La Colección 32. La sucesión
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32. La sucesión

—Voy a contestarle —dice Elías—. Pero no en el orden en que usted lo ha preguntado. En el mío.

—Como quiera.

—Es que en el suyo no se entiende.

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Habla cuarenta minutos y no se defiende ni una vez.

Eso es lo que hay que entender antes de nada. No se justifica, no se excusa, no pide comprensión, no invoca circunstancias, no dice que otros hicieran cosas peores. Habla como habla un hombre que lleva cuarenta y siete años a cargo de algo y al que por fin le preguntan cómo funciona.

Habla como se lee un reglamento que se ama.

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—Esto se llama la Colección. Le pusieron ese nombre antes de que yo naciera y no es un nombre bonito, pero es exacto.

—¿Qué se colecciona?

—Vidas. —Junta las manos—. No objetos, no recuerdos, no personas. Vidas enteras: la biografía completa de un ser humano, montada, documentada y sostenida. Eso es la pieza.

Y ya está. No adorna.

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Del Fundador dice cuatro frases y ninguna más.

—Empezó por el negocio, como todos. En este país, entre el cuarenta y el cincuenta, mover un niño de una familia a otra era un trámite, y había mucha gente cobrando por hacerlo mal.

—Sí.

—Él lo hizo bien. Y a fuerza de hacerlo bien, un día dejó de interesarle el dinero.

—¿Y qué le interesó?

—El acabado.

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Del año setenta y nueve dice dos.

—Se murió en marzo del setenta y nueve. Yo tenía treinta y cinco años y llevaba con él desde los diecinueve.

—¿Y le dejó esto.

—Me lo dejó firmado.

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Y ahora el vocabulario, que es lo que me deja helada, porque es el mío.

Adquisición. El momento en que una pieza entra.

Inserción. La colocación en una familia, un pueblo y un nombre.

Arraigo. Los elementos que fijan una biografía por debajo de los papeles: una receta, una nana, un perro, un vestido, un olor. Van numerados.

Riego. El mantenimiento. De eso me habla después.

Retirada. La baja.

Depósito. Esta casa.

Lo dice sin ninguna teatralidad, como quien enumera las secciones de un archivo, porque son las secciones de un archivo.

Y yo tomo notas, y al escribir «arraigo» se me para la mano, porque lo que estoy escribiendo es una taxonomía y las taxonomías se me dan bien y esta la entiendo entera a la primera.

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—Hábleme de las piezas.

—De las piezas hay poco que decir. Viven.

—¿Y nunca sospechan?

—Todas sospechan. —Y aquí, por primera vez, se echa un poco hacia delante—. Eso es lo que la gente de fuera no entiende y usted ya sabe: una vida montada no se cae, gotea. Siempre gotea. Un perro que no era ese perro, una cicatriz que no cuadra con una bicicleta, una calle que mira a donde no mira.

—Y entonces miran la costura.

—Y entonces piden su partida de nacimiento. —Se echa atrás otra vez—. Todas. Sin excepción, en ochenta años. Unas a los treinta, otras a los sesenta y seis, según lo bien puesto que esté el arraigo. Pero todas acaban pidiendo su partida.

Y luego, más bajo:

—Es la única oración que conocen.

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—Yo pedí la mía para comparar formatos.

Elías se queda un momento con la taza a medio camino.

Y hace lo que en otro hombre sería una sonrisa.

—Nadie compara formatos, señorita. —Deja la taza—. Se busca el nombre.

Y no digo nada.

No lo discuto, no lo matizo, no le explico lo de la muestra de control ni lo del ejemplar auténtico ni lo del cotejo, que es lo que llevo escrito en una casilla y repitiéndome desde el veintitrés de octubre.

Porque tiene razón.

Yo fui a aquella ventanilla a ver el nombre de mis padres escrito por el Estado.

Lo demás lo puse alrededor.

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—Y cuando piden la partida, ¿qué pasa?

—Se les cita.

—¿Por qué?

—Porque a una pieza que ha visto la costura no se le puede dejar sola.

—¿Y si no viene?

—Entonces ya ha contestado.

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Aquí me tengo que parar y anotarlo bien, porque es lo único de toda la mañana que le pido que me repita.

—Explíquemelo otra vez.

—No hay nada que explicar. —Se coloca el chaleco—. Se le pone una fecha y una hora y una dirección. El que viene, viene. El que no viene, no viene. Las dos cosas son respuestas y las dos valen.

—¿Valen para qué?

—Para lo mismo. —Me mira—. Para saber qué hay que hacer después.

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Y ahí está.

Ahí está lo que llevo dos meses sin entender y que en cuatro frases se ordena solo.

No hace falta que nadie prediga nada. No hace falta seguir a nadie, ni escuchar teléfonos, ni entrar en casas, ni adivinar por dónde va a tirar una mujer de treinta y tres años con una lupa.

Se manda una carta.

Y la carta hace todo el trabajo, porque solo hay dos maneras de contestar a una carta y las dos están previstas.

Los seis no murieron porque descubrieran nada. Yo llevaba dos meses creyendo que morían por saber, y es al revés: saber no les costó nada. Lo que les costó la vida fue lo que hicieron con la carta.

—Los seis dijeron que no.

—Cinco —dice—. Uno se me murió antes en una carretera y ese no cuenta, aunque hubo que cerrarlo igual.

—Cinco dijeron que no.

—Cinco dijeron que no. —Y lo dice despacio, sin bajar la voz, con una especie de gravedad administrativa—. No fueron fracasos, señorita. Fueron respuestas.

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Le pregunto por ellos y me contesta con nombres.

No con números, ni con «los sujetos», ni con «las piezas». Con nombres y con detalles que no le he dado yo.

Elvira, que llegó a la puerta y no llamó, y estuvo veinte minutos en el camino y se dio la vuelta.

Óscar, que sí entró, y se sentó donde estoy sentada yo, y a los diez minutos se levantó y dijo que no y se fue andando hasta el pueblo.

Marina, que contestó por escrito. Cuatro líneas, dice, con muy buena letra.

Y Julián, que ni contestó.

Habla de ellos con respeto. Con respeto de verdad, del que no se finge, el que se le tiene a la gente que hizo algo difícil.

—Usted los mató.

—Yo los retiré.

—Es lo mismo.

—No —dice, y es la única vez en toda la mañana que suena a corrección y no a enmienda—. Matar es una cosa que se hace deprisa y contra alguien. Esto es un archivo.

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A las doce menos veinte se levanta.

Le cuesta. Se apoya en los dos brazos del sillón y tarda un momento en enderezarse del todo, y cuando lo consigue se coloca el chaleco otra vez.

—Venga.

—¿Adónde?

—A que lo vea. —Y sale al pasillo—. Ha venido usted desde Cuenca. No la voy a tener sentada en una mesa camilla.

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El pasillo tiene nueve estanterías y veintiséis tomos.

Los cuenta él, al pasar, con el dedo, sin tocarlos: uno, dos, tres, con la letra rotulada a mano en cada tejuelo y los cantos jaspeados todos iguales, del primero al último, encuadernados por el mismo taller a lo largo de un siglo.

—Del uno al ocho son de antes. —Pasa la mano por el aire delante de ellos—. Papeleo. Compraventa, dinero, gente que ya estaba muerta cuando yo nací. Eso no es la Colección: eso es de lo que se sacó la Colección.

Se para delante del noveno.

—Aquí empieza.

—¿Qué hay en el nueve?

—El nueve lo abrió él de su puño y letra en 1947. —Y no lo saca—. Legajo nueve, folio uno.

Rosa lo copió de un margen de 1957 y escribió al lado: el primero. ¿el primero de qué?

—¿Quién es el legajo nueve, folio uno?

Elías Bermejo Solans se queda mirando el lomo un momento.

—Yo.

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No dice nada más de eso. Ni una palabra. Ni de su madre, ni del sitio, ni del año, ni de cómo lo supo, ni de cuándo, ni de si lo supo alguna vez del todo.

Sigue andando.

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Al final del pasillo, en la última estantería, hay un tomo que está fuera de sitio.

Está tumbado encima de los otros, no de pie, y no tiene los cantos jaspeados: es una encuadernación provisional, de las de cordón, con las tapas sueltas.

El tejuelo dice XVI — 2017/ .

Sin cerrar. El tomo en curso.

Elías lo abre por la mitad y lo deja abierto encima de la balda, y da un paso atrás para que yo pueda mirar.

—Aquí están las vivas.

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Son fichas. Un folio por pieza, con la misma letra regular, con los campos rotulados: adquisición, inserción, arraigo, incidencias.

Y grapada en el ángulo superior izquierdo de cada folio, una fotografía pequeña.

Paso tres.

En la cuarta hay una calle de tierra, una banda desenfocada al fondo, y un hombre joven con un niño a hombros que se tapa el sol con la mano.

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No la leo.

Le pongo la palma encima de la ficha, entera, sin apretar, y la dejo así unos segundos.

Y después paso al siguiente folio.

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—¿También él va a pedir su partida algún día?

Elías Bermejo tarda en contestar lo que tardaría cualquiera en contestar la hora.

—Todos la piden.

—¿Y qué le pasará?

—Eso ya no me toca a mí. —Cierra el tomo con las dos manos, despacio, y lo deja tumbado donde estaba—. Usted decidirá qué se le contesta.

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Seguimos hasta el fondo del pasillo.

Hay una puerta al final, y detrás de la puerta hay una habitación, y en la habitación hay más estanterías y una mesa de trabajo con una lámpara, un secante y un tintero, y un armario de doce cajones con las etiquetas rotuladas por centenas: 1–100. 101–200. 201–300.

Los legajos.

—Aquí trabajo yo —dice—. Aquí hace frío. Póngase el abrigo si quiere, que yo ya no lo noto.

Y enciende la lámpara, y me acerca la silla, y espera de pie a que me siente.

Me enseña el archivo como se enseña una casa a quien va a vivir en ella.