La Colección 25. La cena
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25. La cena

I

El viernes por la mañana le pido la foto.

«¿Me mandas la de la romería? Por delante y por detrás.»

«¿Para qué?»

«Cotejo de soportes. Estoy comparando papeles de los noventa.»

«Qué vida más apasionante la tuya.»

Y me la manda en cuatro minutos, con dos fotografías bien hechas, sin sombra, apoyando la foto en la mesa de la delegación y usando la lámpara de flexo, porque se lo he pedido y porque él hace bien las cosas que le piden.

«Cuidado con ella, que es de las de verdad.»

«Es una foto de una foto.»

«Ya, pero por si acaso.»

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La imprimo en el archivo, en la máquina buena, a tamaño A4, las dos caras.

Y me pongo delante con la lupa a las diez y veinte de la mañana.

Prueba uno.

En el reverso, en el ángulo inferior derecho, hay un sello seco. Es una impresión en relieve, sin tinta, de las que se hacían con una pinza metálica y que solo se leen si se pone el papel a contraluz y de lado.

Dice: ESTUDIO ARÉVALO · MOLINA DE ARAGÓN .

Tardo veinte minutos.

Estudio Arévalo, fotografía y revelado. Alta en el Impuesto de Actividades Económicas en la localidad de Molina de Aragón, provincia de Guadalajara, en octubre de 1996 .

Consta el anuncio de apertura en la edición provincial del once de octubre de aquel año, con un descuento del veinte por ciento en carnés durante el primer mes.

Andrés nació en 1988.

En 1996 tenía ocho años.

En la fotografía hay un niño de cuatro o cinco a hombros de un hombre joven.

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Prueba dos.

Hemeroteca provincial de Guadalajara, edición comarcal, septiembre de 1993, que es el año en que Andrés tenía cinco.

La romería de la Virgen del Villar, ocho de septiembre.

«Suspendida la romería del Villar por las obras de consolidación de la ermita, que se prolongarán hasta la próxima primavera. La imagen permanecerá durante este año en la iglesia parroquial, donde se celebrará una misa a las doce.»

Miro también 1992, por si acaso, y 1994.

En 1992 se celebró. En 1994 se celebró.

En 1993 no hubo romería.

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Prueba tres.

Al fondo de la fotografía, detrás de la banda, desenfocada pero identificable, está la ermita.

Y la ermita tiene una espadaña de dos huecos con dos campanas.

La ficha del Inventario de Patrimonio Arquitectónico de la Diputación, que está en abierto y que tardo cuatro minutos en encontrar porque está mal etiquetada, dice esto:

Ermita de Nuestra Señora del Villar. Espadaña de un solo hueco. Intervención de consolidación y recrecido de la espadaña, ampliada a dos huecos, con reposición de la campana menor procedente de la parroquia. Obra ejecutada entre 1997 y 1998.

La fotografía no puede ser anterior a 1998.

En 1998 Andrés tenía diez años.

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Sigo de pie delante de las dos impresiones a tamaño A4, con la lupa en la mano, en un depósito de doce grados, a las once y cuarto de la mañana de un viernes de diciembre.

El sello del estudio no permite que la foto sea anterior a 1996.

La espadaña no permite que sea anterior a 1998.

La romería no se celebró el año que él dice.

Tres de tres.

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Y por si me quedaba alguna salida, la busco.

Que sea una copia posterior de un negativo antiguo: el sello es de estudio, sí, pero un estudio también reimprime. Salvo que la espadaña está dentro de la imagen, y la espadaña no la pone el laboratorio. Lo que hay en el negativo estaba delante del objetivo el día que se disparó.

Que él se confunda de año: puede ser. La gente se confunde de año. Salvo que el ocho de septiembre no se confunde, y él dice el ocho de septiembre, y dice cuatro o cinco años, y dice que es su primer recuerdo entero.

Que sea otra romería, de otro pueblo: la ermita del Villar tiene una ficha con foto.

Que el niño sea otro niño.

Esa la dejo donde está.

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A las once y media hago una cosa más, porque el método es el método y porque si me la salto voy a volver a ella a las tres de la mañana.

Voy al buscador del índice digital y escribo dos apellidos.

Sáenz. Y el segundo, que me sé porque está firmado al pie de ochenta líneas de 2024.

En expedientes de esta provincia no sale nada, que es lo esperable: él es de Guadalajara.

Pero el nombre del pueblo sí lo tengo, y el pueblo tiene ochenta y tantos vecinos, y en un pueblo de ochenta y tantos vecinos hay tres apellidos y todos son primos.

Miro el censo electoral publicado, que es público, del municipio.

Sáenz: uno. Él.

Miro el padrón histórico que la Diputación tiene colgado en abierto por un proyecto de despoblación, con las cifras por decenios y los apellidos más frecuentes desde 1900.

En ciento veinte años de historia de ese pueblo, el apellido Sáenz aparece por primera vez en el decenio de 1990.

«Mi abuelo, mi bisabuelo y el que le tocara. Ahí no se ha movido nadie desde el Cid.»

Cierro el navegador.

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Y entonces me pasa una cosa que voy a tardar semanas en poder decir con estas palabras.

Que no me sorprende.

Que llevo desde las diez y veinte de la mañana haciendo esto con la tranquilidad con la que se cotejan cuarenta certificaciones, marcando pruebas, buscando salidas, descartándolas una a una, y que en ningún momento se me ha acelerado nada.

Que es exactamente lo mismo que hice con Ucedo, con Choren y con Beites.

Y que la única diferencia es que Ucedo, Choren y Beites estaban muertos, y que a este lo voy a ver esta noche a las nueve.

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Guardo las dos impresiones en el cajón, debajo de los partes de incidencias.

A la una y media subo a comer. A las cuatro escaneo. A las seis y media me lavo las manos, me quito la bata, cojo el abrigo y bajo al coche.

He quedado a las nueve en su casa.

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II

Vive en un segundo de la calle San Pedro, con una cocina americana y demasiados libros para el sitio que tiene.

Ha hecho merluza al horno.

—No sé cocinar y esto me sale porque no hay que hacer nada. La metes, la sacas, y si sabe a poco le echas limón.

—Sabe bien.

—Sabe a merluza. —Sirve—. La cocinera de esta relación eres tú y los dos lo sabemos.

Hay una vela en la mesa, de esas de Ikea, encendida, y él no ha dicho nada al encenderla y yo tampoco.

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Cenamos. Hablamos del entierro, un poco. Hablamos del sobrino de Rosa, que ha preguntado si el piso lo vende con muebles. Hablamos de que en la delegación le han cambiado el cierre a las ocho.

—¿Y lo de Asturias? —dice—. ¿Has hecho algo?

—Todavía no.

—Nadia.

—Todavía no. —Le paso el pan—. Cuando pase esto.

—Esto no va a pasar.

—Ya.

Y lo deja, porque es listo y porque es viernes y porque hace tres días que enterramos a mi jefa, y se pone a rellenar los vasos y a contarme que en el pueblo han puesto fibra óptica y que su tía se ha comprado una televisión de setenta y cinco pulgadas para ver los concursos.

—Setenta y cinco.

—Setenta y cinco. En un salón de tres por cuatro. Se sienta a metro y medio.

—Eso no se ve.

—Eso no se ve, exacto. Pero es de las grandes. —Se ríe—. La gente de pueblo compramos por tamaño. Es un rasgo cultural.

Y a los postres, con dos yogures y una mandarina, empieza a hablar del pueblo, porque yo le pregunto por el pueblo.

—Este año no he ido ni por la romería.

—¿No?

Y ahí arranca.

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—Es que la romería es lo único que merece la pena.

Ocho de septiembre, se sale de la iglesia a las once, y son dos kilómetros de camino de tierra hasta la ermita, en subida, con toda la gente andando y la banda tocando delante.

Y en septiembre todavía aprieta el sol, y el camino es blanco, blanco de polvo, y a los cien metros vas comiendo polvo y con la boca seca y a nadie le importa.

Parte la mandarina en dos.

—Y de crío eso era enorme. Enorme de verdad.

Yo no llegaba a ver nada, ¿sabes?, porque tenía cuatro años y estaba a la altura de los cinturones de todo el mundo, y a mitad de camino mi padre me subió a hombros.

Y desde ahí arriba se veía todo el pueblo detrás y toda la gente delante y la ermita al final, y la banda, y el polvo del camino con el sol de lado, que se veía el aire.

—¿Y él?

—Él se quejaba de que le pesaba yo, y de que no le pesaba nada. Las dos cosas a la vez, todo el camino. Que si vaya cebo lleva este niño. Que si esto no es nada.

Le da la mitad de la mandarina.

—Y a mí me tocaba llevarle la gorra. Se la quitó y me la puso a mí porque me daba el sol en la coronilla, y él iba sin nada, y yo bajaba la gorra y le tapaba los ojos, y él decía que así no veía y yo se la volvía a bajar.

Se ríe.

—Cuarenta minutos así. Y al llegar arriba había limonada en unas mesas y una señora que la servía en vasos de plástico, y yo me bebí tres y me dolió la tripa toda la tarde.

Da un trago.

—Es mi primer recuerdo entero. Los demás son cachos: la escuela son cachos, mi abuela son cachos, la casa son cachos. Ese está entero de principio a fin, con el orden y todo. Y cuando la gente dice eso de que no se acuerda de nada de antes de los seis años, yo pienso: pues yo sí.

Y me mira, contentísimo, con medio gajo de mandarina en la mano, esperando lo que se espera cuando uno acaba de contar bien algo que quiere.

• • •

Le digo que qué suerte.

Y me levanto a por agua, y desde la encimera, de espaldas, le hago las otras dos preguntas.

—¿Y volviste luego? De mayor, digo.

—Todos los años hasta los veintitantos. Pero eso ya es otra cosa. Ya vas y te tomas unas cervezas y saludas y te vuelves. La romería de verdad es la de los cuatro años.

Y la última.

—¿Guardáis fotos de aquello?

—Esa. —Se echa hacia atrás en la silla—. Esa y ninguna más. Por eso la tengo escaneada, subida a la nube y con copia en un disco duro, como un pirado. Es lo único que tengo de mi padre joven y del día ese.

—Ya.

—Es que si se me pierde esa foto —dice, y lo dice sin ninguna gravedad, cogiendo el último gajo—, ese día no ha existido.

• • •

Recojo los platos.

Es lo que hago cuando ceno en casa de alguien y es lo que voy a hacer esta noche: me levanto, quito la mesa, apilo, llevo a la cocina americana, abro el grifo.

Andrés sigue hablando desde la mesa de una cosa del periódico.

El agua sale muy caliente.

No la templo.