12. Valdescosa
Subo un domingo.
No por Andrés. Subo porque llevo tres semanas trabajando con seis biografías ajenas y porque en algún momento del sábado, fregando un plato, me he oído decir en voz alta que la muestra estaba incompleta.
Hora y cuarenta minutos. Los últimos veintidós kilómetros son de puerto: pinar, curva, pinar, curva, y a partir del kilómetro doce la niebla, que en esta sierra no baja del cielo sino que sale del suelo, de las vaguadas, como si el monte estuviera archivando el paisaje por su cuenta.
El pueblo aparece cuando la niebla decide.
Valdescosa de la Sierra. Cartel verde, letra blanca, un impacto de perdigones en la ese. Debajo, la placa del programa de repoblación de la Diputación, del año 2018, con un lema.
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Sesenta y un vecinos en el padrón.
Catorce casas abiertas en noviembre, que las cuento bajando por la calle Real: se sabe cuáles están abiertas por el humo, por la leña apilada y por las cortinas.
Las otras tienen las contraventanas cerradas con el pestillo de fuera y una capa de hoja de plátano en el escalón que nadie ha barrido desde octubre.
Nueve buzones con nombre. Los demás son buzones sin nada, o marcas rectangulares más claras en la pared donde hubo un buzón.
El bar cerró en 2011. La escuela, en 1997. Hay una furgoneta de la panadería los martes y los viernes, un consultorio médico los jueves, y una iglesia que abre el domingo si sube el cura de la comarcal, que es un día de cada tres.
Y hay tres casas nuevas.
Nuevas no: reformadas. La de los Peinado, la del callejón y la de la esquina de la fuente. Fachada rehecha, aluminio blanco, canalón nuevo, y en dos de ellas placas solares. Reformas de treinta o cuarenta mil euros en un pueblo donde una casa entera se vende por veintidós y no la compra nadie.
Lo pienso sin pensarlo, como se piensan las cosas del oficio, y sigo bajando.
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Charo me ve desde la ventana antes de que aparque, porque en Valdescosa un coche que aparca es un acontecimiento, y para cuando abro la puerta del coche ya está en el portal con la rebeca cruzada por el frío.
—¡Ay, mi niña!
Y me abraza como abraza ella, que es agarrando por los codos y apretando, con la cabeza de lado.
—Que vienes flaca.
—Vengo igual.
—Vienes flaca y con esas ojeras. —Me coge la cara y me la gira—. ¿Tú duermes?
—Duermo.
—Tú no duermes. —Me suelta y me empuja hacia dentro—. Pasa, pasa, que hace un frío que pela.
Setenta años. Rosario Cifuentes Lahoz. Hermana de mi madre. La única que queda.
En la cocina hay puchero desde las once.
En la nevera hay dos yogures de esos de limón que ya no los hace nadie y que ella encarga por caja en el súper del pueblo grande porque a mí me gustaban de pequeña.
En el cuarto de arriba, la cama está hecha con dos mantas, la de siempre y una más, y con la bolsa de agua metida entre las sábanas desde antes de que yo llegara.
No le he dicho que me quedaba a dormir.
—Por si acaso —dice, cuando me pilla mirando.
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Después de comer damos la vuelta.
Es lo que se hace aquí: se come a las dos, se recoge, y a las cuatro se da la vuelta al pueblo, que son diez minutos y se tarda una hora porque hay que pararse.
Salimos por el portal. La calle Real baja hacia la fuente y sube hacia la iglesia, que está al este, arriba, con su torre chata; de pequeña, cuando subía por las mañanas, iba con el sol de frente.
—¿Sigue viniendo el cura?
—Un domingo de cada tres, y ese ni te cuento cómo corre la misa. —Se agarra a mi brazo—. Aquí ya no queda ni para el rosario.
Pasamos por delante de la casa de los Peinado.
—Está muy arreglada.
—Uy, esos.
—¿Les ha ido bien?
—Al hijo le ha ido bien, que está en Valencia. —Y cambia de acera para saludar a alguien que no hay—. Cuidado con el escalón ese, que está suelto desde el año pasado.
—¿Y la del callejón?
—La del callejón la arreglaron el año pasado.
—¿Los Nieva?
—Los Nieva, sí. —Se para a recolocarse la rebeca—. Fíjate qué ventanas les han puesto, de esas que no entra ni el aire.
—¿De dónde sacan el dinero, Charo?
Se ríe con la boca cerrada.
—Ay, hija, quién sabe. —Reanuda el paso—. Aquí cada uno tiene lo suyo y no se pregunta.
Y esa frase no es de ella. Esa frase es de aquí. La he oído ochocientas veces en esta calle, dicha con ese mismo tono de cortina echada, y sirve exactamente para lo que sirve.
Subimos hasta el lavadero, que ya no lava nadie, y volvemos. En toda la vuelta nos cruzamos con cuatro personas y a las cuatro les para Charo y a las cuatro les dice lo mismo:
—Mira quién ha venido.
Y las cuatro me miran con cariño. Y a las cuatro las conozco de toda la vida. Y con las cuatro tengo esa conversación de tres frases que se tiene en los pueblos, la del tiempo, la del trabajo y la de qué cara tan buena tienes.
Y ni una sola de las cuatro me pregunta por mi madre.
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La casa la recorro después, cuando volvemos, con la excusa de buscar unas fotos.
Y en algún momento dejo de mirar y empiezo a peritar, y no lo decido: pasa.
El salón está igual que en 2009. Igual del todo: los mismos visillos, la misma vitrina, el mismo mantel de ganchillo debajo del televisor, que es otro televisor pero el mantel es el mismo.
Encima de la vitrina, cinco marcos: mis padres el día de la boda; mis padres y yo en la playa; yo con siete u ocho años, de comunión; yo con la orla de la facultad; y una de mi madre sola, joven, riéndose.
Cinco marcos y ni una foto suelta.
Subo al cuarto de arriba. En el armario hay ropa de cama y dos cajas de zapatos con hilos y botones. En el cajón de la mesilla hay una vela, un rosario y unas tijeras.
Bajo. Miro el aparador del pasillo, donde en cualquier casa española de un pueblo de la Serranía se acumula el sedimento: cargadores viejos, llaves sin puerta, la libreta del butano, una linterna sin pilas, tres pares de gafas de leer de a euro, recibos de 1998, folletos, chapas.
El aparador tiene dentro un mantel, dos manteles individuales y una caja de bombillas.
—Charo, ¿y las cosas de mamá?
—¿Qué cosas?
—Papeles. Cartas. Cosas.
—Ay, hija, con la mudanza y con lo de después... —Se limpia las manos en el delantal aunque no ha tocado nada—. Yo lo tuve que recoger todo yo sola, que tú estabas hecha polvo. Lo que había, lo guardé. Lo que no valía, se tiró.
—¿Y qué había?
—Pues lo que hay en las casas. —Y se ríe, y la risa le sale medio segundo tarde—. Anda, ¿quieres café o quieres un poleo?
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Una casa donde ha vivido gente treinta años tiene residuo.
No hablo de recuerdos: hablo de basura. La vida deja basura. Deja una caja de tornillos que nadie va a usar, una foto movida que no se tiró porque estaba con las otras, la etiqueta de una lavadora que se fue al desguace en 2004, un dibujo de un niño en un sobre.
En el trabajo tenemos una palabra para eso.
Documentación de apoyo: lo que no vale nada por sí mismo y sirve para fecharlo todo.
Un billete de autobús sitúa un viaje. Una receta médica sitúa un año, un domicilio y un apellido.
Los expedientes que llegan al archivo sin documentación de apoyo son los que dan problemas, porque no se pueden contrastar con nada: solo dicen lo que dicen.
De mi infancia en esta casa hay cinco fotografías enmarcadas y ni un gramo de basura.
Es una casa muy limpia.
Es una casa demasiado bien conservada, en el sentido exacto en que yo uso esa palabra en el trabajo: conservada. Que alguien ha decidido qué se queda y qué no.
Y todo lo que se ha quedado está enmarcado.
Hay otra cosa, y tardo la tarde entera en verla porque no está.
En esta casa no hay ni un solo papel con la letra de mi madre. Ni una lista de la compra, ni una nota en la puerta de la nevera, ni una anotación al margen de un libro de cocina. Nada.
Yo sé cómo era su letra. Podría reconocerla entre cien.
Y no tengo dónde comprobarlo.
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A las seis y media pasa por delante Emilio el de la fuente.
Ochenta y cuatro años, boina, bastón, y ese paso corto de los que salen a andar porque el médico les ha dicho que anden. Charo está en el portal conmigo, despidiéndose de la vecina de enfrente.
Emilio se para. Me mira mucho rato, con los ojos aguados de los muy viejos.
—Anda —dice—. La niña.
—Hola, Emilio.
—La niña. —Y sonríe con toda la cara, contento de verdad—. Igualica que cuando te trajeron.
Charo se ríe antes de que él acabe la frase.
—Que cuando vinisteis, Emilio, que cuando vinisteis. —Y a mí, sin mirarme—: Cosas de la edad, hija.
—Eso —dice Emilio—. Cuando vinisteis.
—Ande, ande, que se le va a echar la noche. —Charo ya le está dando la vuelta con la mano en la espalda, muy suave, como se acompaña a los viejos—. Y abríguese, que está el aire malo.
Emilio se va calle abajo con su paso corto.
Charo se queda un segundo mirándolo. Después se frota los brazos.
—Vamos dentro, que hace un frío que corta.
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Lo anoto en la libreta esa noche, arriba, con la bolsa de agua a los pies, porque anoto todo desde hace tres semanas.
Emilio (84): «como cuando te trajeron». Corregido por Charo: «cuando vinisteis». Deterioro cognitivo probable.
Y ya está. Paso página.
Debajo, en la misma hoja, apunto lo otro, que es lo que me ha traído:
Casa: cinco fotografías. Sin documentación previa a 1996. Sin material doméstico anterior a la mudanza. Sin sedimento.
Nota: Charo lo recogió todo en 2009. Explicación suficiente.
Y cierro la libreta, y me quedo un rato mirando el techo, que tiene una grieta que sale de la esquina y baja hasta la lámpara y que conozco desde que tengo memoria.
Esa grieta la conozco.
De esa grieta me acuerdo perfectamente: de mirarla desde esta cama, con siete años, con fiebre, contando las ramas que hace al bajar. Siete ramas.
Las cuento otra vez.
Son cinco.
Bueno. La grieta se habrá movido. Las casas se mueven.
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Por la mañana, antes de irme, Charo me pone en las manos un táper con puchero y una bolsa de nueces.
—¿Cuándo vuelves?
—Pronto.
—Eso dices siempre. —Me sujeta la cara otra vez, con las dos manos—. Duerme, mi niña. Que a mí me da igual todo lo demás. Tú duerme.
Arranco. Por el retrovisor la veo en el portal, con la rebeca cruzada, sin moverse, hasta que la calle Real hace la curva.
Y a doce kilómetros del pueblo, bajando el puerto, con la niebla abriéndose de golpe como se abre aquí, caigo en una cosa.
En todo el fin de semana no le he preguntado ni una vez por Teruel.