Capítulo 3
Algunas anomalías
Gillian Durban tenía un plan sencillo para su día libre: dormir hasta tarde y ver una película en la televisión, pero ese plan había saltado por los aires de madrugada frente a St. Giles.
Fuera, la ciudad ya se había puesto en marcha y en agosto, con el Festival, todo Edimburgo se convertía en una especie de caos.
A las ocho de la mañana ya había malabaristas montando sus puestos y varios turistas hacían cola frente a un teatro que no abriría sus puertas hasta el mediodía.
Ninguno de esos turistas sabía que en esa misma calle, por la noche, habían degollado a un hombre frente a la catedral.
Al entrar en la comisaría, con un café comprado en la nueva gasolinera de la esquina, se cruzó con varios agentes del turno de noche. La extraña mujer que habían detenido se había convertido ya en el principal tema de conversación.
La doctora Greta Sandison la esperaba en el laboratorio forense.
—Llegas pronto —saludó sin levantar la vista—. No te esperaba hasta más tarde, apenas has dormido, ¿no?
La forense puso sobre la mesa una fotografía del cuello del hombre asesinado y un esquema lleno de flechas y ángulos.
—Un solo corte. Profundo, sin vacilar, sin marcas de tanteo. Entra bajo en el lado izquierdo del cuello y sale alto en el derecho. El asesino es diestro y mide algo más que la víctima. Además, ya había matado antes; de eso estoy segura.
—Eso podría coincidir con la mujer que tenemos detenida —murmuró Gillian—. Mide uno setenta y ocho.
—No. Habría tenido que cortar de puntillas y con la mano cambiada. Es zurda. He medido el ángulo tres veces, con tres métodos diferentes. No fue ella, prácticamente te lo puedo garantizar —le aseguró la doctora Sandison.
—¿Y sus heridas?
—Otra historia diferente. Nudillos abiertos, dos hematomas en el antebrazo izquierdo, una uña partida. Todo de la misma franja horaria que la muerte. Esa noche peleó con alguien. Y luego está la segunda sangre —añadió la forense.
—¿La del cuchillo?
—Sí, la del cuchillo y la del reguero hacia el andamio. No es de ella y cuadra con la versión que te contó. La he comprobado con la base de datos nacional y con Interpol. Nada. Ese hombre del que habla no consta en ninguna parte.
—Igual que ella entonces —protestó la inspectora—. ¿Me puedes decir algo del muerto?
—Alcohol, 1,2. Cenó tarde. Sin drogas, sin enfermedades, sin señales de haberse defendido. Era un hombre sano hasta que dejó de serlo. O bien confiaba en su asesino o fue tan rápido que apenas se dio cuenta.
—¿Y de ella, sabemos algo más? —insistió Durban.
—Ahí es donde las cosas se ponen interesantes —suspiró Sandison—. Al ingresarla le tomaron la temperatura. 34,8 grados. La enfermera repitió con otro termómetro pensando que el primero se había roto y salió exactamente la misma temperatura: 34,8 grados.
—¿Eso es posible?
—Es difícil, pero no imposible. Podría ser un caso de hipotermia, aunque en agosto eso es raro. Además, no presentaba signos de confusión. He mandado recalibrar los dos aparatos; son del mismo lote, y una partida defectuosa sería la explicación más sencilla. Pasa más de lo que la gente cree.
—¿Y si no es el lote?
—No me traigas teorías a las ocho de la mañana, por favor, Gillian, tráeme datos —protestó la doctora.
En la sala de custodia, Brodie escaneó una a una las fichas de tinta de la noche y el sistema las envió a la base nacional, como cada madrugada.
La de la detenida sin país de origen salió a las seis y cuarto, entre un carterista y dos peleas de pub.
Nadie tuvo que dar la orden; ese trámite se hacía solo.
Recordó el comentario de la detenida de que el musgo se estaba secando y recogió un poco del muro del aparcamiento para meterlo en la lata de los escarabajos.
En su despacho, Durban cruzó los datos con todo lo que se podía cruzar: fronteras, visados, solicitudes de asilo, Europol, denuncias de desaparición, registros militares.
A mediodía no tenía nada. Iska Harrak, si es que ese era su verdadero nombre, no constaba en ninguna base.
Una refugiada sin papeles ni registros no era algo inusual últimamente, así que no le dio mucha importancia.
Releyó la declaración por si el sueño de la noche le había hecho equivocarse en algo.
Hasta el momento, la mujer de la celda cinco solo había dicho varias cosas que no se podían comprobar, pero todas las que sí se podían comprobar salían a su favor.
Era una situación incómoda. Para alguien con menos experiencia y más ganas de cerrar el caso, la parte verificable era tan sólida que casi empujaba a tragarse el resto.
La sargento Shona Tait se presentó poco más tarde con dos cafés de máquina y la carpeta del caso bajo el brazo.
—Me han asignado a tu circo —bromeó, dejando uno de los cafés en la mesa—. En la cantina no se habla de otra cosa: por lo visto tienes a una detenida de otra dimensión en la celda cinco. Una extraterrestre o algo así. ¿Tiene tentáculos?
—Vete a la mierda, Shona. De momento tengo a una sospechosa de asesinato, quizá a una testigo —gruñó la inspectora.
A las tres de la tarde, llevaron a Iska a la sala de interrogatorios. Eligió una silla con la espalda a la pared y puso las manos abiertas sobre la mesa, donde todos pudiesen verlas, se notaba que la habían detenido más veces. Después, miró la grabadora.
—¿Qué hace eso? —preguntó, señalando con el dedo.
—Graba todo lo que digamos —explicó Durban—. Es el procedimiento estándar.
Iska tardó un instante en responder, como si no lo entendiese.
—Este mundo lo apunta todo —murmuró, negando con la cabeza.
—Cuéntame otra vez lo que ocurrió anoche. Despacio, desde el principio —insistió la inspectora.
Iska lo contó con las mismas palabras y en el mismo orden que constaba en el informe, exactamente igual que la primera vez. Cuando terminó, se quedó mirando a Durban a la espera de la siguiente orden.
—El sitio no me encaja —dijo la sargento Tait—. ¿Por qué matar ahí? Hay cien callejones a pocos minutos.
—Por eso mismo —respondió Iska sin dudar—. Un cazador se esconde. Él eligió la luz. Y dejó el arma. Un ejecutor no abandona un buen cuchillo salvo que quiera dejar un mensaje a otro clan. No estaba cazando. Estaba… anunciando algo. Y el muerto le conocía.
Durban levantó la vista de la libreta.
—¿Cómo que le conocía?
—Se le acercó por la espalda. Sin esconderse, haciendo ruido.
El hombre ni siquiera se dio la vuelta. —Iska separó las manos unos centímetros sobre la mesa, midiendo una distancia—.
Le habló, y tampoco se volvió. Nadie deja que una voz desconocida se acerque a su espalda.
Ni siquiera vosotros, que no vigiláis nada —añadió con un tono de desprecio en su extraño acento.
Durban escribió cuatro palabras en la libreta y subrayó dos de ellas.
—Estupendo —dijo Tait—. ¿Algo más que quieras regalarnos? ¿El nombre del asesino, su dirección, su número de teléfono, quizá?
Iska la miró. Tardó en responder porque no entendía bien la frase.
—No dijo ningún nombre. No tiene dirección fija, cambia de madriguera casi cada noche, todos los ejecutores buenos lo hacen. Y no sé qué es un teléfono.
Tait abrió la boca para decir algo y luego la cerró. Miró a Durban, que de pronto parecía muy concentrada en su libreta.
—Mis escarabajos —dijo de pronto, antes de abandonar la sala.
—El sargento les ha puesto musgo nuevo esta mañana.
Iska asintió y se dejó conducir a su celda. Fue lo único de toda la entrevista que pareció importarle de verdad. No la muerte de un hombre o que podría ser acusada de asesinato. Estaba preocupada por sus escarabajos.
—O es la mejor mentirosa que he visto en toda mi vida o aquí pasa algo muy raro —masculló la sargento Tait, inclinando su silla hacia atrás y cruzando las manos por detrás de la nuca.
El teléfono sonó a las cuatro y diez.
Habían encontrado a una mujer muerta, con la garganta abierta de un solo corte. Mismo modus operandi que en la víctima de la noche anterior. Treinta y nueve años, fotógrafa, vecina de Leith. La hallaron dos turistas en Princes Street Gardens, detrás del quiosco de música. Nadie había visto nada.
Iska Harrak estaba encerrada en una celda desde la madrugada. O bien tenía un colaborador o la coartada más limpia de Escocia.
Las fotos entraron en su correo a las cinco.
Las amplió y negó con la cabeza. El corte era el mismo; eso lo habría visto cualquiera con un poco de experiencia en homicidios.
Un corte así, en ese lugar y a esa hora…
a plena luz del día. O era alguien muy bueno o muy seguro de sí mismo. Probablemente ambas cosas.
A media tarde, la fiscal de guardia lo dejó claro por teléfono: con las pruebas que había hasta ese momento, no se podían presentar cargos contra la detenida, y el plazo de custodia policial se agotaba.
La respuesta de Inmigración llegó casi al mismo tiempo.
Una mujer sin documentos, sin nacionalidad verificable y sin domicilio pasaba a estar pendiente de traslado a un centro de refugiados, pero con el Festival y media Escocia de vacaciones, no habría plaza disponible.
Mientras tanto seguiría donde estaba, en la celda cinco, solo que ahora a nombre de otro ministerio.
Ese día, el briefing de las seis y media de la tarde se hizo en la sala grande.
Había caras nuevas, gente que se encarga de delitos graves, alguien de la oficina del fiscal al fondo.
En la pizarra, dos nombres, dos fotos y un mapa del centro de la ciudad.
Las cámaras del tramo alto de la Royal Mile habían dado poco: la lona y el andamio de la obra tapaban justo el ángulo de la puerta oeste.
El técnico juraba que nadie habría elegido mejor el punto ciego ni queriendo.
Sobre cada una de las mesas había copias de un dossier clasificado: doce páginas sobre operativos del Este que se dejaban detener para trabajar desde dentro. Casos reales, fechas, sentencias.
—La segunda muerte no la descarta como sospechosa y tampoco que no podamos acusarla la descarta; la investigación sigue abierta.
La diferencia es que ya no la retenemos nosotros, la retiene Inmigración —insistió un hombre que se encargaba de hacer perfiles criminales—.
De hecho, esto confirma que son al menos dos, seguramente se trata de una discusión entre operativos por un reparto que salió mal.
Se vio en peligro dentro de su organización, se dejó capturar, y ahora tiene la mejor coartada del país.
Y una celda pagada por nosotros —agregó, chasqueando la lengua.
—Y luego está lo de la lata con los escarabajos —dijo alguien, como si eso pudiese tener alguna relación con los crímenes.
En la pizarra, bajo la foto de Iska, un oficial empezó a escribir: ¿cómplice? Más abajo, ¿trofeos?
En el aparcamiento, Tait alcanzó a Gillian Durban con las llaves en la mano cuando estaba a punto de abrir su coche.
—Podías haber dicho algo más ahí dentro —protestó.
—¿El qué? ¿Qué querías exactamente que dijese, Shona? Todo lo que tengo confirma su versión, por muy estúpida que sea, y me niego a aceptar que viene de otro mundo porque eso es una gilipollez. Y si digo algo, solo la entierro más rápido.
Cuando la sargento Shona Tait se marchó, Durban se quedó junto a su coche sin abrirlo.
Había dejado pasar la palabra “trofeos” en la sala, pero sabía que era un peligro.
La gente se centraba en ese tipo de cosas, sobre todo los periodistas.
Conocía la mecánica. Alguien filtraría lo de los escarabajos y aparecería en algún periódico. A partir de ahí, todo se complicaría.
Volvió a entrar y en el archivo pidió un expediente de hacía cuatro años. Se lo trajeron en una carpeta gastada, con el lomo escrito a mano y la goma dada de sí. Lo dejó sobre la mesa, junto al café frío de la mañana, y estuvo un rato con la mano encima de la tapa.
Un nombre de hacía cuatro años al que no ayudó lo suficiente.
No abrió la carpeta. La conocía de memoria, así que la devolvió al archivo de camino a la salida y condujo a casa con la radio apagada.