La Colección 24. El entierro
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24. El entierro

A Rosa Ancín la entierran un miércoles a las cinco de la tarde, en la parroquia de San Esteban, con la lluvia que lleva un mes cayendo.

Vienen los diecinueve del archivo, incluidos los tres de mantenimiento y la señora de la limpieza, que llora desde el principio y sin disimular, que es la única que lo hace bien.

Viene un sobrino de Cuenca capital, que es toda la familia.

Y viene la inspectora Berta Lucas, de paisano, y se queda al fondo, de pie, junto a la pila del agua bendita.

En la puerta reparten recordatorios. Son de los de siempre: cartulina brillante, una cruz, un nombre, dos fechas y una frase impresa que no eligió nadie.

Rosario Ancín Vergara. 1965–2026. Tus compañeros no te olvidan.

Cuento los que quedan en la mesa al final: cuarenta y uno. Han impreso doscientos.

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Me han pedido que hable y he dicho que sí, y he escrito ocho líneas en un papel a las tres de la tarde, y a las cinco y veinte subo al ambón con el papel doblado en cuatro y no lo abro.

Digo dos frases.

—Rosa Ancín foliaba a mano. Cuando entré en el archivo, en 2022, me enseñó a numerar un legajo con lápiz del dos, en el ángulo superior derecho, sin apretar, porque el folio de dentro de cien años tiene los mismos derechos que el de hoy.

Eso lo digo bien.

Y luego digo:

—Y me traía comida los lunes en un táper de tapa azul y yo nunca le he dado las —

Y ahí se acaba.

No es un sollozo. Es más simple que eso: la frase se para y no vuelve a arrancar, y yo me quedo de pie con el papel doblado en cuatro y con las manos apoyadas en la madera, y en la iglesia hay cincuenta personas y ni una tose.

Bajo del ambón a los siete segundos.

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El responso empieza a y media.

Andrés está en la tercera fila. Después, en el atrio, cuando salimos y llueve como lleva lloviendo un mes, saca un paraguas negro de esos de tres euros y lo pone entre los dos.

Lo sujeta dos centímetros más hacia mi lado de lo que hace falta, y se le empapa el hombro izquierdo, y en cuarenta minutos no lo mueve.

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Salgo del atrio a las siete menos cuarto.

En la puerta, mientras la gente se va dando la mano, hay un hombre mayor con abrigo largo y bufanda gris que ha estado en la cuarta fila y que se marcha antes del responso, sin acercarse a nadie.

Sale por la puerta lateral, la de la calle de la sacristía, y baja hacia la plaza sin abrir el paraguas.

Le pregunto luego al sobrino, por decir algo, si ha venido mucha gente del pueblo de Rosa.

Me dice que Rosa no tenía pueblo.

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Después conduzco.

No decido conducir. Me monto en el coche a las siete y cinco para volver a casa, y en la rotonda de la salida cojo el carril de la izquierda en vez del de la derecha, y a los veinte minutos estoy subiendo el puerto.

Hora y cuarenta.

Los últimos veintidós kilómetros con la niebla de esta sierra, que no baja del cielo: sale del suelo, de las vaguadas, y va tapando las cosas por abajo. Va pliegue a pliegue. Va archivando el pueblo.

Llego a las nueve menos veinte de la noche.

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No voy a casa de Charo.

Aparco en la plaza, apago el motor y me quedo dentro del coche.

Sesenta y un vecinos. Catorce casas abiertas. Nueve buzones con nombre. A las nueve menos veinte de la noche de un miércoles de diciembre hay tres ventanas encendidas en todo el pueblo, y una es la de Charo, en la calle Real, arriba a la izquierda.

Salgo. Cierro el coche con el mando y el pitido rebota en las fachadas y se lo traga la niebla.

Y camino.

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La calle Real baja hacia la fuente y sube hacia la iglesia.

Eso lo sé. Eso lo he dicho hace cuatro semanas y lo he dicho toda la vida.

La casa de mis padres está en el número once, a mano izquierda subiendo. La iglesia está arriba, al final, con su torre chata.

Subo hasta el atrio de la iglesia, con la niebla a la altura de la cintura, y me giro y miro hacia abajo la calle Real entera, con sus tres ventanas encendidas.

Y me quedo ahí de pie, delante de la puerta de la iglesia, haciendo lo que Marina Choren les enseñaba a los críos de tercero:

Si os perdéis en cualquier pueblo viejo de España, buscad la iglesia, poneos delante de la puerta, y ya sabéis dónde sale el sol.

La puerta de la iglesia mira al poniente. El altar está al fondo, a mi espalda, mirando al levante. Como todas.

Y eso quiere decir que si yo estoy en el atrio, mirando la calle, estoy mirando al oeste.

Y la casa de mis padres está delante de mí.

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Yo dije, hace cuatro semanas, en esta misma calle, con Charo colgada del brazo, que la iglesia estaba al este de la casa. Que de pequeña, cuando subía por las mañanas, iba con el sol de frente.

Y no.

La iglesia está al oeste de la casa. Quien suba esta calle por la mañana lleva el sol en la espalda.

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No me lo creo, así que lo compruebo.

Y aquí es donde una mujer de treinta y tres años, funcionaria del cuerpo de gestión, con dos carreras a medias y veintiséis años de papel, se pone a hacer una cosa de niña de ocho.

Saco el móvil. Abro la brújula. Marca oeste.

No me vale, porque las brújulas del móvil se vuelven locas.

Así que estiro el brazo derecho hacia el sitio por donde ha salido el sol esta mañana —lo sé, lo he visto desde el autobús de las siete y cuarto todos los días de mi vida adulta— y giro despacio sobre mí misma, con el brazo estirado, en el centro de una calle vacía, con la niebla por la cintura y tres ventanas encendidas.

Este por ahí. Oeste por aquí.

La iglesia por aquí.

Doy la vuelta entera dos veces.

Sale lo mismo las dos veces.

Y por si acaso, porque en esto me juego más que en ningún cotejo de mi vida, hago la tercera comprobación, que es la única que no admite discusión.

Abro el mapa en el móvil. Busco Valdescosa de la Sierra. Amplío hasta la vista de satélite.

Ahí está el pueblo, en su ladera, con sus cuarenta tejados y su torre chata. Ahí está la calle Real. Ahí está el número once, con su corral detrás y la mancha oscura del nogal.

Y ahí está la iglesia.

El norte, en la pantalla, está arriba. La iglesia está a la izquierda del número once.

A la izquierda del norte está el oeste.

Lo miro un minuto entero, con la niebla subiendo y la pantalla iluminándome la cara, en el atrio de una iglesia del siglo XVI que lleva cuatrocientos años sin moverse de sitio.

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Me siento en el escalón del atrio.

El perro no era el perro. La cicatriz no es de la bici. La grieta no tiene siete ramas.

Y ahora esto, que no es un perro ni una cicatriz ni una grieta.

Esto es el sitio.

Yo me acuerdo del sol de frente subiendo esta calle. Me acuerdo de la luz en la pared de enfrente, de que había que entrecerrar los ojos, de que en invierno se subía por la sombra de la izquierda porque hacía menos frío. Me acuerdo de la mañana entera.

Y esta calle mira al oeste, y lleva mirando al oeste desde el siglo XVI, y una iglesia no se mueve.

Lo que se ha movido es lo otro.

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Me quedo veinte minutos sentada en el escalón.

Y lo que hago después es lo que me va a costar entender más adelante: no me voy.

No arranco el coche, no bajo el puerto, no me meto en la cama de mi casa a las once y media.

Me quedo. Me quedo sentada en el escalón de una iglesia de un pueblo de sesenta y un vecinos, en diciembre, a cinco grados, con la niebla subiendo, en el sitio exacto donde acabo de comprobar que mi infancia no ocurrió como yo la cuento.

Y estoy tranquila.

Estoy más tranquila de lo que he estado desde que se murió Rosa.

Es la tranquilidad de estar dentro del expediente en vez de al lado.

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A las nueve y media empieza a hacer frío de verdad y bajo la calle Real hacia el coche.

Al pasar por el número catorce, enfrente de la casa de mis padres, miro hacia arriba a la izquierda, a la ventana de Charo.

La luz está encendida.

Y la cortina se está moviendo.

No mucho. Lo justo. Lo que se mueve una cortina que alguien ha soltado un segundo antes de que tú levantes la cabeza.

Me quedo mirándola treinta segundos en mitad de la calle, con la niebla por la cintura.

La cortina no se vuelve a mover.

Y la puerta de Charo, que está a nueve metros de mí, no se abre.