Capítulo 2
La verdad como camuflaje
Iska despertó a la cuarta hora y se sorprendió de haber dormido de un tirón. En treinta inviernos no le había ocurrido nunca.
El techo era sólido, seco, sin grietas de filtración ni nada que hiciese suponer que iba a colapsar en cualquier momento.
Las paredes también parecían seguras, con una puerta de acero y ningún otro acceso por el que pudiese ser atacada.
Salía calor de una rejilla junto al suelo, constante y sin humo.
Le habían dado una manta y una cama. Incluso había agua que nadie vigilaba y que no se agotaba.
Una sola puerta que defender y ni siquiera tenía que defenderla ella: la defendían otros, desde fuera, por razones que aún no comprendía.
Iska Harrak, ejecutora del clan Harrak, superviviente de más batallas de las que se podían contar, llegó a la conclusión de que el lugar donde la habían metido era el alojamiento más seguro en el que había estado en toda su vida.
Llevaba nueve días en ese lugar y la lista de cosas que no entendía crecía más rápido que la lista de cosas que sí.
***
De su llegada recordaba poco y sin orden: la emboscada en el desfiladero, los suyos cayendo a su espalda, los enemigos sangrando bajo el filo de su espada y, más tarde, la detonación, blanca y sin sonido.
A continuación, hierba mojada contra la mejilla, de un verde que en Zaldrakor habría provocado una guerra entre los clanes más poderosos.
Permaneció inmóvil, esperando el dolor o el ataque, pero ninguno de ellos llegó y eso fue lo primero que la asustó, porque pensó que había muerto.
Lo segundo fue el escarabajo.
Le subió por la bota en la primera hora, cuando aún estaba tumbada sobre la hierba, decidiendo si el silencio era una trampa.
Lo vio avanzar por el cuero y detenerse en el dorso de su mano.
Cuando le dio la luz, era del color del aceite sobre el agua.
Verde que se volvía violeta, violeta que se volvía oro, según el ángulo de la luz.
En Zaldrakor había insectos, pero eran pardos y blindados.
En invierno, tres gusanos de ceniza compraban una hora junto al fuego.
Allí nada brillaba. Algo que brilla anuncia su posición, y todo lo que anuncia su posición muere.
Esa era la primera lección que se enseñaba a los niños, al menos a los pocos que llegaban a la edad en la que podían aprender lecciones.
Aquel escarabajo brillaba, caminaba despacio, sin miedo, por el dorso de la mano de una mujer que había matado para sobrevivir más veces de las que podía recordar.
Iska permaneció inmóvil hasta que el escarabajo desplegó unas alas de debajo del caparazón y se fue volando.
—Imposible —masculló entre dientes mientras negaba con la cabeza.
Esa misma noche encontró la lata en un contenedor: metal liviano, tapa de bisagra, letras en un idioma que no entendía.
Metió en ella musgo del muro del cementerio y se dijo a sí misma que solo cabían tres ocupantes.
Si quería más, tendría que encontrar una lata más grande.
Con la punta de un clavo abrió varios agujeros pequeños en la tapa: cualquier criatura encerrada sin aire muere, y eso lo sabía hasta un niño.
En Zaldrakor la propiedad no existía, solo la posesión temporal. Aquellos tres habitantes diminutos dentro de la lata eran la primera cosa que poseía sin que costase sangre.
***
Los nueve días siguientes fueron de reconocimiento.
Aquí nadie patrullaba. Comió de los contenedores traseros de los lugares donde se cocinaban o se vendían cosas.
La primera vez se quedó un cuarto de hora vigilando la comida en busca de la trampa, porque tenía que haber una trampa.
Pero, no. En este mundo se tiraba la comida.
El pan entero, la fruta, carne ya cortada en envases cubiertos por un fino material transparente.
Y lo hacían todas las noches sin falta, como si fuese un ritual o un presente a los dioses antiguos.
En Zaldrakor, un hallazgo así habría causado una gran batalla.
Observó a las presas. Caminaban mirando unos extraños rectángulos de luz que llevaban en la mano; a veces incluso hablaban con ellos.
No se preocupaban de si alguien atacaba desde un tejado.
Cruzaban ríos de máquinas de metal confiando sus vidas a unas rayas pintadas en el suelo.
Las puertas de los templos estaban abiertas y dentro no había nada que comer ni tampoco ofrendas, solo silencio.
No había guerreros y aun así, nadie los saqueaba.
Tardó tres días en descartar la hipótesis de que aquello era la trampa más elaborada que jamás había visto.
Eso consiguió que se preocupase todavía más.
Una paz tan perfecta solo podía ser la superficie de un conflicto mejor organizado que todos los que conocía.
Así que Iska hizo lo que haría cualquier ejecutora en territorio hostil: buscó a los guerreros.
Encontró uno en la cuarta noche.
***
Entre miles y miles de presas, había un hombre que se movía de la forma correcta.
Comprobaba si le seguían en los reflejos de los cristales sin volver la cabeza.
Cambiaba de ruta cada día. Llevaba las manos libres para poder defenderse y no ese extraño aparato rectangular que emitía luz delante de su cara.
Cuando un borracho chocó con él en un callejón, descartó la pelea sin que el borracho llegase a darse cuenta de que podía haber muerto allí mismo.
En un valle de presas, al único guerrero que había encontrado no podía perderlo de vista. Tarde o temprano cazaría y a Iska le convenía saber dónde y para quién.
Le siguió durante tres noches. Dos veces se reunió con otros; breve, profesional, sin saludos. Dedujo la jerarquía por los gestos. Era un ejecutor, como ella. El arma de otros.
Ocurrió la décima noche, frente a la puerta de un gran templo de piedra.
El hombre se colocó en la sombra del pórtico y, aun así, a Iska le pareció un lugar horrible para cazar una presa. Era el punto más iluminado. Lo comprendió rápido, no se escondía, estaba matando para dejar un mensaje.
La presa llegó poco más tarde: un hombre bien alimentado, con ropa de las que, en este mundo, Iska había aprendido que mostraban riqueza y el paso inseguro por el alcohol.
El ejecutor se le acercó por la espalda y la presa no se volvió.
Le habló, y la presa no se volvió. Conocía la voz y confiaba en ella.
El corte en el cuello fue limpio, muy profesional.
Iska corrió hacia él. Un ejecutor de un clan rival en tus manos vale mucho más que en la distancia y el momento de atacarle es cuando trabaja, porque está concentrado en matar.
El hombre era bueno. Cuatro intercambios de golpes, quizá cinco. Iska le encontró el costado con su propio cuchillo, sintió la carne abrirse y la sangre del hombre en los nudillos. Él aceptó la herida y se dio a la fuga.
No se persigue a un ejecutor por un territorio que él domina y tú no. Es la segunda regla. La primera es no morir en la pelea.
La presa seguía viva sobre los adoquines. Iska se arrodilló sobre su sangre y comprimió la herida. No lo hizo por piedad, en su mundo ni siquiera existía ese concepto. Lo hizo porque era la única fuente de información que le quedaba.
Le preguntó quiénes querían su muerte, a qué clan pertenecían y dónde dormían. El hombre murió antes de poder decir nada.
Las máquinas de metal llegaron de inmediato, con sus luces y su ruido.
Iska no entendía por qué anunciaban su llegada si hacía más fácil huir del lugar.
Aun así, se sentó sobre los talones, empapada de una sangre que no era la suya y se quedó quieta.
Hacía dos noches había visto el poder de las pequeñas armas que tenían en este mundo, mucho más letales que un buen arco.
En cualquier caso, estaba cubierta de sangre y era fácil de rastrear para un buen cazador.
Calculó sus opciones. Pensó en mentir, pero este mundo lo apuntaba todo. En Zaldrakor, su madre le había enseñado que la mejor armadura es la que el enemigo no reconoce como armadura, así que decidió decir la verdad.
Se sentó con las piernas cruzadas, con las manos a la vista sobre las rodillas, mostrando que no pensaba matar a nadie en los próximos minutos.
Esperó porque tenía ganas de saber cómo se libraba la guerra sumergida de este mundo, la que se escondía bajo la paz aparente y ella todavía no había conseguido descifrar.
De la máquina de metal se bajaron dos hombres jóvenes que la apuntaron con unos haces de luz que no quemaban. Iska podría haber acabado con ellos en apenas tres segundos. Y luego apareció la mujer.
Olía a alcohol, iba desarmada, pero su jerarquía era más alta que la de los dos hombres.
Iska le contó la verdad, aunque la mujer decidió por su cuenta que no era cierto, que en realidad era una refugiada de alguna guerra que había perdido la cabeza y ahora vivía en las calles, lo cual, en el fondo, era en parte cierto, menos lo de perder la cabeza.
***
Las máquinas de la prisión la rechazaron.
El cristal donde había que poner los dedos parpadeó tres veces y no funcionó.
Iska no tenía ni idea de para qué utilizaban esa máquina, pero nada en este mundo tenía sentido.
A continuación, un hombre mayor le sostuvo los dedos sobre la tinta con una delicadeza que la desconcertó, como si temiese romperlos.
Retiraron otras máquinas sospechosas de estar averiadas mientras el hombre mayor murmuraba algo sobre los recortes que no entendió.
Más tarde vino una mujer con papeles que dijo que era su abogada y que la iba a defender. Iska no sabía lo que era una abogada, así que preguntó si le costaría la mano derecha. La mujer dejó escapar una carcajada.
Luego le entregaron comida y le dieron una cama.
—¿Qué quieres a cambio? —preguntó Iska, pero de nuevo se rieron de sus palabras.
La comida se gana o se roba. O se intercambia por algo. Es lo que marca el Código. En este mundo se tira o te la dan sin exigir nada a cambio. En el suyo, la comida no se da, porque dar comida es dar vida, y nadie da vida sin cobrarse algo mejor. Iska lo aprendió cuando era todavía muy joven.
Casi al amanecer, el hombre mayor apareció por la celda.
—Les he puesto un poco de lechuga —anunció—. A tus bichos. Y unas gotas de agua. No sé qué comen los escarabajos, la verdad.
—Frutas y flores —dijo Iska desde el camastro—. Pero se comerán la lechuga. Cuando hay hambre se come lo que hay.
Le sorprendía de todos modos. En este mundo, un guardián armado había alimentado a los escarabajos de su prisionera, sin que nadie se lo ordenase y sin cobrar un precio.
Se tumbó de nuevo, cerró los ojos y durmió como no había dormido nunca en ningún mundo.