La Colección 18. El perro
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18. El perro

Jueves veintiséis de noviembre. Día treinta y cuatro.

Lo que hago es lo de Marina Choren, y lo hago porque no se me ocurre nada mejor y porque a las siete de la mañana, en la ducha, se me ha ocurrido esto:

Marina no empezó por lo grande. Marina empezó por doce fotos y cuatro preguntas tontas.

Un recuerdo grande no se puede comprobar. «Mi madre me cantaba» no se comprueba. «Éramos felices» no se comprueba. «Nos vinimos de Teruel cuando yo tenía tres años» no se comprueba, porque los que podrían decirlo llevan diecisiete años muertos.

Un recuerdo pequeño, sí.

Un recuerdo pequeño tiene datos. Tiene una raza, un color, un número, una fecha. Y los datos se cotejan.

Así que en el autobús de las siete y cuarto, con el ambientador de eucalipto y la ventanilla entreabierta, hago una lista de recuerdos comprobables de mi infancia.

Salen once.

El perro. Raza.

El coche de mi padre. Marca y color.

El maestro de la unitaria. Nombre.

La marca de la lavadora.

El nombre de la perra de los Peinado.

La fecha en que pusieron el agua corriente en la calle Real.

Si la escuela cerró antes o después de que yo entrara.

Cuántos escalones tiene el portal de la casa.

El color del tractor de los Nieva.

Cómo se llamaba el cura que iba entonces.

Los azulejos de la cocina.

De los once, nueve dependen de que Charo se acuerde, y Charo tiene setenta años y quiero mucho a Charo.

Uno, el de los azulejos, lo puedo mirar yo el próximo domingo con mis propios ojos.

Y queda el perro, que es el más idiota de todos y el mejor, porque un perro es una raza y una raza es una palabra y una palabra no admite matices.

Elijo el perro.

• • •

La llamo a las cinco y diez, que es cuando ella ya ha merendado y todavía no ha puesto la tele.

—¡Ay, mi niña, dos veces en una semana!

—Es que ayer no te dejé hablar.

—Anda esta. —Se ríe—. ¿Qué quieres?

—Una tontería. Estaba con una compañera hablando de perros.

—¿Y eso?

—Que se ha comprado un cachorro y no sabe qué es. —Miro por la ventana—. Y me acordé de Rin.

—¡Rin! —Y le cambia la voz, contentísima—. Ay, Rin. Aquel bicho.

—¿De qué raza era, al final? Porque yo digo una cosa y no me acuerdo bien.

—Setter, hija. Un setter irlandés.

Y sigue.

—Bueno, setter y lo que fuera, que aquí los perros son de lo que salen, pero de setter tenía todo. El pelo colorado ese, largo, que se le llenaba de zarzas y tu madre lo tenía que peinar en el corral con un peine de los suyos, que se enfadaba muchísimo.

—Setter.

—Setter, sí. ¿Por qué?

• • •

Yo tengo un mastín en la cabeza.

No una idea de un mastín. No la palabra «mastín».

Tengo el animal: el tamaño, la papada, el pelo corto y áspero, el ruido que hacía al echarse en las baldosas del zaguán, que era un ruido de saco.

Tengo cómo se ponía en el hueco de la cancela con las cuatro patas plantadas y no ladraba, y había que llamar a mi padre para que lo apartara. Tengo el olor.

Un setter irlandés pesa veintiséis kilos y es un animal nervioso, largo, con las orejas caídas y el pelo rojo y sedoso.

Un mastín pesa setenta y no cabe en el mismo recuerdo que un setter. No es una confusión posible. Es como confundir una silla con una mesa.

—¿Nadia?

—Sí, perdona.

—Que si por qué.

—Por nada. Que yo lo tenía por un perro más grande.

—Uy, más grande. —Se ríe otra vez—. Grande era, para lo que come una casa. Pero no, mujer, si tengo fotos.

—¿Tienes fotos?

—Claro que tengo. Espera, que te mando una y me dices tú si eso es un mastín.

• • •

La foto llega a las cinco y veinticuatro.

Es una foto de una foto, hecha con el móvil en la mesa camilla, con la sombra de la mano de Charo en la esquina inferior derecha y un trozo de hule de cuadros.

Y en la foto hay un setter irlandés.

• • •

Lo miro en el autobús, con la pantalla al cuarenta por ciento de brillo porque va lleno y no quiero que se vea.

Es un perro rojo, largo, con las orejas caídas y el pelo revuelto, sentado en un corral con el sol de la tarde de lado. Le falta pelo en un costado. Tiene la lengua fuera.

Amplío.

Amplío más. La foto original es de las cuadradas con el borde blanco, y en el borde inferior, en la parte que Charo ha cogido entera sin querer, hay una franja de letras impresas al revés.

Le doy la vuelta a la imagen.

FOTO PRISMA · CUENCA · REVELADO EN 1 HORA

Y a la derecha, en tinta naranja, la datación de laboratorio: 07 98 .

Julio de 1998. Yo tenía cinco años.

Papel Fujicolor con borde blanco, formato diez por quince, revelado en una tienda de la calle Carretería que cerró en 2011 y en la que revelaba media Cuenca.

Es exactamente lo que tiene que ser. Es una foto de verdad, de un perro de verdad, en el corral de verdad de mi casa de Valdescosa en el verano de 1998.

Sigo ampliando.

Detrás del perro está la pila del corral, con el mismo desconchón. Está la puerta de la cocina, entreabierta. Está una silla de anea apoyada en la pared.

Y en el borde izquierdo, cortada por la mitad, hay una niña de espaldas.

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Amplío hasta que se rompe.

La niña lleva un vestido de tirantes de cuadros vichy verdes y blancos, con el cuello de pico y un bolsillo delante en forma de corazón.

Ese vestido lo recuerdo.

Recuerdo el bolsillo en forma de corazón, que era demasiado pequeño para meter nada y en el que yo metía piedras hasta que se descosió por abajo.

Recuerdo el tacto del cuadro vichy, que era rígido y raspaba en el cuello el primer día y después ya no.

Recuerdo que ese vestido lo perdí y que apareció detrás de la lavadora en otoño y que ya no me valía.

Es mío. Ese vestido es mío. Estoy ahí dentro.

Estoy en el corral de mi casa, en julio de 1998, con cinco años, con mi vestido de cuadros, de espaldas, con un setter irlandés que no es el perro que yo recuerdo.

Y eso es lo que no encaja en ninguna explicación de las que me sé.

Porque yo he trabajado con documentos falsos. Pocos, pero he trabajado. Y un documento falso es falso entero: la firma, el sello, el papel, todo. Lo que no se puede es tener el papel bueno, la fecha buena, el laboratorio bueno, el vestido bueno, el corral bueno, la niña buena, y un perro distinto.

Eso no es una falsificación.

Eso es una foto verdadera de una cosa que yo recuerdo mal.

Que es peor.

• • •

Setter.

Mastín.

Setter.

Lo digo en voz baja, en un autobús, dos palabras que a la sexta vez ya no significan nada, que son solo ruidos, dos maneras de mover la boca.

Setter. Mastín. Setter. Mastín.

Una de las dos me la ha puesto alguien dentro.

• • •

Aquí es donde tengo que decir lo que hago, porque es lo que hago y porque conviene que quede escrito.

No dudo de Charo.

No se me pasa por la cabeza. Ni un segundo. Charo tiene setenta años, me guarda los yogures de limón por caja y me ha mandado en catorce minutos una fotografía que confirma su versión, con su sombra en la esquina y su hule de fondo.

Tampoco dudo de la foto. La foto está fechada por un laboratorio que cerró en 2011.

De lo único que dudo es de mí.

Y lo hago con una naturalidad que, más tarde, esta misma noche, va a ser lo que peor me siente de todo el día: en el segundo exacto en que dos versiones se contradicen, yo doy por buena la de fuera y tiro la mía.

Sin pelear. Sin pedir una segunda comprobación.

Con alivio, incluso, porque una versión externa es un dato y lo mío es solo lo que tengo en la cabeza.

Alguien me enseñó a hacer eso.

• • •

Bajo del autobús. Camino los cuatrocientos metros hasta el portal. Subo tres pisos.

Y me planto en el salón, con el abrigo puesto, delante de un corcho con siete columnas y una cifra entre paréntesis.

Yo no confundo datos. Para eso me pagan. Llevo veintiséis años cotejando papel y no he perdido un folio, y me sé de memoria el número de procedimiento del expediente de mis padres, y sé cuántos azulejos hay en esta cocina porque los conté una noche.

Tengo un mastín entero dentro. Con el ruido y el olor.

Y en el corral de mi casa, en 1998, había un setter.

Mi memoria no es mía.