21. Aída
El lunes treinta de noviembre no pasó nada.
El martes uno de diciembre tampoco. Ni el miércoles.
Hoy es jueves tres de diciembre y estoy en el día cuarenta y uno, que es tres días más que el máximo observado en veinte años, y sigo aquí, y en el corcho hay una casilla que no se ha marcado.
No sé qué significa eso. Sé lo que significa en mi oficio: que la serie está incompleta, o que el criterio está mal, o que falta un dato.
Nunca significa que uno tenía razón.
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Andrés lleva desde el jueves pasado en Asturias sin moverse de Cuenca.
Lo dice él así. «Estoy en Asturias», me escribe a las once de la noche, y lo que quiere decir es que lleva seis días con dos pestañas abiertas: la hemeroteca digital de un diario regional y el buscador de una biblioteca pública que ha digitalizado el boletín de una comarca entera hasta 2004.
—¿Y por qué Asturias? —le pregunté el viernes.
—Porque es lo único nuevo que tienes.
—Es una canción.
—Es un dato. —Y aquella noche lo dijo deprisa, con su velocidad de siempre—. Tú tienes siete personas con una marca y un plazo, y todas las biografías te salen redondas. Y de pronto aparece una cosa que no cabe en ninguna. Cuando algo no cabe, es porque viene de fuera del sitio donde estás mirando.
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Me llama el jueves a las siete y veinte de la tarde.
—¿Estás en casa?
—Estoy llegando.
—Vale. —Y ahí hace algo que no le he oído hacer nunca: se para—. ¿Prefieres que suba?
—¿Qué has encontrado?
—Prefiero subir.
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Llega a las ocho menos cuarto con una carpeta y sin la chaqueta de pana, con un jersey, que es la primera vez que le veo otra ropa.
Se sienta en la silla de la esquina. Pone la carpeta sobre la mesa de la cocina y no la abre.
—Antes de nada. Esto no prueba nada. ¿Vale? Esto no es un documento tuyo, no es una prueba, no es nada. Estaba ahí y que he encontrado porque me pusiste a buscar en Asturias.
—Vale.
—Y te lo voy a contar entero y despacio, y si en algún momento quieres que pare, paro.
—Andrés.
—Digo que si quieres que pare, paro.
—Abre la carpeta.
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Son ocho folios impresos y están numerados a lápiz en el ángulo, cosa que ha hecho por mí y que no le voy a agradecer en voz alta.
—Empecé por lo obvio: desapariciones de menores en las cuencas mineras. Entre 1990 y 2000 hay tres casos en toda Asturias y los tres están resueltos. Dos fugas de adolescentes y un ahogamiento.
—Ya.
—Entonces cambié de sitio. Dejé de buscar «desaparición» y busqué en la sección de local: cartas al director, breves de sucesos, notas de asociaciones, avisos de pago. Lo que sale en un periódico de provincia cuando alguien no consigue que le hagan caso.
—¿Por qué ahí?
—Porque es donde acaba la gente a la que no le hacen caso.
—Se apoya en la mesa—. Mira, un caso de verdad, uno de los que salen en las noticias, tiene titular, tiene foto y tiene seguimiento.
Los otros, los que no se abren, van dejando un rastro de tres líneas cada año y medio en la parte de abajo de la página par.
Y ese rastro no lo indexa nadie, porque no lleva la palabra clave.
—¿Y qué palabra buscaste?
—Ninguna. —Se ríe sin ganas—. Me leí seis años de páginas de local de una comarca. Ochenta horas. Es el método más tonto que existe y es el único que funciona.
Gira el primer folio.
—Y salió esto.
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Es un breve. Ocho líneas, sin foto, en la columna de la derecha, edición de las cuencas, 14 de marzo de 1998.
Una vecina de la localidad se concentró ayer ante el Ayuntamiento para pedir la reapertura del caso de su hija, de tres años, cuyo paradero desconoce desde 1996.
La mujer, que acudió sola, permaneció durante toda la mañana con un cartel.
Fuentes municipales indicaron que el asunto se encuentra en vía judicial.
—Acudió sola —digo.
—Acudió sola. —Andrés pasa el folio—. Y así siete veces.
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Las siete están grapadas por orden, con la fecha subrayada en amarillo.
14 de marzo de 1998. Breve, ocho líneas. Se concentró ante el Ayuntamiento.
2 de octubre de 1998. Carta al director, once líneas. Firmada con nombre y dos apellidos.
19 de junio de 1999. Breve, seis líneas. «Insiste».
7 de mayo de 2000. Nota de una asociación vecinal que pide «una explicación» sobre un expediente administrativo.
11 de febrero de 2001. Carta al director. Nueve líneas.
30 de agosto de 2002. Breve, cinco líneas. Segunda concentración. Dos personas.
23 de noviembre de 2003. Carta al director. Cuatro líneas.
Siete entradas en seis años. La primera de ocho líneas y la última de cuatro.
Una mujer que fue perdiendo espacio en el periódico a la misma velocidad a la que la iban dejando de escuchar.
—A partir de 2003 no hay nada más —dice Andrés—. En ninguna cabecera. Ni una línea.
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—¿Y la vía judicial?
—Ahí no llego. —Se pasa la mano por la nuca—.
Yo no tengo acceso a eso y tú tampoco, porque no es de tu provincia.
Lo que sé es lo que dicen las cartas: que hubo un expediente administrativo, que la niña estuvo unas semanas bajo guarda porque la madre estaba ingresada, y que cuando la madre salió le dijeron que la niña había sido entregada.
—Entregada a quién.
—A un familiar. —Levanta la vista—. Eso es literal de la carta al director de 2001. «A un familiar que no existe.»
Y ahí, por primera vez desde que lo conozco, Andrés no rellena el silencio.
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—Los papeles estaban en regla —digo.
—Los papeles estaban en regla.
—Por eso no la creyeron.
—Por eso no la creyeron. —Baja la voz—. Ella lo dice en la carta de 2001. Dice que le enseñaron una hoja con una firma y que ella no sabía de quién era esa firma, y que le contestaron que la firma estaba conforme.
Que la firma estaba conforme.
Lo pienso con esas palabras exactas y siento algo que no es lo que tendría que ser: es la sensación del folio que vuelve a su caja.
—Andrés.
—Dime.
—¿Cuánto tiempo estuvo ingresada la madre?
—Cinco semanas.
Cinco semanas.
Cojo el bolígrafo y lo apunto, y al apuntarlo me doy cuenta de por qué lo he apuntado, y de que él también se ha dado cuenta, y de que ninguno de los dos lo va a decir esta noche.
Veintiuno a treinta y ocho días.
Todo lo que hace esta gente cabe en cinco semanas.
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—Dime el nombre —digo.
Andrés pasa al folio siete, que es la carta de 1998 completa, y me la gira.
Y antes de girarla, hace una cosa: me pone la mano encima de la mía, en la mesa.
—Dolores Riesgo Cadenas —dice—. La niña se llamaba Aída Noval Riesgo. Tres años. Y Dolores murió en 2011.
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Aída.
Aída, Aída, Aída.
Lo repito por dentro cuatro veces, con calma, como se prueba una llave en una cerradura.
Y no pasa nada.
No se me mueve nada. No se me abre ninguna puerta. No hay un vértigo, ni un reconocimiento, ni esa cosa que sale en las películas. Es un nombre bonito de mujer, de los que llevan las señoras de setenta años y las niñas de ahora. Podría ser el de una compañera de la facultad.
Retiro la mano de debajo de la suya y cojo el bolígrafo, porque tengo que apuntar la fecha de las siete entradas.
Andrés no dice nada. Deja la mano donde estaba dos segundos más y luego la aparta él.
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Y lo que sí siento, con un retraso de medio minuto, es lo otro.
Alivio.
Alivio porque no siento nada. Alivio, en la boca del estómago, porque una parte de mí estaba esperando el vértigo y el vértigo no ha venido, y eso quiere decir que no soy yo, que esto es otra cosa, que se puede seguir trabajando.
Y detrás del alivio, medio segundo después, la vergüenza.
Porque una mujer estuvo siete años de pie delante de un ayuntamiento con un cartel y perdiendo líneas de periódico, y se murió en 2011 sin que nadie le contestara, y yo acabo de oír el nombre de su hija y lo que he sentido ha sido alivio.
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—¿Estás bien? —dice.
—Estoy trabajando.
—Ya. Te he preguntado otra cosa.
—Estoy bien. —Y le doy la vuelta al folio para leer la fecha—. Dolores. ¿De qué murió?
—De un cáncer. En el hospital de la cuenca. —Y luego, con cuidado—: Tenía cincuenta y seis años.
—Cincuenta y seis.
—Sí.
Cincuenta y seis. Si estuviera viva ahora tendría setenta y uno.
Lo calculo automáticamente, como calculo todo, y solo después me doy cuenta de que no había ninguna razón para calcularlo.
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Andrés se queda hasta las once.
En algún momento, cuando ya hemos ordenado los ocho folios y no hay nada más que hacer con ellos, saca el móvil y me enseña una foto que tiene guardada desde hace años.
—Ya que estamos con las infancias.
Es una foto escaneada, un poco torcida, con el borde blanco. Un pueblo, una calle de tierra, una banda de música desenfocada al fondo y, en primer término, un hombre joven con un niño de cuatro o cinco años a hombros.
El niño lleva la mano en la frente para taparse el sol.
—Ocho de septiembre —dice—. Ese soy yo.
—Es una buena foto.
—Es la única que tengo de mi padre joven. —Amplía con dos dedos, y en el ángulo inferior, muy pequeño, se ve un sello seco de estudio fotográfico—. Y encima está bien hecha, mira. Aquello lo revelaban en el pueblo de al lado.
—Se ve.
—Es mi primer recuerdo entero —dice, y guarda el móvil—. Los demás son cachos; ese está entero.
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En la puerta, mientras se pone el abrigo, me mira la rodilla, que llevo cruzada y con la cicatriz a la vista porque en casa voy en pantalón corto en diciembre como una loca.
—¿Y eso?
—El columpio.
—¿Qué columpio?
—El del pueblo. —Me la toco con el pulgar, como me la he tocado toda la vida—. Tenía cinco años y me solté con el columpio en alto. Diez puntos y un terrón de azúcar.
—Cinco años.
—Cinco.
—Menuda infancia rural.
—Menuda.
Y se va, y yo cierro, y echo la llave.
Y me quedo con la mano en la puerta sin ningún motivo para quedarme con la mano en la puerta.