La Colección 13. La catedral
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13. La catedral

Cogemos el de las siete y cuarto y a las diez y veinte estamos en la calle de la Bolsa con siete fotocopias en una carpeta y cuarenta certificaciones de control en otra.

A las once menos cuarto, las siete están extendidas sobre un mostrador de la Dirección General.

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Hay que verlo por dentro para entenderlo.

En la planta baja, ventanillas, cola, número, gente.

Arriba, una escalera de mármol con la barandilla gastada en el sitio exacto donde ponen la mano ciento cincuenta años de funcionarios.

Y detrás, en dos alas y cuatro plantas, lo que casi nadie sabe que existe: kilómetros de estantería con los libros duplicados de los registros civiles de España, tomos encuadernados en piel granate con el lomo rotulado a mano, provincia por provincia, año por año, desde 1871.

Diecisiete millones de personas vivas dependen de lo que hay escrito ahí dentro.

No es un archivo. Es la sacristía mayor.

Si esto ardiera un martes por la mañana, este país tardaría treinta años en volver a saber quién es cada uno, y el primer efecto no sería el caos: sería que nadie podría probar nada.

Ni una herencia, ni una pensión, ni una nacionalidad, ni un apellido.

Lo que sostiene a cincuenta millones de personas no es la sangre: es que hay un señor con un cuño en un sótano.

Aquí se guarda el cuño.

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Milagros Arriaza lleva treinta y un años en esta casa y va por el pasillo con una bata azul y un carrito de dos baldas.

—¿Ustedes son los del archivo de Cuenca?

—Yo soy del archivo de Cuenca. Él no.

—Yo soy periodista —dice Andrés—. Pero vengo callado.

—Uy, eso lo dicen todos. —Aparca el carrito—. A ver qué me traen.

Le explico lo que traigo. Aquí miento.

—Estamos preparando un estudio de criterios de descripción para la digitalización de expedientes judiciales. Nos hemos encontrado un formato de nota de referencia que no reconocemos y queremos saber si es una práctica provincial que se nos escapa.

Sale limpio. Sale con el tono exacto, la longitud exacta y esa vaguedad institucional que hace que nadie pregunte más. Sale, de hecho, tan bien que me da tiempo a pensar, mientras lo estoy diciendo, que nunca había mentido a una funcionaria y que no me está costando nada.

Milagros se sube las gafas.

—Enséñemelo.

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Le pongo la primera. Zamora, 2004.

Se inclina. Mira ocho segundos.

—Guion.

—Sí.

—Y ese punto. —Se endereza—. ¿Tiene más?

Le pongo las siete.

Milagros las coloca ella misma en abanico, con dos dedos, como se colocan las cartas, y las mira una por una sin tocarlas apenas. Tarda cuatro minutos. En los cuatro minutos no dice nada. Andrés abre la libreta y la vuelve a cerrar.

Después se quita las gafas.

—Vamos por partes, que esto tiene su miga.

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—Una nota marginal —dice— no la escribe cualquiera y no la escribe donde quiere.

La extiende el encargado del Registro, de su puño o a máquina, en el margen del asiento que ya está practicado, en el tomo.

En el tomo, ¿eh? En el libro. En el libro que está en esa oficina, en esa provincia, cosido y foliado.

—Sí.

—Y de ese tomo hay un duplicado, que es lo que tenemos aquí arriba. Dos ejemplares. El de allí y el de aquí.

—Y la certificación es una copia del asiento.

—La certificación es una copia literal de lo que ponga en el tomo, con lo que ponga en el margen. Si en el margen hay una mancha de café, en la certificación no sale la mancha, pero si en el margen hay una nota, la nota sale. Se transcribe. Palabra por palabra.

—Con el formato del original.

—Con el formato que puso el que la extendió. —Levanta un dedo—. Y aquí es donde a mí me chirría lo suyo.

Andrés se acerca medio paso.

—El formato de las notas es cosa de casa.

En Zamora se escribe como se escribe en Zamora, porque el auxiliar copia del folio de arriba, y el de arriba copió del suyo, y así desde antes de la guerra.

Yo, con treinta y un años aquí, le abro un tomo, le tapo la cabecera y le digo la provincia por cómo abrevian «legajo».

—Se lo dice a él, que es el que ha puesto cara—.

Eso no es una opinión. Es como reconocer una letra.

—Póngame un ejemplo —dice Andrés.

—Le pongo tres. —Cuenta con los dedos—. En Lugo, hasta los noventa, la nota de referencia se cerraba con «Doy fe» aunque no hiciera falta.

En Almería ponían el número del legajo en romanos hasta el ochenta y siete, y le juro que no sé por qué.

En Salamanca metían la coma dentro de la abreviatura, «T.

, 44», que está mal y lo hicieron cuarenta años.

—Abre una mano—. Eso es una casa. Un vicio heredado.

Los siete de ustedes no tienen vicio: tienen norma.

—¿Y qué diferencia hay?

—Toda. Un vicio se pega. Una norma se decide. —Vuelve a las fotocopias—. Estas siete las ha escrito alguien que se sentó un día, decidió cómo iba a escribir un tomo y un folio, y no cambió en treinta y tres años.

—Y estos siete no son de ninguna casa.

—Estos siete son de una casa que no existe.

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—Vamos a lo importante. —Milagros pone el índice sobre la fila, sin tocar—. Zamora, 2004. Guadalajara, 2008. León, 2011. Palencia, 2014. Castellón, 2016. Ourense, 2024. Y Teruel, 1993.

—Sí.

—Siete oficinas. Siete encargados distintos, que además en treinta y tres años habrán sido cuarenta, porque los encargados rotan, se jubilan, se mueren. Siete plantillas de auxiliares. Siete tomos que están cada uno en su edificio, a seiscientos kilómetros unos de otros.

—Sí.

—Pues esto no puede firmarlo la misma oficina.

—Se cruza de brazos—. No es que sea difícil.

Es que no hay manera. No existe la orden de servicio que ordene esto, no existe la circular, no existe el funcionario con competencia territorial para escribir en el tomo de Ourense y en el de Castellón.

Eso es como preguntarme si el mismo cura bautizó en siete parroquias el mismo día.

—Y sin embargo —dice Andrés.

—Y sin embargo —dice ella— ahí lo tiene usted, siete veces.

Nadie dice nada durante unos segundos.

Andrés lo traduce, que es lo suyo:

—Entonces, o son siete personas distintas que por casualidad inventaron la misma manera rarísima de escribir un número en siete provincias a lo largo de treinta y tres años...

—Eso no.

—...o es una sola mano que ha estado dentro de siete registros.

Milagros no contesta a eso. Se pone las gafas.

—¿Quieren un café? Es de máquina y es malísimo.

• • •

El café es malísimo.

Nos lo tomamos de pie, junto a una ventana del rellano de la tercera, con la carpeta debajo del brazo y la ciudad abajo haciendo ruido de ciudad.

—Yo he visto cosas raras en treinta y un años —dice Milagros—.

He visto asientos con la fecha del bautizo en vez de la del parto.

He visto un tomo entero de un pueblo de Ávila escrito por el maestro porque el juez de paz no sabía escribir.

He visto inscripciones practicadas en 1955 de nacimientos de 1939, un montón, y de esas no le voy a hablar porque de esas se ha hablado mucho y mal.

—¿Y algo así?

—Así, no.

Da un sorbo. Hace un gesto con la boca por el café.

—Pero le voy a decir una cosa, y se la digo porque usted ha venido con papeles y no con teorías, que es lo raro. —Baja la voz sin darse cuenta—. Esto no lo ha escrito un funcionario.

—¿Por qué?

—Porque un funcionario copia. Un funcionario mira arriba y hace igual.

Es lo que le decía: el formato se hereda del folio anterior, uno no se inventa nada, uno no quiere problemas.

—Señala la carpeta con el vaso—. El que ha escrito eso no ha copiado de ningún sitio.

El que ha escrito eso tenía su propia manera y la ha metido en siete casas ajenas.

—¿Y quién puede entrar en siete casas ajenas?

Milagros se toma su tiempo.

—Mire, en los registros pequeños entra más gente de la que usted se cree. Entra el juez de paz, que es un vecino. Entran los auxiliares. Y entran los que llevan los papeles de los demás.

—¿Los gestores.

—Los despachos de toda la vida. —Tira el vaso a la papelera—.

En este país hay apellidos que llevan cien años firmando papeles ajenos.

Familias enteras. El abuelo hacía las herencias del pueblo, el hijo las hizo del partido judicial, el nieto tiene la asesoría con el mismo nombre y el mismo archivo en el sótano.

Esa gente ha entrado en los registros pequeños toda la vida, con la puerta abierta, porque llevaban treinta expedientes al mes y porque al juez de paz le ahorraban el trabajo.

—¿Y podían escribir en el tomo?

—Escribir, no. —Se ajusta la bata—. Pero podían llevar el papel ya redactado para que el encargado lo copiase.

Y ahí se calla.

Y Andrés y yo nos quedamos mirándola, y ella nos mira a nosotros, y por la ventana del rellano de la tercera entra el ruido de la calle de la Bolsa.

—Eso se ha hecho toda la vida —añade, más bajo—.

Y no es delito, y no es ni siquiera irregular.

El encargado tiene que dar fe de lo que consta, no de quién le ha traído el borrador.

Usted llega con su expediente ordenadito, con la nota ya redactada en el sitio, y el hombre la copia porque le ahorra media hora y porque usted lleva veinte años entrando por esa puerta.

—Y copia el formato.

—Copia lo que le ponen delante. —Se encoge de hombros—. Palabra por palabra. Es su trabajo.

—Bueno —dice después—. Yo he dicho lo que sé. Lo demás, ustedes.

• • •

Antes de irnos, en la escalera de mármol, levanta el vaso vacío que ya no tiene y hace el gesto igual.

—Por los que leemos papeles —dice—. Que somos cuatro y no nos hacemos ninguna gracia.

Y luego, cuando ya bajamos:

—Oiga. Cuando sepan lo que es, ¿me lo cuentan?

—Se lo cuento.

—Aunque sea una tontería.

—Aunque sea una tontería.

—Es que llevo treinta y un años aquí —dice, desde arriba, con la barandilla gastada debajo de la mano— y esto no lo había visto nunca.

• • •

En el tren de vuelta, Andrés escribe cuatro titulares en su libreta, los tacha los cuatro y escribe un quinto, que tampoco le gusta.

Yo escribo lo que ha dicho Milagros, literal, como se levanta un acta.

«Esto no puede firmarlo la misma oficina.»

«El que ha escrito eso no ha copiado de ningún sitio.»

«Podían llevar el papel ya redactado para que el encargado lo copiase.»

«Despachos de toda la vida. Apellidos que llevan cien años firmando papeles ajenos.»

Y debajo de la última, entre paréntesis, cuatro palabras que escribo sin saber por qué las escribo:

(¿de qué me suena?)

Levanto la vista. Andrés está mirando por la ventanilla los últimos polígonos de Madrid.

—Una sola mano —digo.

—Durante treinta y tres años.

—Y con paciencia.

—Con muchísima paciencia. —Se gira—. ¿Sabes qué es lo que más me revienta de esto?

—Dime.

—Que es un trabajo bien hecho.

Y yo, que llevo tres semanas pensando exactamente eso y no me atrevía a decirlo en voz alta, me quedo callada y miro por la ventanilla.

Porque lo es.

Porque a mí, que me gano la vida con esto, lo que me está produciendo esto no es solo lo que debería producirme. Es también, por debajo, en un sitio muy pequeño y muy antiguo, la clase de admiración profesional que se siente delante de un legajo perfectamente cosido.

Treinta y tres años. Siete provincias. Dos milímetros de altura de un punto.

Nadie hace eso con prisa. Nadie hace eso por dinero.

Eso lo hace alguien que se está tomando su tiempo.