La Colección 10. El periodista
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10. El periodista

La delegación provincial ocupa un entresuelo de la calle Colón, encima de una óptica, con un timbre que no funciona y un cartel de metacrilato con el logotipo del grupo editorial y el nombre de dos cabeceras que ya no existen.

Subo. La puerta está abierta con un tope de goma.

Dentro hay cuatro mesas y dos personas. Un chico joven con cascos, editando algo, y al fondo, de espaldas, un hombre de pie hablando por el fijo con el hombro y tecleando con los diez dedos, que es una postura que solo se aprende trabajando.

—Sí. Sí. Que no, que la nota de la Subdelegación la tenemos desde las once. —Teclea—. Pues llámale tú, que a mí me cuelga.

Cuelga él. Se gira.

—¿Sí?

—¿Andrés Sáenz?

—Depende de para qué.

—Archivo Judicial Territorial. Nadia Roldán.

Se queda dos segundos con la mano encima del teclado.

—Vale —dice—. Esto no me lo esperaba.

• • •

El bar está a treinta metros, en la esquina, y se llama Casa Vicente aunque el letrero pone otra cosa.

Barra de zinc con la esquina gastada de codos.

Una tele en alto con el sonido quitado y los subtítulos automáticos, que ponen «el presidente ha comparecido» y a veces cosas peores.

Una máquina de tabaco de las de antes, apagada desde 2006, con un cartel de «no funciona» que ya está más viejo que la avería.

Andrés Sáenz tiene treinta y ocho años, una chaqueta de pana con las bocamangas dadas y una libreta de espiral en el bolsillo del pecho.

—¿Qué tomas?

—Café solo en vaso. Con un dedo de leche fría aparte, en un vasito, no en el café.

—¿En un vasito.

—En un vasito.

—Vicente. —Levanta dos dedos sin mirar—. Un solo en vaso, leche fría aparte en un chupito, y una caña.

Y a mí:

—Nadie pide eso.

—Yo pido eso.

—¿Desde cuándo?

—Desde que la leche caliente sabe a leche caliente.

Se ríe con media boca y saca la libreta, y ahí ya sé que esto va a funcionar, porque un hombre que saca la libreta antes de que le cuenten nada es un hombre que no ha aprendido a fingir desinterés.

• • •

—Beites —digo.

—Julián Beites Somoza. Sesenta y seis. Serranía. Treinta de abril de 2024. —Lo dice como se dice una matrícula—. Cinco de mayo, edición provincial, página once, ochenta líneas y una foto de la casa que hice yo con el móvil porque no había fotógrafo.

—¿De memoria?

—De los que subes tú mismo, sí.

—¿Cuántos sube uno mismo?

—Tres o cuatro al año. —Da un trago—. Los demás son la nota de la Guardia Civil, doce líneas y a otra cosa.

—¿Doce líneas por qué?

—Porque el cierre es a las ocho y media, porque en la delegación somos dos y medio, y porque un sobreseído no da tráfico.

—Deja el vaso—. Un muerto de pueblo tiene el mismo valor informativo que una avería en el alumbrado.

Eso no lo he dicho yo, lo dice el panel de métricas que tenemos ahí colgado desde 2021.

—Y aun así subiste.

—Y aun así subí. Ahora dime tú por qué el archivo judicial me pregunta a mí por un sobreseído de hace dos años.

—Primero cuéntame lo que no publicaste.

—¿Por qué presupones que hay algo que no publiqué?

—Porque hay ochenta líneas y estuviste dos horas.

Andrés se para con la caña a medio camino.

—Loli.

—Loli.

—Cómo es Loli. —Deja la caña—. Vale. Hay dos cosas.

• • •

—La primera es el río —dice—. La discusión del río. Me la contó llorando y le prometí que no la sacaba, porque si tú publicas «el hombre discutió con su hermana y a las tres semanas apareció muerto», lo que estás publicando es que la hermana tiene la culpa. Y no la tiene.

—No.

—Y en un pueblo de cuarenta y tres vecinos eso es una condena a perpetua.

—¿Y la segunda?

—La segunda es una tontería. —Pasa páginas de la libreta hacia atrás, veinte, treinta, con el pulgar, hasta que encuentra—. Aquí. Anotado el dos de mayo de 2024, a mano, en la cocina de Loli, mientras ella iba a por agua.

Gira la libreta hacia mí. Su letra es horrible.

El gestor. Vino a los 15 días. «Un señor mayor, muy educado». Ordenó papeles del hermano. Se llevó cosas. Gratis. Ella no llamó a nadie.

—Se lo pregunté dos veces —dice— porque me chocó lo de gratis. En este país no hay nadie que suba veintiséis kilómetros de curvas a ordenarte gratis los papeles de tu muerto.

—¿Y qué te dijo?

—Que era un servicio. —Se encoge de hombros—. Y yo pensé: seguro que es del seguro de decesos, que esos hacen cosas raras, y que si tiro de ahí me sale un reportaje de consumo y no de sucesos, y no tiré. Y no volví a acordarme hasta ahora mismo.

—¿Por qué te acuerdas ahora?

—Porque acabas de decirme que eres del archivo y no me has dicho por qué.

• • •

Saco la carpeta.

—Antes de nada: no traigo original de nada que no sea mío. Lo que hay aquí son copias, y las copias no valen para nada en un juzgado, y lo que te voy a contar no me lo ha encargado nadie, y si te lo cuento es porque llevo tres días pensando en a quién y solo se me ocurres tú.

—Menudo currículum.

—Es todo lo que tengo.

—Adelante.

Y entonces se lo cuento, en el orden en que ocurrió, sin adjetivos, que es como se cuentan estas cosas: Ucedo. Las tres filas. Mansilla, Choren. Los otros tres. Las seis fechas. Los veintiún días y los treinta y ocho días. Las siete solicitudes.

Andrés escucha con la libreta cerrada, que es peor que con la libreta abierta.

Y cuando termino, dice lo que tiene que decir un profesional:

—Tienes seis muertos en veinte años en una provincia con doscientos mil habitantes, sobreseídos por seis juzgados distintos, sin indicios, y un papel de trámite que pide medio país. —Coge la caña—. Eso no es una noticia. Eso es una casualidad con hoja de cálculo.

—Ya lo sé.

—Y lo de que revisaban su infancia es precioso y no significa nada, porque a partir de los cincuenta la gente se pone a revisar su infancia. Es lo que hace la gente cuando le sobra tiempo y le falta futuro.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿qué me estás enseñando?

Le pongo las siete certificaciones encima de la mesa.

• • •

Las despliego en fila, por años, como se coloca todo, y las dos últimas no caben.

Andrés mira la mesa. Mira las cañas.

Y aparta las dos cañas y el platito de las aceitunas al borde, y los pone en la mesa de al lado, que está vacía, sin preguntarle a nadie.

—Sigue.

—El margen inferior izquierdo. Nota de referencia. La cita del legajo.

—«T guion doscientos catorce.»

—Y el punto.

—¿Qué punto?

—Ese punto. —Le acerco la lupa—. No está en la línea de base. Está a media altura.

Se agacha. Tarda un rato. Vuelve a la primera y las va recorriendo con el dedo sin tocar el papel, siete veces, de izquierda a derecha, y en la sexta ya no está mirando el punto: está mirando la cabecera de cada certificación.

—Zamora.

—Sí.

—Guadalajara. León. Palencia. Castellón. Ourense. —Levanta la cabeza—. Teruel.

—Teruel.

—Siete registros civiles. Siete provincias.

—Y treinta y tres años.

—Y la misma manera de escribir un número.

—Cuarenta certificaciones de control. Dieciséis provincias, cinco décadas. Ninguna.

Andrés se sienta hacia atrás, se pasa la mano por la boca y se queda mirando la máquina de tabaco apagada.

—Joder —dice.

Y luego:

—Perdón.

—No pasa nada.

—Es que llevo doce años esperando que alguien entre por esa puerta con algo así y ahora que ha entrado me sale «joder».

—¿Doce años?

—Doce años de plenos municipales, incendios forestales y ferias del ajo.

—Vuelve a mirar la fila de folios—. Yo tengo una carpeta, ¿sabes?

En el ordenador. Se llama «pendientes» y tiene dentro cuarenta y una cosas que no llegaron a nada.

Sucesos de los que se quedó algo colgando. Los abro los domingos.

—Cuarenta y uno.

—Cuarenta y uno.

Y ahí lo pienso, y no lo digo: que yo tengo nueve mil cuatrocientos.

Que él y yo hacemos lo mismo con la misma materia, y que la diferencia entre su carpeta y mi depósito es de escala y de sueldo, y que ninguno de los dos ha quedado con nadie un jueves por la noche para hablar de otra cosa.

• • •

Y aquí es donde me río.

No sé muy bien por qué me río. Es una risa corta, de nariz, de las que salen solas, y es la primera desde el miércoles cuatro de noviembre y hace un ruido raro en mi propia boca.

—¿Qué?

—Nada.

—Has hecho un ruido.

—He hecho un ruido —admito.

—Vale. —Abre la libreta—. Repítemelo todo desde el principio, pero esta vez con las fechas.

—Te lo he dicho con las fechas.

—Repítemelo con las fechas y yo apunto, que es distinto.

Tarda cuarenta minutos en apuntarlo. Al final tiene cuatro páginas y una columna a la derecha con interrogantes.

—Reparto —dice—. Tú tienes acceso a expedientes judiciales y yo no. Yo tengo acceso a hemeroteca provincial completa desde 1954 y tú no, porque el visor de microfilm está en un sótano al que solo entramos los que tenemos carné de prensa y ganas de perder la vista.

—Y a padrones.

—A padrones no, a los boletines. Que es mejor.

—Golpea la libreta con el boli—. Si estas seis personas existieron, dejaron rastro en algún sitio que no sea un juzgado: esquelas, bodas, listas de quintos, resultados de un concurso de calvas, lo que sea.

La gente sale en el periódico tres veces en la vida y las tres son de refilón.

—¿Y qué buscamos?

—Todavía no lo sé. —Cierra la libreta—. Se busca hasta que aparece la forma. Ese es todo el método que tengo y llevo doce años viviendo de él.

• • •

Salimos a las nueve y media.

En la puerta, mientras se sube el cuello, me suelta lo que llevaba media hora esperando a soltar.

—Yo también soy de pueblo.

—¿De dónde?

—De uno de Guadalajara, ochenta y tantos vecinos, familia de toda la vida. —Se ríe—. Y cuando digo de toda la vida es de toda la vida: mi abuelo, mi bisabuelo y el que le tocara. Ahí no se ha movido nadie desde el Cid.

—Suena bien.

—Suena a nada, que es lo bueno. —Enciende una linterna del móvil para bajar el escalón—. Lo único que me sé entero de allí es la romería. Ocho de septiembre, la virgen, la banda, dos kilómetros de polvo hasta la ermita. Yo iba a hombros de mi padre porque no llegaba a ver nada.

—¿Cuántos años tenías?

—Cuatro. Cinco. —Se encoge de hombros—. Ese es mi primer recuerdo entero. Los demás son cachos; ese está entero.

Lo dice exactamente con la misma seguridad con la que yo digo que teníamos un mastín.

—Mañana en la hemeroteca a las nueve —digo.

—A las nueve estoy.

—Yo me encargo de los registros.

—Y yo de los muertos. —Levanta la mano y baja a la calle—. Buenas noches, Roldán.

• • •

Cuarenta minutos de carretera hasta casa.

En el asiento de al lado llevo la carpeta con siete certificaciones y una libreta con la letra de otra persona, y esta noche, por primera vez en tres semanas, hay alguien más en el mundo que sabe lo del punto.

Y voy pensando una cosa que no me gusta y que apunto igual, porque conviene apuntar lo que no gusta.

Que llevo cuatro años sin sentarme dos horas seguidas a hablar con nadie.

Y que para conseguirlo he necesitado seis muertos.