7. La hermana
María Dolores Beites Somoza, Loli, vive en la misma casa en la que se crio con su hermano, en un pueblo de la Serranía que en el censo tiene cuarenta y tres vecinos y en la práctica tiene a Loli, un matrimonio de portugueses que llevan la explotación de arriba y siete casas que se abren en agosto.
Se sube por una carretera de curvas cerradas entre pinares, veintiséis kilómetros desde el desvío, con dos tramos de un solo carril donde hay que echarse al arcén si viene alguien. No viene nadie.
El pueblo aparece en una revuelta, de golpe, encajado en la ladera: cuarenta tejados, una torre, y un depósito de agua pintado de blanco con el nombre del municipio en letras que alguien repasó hace mucho.
Aparco delante de la iglesia porque es donde hay sitio.
Me abre con un delantal puesto y un trapo en la mano.
—¿Usted es la del archivo?
—Sí.
—Pues pase, que hace un aire de perros.
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La cocina es de leña y está encendida, en octubre, a las once de la mañana. Hay dos sillas junto al fuego y una mesa camilla con hule de cuadros, y encima de la mesa camilla, cuando llego, ya hay cosas puestas.
Una carpeta de gomas. Un sobre de fotos de laboratorio. Y un recorte de periódico doblado por la mitad, con el papel amarillo del periódico viejo, que Loli aparta un poco hacia mi lado sin decir nada al sentarme.
No lo cojo.
—¿Café?
—Si no es molestia.
—Molestia es que no venga nadie.
Sesenta y cuatro años. Manos de haber trabajado fuera. Habla despacio y mirando el fuego, que es como habla la gente que lleva mucho tiempo sin que nadie le pregunte por lo suyo.
—Usted dirá.
—Vengo por su hermano.
—Ya lo sé. —Sirve—. Lo que no sé es por qué ahora.
—Estamos revisando expedientes de aquellos años.
Loli me mira un momento, decide algo, y se sienta.
—Pues pregunte.
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—Empecemos por el principio. ¿Cuándo llegó Julián a esta casa?
—Con cuatro años. Yo todavía no había nacido, yo soy del sesenta y dos.
—¿Y de dónde vino?
—De Orense. De un pueblo de Orense, que no se lo sabría ni decir. —Levanta un hombro—. Vino con unos parientes de mi padre, que decían que era hijo de una prima. Y se quedó.
—¿Se quedó cómo? ¿Hubo papeles?
—Papeles. —Se ríe con la boca cerrada, igual que se rio Maruja—.
En el sesenta y dos, en este pueblo, un niño era del que le daba de comer.
Mi madre lo apuntó en la escuela y ya está.
Beites era de mi padre, y él se llamó Beites toda la vida, y a mí me llamó hermana toda la vida, y yo a él también, y ahí se acaba la conversación.
—No he querido decir...
—Si no me ofendo. —Levanta la mano—. Es que me lo preguntaron los guardias también, y con el mismo cuidado que usted. Como si a mí me quedara algo por descubrir a los sesenta y cuatro años.
—¿Y él sabía que había venido de fuera?
—Claro que lo sabía. Nunca fue un secreto. Lo que pasa es que a él le daba igual.
Se calla. Da un sorbo. Mira el fuego.
—Le dio igual sesenta y dos años.
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—¿Y en 2024?
—En 2024 le dejó de dar igual.
Deja la taza en el hule. Se limpia las manos en el delantal aunque las tiene limpias.
—Empezó en marzo, por ahí. Con las fotos.
Empuja hacia mí el sobre de laboratorio. Dentro hay dieciocho o veinte fotos, casi todas de los setenta y los ochenta, de las cuadradas con el borde blanco.
—Se pasaba las tardes con esto. Y venía y me decía: Loli, ¿esto de aquí es la era? Y yo: pues claro que es la era. Y a los dos días: Loli, ¿tú te acuerdas de un perro pardo? Y yo: hijo, perros pardos ha habido cuarenta.
—¿Qué más preguntaba?
—Tonterías. —Cuenta con los dedos, y se le nota que las tiene contadas—. Si la escuela tenía dos ventanas o tres. Si el bar de antes estaba donde el de ahora. Si a la tía Cesárea le faltaba un dedo o era a la otra. Y una que me hizo gracia: si de pequeños nos habían llevado alguna vez al mar.
—¿Los llevaron?
—En el setenta y cuatro, a Gandía, tres días. Fuimos los cuatro. —Señala una foto sin cogerla, una de un chaval flaco en un rompeolas—. Ahí está él. Eso fue lo raro.
—¿El qué?
—Que se lo tuve que enseñar. —No aparta los ojos de la foto—. Un hombre de sesenta y seis años que no se acordaba de haber ido al mar hasta que le puse la foto delante. Y en cuanto se la puse, dijo: ah, sí. Como si acabara de acordarse ahí mismo.
—¿Se lo tomó a mal?
—Yo me lo tomé a broma. —Y ahí le cambia la voz—. Ese es el asunto. Que yo me lo tomé a broma.
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—¿Qué pasó con el río?
Loli levanta la cabeza.
—¿Se lo han contado?
—Está en su declaración.
—Ah. —Vuelve al fuego—. Lo del río.
Espera. Recoloca un tronco con la badila, aunque el tronco está bien.
—Un domingo estábamos comiendo aquí, en esta mesa, y me dice: cuando éramos pequeños, el río se oía desde la ventana de atrás. Así, como quien habla del tiempo. Que se oía desde la ventana de atrás.
—¿Y el río?
—El río está a doce kilómetros. —Me mira—. Doce. Por la carretera de abajo, pasado el puerto. Desde esta casa no se oye el río, ni se ve el río, ni ha habido nunca agua detrás de esta casa más que la balsa, y la balsa la hicieron en el noventa y uno.
—¿Se lo dijo así?
—Se lo dije igual que se lo estoy diciendo a usted. Qué río, Julián. Si el río está a doce kilómetros.
—¿Y él?
—Él me dijo que sí, que se oía. Que él dormía en el cuarto de atrás y que se oía el agua. Y yo le dije que en el cuarto de atrás dormía yo, que él dormía en el de la escalera. Y ahí se levantó de la mesa.
Loli se queda con la badila en la mano.
—Se levantó de la mesa. Después de sesenta años.
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—¿Volvieron a hablar de eso?
—Tres veces más, y las tres peor.
—¿Peor cómo?
—La última fue en abril, aquí mismo, de pie los dos. —Deja la badila—. Me trajo un plano. Un plano del pueblo, de esos del catastro, sacado de internet en el bar. Y me lo puso encima del hule y me dijo: mira, Loli, mira dónde está el arroyo.
—¿Hay un arroyo?
—Hay una vaguada que baja cuando llueve mucho y que en el plano tiene una rayita azul. Eso es lo que hay. Una rayita azul en un papel.
—¿Y qué le dijo usted?
—Le dije que una rayita azul no es un río, y que si no se fiaba de mí que le preguntara a la Cesárea, que tiene noventa años y la cabeza mejor que los dos. —Traga—. Y él me dijo: no me fío de ti.
Se le quiebra ahí, una vez, y se recompone en el mismo movimiento con el que se estira el delantal.
—Sesenta y dos años de hermanos y me dijo que no se fiaba de mí.
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—¿Sabe usted por qué pidió la partida de nacimiento?
—Sí. Eso sí lo sé, porque me lo dijo. —Levanta la barbilla—. Me dijo: voy a pedir la partida, y te la voy a enseñar.
—¿Para enseñársela a usted?
—Para restregármela. —Lo dice sin rencor, con una precisión que no se puede corregir—. Para venir con el papel y decirme: mira, aquí pone de dónde soy, y aquí pone quién me trajo, y ahora dime tú a mí lo del río.
—¿Y llegó el papel?
—Llegó. Yo no lo vi. Sé que llegó porque él me llamó por teléfono el día que llegó.
—¿Qué le dijo?
Loli tarda.
—Nada. —Se le va la mirada al fuego—. Me llamó, y yo dije dígame, y estuvo callado. Y luego me preguntó si me acordaba de cómo se llamaba nuestra madre de segundo apellido.
—¿Y usted qué le contestó?
—Se lo dije. Y él dijo vale, y colgó.
Y luego, más bajo:
—Colgó sin despedirse.
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Se levanta a poner más leña, aunque no hace falta, y se queda de espaldas más rato del necesario.
—Yo lo que le quiero decir a usted es una cosa. —Habla hacia el fuego—. A mí los guardias me preguntaron si estaba deprimido, y si bebía, y si tenía deudas. Y yo dije que no a las tres, y era verdad.
—Sí.
—Lo que no me preguntó nadie es si estaba solo. Y sí lo estaba, y lo estaba desde aquel domingo, y lo estaba por mi culpa.
—Usted no...
—Se fue pensando que yo le mentía. —Se gira—. Eso es lo que me llevo yo, señora. Que mi hermano se murió creyendo que su hermana le negaba la infancia. Y yo, que llevo doce mil comidas puestas en esa mesa, no fui capaz de decirle: pues igual sí, Julián, igual se oía el río y yo no me acuerdo.
—Pero el río está a doce kilómetros.
—Ya lo sé. —Y se sienta otra vez, despacio—. Pero yo se lo podía haber dicho igual.
• • •
Me quedo cuarenta minutos más, y en esos cuarenta minutos Loli me cuenta el trabajo en la serrería, la rodilla de él, un viaje a Benidorm en 1998, y una vez que se les quemó el pajar.
Cuando me levanto, me da el sobre de fotos.
—Lléveselo.
—No hace falta.
—Sí hace falta. Aquí no lo mira nadie.
Y entonces coge el recorte de periódico, el que llevaba dos horas encima del hule, entre las dos, con su papel amarillo, y me lo tiende.
—Esto también.
Está doblado por la mitad y al levantarlo se abre solo por el doblez, y se le ve el titular a dos columnas, el ladillo, y al pie del último párrafo las tres letras de rigor y un apellido corto.
Y yo digo:
—Eso déjelo, que ya está en el expediente.
Loli se queda un segundo con el brazo estirado.
—Es el único que escribió algo.
—Lo sé. Lo he leído.
—Vino aquí. —Baja el brazo—. Se sentó donde está usted sentada y estuvo dos horas, y luego escribió ochenta líneas, y en las ochenta líneas mi hermano era una persona y no un suceso. Con eso me quedo yo.
Después lo deja donde estaba, encima del hule, alisándolo un poco con la mano, como se deja una cosa que uno ha sacado para enseñar y nadie ha querido ver.
—Como usted diga.
• • •
En la puerta me pone la mano en el brazo.
—¿Usted cree que se equivocaba?
—¿En lo del río?
—En todo. En lo que él pensaba.
Tengo la respuesta preparada desde la cocina, porque llevo cinco semanas preparándola, y es la respuesta correcta: que la memoria de la infancia es reconstructiva, que a partir de los sesenta se mezclan escenas de sitios distintos, que un río oído en otro sitio a los tres años puede acabar detrás de cualquier ventana.
—La memoria falla mucho más de lo que la gente cree —digo—. Sobre todo la de antes de los seis años.
Loli asiente con la boca, no con la cabeza.
—Ya.
—Y hay gente que llega a los sesenta convencida de cosas que no pasaron. Es más común de lo que parece.
—Ya —repite.
Y me suelta el brazo.
Bajo los tres escalones hasta la calle y voy hacia el coche por una acera con más portales tapiados que abiertos, y voy pensando, con la satisfacción tibia de haber contestado bien, que a mí eso no me pasaría.
Yo me acuerdo de todo. Es mi oficio.
Yo me acuerdo del cuarto en el que dormía, y del olor del zaguán, y del sitio exacto donde estaba el gancho del cubo, y me acuerdo del ruido del agua en verano cuando abrían la acequia detrás de la casa.
Abro el coche. Meto el sobre de fotos en el asiento de atrás.
Y arranco.