30. El depósito
Salimos a las siete y veinte de la mañana del veintinueve de diciembre.
Doscientos setenta kilómetros. Tres horas por nacional, con dos puertos y una comarcal de veinte kilómetros al final. Andrés conduce las dos primeras horas y yo la última, porque quiero llegar habiendo conducido.
La discusión la tenemos a la altura de Medinaceli y dura cuatro frases.
—Entro sola.
—No.
—Entro sola porque a ti no te ha citado nadie y porque si entramos los dos no me va a decir nada.
—Una hora —dice—. Te doy una hora. A las doce en punto llamo a la puerta, y si no abres, llamo a Lucas.
—Vale.
—Y llevas el móvil en el bolsillo y no en el bolso.
—Vale.
—Y si te dice que apagues el móvil, no lo apagas.
—Andrés.
—Es que se me ocurren tres maneras de que esto salga mal —dice, con las dos manos en el volante y sin mirarme— y en las tres yo estoy sentado en un coche a cien metros.
Y ya no volvemos a hablar hasta Almazán.
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Ontalvilla del Rey aparece detrás de un cerro, sin aviso, en mitad de una llanura de rastrojo helado.
Veintinueve habitantes.
Hay una iglesia con la espadaña apuntalada con vigas de hierro desde hace vete a saber cuántos años. Hay un frontón con la pared partida. Hay un depósito de agua elevado, oxidado, con el nombre del municipio en letras que ya no se leen.
Y hay una calle.
Contamos catorce casas. Cuatro con humo.
Ni un bar, ni una tienda, ni una furgoneta, ni un cartel. A las diez y media de la mañana de un martes no se mueve nada excepto un perro atado que nos ladra y se cansa.
—Aquí no hay ni buzones —dice Andrés.
—Aquí no hay a quién escribirle.
Y hay una cosa más, y la digo en voz alta porque llevo dos meses viendo pueblos así y este es distinto.
—No hay ninguna casa en venta.
—¿Qué?
—Que en Valdescosa hay siete carteles de se vende. En el de Loli hay cuatro. Aquí no hay ninguno.
Andrés reduce y mira las fachadas al pasar.
—A lo mejor es que aquí no queda nadie para venderlas.
—A lo mejor es que aquí ya están todas vendidas.
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El camino de la Fuente sale de la última casa y sube.
El número cuatro está al final, solo, a doscientos metros del pueblo, y no se ve hasta que estás encima porque lo tapa una tapia de piedra de dos metros con una verja de hierro.
Aparcamos a cien metros, en el ensanche.
—A las doce.
—A las doce.
Andrés se queda agarrado al volante con el motor apagado y no dice nada más, y yo tampoco, y así estamos ocho segundos.
Después me inclino y le doy un beso, mal, en la comisura, con el freno de mano en medio y el cinturón todavía puesto.
Bajo del coche.
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Es un caserón de los años veinte, de dos plantas y bajocubierta, con la fachada de sillería en los esquinales y mampostería en el resto. Contraventanas de madera pintadas de verde oscuro, todas cerradas menos dos. Canalón nuevo. Tejado rehecho.
Está cuidado. Está mejor cuidado que ninguna otra cosa en veinte kilómetros a la redonda.
Y delante hay un jardín.
Un jardín seco. Un rectángulo de veinte metros por diez con una fuente sin agua, un banco de piedra y ocho o nueve arbustos que llevan muertos años y que nadie ha arrancado. La tierra está limpia de hierba. Alguien pasa por aquí, quita lo que crece y deja lo que está muerto.
En el catastro, que miré anteayer, esta finca consta como vivienda unifamiliar con oficina , y en el histórico figura una nota que me tuvo veinte minutos delante de la pantalla:
Uso anterior: dependencias del Juzgado Comarcal. Adquirida por particular en 1981.
Un registro comarcal que se cerró y se vendió, con su casa, sus armarios y su archivo dentro.
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Miro el reloj: las diez y cincuenta y uno.
Y hago lo que hago.
Me quedo delante de la verja y miro la casa.
Cuento las ventanas: siete en la fachada principal, dos abiertas.
Miro por dónde entra el sol a esta hora.
Miro el estado del canalón y el año aproximado del tejado.
Busco la caja de la luz y la de la fibra, que no hay.
Miro si hay antena, si hay parabólica, si hay coche.
Hay un coche, un utilitario blanco de hace quince años, aparcado de culo contra la tapia, con las ruedas limpias.
Miro el buzón, que está en la verja, y que no tiene nombre y tiene el candado puesto.
Miro el suelo delante de la verja, donde la gravilla está más hundida en dos sitios, que son los sitios donde para la gente a esperar.
Tardo cuatro minutos.
Es lo que hago siempre antes de entrar en un sitio: lo describo. Es lo que le hago a una caja de cartón antes de abrirla y es lo que le hago a un legajo antes de descoserlo, y lo hago desde que tenía veintitantos años y me parecía que era una manía mía.
Saco el tríptico del bolsillo interior del abrigo, donde lleva desde el veintiuno de diciembre.
A veces, pedir ayuda es lo más difícil.
Lo arrugo con una mano y lo tiro al jardín seco, entre dos arbustos muertos.
Y llamo al timbre.
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Tarda cuarenta segundos, que es lo que tarda un hombre de ochenta y dos años en llegar desde dentro de una casa de esas dimensiones.
Abre la puerta principal, no un portero automático. Cruza el jardín seco por el camino de losas. Y abre la verja él mismo, con una llave que lleva en el bolsillo del chaleco.
Es alto y está flaco de una manera reciente: la camisa le queda grande en el cuello y el chaleco de punto le hace bolsa. Ochenta y dos años. El pelo blanco, corto, peinado. Afeitado. Zapatos.
Y las manos.
Las manos muy limpias, con las uñas cortas y cuadradas, sin una mancha de trabajo, sin un callo, sin nada.
Me mira dos segundos.
—Llega con luz. Bien. —Abre la verja del todo—. Hay café.
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No dice mi nombre.
No dice el suyo. No me pregunta si soy quien soy. No mira el reloj, que sí lo mira todo el mundo en este país cuando abre una puerta a una hora convenida.
Se aparta para dejarme pasar y cierra la verja detrás de mí con la llave, sin prisa, y se guarda la llave en el chaleco.
—Cuatro minutos —dice, mientras cruzamos el jardín.
—¿Perdón?
—Ha estado usted cuatro minutos ahí fuera. —Va delante, despacio, sin girarse—. Está bien. Yo también miro antes de entrar en los sitios.
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La casa huele a papel.
No a humedad ni a cerrado ni a viejo: a papel.
Ese olor concreto de cola de encuadernación, polvo de piedra y celulosa que yo respiro ocho horas al día desde 2019 y que aquí, en el zaguán de una casa particular de un pueblo de veintinueve habitantes, me llega tan igual que se me para el paso medio segundo.
Y hay penumbra.
Las contraventanas cerradas, la luz entrando por las dos abiertas, y una temperatura que reconozco antes de pensarla porque la reconozco con la piel.
Doce grados. Doce grados o trece.
En una casa donde vive un hombre de ochenta y dos años en diciembre.
Aquí no se calienta la casa. Aquí se conserva.
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El pasillo va del zaguán al fondo y es largo, y a los dos lados, del suelo al techo, hay estanterías.
Y en las estanterías hay tomos.
Todos iguales. Encuadernación de media piel, lomos con nervios, cantos jaspeados.
Ni un color distinto, ni un tamaño distinto, ni un libro entre ellos.
Y en cada lomo, tejuelo blanco con dos líneas rotuladas a mano, con una letra que no es de imprenta y que es la letra más regular que he visto en mi vida.
No me da tiempo a leer más que dos al pasar.
En uno pone XI — 1967/1976 .
En otro pone XIV — 1997/2006 .
Números romanos y décadas.
Cuento las estanterías del pasillo mientras camino detrás de él, porque cuento cosas.
Nueve.
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Al fondo, el pasillo se abre a la derecha en una habitación con una mesa camilla, dos sillones orejeros de los años setenta y una chimenea apagada. Una lámpara de pie encendida. Una mesa escritorio junto a la ventana, con una carpeta cerrada encima y nada más.
En la mesa camilla hay una bandeja.
Dos tazas. Una cafetera. Un azucarero. Y una jarrita.
Solo hay dos tazas y las dos están puestas.
—Siéntese donde quiera —dice—. Yo me siento en ese, que me levanto peor.
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Me quedo un momento de pie en el umbral de la habitación, con el bolso todavía colgado del hombro.
Detrás de mí, el pasillo con nueve estanterías de tomos idénticos, rotulados por décadas, en una casa que fue un juzgado comarcal, a doce grados, en un pueblo de veintinueve habitantes, a doscientos setenta kilómetros de mi archivo.
Hay tomos que no se abren.
Eso me dijo un hombre en 1984 y me lo repitió una mujer en 2026, y las dos veces era una advertencia, y las dos veces la entendí como una advertencia.
Y hoy, aquí, por primera vez, la oigo como lo que también era: una descripción del sitio.
Estos son los tomos.
Y yo he venido a abrirlos.
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Paso.
La puerta pesa lo que pesan las tapas de un tomo.