29. Charo
Subo el domingo veintisiete, dos días antes.
No aviso.
Y aparco en la plaza y bajo la calle Real, y cuando llego al número catorce Charo está en el portal con la rebeca cruzada, esperando, sin ninguna sorpresa en la cara.
—Pasa, hija.
• • •
En la cocina hay puchero desde las once, café hecho y dos tazas puestas en el hule.
Dos.
Ella y yo. Nadie más.
—Siéntate.
—Charo.
—Siéntate y come, y luego hablamos de lo que has venido a hablar.
—No he dicho a qué he venido.
—No hace falta. —Y me pone el plato delante, y se le mueve la mano, y se le cae un poco de caldo en el hule, cosa que no le he visto hacer en treinta años—. Come, anda.
Comemos.
Comemos cuarenta minutos hablando del tiempo, de la Cesárea y de la cadera, de que a la furgoneta del pan se le rompió el eje y ha estado tres semanas sin subir, y de que en el pueblo han puesto una farola nueva y da una luz malísima.
Cuando recojo el plato, Charo se sienta enfrente y se pone las manos en el regazo.
—Ale.
• • •
Saco tres cosas y las voy poniendo encima del hule, una a una, sin decir nada.
La foto del setter, impresa en A4, con la sombra de su mano en el ángulo.
Una captura del mapa de satélite del pueblo, con el norte arriba, la calle Real, el número once y la iglesia rodeada con rotulador.
Y una hoja con dos líneas escritas por mí: «Igualica que cuando te trajeron.» Emilio, 15 de noviembre.
Charo las mira en el orden en que se las he puesto.
Y no dice nada.
• • •
—Este perro no es mi perro.
—Es Rin.
—Este perro es un setter y yo me acuerdo de un mastín.
—Es Rin, Nadia.
—Ya sé que es Rin. Lo que digo es que yo me acuerdo de otro perro que no existió nunca.
Charo se mira las manos.
—La iglesia está al oeste de esta casa. Al oeste. Y yo he subido esta calle toda mi vida acordándome del sol de frente, y ese sol no puede estar ahí.
—Uy, hija, el sol.
—Charo.
—Que yo del sol no sé.
—Y Emilio, el de la fuente, tiene ochenta y cuatro años y la cabeza como una campana, y todo el pueblo se lo dice. Y me dijo «cuando te trajeron». Y tú te reíste antes de que acabara la frase.
Y ahí Charo se levanta.
• • •
Se levanta y va al fogón y pone la cafetera al fuego, que ya está hecha, y se queda de espaldas, agarrada al borde de la encimera.
—Charo.
—Ya voy, hija, ya voy.
—Charo, mírame.
—Que ya voy. —Y se le rompe la voz de una manera que no le he oído nunca, y sigue de espaldas—. Que me dejes hacer el café.
Tarda dos minutos en hacer un café que ya estaba hecho.
Y cuando se gira lo trae en la bandeja, con las dos tazas y el azucarero, y lo deja en el hule, y se sienta, y sirve, y se le va el pulso otra vez y se le derrama, y no lo limpia.
Y con la cafetera todavía en la mano dice:
—Yo solo cobro por quererte.
• • •
Nos quedamos las dos calladas.
El reloj de la cocina hace ese ruido de reloj de cocina de pueblo.
—¿Cuánto?
—Al principio, doce mil pesetas. —Deja la cafetera—. Ahora son doscientos veinte euros. Todos los meses, el día cinco, desde el noviembre de mil novecientos noventa y seis.
—Trescientos sesenta y un meses.
—No lo he contado nunca.
—Yo sí. Acabo de contarlo.
—Pues eso. —Se limpia los ojos con el dorso de la muñeca—. Los primeros años venía un giro postal. Luego, cuando pusieron el cajero en la Motilla, empezó a venir por el banco. Concepto: ayuda familiar . Ahí sigue, todos los meses, el día cinco.
—¿Y quién lo manda?
—Una gestoría.
—¿De dónde?
—De Soria.
• • •
—Cuéntamelo desde el principio.
Charo se pone las dos manos alrededor de la taza, aunque quema.
—El primero de noviembre del noventa y seis, por la tarde, llamaron a esa puerta. —Señala con la barbilla—. Un señor mayor, muy educado, muy fino, con corbata. Y las manos muy limpias.
Las manos muy limpias.
—Sigue.
—Y me dijo: señora, vengo de parte de su hermana.
—Mi madre.
—Tu madre y yo no nos hablábamos desde el noventa y uno. —Traga—. Eso ya no me lo has preguntado nunca.
—Sigue.
—Y detrás venía otra persona con una niña dormida.
• • •
Lo dice así. Con esas palabras. Una niña dormida.
—Tenías tres años. Ibas con un abriguito rojo y unos zapatos que no eran tuyos, que se te salían. Y estabas dormida como se duerme cuando te han dado algo, hija, que yo he criado sobrinos y sé cómo duerme un crío y cómo duerme un crío al que le han dado algo.
—¿Y qué te dijeron?
—Me dijeron que era la hija de mi hermana. Que había un problema y que había que tenerla aquí una temporada. Y me pusieron los papeles encima de esta mesa.
—¿Qué papeles?
—Todos. —Levanta la cara—. Todos, Nadia. La partida de nacimiento, el libro de familia, la cartilla del médico, la del banco, un padrón. Todo con los sellos, todo con las firmas, todo bien.
—¿Y tú los miraste?
—Yo los miré tres horas. —Y ahí levanta la voz—. Tres horas, esa noche, sola, con la niña arriba durmiendo. Y estaba todo bien. Y yo qué sé, hija, yo qué sé leer. Yo tengo la escuela hasta los once años y una casa que sacar adelante. Y aquello estaba todo bien.
Y entonces me mira de frente y dice lo que ha venido a decir desde que ha abierto la puerta:
—Y tú te habrías quedado igual.
• • •
Y tiene razón.
Yo he cotejado cuarenta certificaciones a cuatrocientos por ciento con una lupa y tardé cinco semanas en ver un punto de dos milímetros.
Una mujer de cuarenta años en una cocina de un pueblo de la Serranía, en 1996, a las once de la noche, con una niña dormida arriba.
—¿Y mis padres?
—Tus padres llegaron en enero.
—¿En enero?
—Dos meses después. —Abre las manos—. Alquilaron el once, que llevaba vacío desde que se murió la Petra, y lo arreglaron, y se instalaron, y ya estaban. Y todo el mundo dijo: han vuelto los de Cifuentes con la niña.
—Tú no tenías hermana.
—Yo tenía una hermana. —Y ahora sí llora, sin ruido, con la taza en las dos manos—. Yo tenía una hermana y se llamaba Puri y se fue de aquí en el noventa y uno y no me escribió nunca. Y en el noventa y siete apareció por esa puerta con un marido y contigo. Y yo la abracé.
• • •
Se levanta, va al armario, saca un paño y limpia el café derramado del hule, que llevaba diez minutos ahí.
Y sigue hablando mientras limpia, de espaldas, que es como se cuentan las cosas en esta casa.
—Y yo sabía que había algo. Yo eso lo he sabido siempre. Pero es que había una niña, Nadia. Había una niña de tres años que se despertó al día siguiente en mi casa y que se puso a llorar y a la que yo le hice unas natillas.
—Charo.
—Y tú te bebiste las natillas y te agarraste a mi rebeca. —Aprieta el paño—. Y yo llevo treinta años esperando esta conversación y llevo treinta años sabiendo que la voy a perder.
—¿Y el dinero?
—El dinero vino después. Al mes. Con el giro.
—¿Y tú lo cogiste?
—Lo cogí.
—¿Por qué?
Y aquí Charo deja el paño en la pila, se gira, y lo dice sin llorar, con una precisión que no se puede corregir:
—El cariño era gratis. Lo que me pagaban era callar.
• • •
Nos quedamos así hasta que se hace de noche, que en diciembre en esta sierra es a las seis menos cuarto.
Le pregunto lo que me falta y me lo contesta todo.
Que no ha vuelto a ver al señor educado desde 1996.
Que dos veces, en treinta años, la ha llamado alguien por teléfono para preguntar cómo estaba yo. La última, en 2009, cuando lo de mis padres.
Que ella nunca ha llamado a nadie, que no tiene un número, que no sabe un nombre, que lo único que tiene es un concepto en el extracto del banco que dice ayuda familiar .
Y que el jueves pasado la llamaron.
• • •
—¿Cómo que te llamaron?
—El jueves. Por la mañana.
—¿Quién?
—Un hombre. Joven, o de mediana edad, yo qué sé. Muy correcto. —Se aprieta las manos—. Me dijo que no me alarmara. Me dijo que ibas a recibir una carta y que ibas a hacer un viaje, y que si venías a verme antes, que te dijera que no te preocupases.
—¿Eso te dijo?
—Que te dijera que no te preocupases.
El jueves veinticuatro.
La carta la encontré en mi buzón el martes veintidós.
Se lo dijeron a Charo dos días después de dejármela en el portal, para que estuviera preparada cuando yo apareciera por esa puerta.
Que es exactamente lo que ha pasado hoy.
• • •
—No vayas.
—Charo.
—No vayas, hija. —Me coge las dos manos por encima del hule—.
Escúchame una cosa. Yo no sé nada, ¿vale?
Yo no sé quién es esa gente ni qué quieren ni por qué.
Pero yo he vivido treinta años cobrando de ellos y te digo lo que sé: que esa gente no llama nunca.
Que en treinta años me han llamado dos veces y las dos por algo malo. Y esta es la tercera.
—Ya lo sé.
—Los que van no vuelven.
—¿Qué?
—Que no vayas. —Me aprieta las manos—. Que los que van no vuelven y los que no van tampoco. Que eso lo sé yo sin saber nada, y tú lo sabes también, y por eso has venido hoy y no mañana.
• • •
Me quedo a dormir.
Arriba, en el cuarto de siempre, con la bolsa de agua entre las sábanas y dos mantas y la grieta del techo que tiene cinco ramas.
No duermo.
A las siete y media de la mañana bajo con el bolso y Charo ya está en la cocina, vestida y peinada, y me pone el café y no me pregunta nada.
Y cuando estoy en la puerta, con el abrigo puesto y las llaves del coche en la mano, va al armario y saca una bolsa de tela.
Dentro hay media hogaza, un táper con la carne del puchero, dos mandarinas y una botella de agua.
—Para el camino.
—Charo, son tres horas.
—Para el camino.
Y me la pone en la mano, y me sujeta la cara con las dos manos como hace siempre, y no dice nada más.