11. Hemeroteca
Ella
Los registros civiles de este país atienden por teléfono de nueve a once y media y hablan por boca de mujeres de entre cuarenta y sesenta y cinco años que llevan toda la vida repitiendo lo mismo.
Con ellas se trabaja bien si se sabe qué pedir. Y yo sé qué pedir.
—Buenos días. Llamo del Archivo Judicial Territorial de Cuenca, para una consulta de práctica registral.
Es verdad. Llamo del archivo, y es una consulta de práctica registral. Todo lo que sigue lo construyen ellas.
—Dígame.
—Es una duda de formato en notas de referencia. ¿Ustedes cómo citan el legajo de documentos en la nota marginal?
—Uy, pues como se ha citado siempre. Te equis punto, el número, coma, efe punto, el número.
—¿Siempre con punto de abreviatura?
—Claro, hija. Con punto. Como en el manual.
Zamora. León. Palencia. Castellón. Ourense. Teruel. Guadalajara.
Siete llamadas, siete provincias, siete mujeres de entre cuarenta y sesenta y cinco años, y siete veces la misma respuesta, y a la cuarta ya no la escucho: me la sé.
Solo una, la de León, se para un momento.
—¿Por qué lo pregunta?
—Estamos normalizando criterios de descripción para digitalización.
—Ah, bueno. —Y se le va la voz a otro sitio—. Pues aquí lo hicimos todo a mano hasta el noventa y ocho.
A la de Ourense le pregunto una cosa más, porque a la séptima llamada ya me he vuelto valiente:
—¿Y si en una nota de referencia apareciera el legajo citado con guion? Te guion doscientos catorce.
—¿Con guion?
—Con guion.
—Eso no lo pone nadie.
—¿Nunca?
—Mire, yo llevo aquí veintiséis años. —Se oye el ruido de un sello al fondo—.
Aquí hemos tenido tres encargados, cuatro auxiliares y dos inundaciones, y todo el mundo lo ha puesto igual, porque es que lo copias del asiento de arriba.
Tú abres el tomo, miras cómo lo puso el que estaba antes que tú, y lo pones igual.
—¿Y si el que estaba antes lo puso mal?
Se ríe.
—Pues entonces lo ponemos mal todos desde 1889.
Cuelgo y me quedo con el bolígrafo en la mano.
Copias del asiento de arriba. Así funciona esto: el formato de una nota marginal no se aprende en un curso, se hereda del folio anterior. Por eso hay dialectos por provincia y por eso los dialectos son estables durante décadas.
Y por eso, para escribir siete veces un formato que no existe en ningún tomo de España, hay que no haberlo copiado de ninguna parte.
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Él
El visor de microfilm de la hemeroteca provincial es un armario de los años ochenta con una bombilla que huele a caliente y una manivela que hay que girar despacio o el rollo se sale del carrete.
Andrés me manda fotos del visor a las diez y cuarto.
Después me manda una foto de una signatura escrita en una etiqueta a máquina — HP/PROV/1974–1979, r. 22 — y un mensaje de dos palabras: «esto tarda».
A las once y media:
«Aquí no hay buscador. Aquí hay una manivela y un señor que se llama Paco y que se acuerda de en qué rollo está cada año.»
A la una:
«Los rollos de 2004 a 2012 están mal etiquetados desde una mudanza. Paco dice que lo sabe todo el mundo. Se lo sabe él.»
A las dos de la tarde manda catorce capturas.
A las siete manda cuarenta y una.
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Ella
Lo que hago yo por la tarde es más aburrido y da más.
Los seis expedientes tienen dentro, cada uno, un puñado de documentos que nadie ha vuelto a mirar desde que se cosieron: certificados de empadronamiento, hojas de asistencia, altas y bajas de la Seguridad Social incorporadas para acreditar cualquier cosa. Papel muerto dentro de papel muerto.
Los saco todos y monto una tabla.
Mansilla. Alta en el padrón de su pueblo de Cuenca: junio de 1979. Antes, nada. La certificación de nacimiento de Zamora dice 1947. Entre 1947 y 1979 hay treinta y dos años que en esta provincia no existen, lo cual es normal, porque vivió en Zamora.
Salvo que en el expediente hay una hoja de vida laboral que empieza en 1979.
Ucedo. Alta en el padrón: 1984. Vida laboral: desde 1976, en Cuenca capital. Nacimiento en Guadalajara, 1947. Entre 1947 y 1976, nada.
Peón. Padrón: 1986. Vida laboral: 1986. Nacimiento en León, 1967.
Choren. Padrón: 1994. Primer destino docente: 1997. Nacimiento en Palencia, 1973.
Lledó. Padrón: 1993. Autónomo desde 1994. Nacimiento en Castellón, 1964.
Beites. Padrón: 1962, con cuatro años. Vida laboral: 1976, serrería. Nacimiento en Ourense, 1958.
Miro la columna del medio un rato largo.
Todos empiezan a existir, administrativamente, entre los diecinueve y los veintinueve años, en el momento en que se dan de alta en un padrón o en la Seguridad Social de esta provincia.
Y antes de eso no hay nada.
Que también es normal. Antes de 1985 en este país no había nada de casi nadie.
Los expedientes escolares se quedaban en el colegio hasta que el colegio cerraba y el ayuntamiento tiraba las cajas.
Las cartillas del médico eran de papel y las tiraba la familia.
Un pueblo de doscientos habitantes no genera archivo: genera memoria oral, y la memoria oral se muere con la gente.
Escribo en la libreta: ausencia de rastro previo — normal en cohortes rurales anteriores a 1985.
Y debajo:
Beites: sí hay rastro previo. Padrón 1962, cuatro años. Pero el rastro empieza aquí, no allí.
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Él
Llega a las ocho con la carpeta de cartón bajo el brazo y con esa cara de quien ha estado nueve horas mirando una pantalla iluminada por detrás.
—Vas a tener que invitarme tú.
—¿Qué tienes?
—Cuarenta y una entradas. —Deja la carpeta en la mesa, aparta él solo las cañas a la mesa de al lado antes de que nadie se lo diga y se sienta—. Espera. Café solo en vaso.
—No hace falta que...
—Vicente. Un solo en vaso y la leche fría aparte, en el chupito. —Se gira hacia mí—. En el chupito, ¿no?
—En el chupito.
—Ya está.
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Los dos
Las cuarenta y una entradas ocupan la mesa entera.
Hay una boda (Mansilla, 1981, luego anulada o disuelta, no lo pone).
Hay dos listados de tribunal de oposiciones (Choren, 1996 y 1997).
Hay una foto de grupo del club de calvas de un pueblo con Peón en la última fila, identificado en el pie.
Hay una nota breve de 2003 sobre la jubilación de un farmacéutico rural, con dos líneas de agradecimiento del ayuntamiento a don Tomás Ucedo Barquín por veinticuatro años de servicio.
Y hay seis esquelas.
Andrés las pone en fila.
—Léelas seguidas.
D. TOMÁS UCEDO BARQUÍN. Falleció en la paz del Señor el día 4 de mayo de 2008, a los 61 años de edad. Su esposa, familiares y amigos ruegan una oración por su alma. Funeral: iglesia parroquial, día 6, a las 17:00 h.
Dª ELVIRA MANSILLA TURÉGANO. Falleció en la paz del Señor el día 7 de octubre de 2004, a los 57 años de edad. Su hermana, familiares y amigos ruegan una oración por su alma. Funeral: iglesia parroquial, día 9, a las 17:00 h.
D. ÓSCAR PEÓN VILLAbrILLE. Falleció en la paz del Señor el día 21 de marzo de 2011, a los 44 años de edad. Sus familiares y amigos ruegan una oración por su alma. Funeral: iglesia parroquial, día 23, a las 17:00 h.
Y así las seis.
Misma fórmula. Mismo orden. Mismo «en la paz del Señor», mismo «ruegan una oración por su alma», mismo funeral dos días después a las cinco de la tarde.
—Esto no significa nada —digo, antes de que lo diga él—. Las esquelas de provincia se hacen con plantilla. Llamas al periódico, dices el nombre y la edad, y la sección de anuncios rellena el resto. Están así desde 1970.
—Correcto.
—Y las cinco de la tarde es la hora del funeral en toda España.
—También correcto. —Se termina el café—. Por eso he pedido las de al lado.
Saca otra hoja. Doce esquelas más, de las mismas semanas, de los mismos pueblos, de gente que no tiene nada que ver.
«...tras recibir los Santos Sacramentos...»
«...su esposa, hijos, nietos, hermanos, sobrinos y demás familia...»
«...la conducción del cadáver tendrá lugar...»
«...agradecen sus oraciones...»
—¿Ves? —dice—. Cada una es un desastre distinto. Sacramentos sí, sacramentos no. Nietos, sobrinos, primos, la Cofradía del Santísimo. La gente añade cosas. Siempre.
—Y las seis nuestras no añaden nada.
—Las seis nuestras son la plantilla en limpio.
—Se apoya en la mesa—. Nombre, fecha, edad, dolientes en genérico, oración, funeral.
Ni un nieto. Ni un sobrino. Ni un cargo.
Ni una cofradía. Y a Ucedo se le podía haber puesto «farmacéutico», que fue farmacéutico de ese pueblo veinticuatro años y le hicieron hasta una placa.
—Porque no las encargó la familia.
—Porque no las encargó nadie que le conociera. —Coge una y la mira al trasluz, que es un gesto que no sirve para nada y que hace igual—. Parecen redactadas por el mismo.
Lo dice como un chiste. Con el tono de un chiste, en mitad del cansancio de las nueve de la noche, con media sonrisa.
Y se ríe él primero.
Y a mitad de la risa se le va apagando, porque nos hemos quedado los dos mirando las seis esquelas en fila, y ninguno de los dos dice nada durante bastante rato.
—A ver —dice al final, y ya no le sale la voz de broma—. Hay una explicación buenísima y es la aburrida. Que las encargó la funeraria.
—Las funerarias encargan esquelas.
—Las funerarias encargan esquelas todo el rato, y las encargan así, en limpio, porque no conocen al muerto. —Se frota los ojos—. Seis personas que se mueren sin nadie que se ocupe. Se ocupa la funeraria. Sale la plantilla. Fin.
—Sí.
—Es que es eso. Tiene que ser eso.
—Sí.
Y nos quedamos otra vez callados, porque los dos sabemos lo que acaba de pasar en esta mesa, aunque no lo digamos: que llevamos hora y media buscando qué tienen en común seis personas, y lo que tienen en común es que a ninguna la enterró alguien que supiera cómo se llamaba su oficio.
Andrés recoge las esquelas y las guarda en la carpeta en el orden en que estaban.
—Es más fácil de lo que parece —dice, y no lo dice a mí, lo dice a la carpeta—. Nadie comprueba una vida en la que no hay nada que comprobar.
• • •
Vicente empieza a subir las sillas a las diez menos cuarto.
—Mañana —dice Andrés, recogiendo—. Yo tiro de los seis pueblos de origen: Zamora, León, Palencia, Castellón, Ourense, Guadalajara. Ayuntamientos, prensa local de allí, lo que haya. A ver quién se acuerda de estas personas cuando eran niños.
—Vale.
—Y tú.
—Yo sigo con los registros.
—Y con el séptimo.
Levanto la cabeza.
—Teruel también es un pueblo —dice, sin segundas—. Y Valdescosa está a hora y media. Súbete un domingo, habla con tu tía, mira las fotos que tengas por casa. Es lo mismo que le voy a pedir yo a seis alcaldes que no me conocen de nada.
—Ya.
—¿Ya?
—Es que no hace falta todavía —digo—. Primero hay que cerrar los seis. Si empiezo por el mío, contamino la muestra.
—Vale.
—Y mi tía tiene setenta años y no vamos a asustarla con esto hasta que sepamos qué es esto.
—Vale.
—Y Valdescosa en noviembre es una nevera. No hay ni bar.
Andrés me mira un segundo de más, con la carpeta debajo del brazo, y decide no decir lo que estaba pensando, y en ese segundo yo también me oigo: tres motivos distintos en catorce segundos, todos ciertos, para no conducir hora y media.
—Como quieras, Roldán. —Se sube el cuello—. Buenas noches.