9. Siete
Los guantes primero. Después la plegadera. Después la lámpara.
Después el silencio, que aquí no se enciende: ya está puesto.
Son las diez y veinte de la noche de un jueves de noviembre y en el Archivo Judicial Territorial de Cuenca solo estamos el escáner y yo, y esta noche el escáner está apagado.
Trescientos doce metros de estantería. Nueve mil cuatrocientos legajos. Doce grados. Cuarenta y cinco por ciento de humedad. El fluorescente con su zumbido, que hoy sí se oye.
En el parte de la semana llevo ciento sesenta folios de retraso y a Rosa se lo he achacado al rodillo del escáner malo, que es mentira y que ella sabe que es mentira, y por eso me ha dicho que lo apunte en la hoja de incidencias, para dejarme a mí el trabajo de escribirlo.
No lo he apuntado.
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Bajo a la sala de material y cojo una carpetilla de las nuestras. Cartulina beige, doscientos veinte gramos, con las tres solapas y la etiqueta pautada en la cubierta. Cojo también hilo de bramante, una aguja de las gordas y la carátula normalizada.
Firmo la salida en el libro de material, como se firma siempre: una carpetilla, un ovillo, seis separadores. Mi nombre y la hora. Es la única parte de lo que voy a hacer esta noche que va a constar en algún sitio.
Después subo, enciendo la fotocopiadora y me estoy cincuenta minutos delante de ella.
Copio mi propia certificación literal cuatro veces y guardo el original en el bolso, envuelto en un folio en blanco, que es como se manipula un documento que puede acabar teniendo valor probatorio.
Copio las seis fotocopias de los muertos en calidad alta, una a una, con la tapa levantada y el folio en diagonal para que el margen inferior salga limpio.
Imprimo las cuarenta certificaciones de control desde el índice digital.
No estoy haciendo un dosier. Un dosier es una cosa que se enseña. Esto es un legajo, que es una cosa que existe.
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A la una y media está montado.
Carátula. En el recuadro de órgano no pongo nada, porque no hay órgano. En el de procedimiento escribo, con mi letra de rotular carátulas, que es la letra con la que he escrito ocho mil de estas:
CERTIFICACIONES LITERALES DE NACIMIENTO — NOTA MARGINAL ANÓMALA
1993–2026. Siete asientos.
Índice. Un folio. Siete entradas.
Documentos 1 a 7. Cada uno con su separador, su foliación correlativa a lápiz en el ángulo superior derecho, y su ficha de tres líneas: sujeto, registro de origen, cita marginal.
Folio 1. Mansilla Turégano, Elvira. Zamora. T-121 · F-14.
Folio 9. Ucedo Barquín, Tomás. Guadalajara. T-87 · F-202.
Folio 17. Peón Villabrille, Óscar. León. T-176 · F-51.
Folio 24. Choren Ibáñez, Marina. Palencia. T-63 · F-9.
Folio 33. Lledó Ferrandis, Damián. Castellón. T-198 · F-140.
Folio 41. Beites Somoza, Julián. Ourense. T-12 · F-77.
Folio 48. Roldán Cifuentes, Nadia. Teruel. T-214 · F-89.
Anexo I. Cuarenta certificaciones de control con nota marginal en formato canónico. Cuarenta folios.
Anexo II. Tabla de plazos. Solicitud, fallecimiento, diferencia en días.
Lo coso con la aguja gorda, tres pasadas, y aprieto el nudo por dentro como se hace desde antes de que existiera la grapa.
Pesa cuatrocientos gramos.
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Y con el legajo delante hago lo único que sé hacer con un legajo delante: redactarlo.
No lo escribo. Lo pienso con la sintaxis con la que se escribe, que es peor, porque escrito se puede romper.
Se cotejan siete certificaciones literales de nacimiento expedidas por siete Registros Civiles distintos entre los años 1993 y 2026.
Las siete presentan, en el espacio de notas marginales, una cita de legajo redactada con dos guiones y punto medio, formato ajeno a la práctica registral española en cualquiera de sus variantes provinciales conocidas.
Sobre una muestra de control de cuarenta certificaciones de dieciséis provincias y cinco décadas, la anomalía no aparece en ningún caso.
Seis de los siete sujetos solicitaron su certificación literal de nacimiento entre veintiuno y treinta y ocho días antes de su fallecimiento. Los seis fallecimientos fueron objeto de diligencias previas sobreseídas por ausencia de indicios de intervención de terceros.
Los seis sujetos carecían de vínculos familiares próximos.
El séptimo sujeto solicitó su certificación literal de nacimiento el día 23 de octubre de 2026.
El séptimo sujeto es la funcionaria que suscribe.
Ahí me paro.
Lo he redactado entero en tercera persona. «La funcionaria que suscribe». Es la fórmula, es lo que se pone, es lo que he leído diez mil veces y lo que he escrito yo misma en cuatrocientos informes de incidencia por un legajo mojado o un tomo descosido.
También es la primera vez en mi vida que me nombro a mí misma como se nombra a un sujeto de un expediente.
Me tiembla un poco la mano izquierda encima de la carátula.
Es el café. Llevo desde las cuatro de la mañana de ayer y he tomado seis.
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Ahora la pregunta, que es la única que importa esta noche: a quién.
Opción uno: al juzgado. Al de guardia, al decanato, a la Fiscalía. Con esto se puede ir físicamente a un juzgado.
Sé exactamente lo que pasaría, porque lo he visto pasar desde dentro trescientas veces y porque el noventa por ciento de mi oficio consiste en almacenar lo que pasa después.
Entra por registro. Le ponen un número. Se reparte.
Un funcionario lo lee y no entiende de qué va, porque no va de nada que tenga tipificación: no hay delito en un punto tipográfico.
Lo pasan a otro, que llama por teléfono a un tercero, que dice que eso es cosa del Registro Civil.
Se remite al Registro Civil. El Registro Civil contesta a los cuatro meses que las notas marginales se practican conforme a la legislación vigente. Se archiva.
Y todo eso, además, con mi nombre y mi número de funcionaria en la primera página.
Y hay una cosa peor, y es la que me para del todo.
Para que un juzgado abriera algo, haría falta que alguien de dentro dijera: aquí hay siete personas cuya identidad podría no ser la que consta.
Esa frase, dicha por una archivera de cincuenta y tres mil euros de nómina que ha montado un legajo sin procedimiento y a la que le tiembla la mano izquierda a las dos de la mañana, no abre una investigación.
Abre otra cosa. Abre una carpeta a mi nombre.
Los juzgados no investigan lo que no tiene forma de delito. Los juzgados archivan. Es su trabajo y lo hacen bien, y yo me gano la vida en el sitio donde termina ese trabajo: nueve mil cuatrocientos legajos de cosas que en su momento le importaron muchísimo a alguien.
Opción dos: a la policía. Igual, con uniforme.
Opción tres: contárselo a Rosa.
Descarto la tres antes de terminar de pensarla, y lo hago tan rápido que hasta a mí me sorprende. Rosa lleva treinta y ocho años aquí. Rosa tiene sesenta y uno. Rosa se jubila en cuatro años. Rosa me sirve dos cafés de máquina cada tarde y me dice «hija» cuando cree que no me doy cuenta.
No sé de qué la estoy protegiendo. Pero la estoy protegiendo.
Y lo apunto, porque es raro y porque conviene apuntar lo raro: he tardado menos de cuatro segundos en decidir que esto no se lo cuento a la única persona en la que confío.
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Opción cuatro.
Los archivos y los periódicos hacen lo contrario con la misma materia prima. Yo cojo un papel que le importó a alguien y lo guardo donde no moleste. Ellos cogen un papel que no le importa a nadie y lo ponen donde moleste.
Un juez archiva. Un periodista desarchiva.
Un periodista, además, no me puede abrir una carpeta, no me puede pedir el carné de funcionaria, no me puede mandar al médico de empresa. Lo peor que puede hacer un periodista es no creerme, y a eso ya estoy dispuesta desde el miércoles por la tarde.
Y hay uno que ya estuvo aquí dentro.
En el expediente 602/2024, en la carpeta de anexos, hay ochenta líneas firmadas por alguien que en 2024 subió veintiséis kilómetros de curvas para sentarse en una cocina de leña y escribir sobre un jubilado de la Serranía como si fuera una persona.
Nadie manda a nadie a hacer eso. En un periódico de provincia, un suceso de esos se despacha con la nota de la Guardia Civil y doce líneas. Las ochenta líneas se las puso él.
Eso lo hace uno por su cuenta.
Y quien sube una vez por su cuenta, sube dos.
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Son las dos menos cuarto de la madrugada, que es una hora inaceptable para llamar a una mujer de sesenta y cuatro años, así que espero a las nueve y diez de la mañana y llamo desde la escalinata del archivo, antes de fichar.
—¿Sí?
—Loli, soy Nadia Roldán. La del archivo.
—Ya tardabas.
—¿Sigue teniendo el recorte?
—Encima del hule.
—¿Me lo puede guardar?
—Se lo guardo. —Un silencio de dos segundos, y luego, más bajo—: ¿Es que había algo?
—Sí.
Y cuelga ella.
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Vuelvo abajo.
El legajo está en la mesa, cosido y con su carátula, debajo del flexo, en un depósito de doce grados donde hay nueve mil cuatrocientos como él.
Este no tiene número de procedimiento porque no hay procedimiento.
No lo ha instruido nadie, no lo ha repartido nadie, no consta en ningún libro de entrada de este país.
Si mañana me atropella un camión, alguien lo encontrará dentro de veinte años y lo meterá en la caja de documentos sin causa, con las doscientas y pico hojas que no son de nadie.
Cuatrocientos gramos. Siete personas.
Le pongo el sello de la etiqueta con la fecha de hoy, que es una tontería y que hago igual, porque un legajo sin fecha es un legajo que se pierde, y busco un hueco en la balda de abajo, entre el bloque de 2008 y la caja de documentos sin causa.
Ahí caben cuatro dedos. Ahí cabe.
Y al meterlo, empujando con la palma hasta que la cartulina roza el fondo, me oigo pensarlo con estas palabras exactas, en plural, sin haberlo decidido:
Somos siete.