La Colección 4. La maestra
11%

4. La maestra

Pido la tarde del miércoles por asuntos propios.

Lo escribo así en el formulario interno, en la casilla del motivo, y me quedo un segundo con el cursor parado encima de las dos palabras antes de darle a enviar.

Rosa me firma la conformidad sin levantar la vista.

—Que te diviertas en el instituto.

—No he dicho adónde voy.

—Ya.

• • •

Tarancón está a sesenta y dos kilómetros por autovía y es el sitio de esta provincia donde más gente vive sin ser la capital: doce mil habitantes, cuatro rotondas, dos polígonos y un tráfico de camiones que va y viene de Madrid a todas horas.

Aquí no hay persianas echadas a mediodía. Aquí hay gente.

Es lo primero que apunto mentalmente al aparcar, y no sé todavía por qué lo apunto.

El IES es un edificio de ladrillo visto de finales de los ochenta con dos módulos prefabricados en el patio que llevan ahí desde que se pusieron como solución provisional. Llego a las cinco y diez, con las clases terminadas y el aparcamiento a medio vaciar.

En la conserjería digo mi nombre y a quién busco. Me hacen esperar en un pasillo con corcheras llenas de exámenes de convocatoria y de carteles de un intercambio con Francia.

Huele a instituto, que es un olor que no cambia en cuarenta años.

Feliciana Arjona Ruescas, cincuenta y ocho años, jefa del departamento de Geografía e Historia, aparece por el fondo con una bata de cuadros encima de la ropa y un montón de folios contra el pecho.

—Perdona, perdona, es que a esta hora esto es un ir y venir. —Me estrecha la mano sin soltar los folios—. Feli. A ver, vamos a ver: tú eres del juzgado.

—Del archivo judicial.

—Del archivo judicial. —Se para en seco en mitad del pasillo—. Doce años.

—¿Perdón?

—Doce años he estado esperando a que alguien viniera a preguntarme por Marina. —Reanuda la marcha—. Pasa, anda, que en el departamento hay café.

• • •

El departamento es un cuarto de doce metros cuadrados con cuatro mesas, un armario metálico y una ventana que da al patio. Feli despeja media mesa con el antebrazo, que es un gesto de profesora de secundaria y no lo hace nadie más en el mundo.

—Tú preguntas y yo hablo, ¿vale? Que yo hablo mucho y tú vas a tener que cortarme.

—Vale.

—Marina Choren. —Se sienta—. Cuarenta y un años. Latín no, historia. Diecisiete años en esta casa, tutora de tercero, y de las que se quedaban a las siete de la tarde con los cuatro que no llegaban. De las de verdad.

—¿Cómo era el último curso?

—El último curso fue el proyecto.

—Cuénteme el proyecto.

—El proyecto era mío. —Levanta un dedo—.

Que conste. Era una actividad de tutoría que yo llevaba haciendo desde el 2009 y que se llama «Mi pueblo, mi infancia».

Los críos traen tres fotos de familia, entrevistan a un abuelo y hacen un mural con la memoria de su pueblo.

Es una actividad tonta, entre comillas, de las que se hacen para que el niño hable con su abuela antes de que se muera la abuela.

—Y Marina lo cogió.

—Marina lo cogió y lo convirtió en otra cosa. —Se ríe, y en mitad de la risa se le quiebra algo—. Perdona.

—No pasa nada.

—Es que ahora que lo cuento en voz alta suena distinto. Doce años contándolo en la sala de profesores y hoy suena distinto.

• • •

Le pregunto por el tercer trimestre.

Feli habla veinte minutos y yo la corto cuatro veces, siempre igual, siempre con una pregunta de una línea, y las cuatro veces vuelve al carril sin enfadarse.

Marina se metió en el proyecto en marzo. En abril ya se lo había puesto de ejemplo a los alumnos: el mural de la profesora, para que vieran cómo se hacía. Trajo sus propias fotos de infancia, once o doce, de un pueblo de Palencia del que se había ido con veinte años y al que no volvía nunca.

En mayo, las tardes en el aula. En mayo también las llamadas.

—Cuénteme lo de las tardes.

—Se quedaba a montar el mural. —Feli señala la ventana con la barbilla, hacia un módulo prefabricado del patio—.

Ahí, en el aula de tercero B, con la puerta abierta y la radio de la limpiadora sonando en el pasillo.

Yo pasaba a las seis y ahí estaba, de rodillas encima del papel continuo, con las chinchetas en la boca.

—¿Y los alumnos?

—Los alumnos habían acabado el suyo en abril. —Deja la taza—. Eso es lo que a mí, con el tiempo, me ha ido chirriando más. Que la actividad terminó y ella siguió.

—¿A quién llamaba?

—Al ayuntamiento de su pueblo. Y no le cogían el teléfono, o le cogían y le decían que llamara otro día. Eso me lo contó ella misma, aquí, con este café. Que llevaba tres semanas persiguiendo a un secretario para ver unos padrones y que empezaba a parecerle raro.

—¿Y usted qué le dijo?

—Que es que en los pueblos de menos de doscientos habitantes el secretario va un día a la semana y el ordenador no funciona nunca. —Levanta las manos—. Que es la verdad, oye. Que sigue siendo la verdad.

—¿Le habló de su familia?

—No le quedaba. Padres muertos los dos, y jóvenes, ella tendría veintipocos. Hija única. —Cuenta con los dedos y se queda con la mano a medias—. Una prima segunda en Valladolid con la que se felicitaban las Navidades. Eso era todo.

—¿Le habló de la partida de nacimiento?

—Me dijo que la había pedido. —Baja la voz sin darse cuenta—. Un viernes, en la puerta, ya con el bolso. Me dijo: he pedido la partida de nacimiento, Feli, a ver qué pone. Y yo le dije: ¿pues qué va a poner, mujer? Y ella se rio y se fue.

Feli mira la ventana que da al patio.

—Tres semanas después me llamó el director un sábado por la mañana.

• • •

El mural está en el armario metálico.

Se levanta a por él sin que yo se lo pida, aparta dos cajas de mapas mudos y saca un rollo de papel continuo atado con dos gomas.

—Yo esto no lo he tirado.

Lo desplegamos entre las dos encima de las mesas juntas. Mide algo más de dos metros por uno. El papel se ha vuelto color hueso por los bordes y las chinchetas han dejado óxido en cuatro puntos.

Y ahí está la infancia de Marina Choren Ibáñez, a medio montar, en junio de 2014.

Doce fotografías clavadas con chinchetas, agrupadas en tres bloques con rotulador azul: casa , escuela , el pueblo .

Cuatro post-its amarillos, pegados encima de tres de las fotos y del hueco del centro. La letra es redonda, grande, de las que se leen desde la última fila.

Un hueco de un palmo, en el bloque del pueblo, con el borde marcado a lápiz y sin nada dentro.

Debajo de cada foto, escrita a rotulador fino, una ficha de tres líneas: qué se ve, dónde, cuándo.

Es el formato que ella pedía a los alumnos y que se ha aplicado a sí misma.

En nueve fichas las tres líneas están completas.

En dos falta el «dónde». En una, la del hueco, está solo el «cuándo», y el año lleva interrogación.

Leo los post-its en el orden en que están, de izquierda a derecha, porque así se leen los documentos.

¿Esto dónde era?

Preguntar a alguien del pueblo — ¿a quién?

Aquí falta la plaza. ¿Por qué no tengo ninguna de la plaza?

Y el cuarto, el del hueco del centro, escrito con otro bolígrafo, más apretado, con la letra ya no tan redonda:

La iglesia no puede estar ahí.

• • •

—¿Esto qué es?

Feli se inclina, se sube las gafas.

—Ah, eso es de lo del este.

—¿Lo del este?

—Eso lo explicaba ella en clase todos los años.

—Se le ilumina la cara: por fin algo que puede contar entero—.

Que las iglesias antiguas se construían orientadas, con el altar mirando al este.

Todas. Es una regla de las de verdad, no una curiosidad.

Ella les decía a los críos: si os perdéis en cualquier pueblo viejo de España, buscad la iglesia, poneos delante de la puerta, y ya sabéis dónde sale el sol.

Les encantaba. Es de esas cosas que un crío se lleva puesta para toda la vida.

—Y ella la aplicó a su pueblo.

—Supongo. —Mira el post-it—. Yo eso lo leí después, cuando recogí el aula. Y pensé que se habría equivocado de foto.

—¿Se lo dijo a alguien?

—¿A quién se lo iba a decir, hija?

Nos quedamos las dos delante del papel continuo.

Doce fotos. Cuatro dudas. Un hueco.

Una mujer de cuarenta y un años que se dedicaba a enseñar a mirar documentos antiguos y que, en las últimas ocho semanas de su vida, le hizo la autopsia a su propia infancia con la metodología de su asignatura.

Y encontró que la iglesia no podía estar ahí.

Lo pienso en frío, exactamente con esas palabras, y lo que siento no es lástima.

Lo que siento es que el método era bueno.

• • •

Le pido permiso para fotografiarlo.

—Fotografía, fotografía. Y si te lo tienes que llevar, te lo llevas, que yo llevo doce años sin saber qué hacer con esto.

Hago catorce fotos con el móvil: cuatro generales y una de cada foto y cada post-it, con la palma de la mano al lado en dos de ellas para dar escala, que es como se documenta un soporte que no puedes retirar.

Mientras encuadro el bloque de casa , me detengo en una: Marina, cinco o seis años, en una cocina, sentada en una silla de anea con un vaso de leche.

Al fondo de la foto, media pared de azulejos.

Y por un segundo, mientras espero a que el móvil enfoque, pienso que yo tengo una foto igual.

Y luego pienso: qué tontería, todo el mundo tiene una foto igual. Todas las cocinas de España de 1975 eran esa cocina, con su vasar, sus azulejos hasta media pared y su silla de anea, porque las hacía la misma gente con lo mismo. No hay nada que se parezca más a una infancia que otra infancia.

Además, la mía tiene fotos de sobra.

Guardo el móvil.

• • •

Feli me acompaña hasta la puerta con el mural bajo el brazo, que al final me llevo, con un recibo de tres líneas que le firmo apoyada en el mostrador de conserjería.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Claro.

—¿Esto es una investigación?

Y aquí está el momento exacto en que tendría que decirle que no. Que soy funcionaria de un archivo, que nadie me ha encomendado nada, que el expediente de Marina Choren se sobreseyó el treinta de julio de 2014 y que llevo dos semanas mirando papeles muertos en mi tiempo libre.

—Es una revisión documental —digo.

Feli me mira dos segundos más de lo cómodo. Ha dado clase treinta años. Sabe perfectamente cuándo un alumno le está contestando con las palabras justas.

—Vale —dice, y me abre la puerta—. Pues revisa bien.

• • •

En el coche, antes de arrancar, meto el rollo de papel continuo en el maletero, en diagonal, porque de otra manera no cabe. Dos metros de infancia de una mujer muerta, atados con dos gomas, encima de la rueda de repuesto.

Apunto en la libreta:

Choren. Marzo–mayo 2014: reconstruye infancia con metodología propia. Detecta incoherencia geográfica (iglesia). Solicita certificación literal 16/05. Fallece 06/06. Veintiún días.

Ucedo. Abril 2008: reconstruye infancia. Detecta algo (¿?). Solicita 28/03. Fallece 04/05. Treinta y siete días.

Y una línea más, entre las dos, porque en los dos casos está y en los dos casos la había pasado por alto:

Ambos: sin padres desde jóvenes. Sin hermanos. Sin nadie a quien preguntar.

Y debajo, porque es lo que hay y no lo que quiero:

Dos personas de distinta provincia, distinta edad y distinto oficio hicieron lo mismo con seis años de diferencia. Coincidencia estadística. Falta base muestral.

Subrayo «falta base muestral» y me quedo mirándolo con las llaves en la mano.

Es exactamente lo que le diría a cualquiera que me trajese esto.

Y también es exactamente lo que hace falta para saber si tengo razón: más muertos.