del trabajo que te toca.
Pero a veces, el sistema tenía fallos y el nombre de hacía cuatro años regresó con fuerza a su mente.
Mirela Stancu.
Veinticuatro años, de Rumanía, o eso les dijo.
Sin papeles, testigo principal contra una red que metía mujeres en contra de su voluntad en pisos de Leith y las cambiaba de ciudad cuando dejaban de dar dinero.
Le había prometido que el sistema la protegería.
Se lo dijo mirándola a los ojos, sentada frente a ella en una celda similar a donde ahora dormía Iska.
Tres semanas más tarde apareció muerta en un portal. La red no llegó a juicio. El expediente se cerró con la palabra “inconcluso”, que era el término que el sistema utilizaba para decir que ese caso no seguía adelante.
No le contaba a nadie que eso todavía la mantenía despierta por las noches. Ni siquiera a Claire cuando su matrimonio se fue a la mierda por todo lo que Durban se traía a casa y no conseguía sacar de su cabeza.
Por eso, esa noche decidió que no iba a confiar en el procedimiento habitual.
Y por eso, también, necesitaba estar segura de que no se estaba mintiendo a sí misma y encubriendo a una asesina.
El corte de la primera víctima había entrado de izquierda a derecha, de abajo a arriba, hecho por alguien más alto y con la mano derecha.
Iska era algo más baja y zurda. Sandison lo había firmado en la autopsia, antes de que todo esto empezase a complicarse.
En las otras dos muertes no podía haber participado, al menos de manera directa, porque estaba encerrada en una celda.
Veinte años en la policía le decían que Iska era inocente.
En cambio, el sentido común le gritaba a voces que si alguien miraba el informe con detenimiento, eso daría exactamente igual.
Porque ese informe no hablaba de una asesina.
Hablaba de una mujer con la temperatura de un cadáver, huesos que no se rompían fácilmente y huellas que no podía tener nadie.
Y a una mujer así no se la juzga. Se la estudia.
Sandison había tenido cuidado de no escribir la conclusión, pero había dejado los datos crudos.
Cualquiera que supiese atar los cabos lo vería.
El cuidado de la forense la protegía a ella, dejaba su conciencia tranquila.
Para la mujer de la celda número cinco, esos datos eran peor que una sentencia de asesinato.
Volvió a la mesa e hizo lo que jamás pensó que haría.
Editó el informe antes de subirlo. Empezó por la temperatura.
Donde la forense había escrito cuatro termómetros de dos lotes diferentes, Durban dejó solo dos, los del lote de la primera noche que se habían considerado defectuosos, y añadió la frase: “pendiente de recalibración del instrumental; lectura no concluyente”.
La densidad ósea pasó a ser simplemente un valor elevado.
Las huellas le costaron más, ya estaban en el sistema, pero destruyó una de las fotografías, la de la mano izquierda, y desvinculó el caso de la primera víctima con un registro que ya aparecía con las palabras “fallo del escáner”. No podía hacer más.
Respiró hondo y le dio a la tecla de enviar.
Una tecla. Veinte años de servicio.
Guardó la carpeta de Sandison en la caja fuerte del despacho, con los datos verdaderos y la fecha en la primera hoja. Conservarla era admitir que no se creía del todo su propia versión, y aun así no fue capaz de destruirla.
Eran las cuatro y diez. En un máximo de cuarenta y ocho horas, el fiscal leería que la mujer de la celda número cinco tenía la temperatura algo baja por culpa de un termómetro viejo y unas huellas que no servían de mucho porque el escáner había fallado.
Leería también un informe forense que decía que el asesino de la primera víctima era diestro y ella zurda y, por último, que no podía haber participado de manera directa en los otros dos asesinatos.
Era tan solo una refugiada rara sin documentación y, posiblemente, con un gran trauma. Dejaba de ser un problema de la policía.