La Colección 22. Rosa
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22. Rosa

Rosa no llega a las ocho.

A las ocho y veinte llamo al fijo de su casa y no lo coge. A las ocho y media llamo al móvil y salta el buzón, que tiene el mensaje de la operadora porque nunca lo grabó.

A las nueve menos cuarto subo a su despacho. La puerta está cerrada con llave, que es como la deja ella los viernes por la tarde.

Hoy es lunes.

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Rosa vive en un tercero sin ascensor en el barrio del Castillo, a doce minutos andando.

Voy andando.

Cuando doblo la esquina de la calle hay un coche patrulla mal aparcado con una rueda en la acera y un vecino en la puerta del portal, en zapatillas, hablando con una agente.

Y ahí ya lo sé, a cuarenta metros, con la carpeta debajo del brazo y sin haber preguntado nada.

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—Señora, no puede subir.

—Trabajo con ella.

—Igualmente no puede subir.

Me quedo en el portal. Suben y bajan. Baja una mujer con un maletín. Baja un hombre con un maletín distinto. Sube alguien con una cámara.

Sé lo que es cada uno porque llevo veintiséis años escaneando lo que escriben.

La del primer maletín levanta el acta de inspección ocular.

El del segundo es el forense de guardia y va a fijar la data de la muerte con dos temperaturas y una tabla.

El de la cámara hace la reportografía: general, media distancia, detalle, con testigo métrico.

Después vendrá la comisión judicial, el levantamiento del cadáver, la diligencia de entrega al Instituto de Medicina Legal.

Y todo eso, dentro de tres meses, va a ser un legajo de setenta u ochenta folios con carátula, y va a bajar al depósito de doce grados, y lo va a escanear alguien.

Yo escaneé el de mis padres en 2019.

El vecino de las zapatillas le está explicando a la agente que él la vio el sábado por la mañana en la panadería, y que estaba como siempre.

A las diez y cuarto baja la inspectora Berta Lucas.

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Se para en el último escalón cuando me ve. Solo eso. Un segundo.

—Roldán.

—Inspectora.

—¿Cómo se ha enterado?

—No me he enterado. Ha venido usted.

Lucas baja el último escalón.

—Ancín Vergara, Rosario. ¿Es su superiora?

—Es la jefa del archivo.

—Lo siento mucho.

—¿Qué ha pasado?

—Todavía no se lo puedo decir.

—Inspectora.

—Todavía no se lo puedo decir —repite, con la misma amabilidad exacta.

Y luego, dos segundos después, dice lo que sí puede decir:

—No hay indicios de intervención de terceros.

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A la una y media me dejan subir siete minutos.

No es un favor. Es un trámite: hay material del archivo en la vivienda, un ordenador portátil de servicio y documentación, y alguien tiene que identificarlo y retirarlo, y la única persona en Cuenca que puede identificar material del Archivo Judicial Territorial soy yo.

Me acompaña una agente joven, Peñalver, que lleva unos guantes de nitrilo iguales que los míos.

—Solo lo del trabajo —dice—. Y no toque nada más.

—Vale.

• • •

El piso de Rosa tiene sesenta metros. Un pasillo, un salón, dos habitaciones, cocina y baño.

Está ordenado.

No limpio: ordenado.

La encimera de la cocina, despejada. El escurreplatos, vacío.

Los cuatro paños doblados en tres y apilados con los bordes hacia dentro.

En el salón, el sofá con los cojines de canto, la mesa baja sin nada encima, el mando a distancia en paralelo al borde.

Los cables del televisor, recogidos con una brida.

En la estantería, los libros por altura.

Rosa tenía los libros por altura, sí. Pero en la balda de abajo, según ella, se le iban acumulando revistas del sindicato, catálogos, folletos del banco y un montón de cosas que no tiraba nunca.

La balda de abajo está vacía.

En el pasillo hay un mueble de cuatro cajones. Abro el primero con el guante puesto y con Peñalver mirándome, porque me deja abrir lo que puede haber material del archivo.

Está vacío.

El segundo: un juego de destornilladores en su caja.

El tercero: manteles.

El cuarto: vacío.

Cierro los cuatro.

En una casa española de una mujer de sesenta y un años que lleva cuarenta viviendo sola, el mueble del pasillo no está vacío. El mueble del pasillo es donde va lo que no tiene sitio, que es la mitad de las cosas de una vida.

Este está vacío y no huele a vacío. Huele a cerrado, a madera, a cajón que se ha abierto hace poco.

• • •

Voy a decirlo despacio, con las dos listas, porque es la única manera de decirlo.

Lo que había en esta casa, según treinta y ocho años de conversación:

Cajas con las gomas elásticas de los legajos de los noventa.

Una carpeta con las felicitaciones de Navidad de jueces jubilados o muertos.

Los carnets de identidad caducados de tres compañeras que se prejubilaron en 2011.

Un cajón con las llaves de todas las casas en las que ha vivido.

Los recibos de la luz desde 1994. Una bolsa de plástico con bolsas de plástico.

«Esto no ocupa», decía. Y ocupaba.

Lo que hay en esta casa el lunes catorce de diciembre a la una y treinta y ocho de la tarde:

Un mueble de salón con los libros por altura. Un aparador con seis platos, seis vasos y una sopera. Una mesa camilla sin faldas. Un armario con la ropa colgada de cara a la misma dirección. Un cajón de la mesilla con una vela, un rosario y unas tijeras.

Nada más.

• • •

Peñalver me señala la mesa del salón.

—Eso es lo del archivo, ¿no?

Encima de la mesa, en el centro exacto, en una caja de cartón de las nuestras, con la etiqueta pautada y sin rellenar, está el portátil de servicio con su cargador enrollado, una carpeta con partes de incidencias, dos sellos de caucho, un juego de llaves con la etiqueta del depósito y la agenda de sobremesa de 2026.

Todo dentro de la caja. Todo ya recogido.

—Es todo del archivo —digo.

—Pues lo relacionamos y se lo lleva usted mañana con el acta.

—¿Mañana?

—Hoy no puede salir nada de aquí. —Peñalver saca un formulario—. Mañana en comisaría.

Miro la caja.

Alguien metió el material del archivo en una caja del archivo y la dejó en el centro de la mesa.

• • •

Después voy a la cocina, que es lo que me deja hacer Peñalver antes de bajar, y ahí está la única cosa de esta casa que no está en su sitio.

En la encimera, junto al fregadero, hay un táper.

Es de los de tapa azul. Está limpio, boca abajo, encima de un paño doblado. Al lado hay una bolsa de plástico de las de asa, abierta, con una barra de pan del sábado dentro.

Rosa me trae comida cada tres o cuatro semanas. Cocina de más los domingos y me sube un táper el lunes, y lo deja encima de mi mesa sin decir nada, y por la tarde pasa a preguntarme si estaba bueno y yo le digo que sí y ella dice que le faltaba sal.

Estaba. Le decía. Le digo.

El táper está vacío y limpio, boca abajo, encima de un paño doblado.

• • •

Peñalver me acompaña a la puerta.

En el recibidor, colgado detrás, está el abrigo de Rosa, y debajo, en el suelo, sus zapatos de andar por casa, colocados en paralelo con las punteras hacia la pared.

—¿Se encuentra bien?

—Sí.

—Le puedo dar el teléfono de asistencia a...

—Estoy bien.

Bajo los tres pisos.

• • •

En el portal, Lucas está firmando algo apoyada en el capó del coche patrulla.

—Roldán.

—Inspectora.

—Mañana a las diez en comisaría para lo de los efectos. Traiga su carné de funcionaria.

—Sí.

—Y una cosa. —Cierra la carpeta—. Sé lo que está pensando.

—No creo.

—Sé lo que está pensando porque yo también leí su denuncia el treinta de noviembre.

—Y no lo dice con dureza, sino con la misma amabilidad exacta de todo el día—.

Y le voy a decir lo que hay, que es lo que le puedo decir hoy: no hay indicios de intervención de terceros.

La puerta estaba cerrada por dentro. No falta nada. No hay signos de que entrara nadie.

—Ya.

—Le tengo que decir eso.

—Ya lo sé.

—Y usted me tiene que decir a mí si hay algo que yo deba saber.

Aquí es cuando tendría que contarle lo del despacho. El martes veinticuatro de noviembre, a las cuatro de la tarde, con la puerta cerrada, el papel entre las dos manos, «hay tomos que no se abren», el número repetido en voz alta.

—Rosa era mi jefa desde hace cuatro años —digo—. Nada más.

Lucas me mira un segundo de más.

—Está bien. —Se guarda el bolígrafo—. Mañana a las diez.

• • •

Vuelvo al archivo andando, doce minutos, por la calle de arriba.

Ficho a las tres y cuarto. Bajo al depósito. Me pongo los guantes, cojo la plegadera, enciendo la lámpara.

Y hago cuatro horas de bloque 2009 sin equivocarme en un folio.

A las siete y veinte apago el escáner y me quedo sentada.

Doce grados. Cuarenta y cinco por ciento de humedad. Nueve mil cuatrocientos legajos. El fluorescente con su zumbido.

Y una frase, la única que me sale en toda la tarde y que no es una frase de duelo:

Rosa guardaba todo.

• • •

Y una cosa más, que apunto en la libreta a las siete y media porque es lo que hago con las cosas, y que no le he dicho a la inspectora Berta Lucas ni se la voy a decir mañana.

El martes veinticuatro de noviembre, a las cuatro y media de la tarde, Rosa Ancín me devolvió mi certificación con las dos manos, me dijo que lo dejara, me llamó hija dos veces y me pidió que no lo llevara yo sola.

Y en la puerta, cuando yo ya me iba, me preguntó el número.

Y lo repitió en voz alta.

Y se sentó a mirar una pantalla en la que no había nada.

Veinte días.