20. Diligencias
Lunes treinta de noviembre. Día treinta y ocho.
Entro en la Comisaría Provincial a las nueve y cuarto de la mañana con una carpeta de gomas azul, un cuaderno y el número de cita previa impreso, porque para denunciar en este país hay cita previa.
Me atienden a las nueve y cuarenta.
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La sala tiene tres metros por cuatro. Una mesa con un ordenador y dos sillas de las de brazos de plástico. En la pared, un cartel de prevención de estafas telefónicas, una planta de plástico y un calendario del año pasado.
La inspectora Berta Lucas tiene cuarenta y cinco años, chaqueta de punto encima de la camisa y una libreta de anillas propia, además del ordenador.
Eso es lo primero que me tranquiliza, y luego pensaré mucho en ese detalle: que lo primero que me tranquilizó fue una libreta.
—Buenos días. Siéntese. ¿Quiere agua?
—No, gracias.
—Cójala igual, que hablar cansa. —Me pone un vaso de plástico delante—. Cuénteme.
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Se lo cuento en veinticinco minutos y se lo cuento bien.
Empiezo por lo que sostiene: seis expedientes, número de procedimiento, juzgado, fecha de resolución.
Sigo por el hallazgo: la solicitud de certificación literal en los seis.
Sigo por el intervalo: veintiuno, veintisiete, treinta y cinco, treinta y siete, treinta y ocho.
Sigo por la anomalía documental: la nota de referencia, el guion, el punto medio, la muestra de control de cuarenta certificaciones, el dictamen de una funcionaria con treinta y un años en la Dirección General.
Y termino por el representante: la solicitud póstuma de Lledó, la rúbrica con el lazo, la carta con membrete de la gestoría y el apartado de correos de Soria, el señor mayor y muy educado que subió a dos casas a ordenar papeles sin cobrar.
Le pongo encima de la mesa las siete certificaciones, en fila, por años.
Lucas no me interrumpe ni una vez.
Toma notas a mano y toma notas en el ordenador. Cuando llega a lo del punto se inclina y lo mira de cerca, como lo miró Rosa y como lo miró Milagros. Cuando llega a lo del intervalo, gira la libreta hacia mí y me pide que le repita las cinco cifras despacio.
Es, con diferencia, la persona que mejor me ha escuchado en cinco semanas.
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Hay dos cosas que no le digo.
No le digo lo del perro.
No le digo lo de la nana.
Y no me paro a decidirlo: paso por encima de las dos como se pasa por encima de un charco, sin bajar la velocidad, y sigo hablando de plazos y de folios.
Si alguien me lo preguntara después, tendría la respuesta preparada y sería buena: que un recuerdo no es un documento, que la raza de un perro de 1998 no acredita nada, que meter en una denuncia que uno canta en asturiano sin saber por qué es la manera más rápida de que la denuncia acabe donde acaban esas denuncias.
Todo eso es cierto y no es la razón.
La razón no la sé.
Sé el gesto: es el mismo que hace la gente que va al médico y no cuenta el síntoma que le da miedo.
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—Muy bien. —Lucas junta las manos—. Le voy a resumir lo que he entendido y usted me corrige.
Y me lo resume. Y lo resume perfecto: los seis, las fechas, la nota, la muestra de control, el representante. No se deja nada. Repite hasta el número del expediente de Lledó.
—¿Está bien?
—Está bien.
—Entonces vamos a ponerlo por escrito.
Y ahí empieza lo otro.
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—Nombre completo, DNI, domicilio, profesión.
Se lo doy. Lo teclea.
—¿Usted ha tenido acceso a estos expedientes en el ejercicio de sus funciones?
—Sí.
—¿Y las copias las ha obtenido en el ejercicio de sus funciones?
—Las he obtenido con los medios del archivo.
—Ya. —Sigue tecleando, sin cambiar el tono—. ¿Consta autorización del órgano responsable para la reproducción de documentación de expedientes judiciales archivados?
—No hay órgano responsable para esto. Son expedientes sobreseídos y archivados.
—Ya. —Teclea—. Lo pongo tal cual.
—Inspectora.
—Dígame.
—Eso que acaba de preguntar no es sobre los seis muertos.
—No. —Levanta la vista, y me mira con toda la amabilidad del mundo—.
Es sobre usted. Pero tengo que preguntarlo, porque si esto llega a algún sitio, la primera pregunta que le van a hacer al que lo lea es de dónde salieron estos papeles.
Y es mejor que lo diga usted ahora a que se lo pregunten después.
Y tiene razón. Eso es lo peor: que tiene razón.
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—Vamos con la calificación. —Mueve el ratón—. ¿Usted qué está denunciando exactamente?
—Que seis personas murieron después de pedir su partida de nacimiento.
—Eso no es un hecho denunciable, es una secuencia.
—Que las siete partidas llevan una marca que no existe en ningún otro sitio.
—Eso tampoco. Una anomalía de formato no es una infracción penal.
—Que alguien tramitó en 2016 la certificación de un hombre muerto dos días antes.
—Eso sí. —Teclea—. Eso podría ser, según cómo, una falsedad en documento, o nada, según si esa persona tenía facultades de representación y según lo que se hiciera con el documento. ¿Sabe usted qué se hizo con el documento?
—No.
—¿Sabe usted quién lo firmó?
—No.
—¿Sabe usted si hubo perjuicio para alguien?
—Damián Lledó estaba muerto.
—Sí. —Lucas deja de teclear un momento—. Perjuicio patrimonial, quiero decir. ¿Alguien perdió algo?
—No lo sé.
—Ya.
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—Y ahora lo suyo. —Cambia de pantalla—. Usted dice que su propia certificación lleva la misma marca.
—Sí.
—¿Y eso le hace temer por su integridad?
Y aquí me quedo tres segundos, porque no había previsto tener que decirlo en voz alta en una habitación con una planta de plástico.
—Sí.
—¿Ha recibido usted alguna amenaza?
—No.
—¿Alguna llamada, alguna carta, alguien que la siga, alguien que se le acerque?
—No.
—¿Alguien la ha visitado, o ha visitado a su familia?
—No.
—¿Ha notado usted que alguien haya entrado en su domicilio, o en su lugar de trabajo?
—No.
Lucas lo teclea todo. Cinco noes seguidos, en un formulario, uno debajo de otro.
Y cuando llevo cinco semanas construyendo esto folio a folio, oír mis cinco noes puestos en fila hace exactamente lo que hace: los pone en fila.
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—Vamos a hacer lo siguiente. —Se echa hacia atrás—. Esto lo registramos hoy, con todo lo que me ha traído. Se digitaliza y se remite. Con esto se abren diligencias.
—Diligencias.
—Hemos abierto diligencias —dice, y lo dice con una precisión de tiempo verbal que no se me escapa—. A partir de ahí lo verá quien tenga que verlo.
—¿Quién lo ve?
—Depende de cómo se califique.
—¿Y quién lo califica?
—El que lo lea. —Sonríe un poco—. Le voy a ser sincera, porque creo que usted esto lo entiende mejor que la mayoría de la gente que se sienta en esa silla: lo del punto y las notas marginales, sea lo que sea, es del Registro Civil.
Nosotros no tenemos competencia para meternos en cómo escribe un encargado en el margen de un tomo. Eso, si acaso, se traslada.
—Se traslada al Registro Civil.
—A quien corresponda.
—Y el Registro Civil contesta que las notas marginales se practican conforme a la legislación vigente.
Lucas no dice nada durante dos segundos.
—Probablemente —dice.
—¿Y los seis muertos?
—Los seis muertos están sobreseídos, cada uno por un juzgado distinto, con su forense y su atestado.
—Habla despacio, sin dureza ninguna—. Para reabrir uno solo de esos seis hace falta un hecho nuevo.
Y un hecho nuevo no es una relación entre ellos: es algo que no estuviera en el expediente y que apunte a un tercero.
—El representante de 2016 no estaba en el expediente.
—El representante de 2016 sí estaba en el expediente. —Gira la pantalla un centímetro hacia mí, sin llegar a enseñármela—. Estaba en el folio ciento cuatro desde 2016. Lo que pasa es que nadie lo miró.
Y eso, que es exactamente lo que yo llevo cinco semanas pensando, dicho por ella, con su voz, en esta habitación, hace un ruido distinto.
—Ya.
—Pero queda registrado, que es lo importante. —Vuelve al teclado—. Hemos abierto diligencias.
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Imprime. Coge el fechador, lo gira con el pulgar, lo apoya dos veces en el tampón y sella el resguardo.
Y después hace la única cosa de toda la mañana que no estaba en el guion.
Coge un pósit, escribe un número de nueve cifras y me lo pega en la esquina de la carpeta.
—Esto es mi extensión directa. No el 091: la mía. —Me acerca la carpeta—. Si recibe una llamada rara, si aparece alguien en su portal, si le llega algo por correo que no espera: me llama a mí. A cualquier hora deja el mensaje y yo lo escucho por la mañana.
—Gracias.
—Y otra cosa, y perdone que me meta. —Junta las manos otra vez—. Lleva usted cinco semanas con esto sola y ha venido a las nueve de la mañana de un lunes con una carpeta perfecta. Eso está muy bien y también quema mucho. Descanse.
—Estoy bien.
—Ya. —Se levanta—. Descanse igual.
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Salgo a las once menos veinte.
Llueve otra vez de esa manera de Cuenca que no moja pero cala.
Llevo en la mano un resguardo de denuncia con número de atestado, fecha y firma, y en la esquina de la carpeta un pósit amarillo con nueve cifras, y dentro de la carpeta siete certificaciones que acabo de entregar por duplicado a la Administración del Estado.
He venido a decir que a seis personas les pasó algo y que a mí me está pasando lo mismo.
He salido habiendo declarado que obtuve unas copias sin autorización, que no he recibido ninguna amenaza, que nadie me ha llamado, que nadie me sigue, que nadie ha entrado en mi casa, y que no sé si hubo perjuicio patrimonial para nadie.
Nadie me ha llevado la contraria en hora y media. Nadie ha dudado de una sola cifra. La inspectora Berta Lucas me ha creído lo suficiente como para pedirme que le repitiera cinco números despacio y me ha dado su extensión directa.
Y me voy con las manos vacías.
Miro el resguardo debajo del paraguas antes de guardarlo.
El sello está tan húmedo y es tan válido como todos los sellos.