La Colección 17. El perfil
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17. El perfil

El corcho ocupa la pared del salón desde el marco de la puerta hasta la esquina y lleva ahí once días.

Esta noche, por fin, tiene siete columnas.

Lo compré en el bazar de abajo por veintidós euros y lo colgué con dos escarpias porque no cabía en la mesa. Al principio eran seis columnas de fotocopias, y desde el domingo hay una séptima vacía, y esa séptima columna vacía la he tenido delante mientras cenaba once noches seguidas.

Chinchetas. Hilo rojo, no porque quede bien, sino porque en el bazar solo había rojo y blanco.

Siete columnas.

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Rosa me ha dicho esta tarde que no lo lleve yo sola.

Lo que hago esta noche es exactamente lo contrario, y lo hago con la puerta cerrada y sin llamar a nadie, y eso conviene apuntarlo también.

Voy a hacer lo que llevo cinco semanas sin hacer: aplicarme el procedimiento a mí misma.

En el archivo, cuando llega un expediente descabalado, no se empieza por lo que interesa.

Se empieza por la ficha de descripción: se rellenan los campos, todos, aunque sean obvios, aunque den vergüenza, y solo después se mira lo que ha salido.

Es una disciplina antipática y es la única que impide que uno encuentre lo que ha ido a buscar.

Los campos, en este caso, los han escrito ellos. Seis personas, veinte años. Yo solo tengo que rellenar la séptima columna.

Y hay una regla más, que me sé desde que hice el curso de descripción archivística en 2004 y que esta noche me viene fatal: un marcador solo vale si se define antes de mirar al sujeto.

Los siete marcadores están definidos desde el cuatro de noviembre. Están escritos en la libreta, con fecha, de mi puño y letra, antes de que yo tuviera ninguna intención de aplicármelos.

Eso quiere decir que lo que va a pasar en los próximos veinte minutos no me lo puedo discutir después.

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Marcador 1. Nacimiento inscrito en provincia distinta de la de residencia y fallecimiento.

Mansilla, Zamora. ✓

Ucedo, Guadalajara. ✓

Peón, León. ✓

Choren, Palencia. ✓

Lledó, Castellón. ✓

Beites, Ourense. ✓

Roldán, Teruel. ✓

Marcador 2. Criado en núcleo rural de menos de doscientos habitantes, en despoblación.

Los seis. ✓

Valdescosa de la Sierra, sesenta y un vecinos en el padrón, catorce casas abiertas en noviembre. ✓

Marcador 3. Orfandad o pérdida de ambos progenitores en edad temprana o media.

Mansilla, 1971, veinticuatro años. ✓

Ucedo, dieciséis años. ✓

Peón, sin datos, casilla de familiares en blanco. ✓

Choren, veintipocos. ✓

Lledó, sin datos. ✓

Beites, criado por terceros desde los cuatro. ✓

Roldán: dieciséis años. Accidente de tráfico, N-320, veintiuno de agosto de 2009, Emilio Roldán Sanchís y Purificación Cifuentes Lahoz. ✓

Ese expediente también está en mi archivo.

Diligencias previas 1183/2009, Juzgado de Instrucción número uno, sobreseído el once de diciembre de aquel año.

Lo escaneé yo en 2019, en el bloque de 2009, sin decírselo a nadie, en un turno de noche, y luego bajé al depósito y me estuve veinte minutos sentada en el suelo.

Es el único expediente de este archivo que me sé sin haberlo estudiado.

Marca la casilla igual que los otros seis.

Marcador 4. Ausencia de parientes próximos vivos.

Los seis: una hermana lejos, una tía muerta, una raya, una prima segunda, nada, una hermana. ✓

Roldán: una tía materna, setenta años, Valdescosa. ✓

Marcador 5. Nota de referencia con formato anómalo en la certificación literal de nacimiento.

Los seis. ✓

Roldán, T-214 · F-89. ✓

Marcador 6. Revisión sistemática de la propia infancia en los meses previos.

Mansilla: llamadas a la hermana preguntando por una casa con parra. ✓

Ucedo: siete fotografías, una libreta, llamada a un ayuntamiento por padrones antiguos. ✓

Peón: dos días libres para ir a León; volvió antes de tiempo. ✓

Choren: mural, doce fotos, cuatro post-its, «la iglesia no puede estar ahí». ✓

Lledó: sin datos. —

Beites: dieciocho fotos, el río, el plano del catastro. ✓

Roldán: —

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Me quedo con la chincheta en la mano.

Yo no he revisado mi infancia. Yo he revisado seis infancias ajenas.

Subí a Valdescosa un domingo por lo de la muestra incompleta. Recorrí la casa con la excusa de buscar unas fotos. Conté los marcos de la vitrina, abrí el aparador del pasillo, miré si había papeles con la letra de mi madre.

Eso, en la columna de Marina Choren, se llama mural.

Pongo la chincheta.

✓

Marcador 7. Solicitud de certificación literal de nacimiento.

Los seis. ✓

Roldán: veintitrés de octubre de 2026, Registro Civil de Cuenca, cotejo documental. ✓

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Y queda el ocho, que es el único que no puedo marcar yo.

Me siento en el suelo, con la espalda contra el sofá, y hago la cuenta con el bolígrafo en el reverso de un sobre, porque las cuentas importantes se hacen a mano.

Días entre solicitud y fallecimiento:

Choren: 16/05/2014 → 06/06/2014. 21.

Beites: 03/04/2024 → 30/04/2024. 27.

Mansilla: 02/09/2004 → 07/10/2004. 35.

Ucedo: 28/03/2008 → 04/05/2008. 37.

Peón: 11/02/2011 → 21/03/2011. 38.

Cinco casos. Lledó fuera, porque en Lledó la solicitud es de dos días después de la muerte y esa es otra cosa.

Mínimo: veintiuno.

Máximo: treinta y ocho.

Media: treinta y uno con seis.

Ninguno por debajo de veintiuno. Ninguno por encima de treinta y ocho.

En diecisiete días de horquilla caben cinco casos repartidos en veinte años. Eso, en cualquier informe que yo haya visto en mi vida, no se llama azar. Se llama plazo.

Y un plazo dice más cosas de las que parece.

Un plazo de veintiuno a treinta y ocho días no es el tiempo que tarda alguien en enterarse: eso sería inmediato. Tampoco es el tiempo que tarda alguien en decidir: eso sería más corto o mucho más largo.

Tres a cinco semanas es lo que tarda un procedimiento.

Es lo que tarda en llegar un papel, en contestarse, en tramitarse.

Es lo que tarda cualquier cosa en esta Administración desde que entra por registro hasta que sale resuelta.

Es, exactamente, lo que me dijo la funcionaria de la ventanilla tres el veintitrés de octubre: de diez a quince días, y si a las tres semanas no le ha llegado, vuelve y lo reclamamos.

Entre que uno pide su partida y le llega, pasan doce días.

Y entre que le llega y se muere, pasan otros veinte.

Alguien tiene un plazo.

Alguien, en algún sitio, recibe un aviso cuando una de estas siete personas pide su papel. Y a partir de ahí abre un expediente, y ese expediente tarda lo que tardan los expedientes.

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Cojo el calendario del móvil.

Veintitrés de octubre. Día cero.

Día veintiuno: trece de noviembre. Pasó.

Día veintisiete: diecinueve de noviembre. Pasó. Ese día yo estaba en un tren volviendo de Madrid, escribiendo en la libreta lo que había dicho Milagros.

Día treinta y cinco: viernes veintisiete de noviembre. Pasado mañana.

Día treinta y siete: domingo veintinueve.

Día treinta y ocho: lunes treinta de noviembre.

Hoy es veinticinco.

Estoy en el día treinta y tres.

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Lo escribo en el corcho, en la columna siete, con rotulador, y lo escribo como se escriben las diligencias:

El sujeto 7 presenta los siete marcadores identificados en los sujetos 1 a 6.

Fecha de solicitud: 23/10/2026.

Horquilla observada: 21–38 días.

Día en curso: 33.

Sujeto 7.

Lo he escrito tres veces esta noche y las tres en tercera persona, y no es un tic de oficio: es que en tercera persona se puede.

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Lo que hago después no lo esperaba.

No lloro. No llamo a Andrés, que estará cerrando el pleno de algún ayuntamiento. No abro la ventana ni me sirvo nada.

Me levanto y ordeno la mesa.

Apilo las fotocopias por años. Meto los rotuladores en el bote. Recojo dos vasos, los lavo, los pongo boca abajo. Barro la esquina donde han caído chinchetas. Riego el poto, que no le tocaba.

Tardo veinte minutos en dejar el salón como para una inspección, y durante esos veinte minutos no pienso absolutamente en nada, y esa es la parte que me da miedo por la mañana, no ahora.

Y al terminar, de pie, con el trapo en la mano, se me ocurre una cosa que no había pensado nunca y que no se parece a ninguna otra.

Que si mi vida es la que dice ese papel, entonces me quedan cinco días.

Y que si mi vida no es la que dice ese papel, entonces llevo treinta y tres años muerta y no me había enterado, y lo que me van a quitar el lunes que viene no es mi vida: es la de otra.

Nunca había echado de menos algo sin saber qué era.

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A las once menos cuarto llamo a Charo.

—¡Ay, mi niña! ¿Qué pasa a estas horas?

—Nada. Que se me ha olvidado preguntarte una cosa el domingo.

—Dime.

—La receta de los gazpachos. Lo de la torta. ¿Se echa antes o después de apagar?

Charo se ríe.

—¡Anda! ¿Y para eso llamas a las once?

—Es que se me han quedado blandos.

—Se te han quedado blandos porque los has removido mucho. —Y ya está lanzada—. Dos vueltas, hija, dos. Y luego que reposen. Que tu madre les daba dos vueltas y ya está, y a mí me salen peor que a ella y llevo cincuenta años...

Y la dejo hablar.

La dejo hablar once minutos de la torta, del hombre del pan, de que en el pueblo han puesto una farola nueva y de que a la Cesárea la han bajado a Cuenca a que la miren de la cadera.

Y no le cuento nada.

Y cuando cuelga —cuelga ella, como siempre, con un «hala, a dormir, que es tardísimo»— me quedo con el móvil en la mano en un salón recogido, sin ninguna información nueva sobre los gazpachos.

• • •

Antes de acostarme vuelvo al corcho.

Debajo de la columna siete, en el hueco que queda, escribo la última línea de la noche.

Marcador 8: pendiente.

Y al lado, entre paréntesis, la única cifra honesta que tengo:

(cinco días)