La coleccionista de insectos Capítulo 4
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Capítulo 4

El catálogo

Al tercer día de lo que ella llamaba cautiverio, Iska ya empezaba a conocer los turnos. Sabía cuándo cambiaba la guardia por el ruido de las llaves y quién traía la comida por el ritmo de los pasos en el pasillo.

Esa mañana entraron dos: el hombre mayor que se ocupó de sus escarabajos y un guerrero joven con unos papeles.

El joven leyó una lista en voz alta. La inspectora ya le había recitado la misma lista la primera noche que estuvo en la celda, pero por lo visto, había que repetirla cada cierto tiempo, como un cántico.

Quizá formaba parte de sus creencias. Le repitieron que tenía derecho a comida, derecho a descanso, derecho a un defensor y derecho a un curandero si enfermaba.

Las dos últimas cosas le costó un poco entenderlas.

En su mundo, no existía eso de los defensores y aquí a los curanderos les llamaban médicos.

También le explicaron, con muchas palabras, que ya no estaba presa por el muerto del templo, ahora lo estaba por no pertenecer a ningún país mientras decidían qué hacer con ella.

A Iska esto le pareció mucho más grave. En Zaldrakor, matar si tenías una buena razón no tenía castigo.

En cambio, no pertenecer a ningún clan era estar muerta de antemano.

Iska escuchó la lista hasta el final sin interrumpir.

—En Zaldrakor los prisioneros comen lo que encuentran en la celda —dijo cuando el joven se calló—. Ratas, si tienen suerte. Cuando no aparecen, dejan de comer.

El joven la observó con el ceño fruncido y miró hacia el hombre mayor, que se encogió de hombros.

Iska empezó a tener la sensación de que esta gente pensaba que estaba loca, lo cual quizá podría facilitar su huida en algún momento.

De todos modos, tampoco se extrañaba, porque a ella le parecía que ellos tampoco eran muy normales.

Un mundo que alimentaba a sus prisioneros y no les torturaba o estaba muy seguro de su poder o no había conocido nunca una guerra de verdad.

Todavía no sabía cuál de las dos cosas era cierta, y la diferencia le parecía crucial.

Más tarde la llevaron por un pasillo muy largo hasta un curandero, aunque ella insistió en que no tenía ninguna herida.

Al parecer, todos los prisioneros debían ser revisados por el curandero.

Pegado a una pared tenían colgado un rectángulo de luz mucho más grande que los que la gente ponía delante de sus caras.

Dentro había personas que se gritaban unas a otras y a Iska le pareció realmente cruel tenerlas allí encerradas, seguramente usando algún tipo de magia oscura.

Uno de los guardianes se rio y le dijo que no estaban allí.

Todos los demás también se rieron, aunque Iska no entendía por qué no vigilaban el perímetro en vez de observar a las personas encerradas en el rectángulo de luz.

La lista de cosas sin sentido de este mundo era ya demasiado larga, y cada día sumaba varias más. Ni siquiera entendía cómo podían seguir vivos.

El curandero le tocó la cicatriz de los nudillos con la misma delicadeza con que el hombre mayor le había sujetado los dedos contra la tinta, como si tuviese miedo de hacerle daño a pesar de ser una prisionera. Luego le aplicó un ungüento de color blanco y no le pidió nada a cambio.

Tras la visita al curandero, la comida llegó a su hora, como hacía siempre, sin que hubiese que ganarla peleando. Se la comió entera, hasta lo que no le gustaba. En Zaldrakor nunca sabes si al día siguiente encontrarás algo de comer, así que cuando hay comida, se aprovecha.

Más tarde, sentada en el camastro con la espalda en la pared, decidió que la guerra sumergida de ese mundo se había acelerado: lo notaba en los pasos o en las voces del mostrador. Cuando una guarnición se agita de ese modo es que el enemigo ha vuelto a golpear. Eso era una ley universal.

Le molestó más de lo que esperaba. No por estar en una celda, que era el alojamiento más seguro que había tenido nunca, sino porque un ejecutor apartado de la batalla es un ejecutor que pierde valor cada día que pasa. Ella podía serles útil si la dejaban.

Pensó en la inspectora que la había traído a la celda la primera noche. Parecía competente, sin miedo a sus superiores, lo que era raro en una guerrera de rango medio. Sabía que volvería, lo vio en su expresión la última vez, todavía le quedaban muchas preguntas por hacer y dudas que no entendía.

Regresó esa misma noche.

Iska escuchó las llaves, más tarde los pasos. Los del hombre mayor primero, y luego otros más ligeros que ya empezaba a distinguir entre todos los demás.

—Necesito que mires una cosa —dijo la inspectora nada más entrar en la celda—. Antes quiero que entiendas que esto no es un interrogatorio y no está pasando —añadió mientras extendía sobre la cama unas láminas brillantes con lo que parecían dibujos extremadamente realistas.

—¿Qué es esto?

—Tú mira esas fotos y dime qué ves —ordenó la inspectora, señalando las láminas.

Iska las estudió un buen rato, sin tocar nada. Reconoció el primer lugar: la puerta del templo de piedra la noche en que luchó contra el otro ejecutor. A las otras dos presas no las había visto nunca, pero no le hacían falta para saber lo que había ocurrido.

—¿Qué son esos conos amarillos con números? —preguntó, señalando con la barbilla.

—Marcan las pruebas en la escena del crimen.

Iska simplemente se pasó una mano por la barbilla sin comprender.

—Las tres víctimas no guardan ninguna relación entre ellas. El primero, junto a la Catedral, era un gestor de inversiones, este otro es un taxista, le encontró una pareja que estaba corriendo por el parque, a la mujer…

—¿Quién les perseguía? —cortó Iska.

La explicación la confundió aún más. Según la inspectora, la gente de este mundo corría sin que nadie les persiguiese, sin ningún motivo, ni siquiera para cazar. Lo hacían porque sí, para sentirse bien.

—El ejecutor está dejando un mensaje, por eso no están relacionados —dijo sin más, poniendo el dedo índice sobre cada una de las fotos—. Dos de las presas fueron colocadas después de muertas, mirando hacia dentro, se ve por el rastro de sangre.

—¿Y la primera víctima?

—La primera quedó torcida. La torcí yo al interrogarle.

—¿Por qué haría algo así el asesino? —insistió la inspectora.

—Enseña su trabajo a los que le pagan. Cuando un clan quiere alquilar a un ejecutor a cambio de comida o territorio, mata delante de los compradores. Presas escogidas para lucirse. Muertes limpias, públicas. No conozco vuestra palabra para eso.

—Publicidad, supongo —dijo la inspectora—. Como un catálogo de víctimas.

—Catálogo —repitió Iska—. ¿Cómo terminan vuestros catálogos?

—En una venta o algún tipo de acuerdo.

—¿Y antes de eso?

La inspectora tardó un momento en responder y, de pronto, entendió el peligro.

—En una demostración más grande —murmuró.

—Eso. La siguiente muerte la ejecutará donde haya más ojos. En una de vuestras noches de espectáculos —afirmó Iska, recostándose contra la pared—. Lleva un muerto por día, y a los compradores no se les hace esperar si pagan bien.

Se quedaron calladas un momento. La inspectora Durban resopló y se llevó una mano a la nuca.

—La primera presa es diferente. A los desconocidos se les mata para el catálogo. A los que confían en tu voz se les mata por asuntos del clan. Averigua qué era ese hombre para ellos y sabrás más que con todos esos conos amarillos que habéis colocado junto a las presas.

La inspectora se sentó en el suelo de la celda, la espalda contra la puerta.

No miró ni una sola vez el aparato de medir el tiempo que llevaba en la muñeca.

A Iska le pareció extraño. En Zaldrakor, una guerrera que se sienta en el suelo de la celda de su prisionera o es una imbécil o la prisionera ha dejado de ser una prisionera. La inspectora no era imbécil.

Y se dio cuenta también de que estaba a gusto con ella. Trató de apartarlo de su mente, porque las cosas que se sienten a gusto en territorio ajeno suelen ser las que te matan.

—¿Vendrás a decirme si he acertado? —preguntó.

—Espero que no aciertes, porque un asesinato en pleno Festival con todos mirando no sería nada bueno para la ciudad —murmuró la inspectora mientras se levantaba.

Ya tenía la mano en la puerta cuando Iska habló de nuevo.

—Has preguntado mal antes. No has hecho la única pregunta que importa.

—¿Y qué es la única pregunta que importa?

—Cómo puedes pararlo —respondió, metiéndose en la cama y tapándose con la manta.

La inspectora la miró desde la puerta, sin contestar, y se fue con los pasos más lentos que cuando llegó. El hombre mayor cerró la celda tras asegurarle que sus tres escarabajos estaban bien.