Epílogo
Finales de septiembre
Cuando Iska despertó, se dio cuenta de que Durban dormía de costado, pegada a su cuerpo, con una mano bajo la barbilla y la otra justo sobre la cicatriz que nunca le dejaba tocar a nadie.
Esta vez no se apartó.
Durban abrió los ojos despacio, notó dónde tenía la mano y se quedó quieta, esperando a que Iska dijese algo.
Era la primera cicatriz de este mundo, y también la primera que no se había ganado cazando a nadie, sino siguiendo las reglas de este lugar el día que decidió no matar cuando se escaparon del lugar donde la tenían presa.
Tenía para ella un significado especial y esta vez sí dejó que la guerrera la tocase.
Fuera caía la lluvia fina de siempre desde que había terminado el verano.
Se levantaron tarde, no había ninguna prisa.
El lugar donde vivía Durban ya era también el suyo.
Sabía qué tabla del suelo crujía o qué cajón se atascaba.
Zaldrakor no tenía una palabra para eso.
Este mundo lo llamaba “hogar”, y a Iska todavía le sorprendía que un concepto tan grande pudiese caber en una palabra tan pequeña.
En la cocina, Gillian leía algo en su rectángulo de luz mientras el agua caliente marrón goteaba despacio.
—Leask se ha declarado culpable de todo —dijo, sin levantar la vista—. Sin acuerdo y sin rebaja. Ya solo queda la sentencia.
Iska ya lo sabía, o algo parecido. Lo que no sabía era lo del otro, el hombre de los papeles, el que guardaba las amenazas. Había elegido hablar a cambio de menos años de condena. Y, aun así, una prisión no sería un buen lugar para él.
No le sorprendió. Un guerrero moría por su clan, pero alguien como el hombre de los papeles cambiaba de bando en el último instante si le convenía. Esa gente no tenía lealtad.
Antes de ir hacia el estadio, Iska miró el terrario que tenían en el salón.
Sus tres inquilinos giraban despacio entre el musgo, como cada día desde hacía semanas. Ahora los conocía por su nombre de verdad, el que ponía debajo de cada fotografía el libro que Gillian le había regalado.
Phyllopertha horticola . Serica brunnea . Y el dorado, el que cambiaba de color según la luz, Protaetia metallica . Según el libro era una especie del norte, de los bosques de las Tierras Altas, que no debería aparecer por la ciudad. A Iska le pareció justo: ella tampoco.
Ese era el primero que había visto al llegar a este mundo, o al menos uno de la misma especie, aunque por aquel entonces no lo sabía. Ese día le subió por la bota, en la hierba mojada, y estuvo a punto de matarlo antes de darse cuenta de que no llevaba armadura de ningún tipo.
Uno a uno, los puso en su mano y los dejó en el hueco entre las macetas del jardín. No tardaron en marcharse volando.
En Zaldrakor nada se poseía. Como mucho se guardaba un tiempo. Metió musgo nuevo en el terrario, cambió el agua y lo dejó listo para los tres siguientes.
Durban la observó desde la puerta sin decir nada.
***
Caminaron de la mano hasta el estadio entre una marea de gente vestida del mismo azul que ellas, cantando canciones que Iska no conocía, aunque se parecían un poco a los himnos de guerra de su mundo.
Las colas para entrar se extendían casi hasta donde alcanzaba la vista, ordenadas, sin un solo empujón.
Una disciplina así, en Zaldrakor, solo se conseguía a punta de lanza.
Cuando entró, el estadio le pareció la construcción más grande que había visto en su vida.
Más impresionante aún que el castillo de piedra de la ciudad.
Pensó en los fosos de su mundo, donde se celebraban las peleas a muerte para entretener a los poderosos.
Allí nadie construiría algo tan grande para ver pelear a treinta personas sobre el césped.
Cuando los guerreros salieron al campo, el ruido le pareció ensordecedor. Decenas de miles de personas gritando el mismo nombre, agitando bufandas, golpeando los asientos de plástico con las palmas.
Durban le explicó las reglas otra vez, aunque ya se las había explicado dos veces antes, en la taberna, que ahora ya estaba abierta y allí rara vez se hablaba de otra cosa que no fuese de rugby. Los clanes se llamaban equipos y el objeto ovalado resultó no ser un huevo.
El primer choque entre los dos bandos puso todo su cuerpo en alerta, quince contra quince, luchando por aquella cosa ovalada, empujándose y tirándose por la hierba mientras la gente gritaba.
Nadie se levantó herido de muerte ni sacó nada afilado.
En los fosos de Zaldrakor, un combate así habría terminado con varios muertos nada más empezar.
Aquí en cambio, los enemigos se ayudaban unos a otros a levantarse y se daban palmadas en la espalda antes de asumir de nuevo la posición de combate.
Era una batalla diferente, pero una batalla, al fin y al cabo.
El ruido, la sangre en las rodillas, la voluntad de no ceder terreno y de hacerse con aquella cosa ovalada estaban allí.
Cuando terminó, los enemigos se unieron en el centro del campo. Ganadores y perdedores se abrazaron y algunos se marcharon cantando.
—Ahora se van a beber juntos para celebrar el partido, es lo que se llama el tercer tiempo —explicó Durban.
Iska se quedó pensativa unos instantes.
—Es lo más sensato que habéis construido en este mundo —admitió, asintiendo lentamente con la cabeza—. Deberíais gobernar así.
Durban le cogió la mano y apoyó la cabeza en su hombro.
—Me gustaría probar un día —confesó Iska.
—No creo que fuese seguro para el resto de las jugadoras —bromeó la inspectora, tirando de ella para que se levantara de su asiento.
Salieron con la multitud, un río lento de camisetas azules cantando la misma canción. El ruido se fue quedando atrás poco a poco y las farolas comenzaban a encenderse.
Durban le pasó un brazo por la cintura y la atrajo hacia ella para besarla.
—¿En qué piensas? —preguntó.
Iska tardó un poco en responder. Cuando lo hizo, fue en voz algo más baja, casi melancólica.
—Recordaba un cuento que oí de niña, cuando todavía tenía una familia, antes del clan Harrak.
Los ancianos decían que hace muchísimos inviernos, mucho antes de los fosos y de los clanes, nosotros también teníamos algo parecido a vuestras máquinas.
Luego, el sol empezó a calentar más cada verano y más tarde llegó la gran guerra.
Se escucharon muchos truenos y había pájaros que escupían fuego desde el cielo.
Durban se detuvo en seco.
—Dicen que un día alguien encendió una seta de luz más alta que las montañas, y luego otra y otra más y que nadie que estuviese cerca vivió para contarlo.
Que el aire se volvió caliente y enfermo y las pocas personas que quedaron vivas se refugiaron en grutas o bajo tierra.
Durante muchos inviernos, nadie vivió en la superficie.
Se encogió de hombros.
—Por eso ya casi no quedan bichos como los míos. Solo los más simples sobrevivieron.
Gillian Durban se llevó una mano a la boca y sus pulsaciones se dispararon.
—Pero es un cuento para asustar a los pequeños.
Nadie con más de cinco inviernos se cree algo así —añadió Iska con una carcajada—.
¿Te imaginas? Enormes setas de luz que se tragaban todo a su paso.
¡Qué tontería! —bromeó, girándose para besar a Durban bajo una farola mientras un grupo de jóvenes con la cara pintada de azul pasó junto a ellas.