16. Tomos que no se abren
Se lo enseño un martes a las cuatro de la tarde, en su despacho, porque ha bajado con los dos cafés y porque llevo cuatro días sabiendo que se lo voy a enseñar.
—Rosa.
—Dime.
—¿Tú has visto alguna vez una nota de referencia escrita así?
Y le pongo delante mi certificación.
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Rosa se sube las gafas a la frente. Acerca los ojos a un palmo del papel, que es como lee ella desde que le cambiaron la graduación.
Y no dice nada.
Han pasado seis segundos y no dice nada, y a los seis segundos deja el vaso de café en la mesa con mucho cuidado, muy despacio, como se deja una cosa que se puede volcar.
—Cierra la puerta.
—Rosa.
—Cierra la puerta, Nadia.
La cierro.
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Cuando me giro está de pie, con el papel en la mano, y le ha cambiado la cara de una manera que no le había visto en cuatro años: no es susto. Es una cosa más antigua, más cansada, la cara que se le queda a alguien cuando le nombran algo que llevaba mucho tiempo sin nombrar.
—¿De dónde has sacado esto?
—Es mía.
—¿Cómo que es tuya?
—Es mi partida de nacimiento. La pedí en octubre.
Rosa se sienta. Se sienta en la silla de las visitas, que es la mía, y no en la suya, y tarda un rato en darse cuenta.
—¿Y las otras?
—¿Qué otras?
—Ha dicho «alguna vez». —Levanta la cabeza—. Tú no me preguntas si he visto «alguna vez» una cosa que has visto una vez. ¿Cuántas tienes?
—Siete.
Cierra los ojos.
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—Yo lo vi una vez.
—¿Cuándo?
—En el ochenta y cuatro. —Se frota la rodilla—. O el ochenta y cinco. Yo entré en el ochenta y siete aquí, en el archivo, pero antes estuve tres años de auxiliar en el juzgado de un partido, que entonces los juzgados llevaban el Registro Civil.
—Sí.
—Los tomos estaban en la planta de arriba, en un armario con dos puertas de madera.
Cosidos, con las tapas de tela, y el folio se numeraba a mano.
—Se le va la voz a ese sitio de la gente que está viendo una habitación de hace cuarenta años—.
Yo era la que llevaba los tomos abajo cuando pedían una certificación, porque era la más joven y pesaban.
—¿Cómo se copiaba una literal entonces?
—A máquina. Olivetti. Con papel carbón y dos copias. —Sonríe un momento, sin querer—. Y si te equivocabas en una letra, la literal entera otra vez, porque en una literal no se tacha. Yo he escrito la misma partida cuatro veces en una mañana.
—Y el margen se copiaba al final.
—El margen se copiaba al final, con el tomo abierto al lado, y se cotejaba. —Se le apaga la sonrisa—. Por eso lo vi. Porque lo estaba copiando.
—¿Y qué viste?
—Una nota. En el margen. —Se para—. Con un guion y con el punto ese.
—¿En qué provincia?
—Aquí. En esta.
—¿En qué tomo?
—Eso ya no.
—Fecha del asiento.
—Nadia.
—Fecha del asiento, Rosa.
—Años cincuenta. —Y ahí se enfada, un segundo, con la mano abierta—. ¿Y qué más da? ¿Tú te crees que yo iba a...?
Y no acaba la frase.
Rosa lleva cuarenta años sin acabar esa frase, y yo llevo cuatro años oyéndola no acabar frases y creyendo que era la edad.
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—Cuéntame lo que pasó.
—Que subí el tomo a mi mesa para copiar la literal y me quedé mirando el margen, porque me chocó. Yo tenía veintiún años y llevaba dos años copiando notas y en dos años no había visto ninguna así. Y me quedé ahí.
—¿Cuánto rato?
—Nada. Un minuto. —Traga—. Y vino don Aurelio.
—¿Quién era don Aurelio?
—El oficial mayor. —Y de pronto la voz se le pone recta—. Aurelio Nájera Escolano. Cincuenta y ocho años. Llevaba en aquel juzgado desde el cincuenta y nueve.
—Sigue.
—Vino por detrás y me quitó el tomo de las manos.
—¿Te lo quitó.
—Me lo quitó. Sin decir nada. —Se toca la muñeca—. Yo lo tenía abierto y él lo cerró conmigo delante y se lo llevó al armario, y volvió, y se sentó en el borde de mi mesa, que no lo hacía nunca, que era un hombre muy correcto.
—¿Y qué te dijo?
—Me dijo: Rosita, hay tomos que no se abren.
Lo repito yo, en voz baja, sin querer.
—Hay tomos que no se abren.
—Eso me dijo.
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Se queda callada. Bebe. El café ya está frío.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Yo tenía veintiún años y era auxiliar interina y él era el oficial mayor. —Me mira—. Le dije que sí, don Aurelio.
—¿Y ya está?
—Y ya está. —Se encoge de hombros—. En el ochenta y cuatro.
Tú no sabes cómo era eso. No es que a mí me diera miedo él.
Es que aquello funcionaba así: había cosas que se preguntaban y cosas que no, y las que no, no era porque hubiera un secreto: era porque no se preguntaban.
Y si preguntabas quedabas de tonta, o de lista, que era peor.
—Ya.
—Y además él tenía razón, ¿eh? —Levanta un dedo—.
En su idioma tenía razón. Hay tomos que no se abren y eso lo sabe cualquiera que haya trabajado en esto.
Los libros del Registro no se manosean. Se sacan para lo que se sacan, se copia, y se guardan.
Cada vez que abres un tomo de mil novecientos veinte le quitas un año de vida al lomo.
—Pero él no te lo dijo por el lomo.
Rosa se queda con el dedo en el aire.
—No —dice—. No me lo dijo por el lomo.
—¿Volviste a ver alguna?
—No.
—¿Nunca?
—Nunca. —Y aquí lo dice con un cuidado que no le pega—. Porque no volví a mirar.
—¿Cómo que no volviste a mirar?
—Que no volví a mirar el margen, Nadia. —Levanta las dos manos—. Que llevo cuarenta años copiando notas de referencia sin leerlas. Que las copio, que las coteja una compañera, que se firma y ya está. Que hay un trozo de folio que yo no miro desde el año ochenta y cuatro.
Nos quedamos las dos en silencio.
—Y no me había dado cuenta hasta ahora mismo —dice—. Hasta que tú lo has puesto en esa mesa.
• • •
—¿Y don Aurelio?
Rosa deja el vaso.
—Se murió.
—¿Cuándo?
—Al año siguiente. En el ochenta y cinco, por Reyes.
—¿De qué?
—De lo suyo. —Y hace un gesto con la mano hacia el pecho—. Estaba malo del corazón, eso lo sabía todo el mundo. Se le paró y ya está. Sesenta años recién cumplidos.
—¿Estaba malo de verdad?
—Nadia.
—Te pregunto si tú lo sabías o si lo sabía todo el mundo.
Rosa tarda demasiado.
—Lo sabía todo el mundo —dice.
Y las dos oímos perfectamente lo que acaba de decir.
• • •
—¿Y por qué me lo cuentas ahora?
—Porque me lo has preguntado. —Se pasa la mano por la falda—.
Y porque en cuarenta años no me lo ha preguntado nadie.
¿Tú sabes lo que es eso? Cuarenta años. Y no es que yo lo guardara.
Es que se me olvidó. Se me olvidó de verdad, Nadia, se me quedó en un sitio donde no molestaba, y esta tarde has entrado tú con un papel y ha vuelto entero, con el armario y con las puertas de madera y con la voz que ponía el hombre.
—Rosa.
—Yo tenía veintiún años.
—Rosa, nadie te está...
—Yo tenía veintiún años y no volví a mirar un margen en toda mi vida laboral.
—Y se le rompe un poco, y se recompone en el mismo movimiento con el que se estira la manga—.
Cuarenta años de carrera, dos condecoraciones del Ministerio y una jubilación en 2030, y en cuarenta años no he mirado un margen.
• • •
Se levanta. Coge mi certificación de la mesa.
Y me la devuelve con las dos manos.
—Toma.
—Rosa...
—Guárdala. —Sigue con las dos manos—. Y ahora escúchame tú a mí, que llevo aquí más años que tú vida. Esto déjalo.
—No puedo.
—Ya sé que no puedes. —Sin soltar el papel—. Por eso te lo digo ahora, para haberlo dicho. Para que dentro de un tiempo, si esto sale mal, yo pueda acordarme de que un martes por la tarde te lo dije.
—¿Y si no lo dejo?
—Pues no lo dejas. —Y aquí, por primera vez en toda la tarde, me mira de frente y sin miedo—. Pero no lo lleves tú sola, hija. Eso sí que no.
—Rosa.
—Déjalo, hija.
Es la primera vez en cuatro años que me llama hija. Y me lo llama dos veces en un minuto, y las dos veces suena a otra cosa.
Cojo el papel. Ella lo suelta.
• • •
En la puerta, cuando ya me voy, dice:
—¿Cuál era?
—¿Cuál era qué?
—El tuyo. El número.
—T doscientos catorce, folio ochenta y nueve.
Rosa no se mueve. Está de pie junto a la mesa, con el vaso de café frío en la mano.
—Doscientos catorce —repite.
—Sí.
—Anda, vete a escanear.
Y se sienta en su silla, la suya esta vez, y se pone a mirar la pantalla, y en la pantalla no hay nada.