27. Lo que me llevé
La saqué el martes quince de diciembre, a las diez y cuarenta de la mañana, en una sala de la Comisaría Provincial, con la agente Peñalver sentada en la esquina de la mesa mirando el móvil.
La arranqué de la espiral tirando hacia arriba, que es como se arrancan las hojas de una espiral sin que hagan ruido.
La doblé en cuatro y me la metí en el bolsillo interior del abrigo.
Después escribí en el acta que la agenda estaba en buen estado, firmé la relación de efectos y salí a la calle, donde llovía.
Eso es lo que no conté.
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La arranqué porque llevaba mi nombre.
No la arranqué porque fuera una prueba, ni porque temiera que se perdiera, ni por ninguna de las cuatro o cinco razones profesionales que se me han ido ocurriendo estos días por las noches y que son todas verdad y ninguna es la razón.
Vi mi nombre escrito con la letra de Rosa en una agenda que iba a entrar en un procedimiento, y la mano fue sola.
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La tengo aquí, encima de la mesa, desde hace seis días.
Es media hoja de agenda de sobremesa, papel de setenta gramos, con el borde superior dentado por la espiral y una mancha de café de medio centímetro en el ángulo. Bolígrafo azul. Letra pequeña y redonda.
Lo transcribo entero, con sus abreviaturas, porque así es como está:
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Martes 24-XI
N. — T-214 · F-89
(igual q. el del 84)
Miércoles 25
Llamar a Puri Cañete. Juzgado de paz. Jubilada 2004. Vive Motilla.
Jueves 26
P.C. dice: los papeles de los expedientes de aquello los traía siempre el mismo. Despacho de fuera. Venía 2 o 3 veces al año, con carpeta. Muy educado. Los tomos los tocaba él delante de D. Aurelio.
P.C. dice el apellido: BERMEJO.
Viernes 27
Motilla. P.C. me enseña libro de registro de entrada 1983-86 (lo tiene ella, no debería). Bermejo consta 11 veces.
Nota margen 1957, tomo del pueblo: T-9 · F-1. El punto igual. Guion igual.
T-9 · F-1 = el primero. ¿el primero de qué?
Lunes 30-XI
Gestoría Bermejo — Cº de la Fuente 4, Ontalvilla del Rey (Soria)
Preguntar por E.
Miércoles 2-XII
No decirle nada a N. hasta estar segura. La niña ya tiene bastante.
Sábado 12-XII
Ir.
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Ahí se acaba.
La página siguiente está en blanco y las siguientes también, hasta el treinta y uno de diciembre, que es donde se acaba la agenda.
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Rosa Ancín Vergara, sesenta y un años, jefa del Archivo Judicial Territorial de Cuenca, con la puerta cerrada por dentro y sin signos de que entrara nadie, murió el sábado doce o el domingo trece de diciembre, según el forense, en el intervalo que no se puede acotar mejor.
El vecino la vio el sábado por la mañana en la panadería.
De Cuenca a ese pueblo de Soria hay doscientos setenta kilómetros. Tres horas por la nacional. Seis horas ida y vuelta.
Cabe perfectamente en un sábado.
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Lo que hizo Rosa lo puedo reconstruir entero porque es lo mismo que hago yo, porque me lo enseñó ella y porque solo se puede hacer así.
Buscó a alguien que se acordara.
No fue a un archivo, no consultó una base de datos, no pidió un certificado.
Llamó a una mujer de setenta y tantos años que fue auxiliar en un juzgado de paz hasta 2004 y que tiene en su casa, ilegalmente y desde hace veinte años, un libro de registro de entrada de los años ochenta que se llevó porque iban a tirarlo.
Y esa mujer se acordaba.
Se acordaba de un señor de fuera que venía dos o tres veces al año con una carpeta, que era muy educado, y que manejaba los tomos delante del oficial mayor.
Once veces en tres años. Consta.
Ese es todo el método. Ese es el método que me enseñó a mí en 2022 con un lápiz del dos: que el papel dura, pero que la gente que sabe por qué está escrito el papel se muere, y que hay que llegar antes.
Ella llegó antes.
Y por llegar antes, llegó.
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Hay una cosa en esa página que no había visto hasta anoche y que ahora no puedo dejar de ver.
Rosa lo hizo todo en seis días.
Yo llevaba entonces cinco semanas.
Cinco semanas de escáner, de hojas de cálculo, de índice digital, de erratas probadas a propósito, de viajes a Madrid, de expedientes cotejados a cuatrocientos por ciento.
Y una mujer de sesenta y un años que no sabía usar la pantalla táctil del móvil sin apoyar el codo llegó de Cuenca a Soria en seis días con tres llamadas de teléfono y un libro de registro que una compañera se llevó a su casa en 2004 porque iban a tirarlo.
Yo iba por los papeles.
Ella fue por la gente.
Y esa es exactamente la diferencia entre haber trabajado veintiséis años en un archivo y haber trabajado cuarenta.
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Yo abrí esa puerta.
El martes veinticuatro de noviembre a las cuatro de la tarde, con dos cafés de máquina encima de la mesa, le puse delante una certificación literal y le pregunté si había visto alguna vez una nota escrita así.
No le pedí ayuda. No le pedí nada. Le enseñé un papel.
Y ella me dijo que lo dejara, y me llamó hija dos veces, y me pidió que no lo llevara yo sola, y después de decirme todo eso se sentó en su silla y se puso a mirar una pantalla en la que no había nada, y a la mañana siguiente llamó a Puri Cañete.
No decirle nada a N. hasta estar segura. La niña ya tiene bastante.
Eso lo escribió el dos de diciembre.
Once días antes de morirse, escribió que yo ya tenía bastante.
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No voy a escribir aquí que no fue culpa mía.
Tampoco voy a escribir lo contrario, porque no es verdad y porque a Rosa le habría parecido un espectáculo bochornoso, y porque lo que hay entre las dos no es un sentimiento: es un asiento.
Debe: una conversación de veinte minutos un martes por la tarde.
Haber: una dirección en Soria y una inicial.
Eso es lo que me ha dejado. Eso es lo que hay en la cuenta.
Y las cuentas se cierran pagando, no llorando.
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Llamo a Andrés a las nueve y veinte y le digo que suba.
Llega en once minutos con el pelo mojado.
Le pongo la media hoja encima de la mesa, al lado del tríptico doblado en cuatro, y le digo lo que hice, con las mismas palabras con las que lo he escrito aquí: la agenda, la espiral, la agente mirando el móvil, el bolsillo interior.
Andrés lee la página entera. Tarda un minuto y medio.
Después la deja en la mesa y se queda mirándola.
—T guion nueve, punto, efe guion uno.
—Sí.
—Escrito por ella.
—Copiado por ella de un tomo de 1957.
—El primero de qué —lee, en voz alta.
—No lo sé.
Levanta la cabeza.
—¿Cuándo salimos?
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—Andrés.
—¿Cuándo salimos?
—Te acabo de decir que sustraje un documento de una diligencia policial.
—Ya.
—Que eso es un delito y que si sale, salgo yo. Expediente disciplinario, separación del servicio y una denuncia por sustracción de efectos.
—Ya. —Coge el abrigo del respaldo, no para ponérselo, sino para tenerlo—. ¿Cuándo salimos?
—Es que necesito que lo digas.
—¿Que diga qué?
—Que has oído lo que acabo de decir.
—He oído lo que acabas de decir. —Deja el abrigo en las rodillas—.
Y te digo lo que pienso, que es lo que llevo pensando desde que me lo has puesto en la mesa: que una mujer de sesenta y un años cogió el coche un sábado, se hizo quinientos cuarenta kilómetros y volvió a su casa, y el lunes no llegó al trabajo.
Y que esto —da dos golpecitos en la media hoja, sin tocarla— es lo único que hay en toda España que diga adónde fue.
—Sí.
—Pues no vamos a ir a devolverlo.
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Y hasta aquí lo que me llevé.
Lo demás lo tengo delante: una media hoja de setenta gramos con una mancha de café, un camino de la Fuente número cuatro en un pueblo de la provincia de Soria que en el padrón tiene veintinueve habitantes, y una letra sola.
Preguntar por E.
Es lo último que escribió Rosa para alguien. No para el atestado, no para el juzgado, no para el procedimiento en tramitación.
Para la agenda que sabía que yo iba a tener que relacionar.