31. El conservador (I)
Sirve el café él.
Lo hace despacio, con las dos manos, sin temblarle, y llena las dos tazas hasta el mismo sitio. Después coge la jarrita y me pone en la mía un dedo de leche.
Fría.
—Perdone —digo—. Yo la leche...
—Aparte, ya lo sé. —Deja la jarrita—. No tengo vasos de chupito.
Y se sienta.
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Lo despliego todo encima de la mesa camilla y lo despliego en orden, que es la única manera que tengo de hacer las cosas.
Le pongo los siete expedientes por años. Le pongo las siete certificaciones. Le pongo la tabla de plazos, la de citaciones y la muestra de control. Le pongo la fotocopia de la carta de Maruja y el folio ciento cuatro de Lledó, uno al lado del otro, con el lazo bajo y el piquito hacia dentro.
Y hablo cuarenta minutos.
Él escucha.
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Escucha como no me ha escuchado nadie en mi vida.
No como escuchó Rosa, que escuchó con miedo. No como escuchó Milagros, que escuchó con oficio. No como escuchó la inspectora Berta Lucas, que escuchó tomando nota de lo que iba a poder poner por escrito.
Escucha con las manos en el regazo, sin moverse, con la taza sin tocar, con la cabeza un poco inclinada, y con una expresión que tardo veinte minutos en poder nombrar y que cuando la nombro me da vergüenza haberla nombrado.
Está contento.
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Le cuento el patrón. Los seis. Las tres filas de octubre. La ventana mal puesta y las erratas probadas a propósito.
Le cuento la nota de referencia, el guion, el punto medio a dos milímetros de la línea de base, y las cuarenta certificaciones de control de dieciséis provincias y cinco décadas.
Le cuento a Milagros y su dictamen: que esto no puede firmarlo la misma oficina, que el formato se hereda del folio de arriba, que estos siete no tienen vicio sino norma.
Le cuento el representante. La solicitud póstuma de Lledó. El lazo con el piquito.
Y le cuento las citaciones: cuatro de cinco, en cuatro expedientes de un archivo público, escaneadas por mí en octubre y leídas en diciembre. Tres días, cuatro días, cuatro días, cuatro días.
Le cuento a Elvira Mansilla, que preguntaba por una casa con parra.
Le cuento a Tomás Ucedo, que se pasó cinco semanas con siete fotografías y una libreta.
Le cuento a Óscar Peón, que pidió dos días para ir a León y volvió antes de tiempo.
Le cuento a Marina Choren y su mural, y el post-it del hueco.
Le cuento a Julián Beites y el río que no existe.
Y le cuento a Rosa Ancín, y le digo la fecha, y le digo los kilómetros.
Y le digo:
—Y usted estaba en el entierro.
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Elías Bermejo Solans levanta un poco la barbilla.
—Sí.
Nada más.
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Sigo.
Porque lo que he traído no es una acusación: es un cotejo, y un cotejo se termina.
Le pongo delante la muestra de control, cuarenta certificaciones, dieciséis provincias, cinco décadas, y le explico por qué cuarenta y no diez: porque con diez un abogado te dice que la muestra es pequeña y con cuarenta ya no se puede decir eso sin decir otra cosa.
Le explico los tres estadios del expediente de Lledó: errata en octubre, firma en diciembre, cierre administrativo la semana pasada.
Le explico que en cuatro de los cinco expedientes está la citación, y que en el quinto no está porque alguien llegó quince días después con una carpeta y muy buenos modales.
Le explico que la única razón por la que existen esas cuatro cuartillas es que la comisión judicial recoge el mismo día y el gestor no.
Y en ese momento, por primera vez, Elías hace un gesto con la boca que en otro hombre sería una sonrisa.
Pero no dice nada.
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Interviene tres veces en cuarenta minutos.
La primera es cuando cuento lo de Ucedo, y digo que en abril le pidió a su mujer la partida de nacimiento, porque eso es lo que me contó Maruja en su cocina, sentada en una silla de anea, con las manos en el delantal.
—Fue en marzo.
Lo dice sin subir la voz y sin levantar la vista de la mesa.
—El sello de entrada es del veintiocho de marzo —digo—. Pero él se la pidió a ella...
—El veintiséis. —Coloca la taza un centímetro, hasta que el asa queda paralela al borde de la bandeja—. Un miércoles por la noche, después de cenar. Ella se acuerda de abril porque abril fue cuando llegó el sobre y ella lo vio abrir en la mesa.
Y ahí se calla.
Y yo me quedo con el bolígrafo en el aire, porque acaba de corregirme un mes en una conversación privada de un matrimonio en una cocina de la Alcarria conquense en 2008, y porque tiene razón, y porque yo misma tengo el sello del veintiocho en la mano.
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La segunda es diez minutos después, cuando digo que Ucedo, en sus últimas semanas, estaba contento, y que cantaba en la ducha, y que llevaba sin cantar desde que cerró la farmacia.
—Nunca dejó de cantar.
—Su mujer dice que...
—Su mujer no lo oyó en veinticuatro años.
—Y aquí sí me mira—. Canturreaba mientras reponía.
Bajito, con la boca cerrada, siempre lo mismo, y no se daba cuenta de que lo hacía.
En veinticuatro años ella entró en la farmacia dos veces al año, a barrer, los domingos por la mañana.
Los domingos por la mañana no se repone.
Cantar no. Canturrear.
Lo dice como quien enmienda una ficha catalográfica.
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La tercera llega al final, cuando ya he terminado con los seis y he pasado a lo mío, y estoy explicando lo de Valdescosa: el pueblo vacío, las catorce casas abiertas, las tres reformadas, la lógica de esconder una biografía donde no queda nadie que la contradiga.
—Eligieron Valdescosa porque estaba vaciándose —digo.
—El pueblo no lo eligió nadie.
—¿Cómo que no?
—Lo eligió la niebla. —Y por primera vez en cuarenta minutos se echa un poco hacia atrás en el sillón—. Suba usted esa carretera en noviembre a las seis de la tarde. Lo que la gente no ve, no lo recuerda. Y lo que no se recuerda no hay que borrarlo.
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Y ya está.
Tres frases en cuarenta minutos. Ni una palabra de más, ni una explicación, ni una justificación, ni una sola pregunta sobre cómo he llegado hasta aquí.
Un hombre que corrige un mes, un verbo y una causa.
Y que todo lo demás lo da por sabido.
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Hacia el minuto treinta me oigo.
Me oigo hablar y me oigo bien: el orden, las fechas, la cadena, la manera de encajar una pieza detrás de otra, la muestra de control puesta justo donde hay que ponerla.
Llevo cuarenta minutos exponiendo el mejor trabajo que he hecho en veintiséis años delante de la única persona del mundo capaz de valorarlo.
Y me gusta.
Me gusta cómo lo estoy contando y me gusta que él escuche así, y noto por dentro esa cosa tibia y asquerosa de estar haciéndolo bien, y de que se me note, y de que él lo vea.
Se me murió Rosa hace quince días.
Sigo hablando.
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Y hay otra cosa, y esa la entiendo mucho más tarde, ya de vuelta, con Andrés conduciendo y la noche cayendo en la llanura.
Que en cuarenta minutos no me ha interrumpido para negar nada.
Ni una vez.
Un hombre al que le pones encima de la mesa siete certificaciones, cuatro citaciones con su membrete y la firma de su propia mano en dos documentos separados por ocho años tiene, si es inocente, exactamente ochenta ocasiones de decir «eso no es mío».
No usó ninguna.
Usó tres para corregirme un mes, un verbo y una causa.
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Cuando termino, dejo el bolígrafo sobre la mesa camilla y me quedo callada.
Elías tarda un momento. Después se inclina hacia delante, coge su taza y bebe por fin.
El café está frío. Se lo bebe igual.
—Ha venido usted con todo —dice.
—Sí.
—Los otros no traían nada. —Deja la taza—. Traían las manos vacías y una pregunta. Usted ha traído un expediente.
—Los otros no eran archiveros.
—No. —Y lo dice con una satisfacción tan tranquila que tardo dos segundos en oírla entera—. No lo eran.
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—Ahora hábleme usted.
—¿De qué?
—De todo. —Le empujo el legajo dos centímetros hacia su lado de la mesa—. De qué es esto. De quién es usted. De por qué mi partida de nacimiento tiene un punto a media altura y las de seis muertos también.
Elías Bermejo mira el legajo. No lo toca.
Y hace la única pregunta que me hace en toda la mañana.
—¿Y usted cómo prefiere que la llame?
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Me quedo quieta.
—Por mi nombre —digo.
Y él baja la cabeza una vez, muy despacio, con las manos otra vez en el regazo, y mira un momento hacia el pasillo de las nueve estanterías.
—Eso intento averiguar.