23. La página
La caja no puede salir de la casa el día que la precintan. Sale al día siguiente, en comisaría, con un acta y dos firmas.
Me atiende Peñalver en una sala distinta de la del treinta de noviembre, más pequeña, con una mesa alta y una silla sola. La caja está encima de la mesa, precintada con dos bandas de papel y una firma cruzando el precinto.
—Le rompo el precinto delante y usted relaciona.
—Vale.
—Va escribiendo en el acta lo que saca y en qué estado está, y al final firmamos las dos.
Me da el acta. Es un impreso de dos cuerpos:
ACTA DE ENTREGA DE EFECTOS. Órgano instructor. Número de atestado. Fecha y hora de la diligencia. Identificación del receptor. Relación de efectos. Observaciones. Firma del funcionario actuante. Firma del receptor.
Me sé este impreso. He escaneado seiscientos.
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Peñalver corta el precinto con una llave, dice que tarda lo que tarde, se sienta en la esquina de la mesa y saca el móvil.
Y ahí se queda los treinta y cinco minutos que dura esto, con el pulgar en la pantalla, levantando la vista cada vez que yo digo un número en voz alta.
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Saco el portátil de servicio. Número de inventario AJT-CU-0114 . Buen estado. Con cargador.
Lo escribo.
Saco los dos sellos de caucho: el de compulsa y el de fechador. Buen estado.
Lo escribo.
Saco el juego de llaves con la etiqueta del depósito. Cuatro llaves, dos etiquetas. Compruebo que están las cuatro.
Lo escribo.
Saco la carpeta de partes de incidencias. Treinta y un partes, del 3 de febrero al 4 de diciembre de 2026. Los cuento. Están los treinta y uno.
Lo escribo.
Y aquí hago una cosa que no me piden, que es leer el último.
Parte de incidencia n.º 31. Fecha: 4 de diciembre de 2026. Depósito bajo. Se observa condensación en el paramento norte, tramo entre las estanterías 41 y 44. Se ha comunicado a mantenimiento. Firmado: la jefa del Archivo.
La estantería 41 es donde está el bloque de 2008.
La 44 es donde está la caja de documentos sin causa.
Entre las dos hay un hueco de cuatro dedos con un legajo cosido a mano, con carátula y sin número de procedimiento, que metí yo el jueves cinco de noviembre.
Vuelvo a leer el parte. Dice lo que dice: condensación en el paramento norte.
Es un parte de incidencia perfectamente normal. Rosa firmaba treinta al año.
Lo escribo en el acta y sigo.
Saco la agenda de sobremesa.
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Es una agenda de las que reparten los proveedores de material de oficina en enero. Tapa de plástico granate, espiral, una semana por doble página, con el logotipo de una papelera de Cuenca en la contraportada.
Rosa apuntaba en esta agenda todo lo que en el archivo tenía fecha: retiradas de material, visitas de la empresa del clima, revisiones de extintores, plazos del plan de digitalización, cumpleaños.
—¿Eso qué es? —dice Peñalver, sin levantar la vista del móvil.
—La agenda de servicio.
—¿Es del archivo?
—Es del archivo.
—Pues relaciónela.
Y vuelve al móvil.
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La hojeo porque tengo que relacionarla y porque en el acta hay que poner el estado de conservación, y para poner el estado de conservación hay que pasar las hojas.
Enero: la revisión de los extintores, con el nombre del técnico. La factura del clima. Una nota que dice «llamar Toledo por lo de las estanterías» tres semanas seguidas, cada vez con más rabia en el trazo.
Febrero: nada. Rosa no apuntaba en febrero.
Marzo: la avería del deshumidificador, con un círculo alrededor. La visita del inspector del plan de digitalización, con la hora y un «!!» al lado. Una lista de siete nombres que no reconozco y que resultan ser, cuatro páginas después, los del sorteo de la lotería de la asociación.
Abril: mi cumpleaños, apuntado con su letra y con un «!». Debajo, tachado y vuelto a escribir: tarta o bizcocho . Fue bizcocho.
Mayo: la baja de la compañera del turno de mañana. Los cuarenta y un años de la de tarde. El cambio de aceite de su coche.
Junio, julio: las vacaciones de todo el mundo cuadradas en una tabla que dibujó ella misma con regla, y las suyas en la última semana de agosto, como siempre, en Benicàssim, como siempre.
Septiembre: la vuelta. La revisión del clima otra vez. Una nota que dice «pedir carpetillas, se acaban» .
Octubre: el bloque 2008. Mi nombre dos veces, con el número de folios que llevo. La fecha de la comida de Navidad del archivo, apuntada con dos meses y medio de antelación.
Noviembre.
Y en noviembre hay más letra.
Hay más letra de la que ha habido en todo el año.
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Rosa escribía con bolígrafo azul y con la letra pequeña y redonda de las auxiliares que aprendieron a foliar a mano. En la semana del veintitrés al veintinueve de noviembre hay dos líneas en el hueco del martes y hay algo más en la página siguiente.
Leo el martes veinticuatro.
Leo la página siguiente.
Devuelvo la agenda a la caja. Escribo en el acta: Agenda de sobremesa de servicio, ejercicio 2026, tapa granate, espiral. Buen estado.
Firmo la relación de efectos. Firma Peñalver. Me da la copia rosa.
En la calle llueve.
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Cargo la caja hasta el coche, que está a doscientos metros, y la meto en el maletero encima de un rollo de papel continuo con dos gomas que lleva ahí desde el veintiuno de octubre.
Conduzco hasta el archivo. Subo la caja. Dejo el portátil en el armario de material, los sellos en el cajón de Rosa, las llaves en el tablero, los partes en el archivador.
Y la agenda en el cajón de arriba de su mesa, que es donde estaba desde enero.
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Por la tarde escaneo ciento sesenta folios del bloque 2009 y no me equivoco en ninguno.
A las siete y media entra la compañera del turno de tarde y me dice que si sé algo de la sucesión del puesto, que dicen que van a poner a alguien de Toledo, y le digo que no sé nada.
A las ocho menos cuarto me llama Andrés.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—Nadia.
—Cansada.
—¿Quieres que suba?
—Hoy no.
—Vale. —Espera dos segundos—. Mañana te llamo.
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Llego a casa a las nueve. Ceno una tostada de pie en la cocina. Riego el poto.
Me acuesto a las diez y media.
A las doce sigo despierta.
A la una y veinte me levanto, voy al salón y me planto delante del corcho, con las tres columnas y las siete columnas y el hilo rojo, y no toco nada.
Vuelvo a la cama.
A las dos y diez me hago una infusión que no me bebo.
A las tres y cuarto abro el portátil, escribo dos frases en el borrador de un correo que no tiene destinatario y lo borro.
A las tres y cuarenta me levanto otra vez y compruebo la puerta, que está cerrada, y la vuelvo a cerrar igual.
A las cuatro y media suena la calefacción del vecino de abajo.
A las cinco me pongo de lado y hago lo que hace todo el mundo a las cinco de la mañana, que es ordenar el día siguiente: a las ocho fichar, a las nueve el bloque 2009, a las once llamar a mantenimiento por lo del paramento norte, a la una comer, y por la tarde el inventario que hay que hacer cuando se muere la jefa de un archivo.
Lo repaso tres veces, en orden, como una lista.
Y funciona más o menos como funcionan esas cosas, que es nada.
A las seis y diez empieza a clarear, que en diciembre en esta provincia es tardísimo, y me visto y bajo a coger el autobús de las siete y cuarto.
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En el autobús huele a eucalipto.
Me siento atrás, con la ventanilla entreabierta, y voy pensando en la cocina de Rosa: en el táper de tapa azul, boca abajo, encima de un paño doblado, y en la bolsa de pan del sábado al lado.
En una casa en la que ya no había nada, eso era lo único que quedaba fuera de sitio.
Y no lo entiendo. Llevo diecinueve horas sin entenderlo.
Si alguien ordenó esa casa —y alguien ordenó esa casa—, ¿por qué dejó el táper?
Se me ocurren dos respuestas.
Una: porque un táper limpio boca abajo en una encimera está en su sitio, y quien ordenó aquello ordenó como se ordena de verdad, no como se limpia una escena.
Dos: porque no era suyo.
La segunda no la puedo pensar entera todavía.
Así que miro por la ventanilla las hoces con la niebla dentro y cuento las curvas hasta la ciudad.
Son once.