La coleccionista de insectos
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Capítulo 1
La mujer junto al cadáver
A las tres y media de la madrugada, en el pub The Widow’s Lantern ya solo servían a los de siempre, y Gillian Durban era, un poco a su pesar, una de ellos.
Apuró el whisky de despedida y dejó el dinero sobre la barra de madera.
Había llovido mientras discutían sobre si su equipo ganaría la liga al año siguiente y los adoquines brillaban.
Algunas octavillas del Festival se deshacían en los charcos.
En agosto, Edimburgo entero se convertía en una atracción.
Estaba ya a punto de llegar a su apartamento cuando la radio que llevaba en el bolsillo se puso en funcionamiento.
—Todas las unidades: muerte sospechosa, High Street, a la altura de St. Giles. Los primeros agentes informan de... —se hizo una pausa que a Durban no le gustó nada—. Informan de algunas circunstancias inusuales.
Técnicamente era su día libre, y quizá no se encontraba en las mejores condiciones tras su paso por el pub, pero también estaba a solo dos minutos de allí. Sus veinte años en la policía le gritaban a voces que esas circunstancias inusuales se traducían en un agente joven pidiendo ayuda.
***
Mientras dos agentes que parecían recién salidos de la academia acordonaban la zona, las luces del coche de la policía teñían la fachada de St. Giles de un color que la estructura gótica no se merecía.
Gillian comprobó de lejos la escena antes de identificarse; el bulto sobre los adoquines, frente a la puerta oeste de la catedral, en el punto más iluminado de toda la Royal Mile.
Quien hubiera matado allí no buscaba esconderlo.
—Soy la inspectora Durban —anunció, enseñando la placa—. Estaba cerca de aquí. Contadme.
En el suelo había un hombre de unos treinta y tantos años, vestido con un traje caro, hecho a medida, y con la garganta abierta de lo que parecía un solo corte.
La cartera seguía en la chaqueta: Thomas Hartley, vecino de Londres, con tarjetas profesionales de un conocido banco de inversión. En el bolsillo exterior, una octavilla doblada de un espectáculo de medianoche. Un turista del Festival que encontró la muerte en la madrugada.
A unos pasos del cuerpo, en dirección a la Mercat Cross, había un cuchillo militar esperando a que llegase el equipo forense.
—Hay una testigo… o la asesina, no lo sé —informó uno de los agentes—. No se ha movido desde que llegamos.
—¿La encontrasteis junto al cuerpo?
—Encima. Con las manos en la garganta del muerto.
—¿Intentaba reanimarlo?
El chico tardó en contestar, y cuando lo hizo su voz tembló.
—Le hablaba. Creo que le estaba interrogando —respondió, pasándose una mano por la nuca.
***
La mujer estaba sentada con las piernas cruzadas a un metro del cadáver.
Tenía las manos abiertas sobre las rodillas y estaba empapada de rojo de la cintura al cuello.
Permanecía muy quieta, pero sus ojos no paraban; recorrían los tejados, las ventanas, las bocacalles, los coches.
Luego volvía a empezar, con la paciencia de un faro.
No miraba el cuerpo. El cadáver era lo único que no parecía llamarle la atención de toda la zona.
Durban se acercó despacio, las manos visibles, y la mujer se tensó, cambiando de postura lo justo como para atacar si fuese necesario.
La inspectora había visto antes ese tipo de reacción, en veteranos que volvieron con la guerra a las espaldas y nunca consiguieron quitársela del todo.
Lo que nunca había visto era una reacción tan limpia, tan sin esfuerzo, como si fuese un depredador.
De cerca, estaba claro que había estado en el ejército. Pelo corto, brazos muy bien definidos, varias cicatrices, una de ellas siguiendo la línea de la mandíbula, los nudillos gruesos de haber peleado muchas veces.
—Soy la inspectora Durban, de la Policía Escocesa. ¿Puedes decirme cómo te llamas?
—Iska Harrak —respondió la mujer tras repetir la pregunta tres veces, como si le costase entender el idioma.
El acento era difícil de identificar: vocales del este, consonantes de más al este todavía.
Quizá una refugiada de alguna guerra reciente, de esas en las que aprendes a sentarte con la espalda protegida por una pared.
El pensamiento le llegó sin querer: un nombre de hacía cuatro años al que no ayudó lo suficiente.
—¿Puedes contarme qué ha pasado aquí, Iska?
—Vengo de Zaldrakor —explicó la mujer—. Perseguía a una amenaza, pero llegué tarde. El que lo mató se mueve como los míos.
Gillian dejó pasar unos segundos, por si decidía explicar algo más, pero la mujer se quedó callada, mirándola a los ojos casi sin pestañear.
—¿De qué país has dicho que vienes? —insistió.
—No es un país.
—Ya, bueno, ¿y cómo has llegado hasta aquí?
—Hubo una explosión y me desperté en vuestro mundo —dijo sin más.
A Durban le costó un poco identificar por qué le incomodaba tanto esa respuesta.
Uno de los agentes mencionó que debía estar drogada o borracha, o puede que ambas cosas.
En cambio, en dos décadas de declaraciones, Gillian había aprendido que los locos y los intoxicados adornan las historias mientras que los mentirosos dan demasiadas explicaciones.
Esa mujer no hacía ninguna de las dos cosas.
Solo le entregaba frases cortas y se quedaba mirando a ver qué hacía con ellas.
—Dices que había un hombre. ¿Lo llegaste a ver?
—Luché con él. Ahora tiene una herida en el costado, pero se escapó por el andamio —explicó, haciendo un gesto seco hacia una obra—. Él conoce los tejados. Yo no. No se persigue a un cazador por un terreno que él conoce y tú no.
—¿Y las preguntas? —La detective señaló el cuerpo sin mirarlo—. Los agentes dicen que le estabas hablando cuando llegaron.
—Era la única fuente disponible sobre la amenaza, pero las fuentes no duran mucho con el cuello segado, así que no me respondió.
Una ráfaga de viento hizo chasquear la cinta que habían colocado como cordón policial y Gillian Durban notó que el agente más joven había retrocedido medio paso sin darse cuenta.
—¿Por qué patrullas desarmada y con los reflejos a medias? —preguntó de pronto la mujer.
—¿Perdón?
—Alcohol —dijo, señalándola con la barbilla—. Se huele desde aquí. Y no llevas armas. Casi nadie en este lugar las lleva. He estado nueve días observando. No sé cómo seguís vivos.
La detective parpadeó varias veces. Era la primera vez que una sospechosa la interrogaba a ella.
Los forenses aparecieron poco más tarde con sus monos blancos y sus arcos de luz.
Durban se mantuvo al margen. Había señales de lucha junto al pórtico: una rozadura larga en el verdín de la piedra, un botón arrancado que no era del muerto.
En el empedrado, un reguero de gotas oscuras de alguien que sangraba mientras se movía rápido en dirección al andamio de la obra, tal como la mujer había dicho.
En el filo del cuchillo había mucha sangre y en la empuñadura también.
Uno de los forenses murmuró que, o mucho se equivocaba, o allí había más de un donante.
El relato de la mujer era de manicomio y, en cambio, las pruebas que los forenses evaluaban parecían confirmarlo.
La detective se agachó junto a ella, a una distancia prudente.
—Iska. Vas a tener que venir conmigo. Hay que tomarte declaración en comisaría y un médico tiene que verte esas heridas en las manos.
La mujer se levantó tan rápido que los dos agentes jóvenes se llevaron la mano al cinturón. No discutió, simplemente se encogió de hombros.
***
Esa noche, en la sala de custodia, Brodie estaba de guardia. Le faltaban solo dos años para jubilarse y procedió al inventario con parsimonia. Al fin y al cabo, había visto entrar por la puerta todo lo que una ciudad como Edimburgo podía producir.
—Sin documentos —fue diciendo—. Sin dinero. Sin teléfono. —Levantó la vista, casi ofendido—. ¿No tienes teléfono?
—No sé qué es eso —dijo la mujer.
Brodie decidió no insistir. Lo único que llevaba encima era una lata un poco abollada, con la tapa sujeta por una goma del pelo negra.
Al abrirla, se quedó sin palabras. Dentro había musgo, pero estaba dispuesto con un cuidado casi ceremonioso, y sobre él, tres escarabajos vivos.
—¿Eso son...? —al agente de la nuez marcada se le escapó en voz alta, y era ya muy tarde para tragárselo—. ¿Son trofeos?
La detective Durban negó lentamente con la cabeza.
Era una de esas detenciones que se convierten en chismorreo de vestuario.
Una mujer sin documentos encontrada sobre una víctima degollada, tratando de interrogar al moribundo, con una caja de metal llena de bichos vivos en el bolsillo.
Sus jefes harían muchas preguntas y ella ni siquiera se suponía que debía estar de servicio esa noche.
La mujer seguía la lata con la mirada, y ese era el único atisbo de emoción que le había visto, como si temiese que alguien hiciese daño a sus escarabajos.
—Los llevaremos al depósito de efectos —le explicó Brodie mientras cerraba la tapa—. Es el procedimiento.
—El musgo se seca en dos días —protestó la mujer.
A continuación, el escáner de huellas parpadeó tres veces y escupió un error. Brodie masculló su teoría general sobre los recortes presupuestarios y fue a buscar la almohadilla de tinta. Eran ya las cinco y veinte de la mañana.
***
A pesar del cansancio, Durban rellenó el informe preliminar. Lo leyó varias veces porque nada tenía sentido.
De camino a la salida pasó por el pasillo de las celdas.
Por la mirilla de la cinco se veía a la detenida tendida en el camastro, bajo la manta, dormida.
Gillian se quedó un momento más de lo necesario.
Había visto dormir a inocentes y a culpables, a borrachos y a desesperados.
Nunca había visto a nadie dormir así su primera noche en una celda: como quien por fin ha encontrado un lugar seguro.