6. La solicitud
El Registro Civil de Cuenca abre a las nueve y a las nueve menos veinte ya hay once personas en la acera.
Lo sé porque las cuento.
Un matrimonio joven con una carpeta de plástico y cara de no haber dormido, que vienen a inscribir.
Dos rumanas con la documentación en una funda de cremallera.
Un hombre de sesenta y tantos con corbata, que es de los que se ponen corbata para ir a una ventanilla.
Una chica con el móvil. Tres señoras que se conocen entre sí.
Un chaval con la citación en la mano, doblada en cuatro, mirándola cada minuto y medio por si en el intervalo ha cambiado la hora.
Y yo.
Viernes, veintitrés de octubre, nueve menos veinte de la mañana. Llueve de esa manera de Cuenca que no moja pero cala.
He venido en el autobús de las siete y cuarto, con el ambientador de eucalipto y la ventanilla entreabierta, y he tenido cuarenta minutos para pensar en otra cosa y he pensado en esto.
No he pedido el día. He pedido dos horas de la mañana, que se recuperan y no hay que justificar. En el impreso interno, en el motivo, he escrito «gestión personal».
Rosa no ha dicho nada esta vez.
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De todos los templos de este país, este es el que más gente pisa y el único del que nadie habla.
Aquí se decide quién eres. No en el hospital: aquí.
En el hospital sales, y hasta que un funcionario no abre un tomo, extiende un asiento y le pone tu nombre encima de una fecha, no eres nadie a efectos de nada.
Ese asiento va a acompañarte hasta el final, va a llevar en el margen tus bodas y tus divorcios, y el último renglón que se escriba en él lo escribirá otra persona el día que te mueras.
Toda tu vida en un tomo y un folio.
Y la gente de esta cola, que se ha levantado a las siete y se está mojando, viene aquí a pedir una copia de eso mismo y a llevársela a otra ventanilla, donde otro funcionario la mirará dos segundos, verá el sello, y creerá.
Esa es la religión. Nadie ha dudado nunca de un cuño húmedo. Se puede dudar de un médico, de un juez, de un cura, de un padre. Del sello no.
Yo llevo veintiséis años en la sacristía.
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Turno C-42. Sala de espera con doce sillas atornilladas y un panel luminoso al que le falta un segmento en el siete, de manera que todos los turnos que llevan siete parecen llevar un uno y hay siempre alguien que se levanta antes de tiempo.
El panel canta: A-15. B-08. A-16. C-39.
Las letras son las tres liturgias de esta casa.
La A es nacimientos: la cola de los que llegan.
La B es matrimonios. La C es defunciones y certificaciones, que están juntas porque la Administración, con su lógica de armario, ha decidido que pedir un papel sobre uno mismo pertenece a la misma familia de trámites que enterrar a alguien.
Yo estoy en la C.
En la A hay dos carritos de bebé aparcados junto a la puerta y una abuela que sostiene un ramo de flores mal envuelto, y la gente sale de esa ventanilla con la cara de haber ganado algo. De la C se sale con una carpeta y se mira el suelo.
Mientras espero, miro nucas.
Es lo que hay para mirar. La nuca del hombre de la corbata, con el pelo recién cortado y la marca del cuello de la camisa. La nuca de una de las señoras, con la permanente. La nuca del chaval de la citación.
Y pienso, sin querer, con la misma parte del cerebro con la que uno lee las matrículas de los coches: cualquiera de estos podría no ser quien cree que es.
Estadísticamente, alguno.
Hay tres millones de personas en este país cuya vida entera se sostiene sobre un asiento registral que nadie ha vuelto a mirar desde 1970, y ninguna de ellas lo sabe, y todas están tranquilamente en una cola.
Y si una de ellas se levantara ahora mismo y dijera en voz alta que no está segura de haber nacido donde le han dicho que nació, no le pasaría nada. Le darían un turno.
Deformación profesional. Llevo un mes de expedientes de muertos y ya sospecho de la nuca de un señor con corbata.
C-42.
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Ventanilla tres. La funcionaria tendrá cincuenta y pocos, gafas de media luna colgadas de una cadenita y un cartelito de metacrilato con su nombre que está girado hacia dentro.
—Buenos días. ¿Qué necesita?
—Una certificación literal de nacimiento.
—¿Suya?
—Mía.
—¿Está inscrita aquí?
—En Teruel.
—¿Teruel capital o provincia?
—Provincia.
—Uy. —Es una interjección técnica: significa que el asiento estará en un juzgado de paz de un pueblo, en un tomo que hay que ir a abrir a mano—. ¿Sabe el municipio?
Le digo el municipio.
—Entonces se la pedimos nosotros y se la mandan a usted por correo. —Ya está sacando el impreso mientras habla, sin mirarlo, con la mano izquierda, como quien alcanza la sal—. Documento, por favor.
Le doy el DNI. Lo coge, lo mira, me mira, lo deja bocarriba en el mostrador.
—Rellene los datos de aquí y de aquí. Aquí abajo no escriba nada, que es para nosotros.
—Vale.
—¿Es literal o en extracto?
—Literal.
—¿Seguro? Para casi todo vale el extracto y se lo dan antes.
—Literal.
—Usted manda. —Marca ella misma la casilla con una equis, para que no me equivoque—. ¿Es para pensión, herencia, matrimonio?
—Es documental.
—Ah. —Ni levanta la vista—. Pues me pone «otros» y en la casilla lo que sea, que ahí cabe cualquier cosa.
Ahí cabe cualquier cosa. Es la frase más honesta que he oído en un edificio oficial en veintiséis años.
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El impreso es un modelo normalizado de dos cuerpos, blanco y verde pálido, con la cabecera del ministerio y un recuadro inferior sombreado en el que pone «espacio reservado a la Administración».
Nombre y apellidos. Fecha de nacimiento. Lugar de nacimiento. Nombre del padre. Nombre de la madre. Domicilio a efectos de notificación. Tomo y folio, si se conocen.
Escribo con el bolígrafo que hay atado con un cordel al mostrador, de pie, con la mano por encima de la altura del codo. Al llegar al nombre del padre y al nombre de la madre me quedo un segundo con la punta apoyada.
Emilio Roldán Sanchís. Purificación Cifuentes Lahoz.
Hace años que no escribo esos dos nombres seguidos. En el papeleo de después del accidente los escribí ciento veinte veces en catorce días y no los he vuelto a escribir desde 2009, porque nadie te vuelve a pedir el nombre de tus padres cuando ya no hay nada que tramitar.
Ahí están, otra vez, con mi letra.
Voy a ver cómo los escribe el Estado.
Sigo.
Tomo y folio, si se conocen: en blanco. No los conozco. Nadie los conoce.
Y llego a la casilla del motivo.
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Es un rectángulo de dos centímetros por doce, con una línea de puntos.
La miro más rato del que hace falta para rellenar un rectángulo de dos por doce.
Lo que estoy haciendo es esto: llevo cinco semanas manejando seis solicitudes de certificación literal de seis provincias distintas, escaneadas en resoluciones distintas y con formatos de impreso de cuatro épocas distintas, y no tengo ni una sola muestra de referencia moderna, limpia, en papel, con el sello sin comprimir.
Necesito un ejemplar de control. Necesito comparar formatos.
Cualquiera que trabaje con documentos entiende eso.
Es lo primero que se hace: se consigue un ejemplar auténtico y se compara.
Sin patrón de referencia no hay cotejo; sin cotejo no hay peritaje; sin peritaje lo que tengo es una hoja de cálculo con seis filas y una intuición, y con eso no se va a ninguna parte.
Y para conseguir un ejemplar auténtico solo hay dos caminos, porque estos papeles no se piden por curiosidad ajena: o se es parte, o se es uno mismo.
Yo no soy parte de nada.
Escribo:
Cotejo documental.
Dos palabras. Letra clara. Ni una duda en el trazo.
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—¿Ha puesto la dirección?
—Sí.
—¿Y el teléfono? Ponga el teléfono, que si hay algo raro llaman.
—¿Qué puede haber de raro?
—Nada. —Le da la vuelta al impreso, echa un vistazo de dos segundos y coge el fechador—. Que a veces el tomo está mal citado, o el registro es de los antiguos y no lo tienen digitalizado, y entonces llaman.
Gira la rueda del fechador con el pulgar. Lo apoya en el tampón dos veces. Lo estampa en la esquina superior derecha del cuerpo verde, lo estampa otra vez en el resguardo, y me pasa el resguardo con dos dedos.
No ha mirado el impreso mientras lo sellaba. Ha mirado la pantalla.
—Esto es gratis, ¿verdad?
—Gratis. —Ahora sí me mira, un instante, con la vaga sorpresa de quien lleva veinte años oyendo la misma pregunta—. Lo único gratis.
—¿Cuánto tarda?
—De diez a quince días. Si a las tres semanas no le ha llegado, vuelve y lo reclamamos. —Ya está pulsando el timbre del turno—. Siguiente, por favor.
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Salgo con el resguardo en la mano.
Es un rectángulo de papel verde pálido de nueve por catorce, con un número de registro de entrada, la fecha de hoy y un sello que dice que el Estado ha tomado nota de que quiero saber lo que el Estado sabe de mí.
Es el mismo resguardo que tuvieron en la mano Elvira Mansilla en septiembre de 2004, Tomás Ucedo en marzo de 2008, Óscar Peón en febrero de 2011, Marina Choren en mayo de 2014 y Julián Beites en abril de 2024, con distinto membrete y el mismo verde.
Se me ocurre así, en fila, como me salen a mí las cosas, y lo aparto igual que se aparta un cálculo que no viene al caso.
En la acera, antes de guardarlo, hago una cosa que no me explico hasta tres segundos después de haberla hecho.
Me giro y miro por el cristal a la funcionaria de la ventanilla tres.
Está atendiendo al hombre de la corbata. Cincuenta y pocos, gafas de media luna con cadenita, el pelo recogido con una pinza de carey, un jersey burdeos de cuello redondo, un anillo en el índice derecho. El cartelito de metacrilato sigue girado hacia dentro.
Me quedo hasta que lo tengo entero.
Y luego me subo el cuello del abrigo y bajo hacia la parada, y solo al llegar me doy cuenta de lo que acabo de hacer, porque lo he hecho veintiséis veces en mi vida y siempre en el mismo contexto: memorizar a la persona que te ha atendido, con la ropa que llevaba, es lo que hace alguien que sabe que dentro de un tiempo va a tener que declarar quién estaba al otro lado del mostrador.
No hay nada que declarar. He pedido un papel que pide todo el mundo.
El autobús tarda cuatro minutos. Me siento atrás, con la ventanilla entreabierta, y me guardo el resguardo doblado en cuatro en el bolsillo interior, que es donde llevo las cosas que no quiero perder.
De diez a quince días.