La Colección 14. Azulejos
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14. Azulejos

Le digo que suba a cenar porque es más barato que el bar y porque en el bar hay gente.

Las dos cosas son verdad.

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Los gazpachos serranos se hacen así.

Se sofríe la carne en una sartén honda, a fuego medio, veinte minutos, dándole vueltas cada tanto: pollo de corral y conejo, en trozos pequeños, con sal y nada más. Cuando está dorada se le echan las setas, si las hay, y en noviembre las hay.

Se cubre de agua y se deja hervir cuarenta minutos, con un tomate abierto por la mitad y una hoja de laurel. Ni pimentón ni ajo ni historias.

Y mientras hierve, se parte la torta.

La torta cenceña se parte con las manos, nunca con cuchillo. Se apoya en el borde de la encimera y se va rompiendo en trozos del tamaño de una uña del pulgar, y hace un ruido de cáscara, y ese ruido es el que hace que esto sepa a esto.

Se echa la torta al caldo. Se remueve dos veces. Se apaga el fuego.

Y se deja reposar cinco minutos, y esos cinco minutos son los que separan un plato de otro plato, y no hay atajo.

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—¿Ayudo?

—No.

—Puedo cortar algo.

—No hay nada que cortar. —Le pongo un vaso en la mano—. Siéntate ahí y no toques la sartén.

Andrés se sienta en la silla de la esquina, la única que hay además de la mía, y no aparta la vista de cómo parto la torta.

—¿Eso no se corta?

—Con cuchillo no.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que hay. —Parto otro trozo—. Con cuchillo salen cuadrados y los cuadrados no chupan igual. Con la mano sale el trozo por donde la torta quiere romperse.

—Vale. —Bebe—. Eso ya sí es una respuesta.

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Comemos en la mesa de la cocina porque en el salón no hay mesa.

Y Andrés hace lo que sabe hacer, que es preguntar. Lo hace como respira: sin tomar impulso, sin cambiar de tono, dejando el silencio justo detrás de cada pregunta para que una lo rellene.

—¿Quién te enseñó?

—Mi madre.

—¿Con esas cantidades?

—Sin cantidades. Mi madre no medía nada. —Le sirvo—. Yo medí una vez, con la báscula, para saber lo que estaba haciendo. Y desde entonces me sale igual.

—¿Igual que ella?

—Igual que siempre. —Pruebo—. Sabe exactamente igual que siempre.

—Yo eso no lo tengo.

—¿El qué?

—Un plato. —Ladea la cabeza—. En mi casa se comía bien y no se cocinaba nada memorable. Mi madre hacía filetes. Filetes empanados, filetes a la plancha, filetes con tomate. Es un legado escaso.

Y me río. Otra vez el ruido raro, y esta vez sale entero.

—¿Y de las romerías qué se comía?

—Bocadillo. —Levanta el vaso—. Bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio, comido de pie, con arena. La gastronomía de mi infancia es eso y una botella de gaseosa La Casera compartida entre nueve.

—Suena mejor que un legado escaso.

—Suena mejor de lo que era. —Se acaba el vaso—. Pero es lo que hay: yo me acuerdo del día entero, del calor, del polvo, de mi padre subiéndome, y de la comida me acuerdo de nada. Uno se queda con lo que se queda.

—Sí.

—Tú te has quedado con una receta y yo con un ocho de septiembre.

Y lo dice sin ninguna intención, mientras alcanza la jarra del agua, y sigue hablando de otra cosa.

• • •

—¿Y la cocina cómo era? —dice, más tarde, cuando ya hemos recogido.

—¿Qué cocina?

—La de tu madre.

Y se lo cuento.

Le cuento la ventana que daba al corral, y que en verano se comía con la ventana abierta y entraban las gallinas hasta el escalón.

Le cuento la mesa de formica con las patas de tubo, que se plegaba y no se plegó nunca.

Le cuento la radio en la balda de arriba porque abajo se mojaba con la pila.

Le cuento aquella cocina de azulejos verdes con la cenefa a media pared, y el hule, y la silla de anea con el asiento hundido en la que me sentaba yo a merendar mientras ella ponía la cena.

Le cuento que mi madre cocinaba de espaldas y hablaba hacia la pared, y que había que contestarle alto.

Le cuento que en invierno se cerraba la puerta del pasillo con una cortina de cuadros para que no se fuera el calor, y que esa cortina pesaba una barbaridad, y que yo pasaba por debajo en vez de apartarla porque me parecía más rápido.

Andrés escucha con los codos en la mesa. No apunta. No pregunta nada durante cuatro minutos, que en él es una eternidad.

—Sigue.

—Ya está.

—No, sigue.

Y sigo. Y me doy cuenta a mitad de que llevo hablando once minutos seguidos, cosa que no hago nunca, y que él lo ha conseguido con tres palabras y un silencio bien puesto, y que ese es exactamente su oficio, y que aun así funciona.

—Eres muy bueno en esto.

—Es lo único que sé hacer.

—No, lo digo en serio. Me estás entrevistando.

—Te estoy escuchando. —Se apoya en el respaldo—. La diferencia es que a las personas que entrevisto no les pongo cara de estar escuchándolas. Con ellas hago que sí con la cabeza y voy pensando en el titular.

—¿Y ahora no?

—Ahora no.

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Nos pasamos al sofá porque en la cocina hace frío y porque los papeles están en el salón.

Y entonces lo que pasa es lo que no tenía que pasar: nos ponemos a trabajar.

Andrés extiende sus cuarenta y una entradas de hemeroteca en el suelo, delante del sofá. Yo saco la carpeta con las siete certificaciones y las pongo sobre la mesa baja, en fila, por años, como se coloca todo.

Y durante dos horas hacemos lo mismo que llevamos tres semanas haciendo, pero sentados en un sofá, y a mí me parece que es distinto y no sabría explicar por qué.

—Ordénalas por registro y no por año.

—¿Para qué?

—Para verlo de otra manera. Yo cuando me atasco cambio el orden de todo.

Las ordeno alfabéticamente por provincia. Castellón, Guadalajara, León, Ourense, Palencia, Teruel, Zamora.

No pasa nada. Sigue siendo lo mismo.

—Nada.

—Prueba por edad.

Las ordeno por edad al morir. Cuarenta y uno, cuarenta y cuatro, cincuenta y dos, cincuenta y siete, sesenta y uno, sesenta y seis.

Y yo, que no me he muerto, arriba del todo.

—Tampoco.

—Prueba por días.

Veintiuno, veintisiete, treinta y cinco, treinta y siete, treinta y ocho.

—Cinco —dice—. Falta Lledó.

—Lledó no cuenta. Lledó es un error de oficina.

—Ya. —Se queda mirando la fila—. Es que me molesta que no cuente.

—A mí también.

—¿Y por qué no cuenta?

—Porque el sello es de dos días después de morirse. —Recoloco las cinco—. Los muertos no piden papeles.

Andrés se ríe con la nariz y se estira, y bosteza sin taparse la boca, y dice que son las dos menos veinte, y que mañana entra a las ocho, y que ya se va.

Y no se va.

• • •

Me despierto a las cinco y cuarto con el cuello torcido y la lámpara encendida.

Estamos los dos en el sofá. Él con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, con una manta por encima que no me acuerdo de haber puesto. Yo hecha un ovillo en el otro extremo, con los pies debajo de sus piernas, cosa que tampoco recuerdo haber decidido.

En la mesa baja, a treinta centímetros de nosotros, están las siete certificaciones.

Mansilla. Ucedo. Peón. Choren. Lledó. Beites. Roldán.

Seis muertos y yo, ordenados por provincia, con las luces encendidas, mientras dos personas de treinta y tantos duermen mal en un sofá de segunda mano.

Podría apagar la lámpara. No la apago.

Me quedo un rato así, con la cabeza apoyada en el respaldo, mirando el techo de este piso, que no tiene ninguna grieta.

Y lo que noto es una cosa muy sencilla y muy fácil de decir mal.

Que llevo tres semanas viviendo dentro de lo peor que me ha pasado nunca.

Y que hacía años que no estaba tan a gusto.

• • •

Se despierta a las seis y cuarto de golpe, como se despierta la gente en las casas ajenas.

—Joder. Lo siento.

—No pasa nada.

—Me he quedado dormido en tu sofá.

—Ya lo he visto.

—Es que tengo que estar en la delegación a las ocho.

—Son las seis y cuarto.

—Ya. —Se restriega la cara, mira las certificaciones, mira la manta que lleva encima—. ¿Esto lo has puesto tú?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Que no lo sé.

Se queda un segundo con la manta en la mano, doblándola mal, y me mira de una manera que no había visto en tres semanas y que no tiene absolutamente nada que ver con seis muertos en veinte años.

—Vale —dice—. Me llevo eso de vuelta a la hemeroteca.

Y se va.

• • •

Recojo yo.

Lavo dos vasos, doblo la manta bien, apago la lámpara. Guardo las siete certificaciones en la carpeta, por años, como se guarda todo, y la carpeta en el cajón.

Y antes de meterme en la ducha, con el pelo hecho un desastre y quince minutos de retraso, hago una cosa idiota: abro la nevera, saco lo que ha sobrado de los gazpachos y lo pruebo frío, de pie, con el dedo.

Están mejor de un día para otro.

Como siempre.