La Colección 28. La citación
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28. La citación

I

Empiezo por Lledó porque Lledó lleva siete semanas molestándome, y porque ahora tengo una cosa que no tenía en octubre: sé que hay alguien.

Y cuando uno sabe que hay alguien, los papeles se leen distinto.

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Damián Lledó Ferrandis, cincuenta y dos años, transportista autónomo, salida de vía en la CM-2100, kilómetro cuarenta y uno, a las 06:14 del nueve de septiembre de 2016.

Firme seco. Visibilidad buena. Sin huella de frenada. Alcoholemia negativa. Sin implicación de otros vehículos.

El informe de la Guardia Civil de Tráfico añade, en el apartado de factores concurrentes, una cosa que en octubre me pareció relleno: el vehículo se hallaba en servicio desde las 03:20 h del mismo día, según el disco-diagrama del tacógrafo obrante en la causa.

Tres horas de conducción nocturna. Una recta. Ni frenada ni maniobra.

Eso no es un misterio. Eso es lo que le pasa a cuatrocientos transportistas al año en este país.

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Lo que nunca cuadró de Lledó fue el sello: la solicitud de su certificación literal entró en Castellón el día once, dos días después de que él se matara.

Yo lo cerré con la explicación aburrida y me equivoqué, pero no en lo que creía.

Ahora lo leo así:

Damián Lledó no pidió su partida de nacimiento.

Nunca la pidió. No hay solicitud suya en ninguna parte, no hay resguardo, no hay pago de tasa, no hay nada. Lo que hay es un impreso cursado por un representante dos días después de su muerte, con la casilla de solicitante en blanco y una rúbrica con un piquito hacia dentro.

Lledó no estaba haciendo nada. Lledó llevaba su vida, conducía de noche y se salió de una recta.

Y alguien, al enterarse, fue a Castellón a pedir su papel.

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Me quedo con eso un rato largo, porque hay que decirlo bien.

Cuando muere una de estas siete personas, alguien retira su certificación literal de nacimiento.

No para nada. No hay herencia, no hay trámite, no hay beneficiario. Se pide la copia literal, con su nota marginal y su punto volado, y se cierra.

Es lo que hago yo cuando un procedimiento termina: se recoge, se folia, se cose y baja al depósito.

A Lledó no lo mató nadie.

Lledó se murió solo, sin permiso, antes de tiempo, y le cerraron el expediente igual.

Eso es lo que significa el sello del once de septiembre de 2016: que esto no es una persecución. Es un archivo. Y los archivos también dan de baja lo que se les muere en las manos.

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II

Entonces vuelvo a los otros cinco.

Y busco lo que no busqué en octubre, porque en octubre estaba buscando solicitudes de certificación literal y no otra cosa.

Busco papel de la Gestoría B.

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Los seis expedientes los escaneé yo. Todos. Folio a folio, con guante, a cuarenta segundos por folio.

He tenido esto en las manos.

Eso es lo que hay que decir antes que nada, porque es lo que voy a tener que decir en algún sitio algún día: que el documento estaba dentro de un legajo de un archivo público de esta provincia, que lo digitalicé yo con mis dos manos en octubre, y que pasé por encima de él porque estaba buscando otra cosa.

Un archivero no ve lo que hay. Ve lo que busca. Como todo el mundo.

Ucedo, 419/2008. Índice de efectos personales, folio 91, entrada 7: una tarjeta de cartulina, hallada en el cajón superior del mueble del recibidor. No se transcribe el contenido. Se transcriben el reloj y la cartera y no se transcribe la tarjeta, porque una tarjeta no es dinero.

Pero está fotografiada en la reportografía, folio 96, imagen 14, junto a las llaves.

Amplío.

Mansilla, 883/2004. Folio 71, cosido detrás del informe del forense: media cuartilla de papel bueno, incorporada por la comisión judicial «por hallarse sobre la mesa camilla del salón» .

Peón, 1044/2011. Folio 40. Igual. En la cocina, debajo de un imán.

Choren, 1207/2014. No hay. En su expediente no hay nada de esto.

Beites, 602/2024. Folio 55. Igual. En el bolsillo interior de una chaqueta colgada en el recibidor.

Cuatro de cinco.

Y en Choren no hay porque a Marina Choren la comisión judicial le levantó la casa en tres horas y le recogió doce efectos, y una cuartilla en una mesa no es un efecto si a nadie le llama la atención.

Y porque quince días después subió un señor mayor y muy educado a ordenarle los papeles a alguien, gratis, y salió con lo que había venido a buscar.

En los otros cuatro llegó tarde. La comisión judicial ya se lo había llevado dentro de un legajo.

Ese es el único fallo de este sistema en veinte años: que la Administración recoge antes.

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Las cuatro son idénticas.

Papel bueno, de los que ya no se usan. Membrete impreso arriba a la izquierda, dos líneas: Gestoría B. y un apartado de correos de Soria.

Y cuatro renglones mecanografiados.

Muy señora mía:

En relación con la documentación de su nacimiento, y a fin de aclarar los extremos que motivaron su reciente consulta, se le ruega comparecer en el domicilio abajo indicado el día 4 de octubre, a las once horas.

Le atenderé personalmente. No es necesario que aporte documentación alguna.

Se le espera.

Y la rúbrica, con su lazo bajo y su piquito hacia dentro.

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Cambian tres cosas de una a otra: el «señora» o «señor», la fecha y la hora.

Todo lo demás es la misma máquina, la misma tinta y las mismas palabras.

Se le ruega comparecer... Le atenderé personalmente... No es necesario que aporte documentación alguna. Se le espera.

Se le ruega comparecer... Se le espera.

Se le ruega comparecer... Se le espera.

Se le ruega comparecer... Se le espera.

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Y ahora las fechas, que era todo lo que hacía falta y que llevaba en mis discos duros desde octubre.

Mansilla. Citada el lunes 4 de octubre de 2004. Muere el jueves 7. Tres días.

Ucedo. Citado el miércoles 30 de abril de 2008. Muere el domingo 4 de mayo. Cuatro días.

Peón. Citado el jueves 17 de marzo de 2011. Muere el lunes 21. Cuatro días.

Beites. Citado el viernes 26 de abril de 2024. Muere el martes 30. Cuatro días.

Tres, cuatro, cuatro, cuatro.

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El plazo que yo calculé en noviembre —veintiuno a treinta y ocho días— no era el plazo. Era el ruido.

Era lo que tarda la Administración en mandarte por correo tu partida de nacimiento, más lo que tarda un señor de Soria en escribir a máquina una carta y ponerle una fecha.

El plazo de verdad son tres o cuatro días.

Y no empieza cuando uno pide el papel.

Empieza cuando uno va, o cuando uno no va.

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Yo pedí mi certificación el veintitrés de octubre.

Hoy es veintidós de diciembre.

Sesenta días.

Los otros cinco tuvieron su carta entre veinte y treinta y cinco días después de la solicitud. Yo llevo sesenta y no he recibido nada, y no sé qué significa eso, y por primera vez desde noviembre no tengo ninguna hipótesis decente.

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III

Llego a casa a las ocho y diez.

En el buzón hay dos folletos de pizzas, la factura del gas y un sobre.

Sobre blanco, tamaño cuartilla, de papel bueno. Mi nombre y mi dirección escritos a máquina.

Sin sello. Sin matasellos. Sin franqueo.

Lo cojo y me quedo de pie en el portal, debajo del fluorescente, con la puerta de la calle todavía sin cerrar del todo.

Sin sello quiere decir que no ha venido por correo.

Sin sello quiere decir que alguien ha estado hoy en este portal.

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Subo los tres pisos. Cierro con llave. Dejo el bolso, el abrigo y las llaves en su sitio, porque lo hago siempre y hoy también.

Lo abro en la cocina, de pie, apoyada en la encimera.

Media cuartilla. Papel bueno. Membrete de dos líneas.

Muy señora mía:

En relación con la documentación de su nacimiento, y a fin de aclarar los extremos que motivaron su reciente consulta, se le ruega comparecer en el domicilio abajo indicado el día 29 de diciembre, a las once horas.

Le atenderé personalmente. No es necesario que aporte documentación alguna.

Se le espera.

Camino de la Fuente, 4. Ontalvilla del Rey (Soria).

Y debajo, la rúbrica con el lazo bajo, y a la derecha, sin tocarla, una letra sola.

E.

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La dirección es la misma que escribió Rosa en su agenda el treinta de noviembre.

La misma calle. El mismo número. El mismo pueblo de veintinueve habitantes.

Rosa la consiguió llamando a una jubilada de un juzgado de paz y conduciendo doscientos setenta kilómetros un sábado.

A mí me la han traído a casa.

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Riego el poto.

Cuento los azulejos, que son cuarenta y dos, y los cuento dos veces.

Después saco el móvil, abro la carpeta de audio y busco el archivo del veintinueve de noviembre, cincuenta y seis segundos, grabado sentada en el suelo del salón.

No le doy al play.

Solo compruebo que sigue ahí.

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Después llamo a Andrés y le leo la carta entera por teléfono, dos veces, y le doy la fecha y la hora, y él me dice que va, y yo le digo que ya hablaremos de eso, y colgamos los dos sabiendo que vamos a hablar de eso.

Y después me siento a la mesa de la cocina con la cuartilla delante.

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Son las ocho y media de la noche del veintidós de diciembre y tengo delante, en la encimera de mi cocina, una carta con la cortesía más perfecta que he leído en veintiséis años de papel.

No hay una amenaza. No hay una advertencia. No hay una condición. No dice qué pasa si no voy.

Dice que me atenderá personalmente y que no hace falta que lleve nada.

Y dice, con el verbo en pasiva refleja que usa este país para los actos que no tienen dueño, que se me espera.

Sesenta días he estado esperando esta carta sin saber que la esperaba, y ahora que la tengo lo que noto no es lo que debería notar.

Es que por fin alguien me contesta.

Cuatro ventanillas se han cerrado este mes con la mano puesta en la hoja para que no hicieran ruido. La denuncia, el Registro Civil, el procedimiento de Rosa, el reportaje. Nadie me ha desmentido y nadie me ha respondido.

Y el único que responde en toda España es él.

Los otros seis fueron citados en su casa, uno a uno, a lo largo de veinte años.

Los otros seis dijeron que no.

Confirmo asistencia.