19. La grieta
Viernes veintisiete de noviembre. Día treinta y cinco.
Hoy es el día que le tocó a Elvira Mansilla.
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Divido el corcho en tres columnas y les pongo nombre con rotulador, arriba, en mayúsculas, porque cuando algo tiene nombre se puede meter dentro.
VERIFICABLE.
NO VERIFICABLE.
CONTRADICTORIO.
Y me paso el sábado entero metiendo mi vida en tres columnas.
En VERIFICABLE acaban catorce cosas. El instituto, con su expediente académico. La facultad, con la orla. Las oposiciones de 2004. Los dieciséis años. El expediente de mis padres. El vestido de cuadros vichy con el bolsillo en forma de corazón.
En NO VERIFICABLE acaban cuarenta y una.
Todo lo que pasó dentro de una casa entre 1996 y 2009 con dos personas muertas y una anciana de setenta años como única testigo.
La radio en la balda. La cortina de cuadros del pasillo.
Mi madre cocinando de espaldas y hablando hacia la pared.
La mesa de formica que se plegaba y no se plegó nunca.
Cuarenta y una entradas de las que no existe un solo papel en el mundo.
En CONTRADICTORIO, de momento, hay dos.
Perro: mastín / setter.
Grieta del techo: siete ramas / cinco.
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Y a media tarde del sábado añado la tercera, y esta me cuesta dos horas.
La cicatriz.
Tengo una cicatriz en la rodilla izquierda de dos centímetros y medio, blanca, con el borde irregular hacia arriba. Me la hice con la bici, a los siete años, bajando la cuesta de la fuente, y me la curó mi madre en la cocina con agua oxigenada y me dio un terrón de azúcar.
Eso es lo que sé y lo he contado cuarenta veces en mi vida.
Salvo que en la caja de fotos de Charo, que me traje el domingo con la excusa de escanearlas, hay cuatro fotos mías con bici.
En las cuatro tengo entre nueve y once años.
En las cuatro es la misma bici, azul, con el sillín demasiado alto.
Y en la primera de las cuatro, que Charo fechó al dorso con su letra — «Nadia con la bici nueva, Reyes» —, tengo nueve años.
Reyes de 2002.
La cicatriz me la hice a los siete.
Dos años antes de tener bici.
Me paso las dos horas siguientes buscando la manera de que eso no signifique nada, y encuentro tres.
Una: que hubiera una bici anterior, prestada, de un vecino, y que no salga en ninguna foto. Posible. En un pueblo los críos se suben a lo que hay.
Dos: que yo tuviera ocho o nueve años y no siete, y que el «siete» sea una redonda de las que uno pone cuando cuenta una historia mil veces. También posible.
Tres: que la bici no fuera nueva en Reyes de 2002, sino la de siempre y con lazo, como hacían las familias sin dinero.
Tres explicaciones razonables. Yo he escrito informes enteros sobre menos.
Lo que pasa es que hace tres semanas no habría necesitado ninguna, y hoy he necesitado tres, y me las he buscado yo, y esa es la parte que apunto.
Lo escribo en la columna tercera y me quedo mirando las tres palabras en mayúsculas hasta que dejan de ser palabras.
Verificable. No verificable. Contradictorio.
Tres columnas para una vida. Es la misma ficha que le hago yo a un legajo descabalado cuando entra por la puerta del archivo sin carátula.
Y hay una cosa que salta a la vista en cuanto uno se aparta dos pasos.
La columna del medio pesa cuarenta y una entradas.
Un expediente en el que el ochenta por ciento del contenido no se puede contrastar con nada no es un expediente sospechoso. Es un expediente normal : así es la infancia de todo el mundo, y por eso funciona esto, sea lo que sea esto.
Nadie lleva la vida documentada. Nadie puede probar su propia merienda.
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El domingo por la mañana no puedo con el corcho y hago otra cosa.
Grabo la nana.
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Es una tontería de tres notas que baja y luego se queda plana, y la tengo desde siempre, y me sale cuando estoy concentrada o cuando espero un ascensor. Rosa me lo ha dicho más de una vez: «Ya estás con la cancioncita.»
Y tiene palabras. Poquísimas. Nunca he pensado en ellas porque nunca han significado nada: son los ruidos que a una se le quedan de pequeña, como los que hacen los niños cuando cantan un anuncio en inglés sin saber inglés.
Yo he cantado toda mi vida esto:
ea-la-lá, ea-la-lá
y luego una palabra que en mi boca suena tsobu , con la lengua pegada al paladar, un sonido que no existe en castellano y que yo hago sin darme cuenta desde que tengo memoria.
Y después algo que se parece a ñenín .
Y ya está. Se acaba ahí. Nunca ha habido más.
Grabo cincuenta y seis segundos con el móvil, sentada en el suelo del salón, y me da una vergüenza espantosa oírme.
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El foro se llama Filoloxía y Dialeutoloxía Peninsular y lo encuentro a la tercera búsqueda. Trescientos y pico miembros, la mitad profesores de instituto jubilados, hilos de dos mil mensajes discutiendo una vocal.
Abro un tema el domingo a las 12:40.
Asunto: Identificación de rasgos en fragmento oral de cantar infantil (grabación propia).
Buenas tardes. Trabajo en documentación y estoy preparando una descripción de un fondo con material sonoro de tradición oral. Adjunto un fragmento breve, cantado por una informante que no recuerda el origen. Agradecería orientación sobre el área lingüística. Gracias.
Adjunto los cincuenta y seis segundos.
Tardan cuarenta minutos.
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mlopezcastro · dom, 12:40 h
¿Puede subir el fichero sin comprimir? El sonido está muy tratado.
Xuan_Ferreiro · dom, 12:58 h
Con lo que hay basta. Póngalo en el minuto 0:11.
Xuan_Ferreiro · dom, 13:04 h
Ahí. Lo que la informante articula no es una ele doble ni una che. Es una africada apicoalveolar sorda, la que se transcribe ḷḷ y que en la bibliografía figura como «che vaqueira». No es un rasgo estético: solo se conserva en un área concreta y no se aprende de oído. O se mama o no se tiene.
mlopezcastro · dom, 13:11 h
Coincido. Y la palabra es ḷḷobu. Lobo.
Xuan_Ferreiro · dom, 13:15 h
Efectivamente. Y el «ñenín» del final es ñeñín, forma hipocorística. La estructura completa es la de un cantar de cuna del tipo que registró Torner: se nombra al lobo para que no venga. Hay decenas de variantes.
mlopezcastro · dom, 13:22 h
Asturiano occidental. Yo diría que del área de las cuencas, por el cierre de la vocal final. ¿De dónde procede el fondo?
Xuan_Ferreiro · dom, 13:26 h
Suscribo lo de las cuencas. Y añado una cosa por si le sirve: la informante lo hace bien. Eso significa que lo oyó de alguien que lo hacía bien, y muy pronto. Ese sonido se pierde si no se fija antes de los cinco o seis años.
Xuan_Ferreiro · dom, 13:31 h
Si la informante vive, pregúntele por su abuela.
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Me quedo con el móvil en la mano.
Después le doy al play y la escucho entera.
Los cincuenta y seis segundos. No paro a los once, que es donde está el dato.
Los dejo correr: la respiración de antes, las tres notas que bajan y se quedan planas, el ea-la-lá dos veces, la palabra con la lengua pegada al paladar, el ñenín, y el silencio de dos segundos al final antes de que mi propia voz diga «ya está» y se corte.
La escucho entera dos veces más.
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Mi biografía tiene cero Asturias.
Ni un apellido, ni un abuelo, ni un veraneo, ni un primo, ni una fábrica, ni un traslado. Emilio Roldán Sanchís, de Teruel. Purificación Cifuentes Lahoz, de Teruel. Charo, de Teruel. Valdescosa de la Sierra, Cuenca.
En treinta y tres años no he estado en Asturias.
Y llevo treinta y tres años cantando en asturiano occidental una canción sobre un lobo, con un sonido que hay que aprender antes de los seis años y que no se aprende de oído.
Lo dice un señor de un foro que no me conoce de nada y que me lo ha dicho por hacerme un favor un domingo a la hora de comer.
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Hay una cosa más y no la escribo en el corcho porque no cabe en ninguna de las tres columnas.
Todo lo que he perdido esta semana lo he perdido porque era mío: el perro, la grieta, la cicatriz, la bici. Eran mis cosas y resulta que no lo son.
Y esto es al revés.
Esto es una cosa que yo llevaba encima sin saber que la llevaba, que no me ha puesto nadie, que no está en ninguna foto, que no la puede desmentir ninguna tía de setenta años con una caja de zapatos.
Esto es lo único que no me han dado.
Y lo canto en un idioma que no entiendo.
Alguien me lo cantó a mí, a la cara, muchas veces, antes de que yo cumpliera seis años. Alguien lo bastante cerca como para que se me quedara pegada una africada apicoalveolar sorda.
Y esa persona no está en mi vida. No está en las cinco fotos de la vitrina, ni en la caja de Charo, ni en el aparador del pasillo, ni en ningún papel de este país.
Si la informante vive, pregúntele por su abuela.
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Abro el mapa en el móvil.
Escribo «cuencas mineras» y me sale un área verde y arrugada al norte, entre montañas, con nombres que no he dicho en voz alta en mi vida.
Amplío con dos dedos. Aparecen los valles, los ríos, las carreteras que suben.
Y me quedo así, sentada en el suelo de mi salón un domingo por la tarde, con el dedo apoyado en la pantalla encima de un sitio en el que no he estado nunca.
A mi izquierda, en la pared, un corcho con siete columnas.
Hoy es día treinta y siete.
Mañana es lunes.