3. La viuda
Sábado, once y media de la mañana, mediados de octubre. La carretera sube entre olivares viejos y baja a un valle que se abre de golpe, con el pueblo pegado a la ladera como una costra clara. Aparco en la plaza, que es la única superficie llana del municipio, y apago el motor.
Persianas echadas. A las once y media de la mañana, en un día de sol, doce de las quince casas de la plaza tienen la persiana echada hasta abajo.
No es que duerman. Es que no hay nadie detrás.
Ciento ocho habitantes en el censo. Sesenta y algo de verdad, y en invierno menos.
Aquí vivió veinticuatro años Tomás Ucedo Barquín, farmacéutico, y aquí sigue viviendo su viuda.
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—Ay, hija, pase, que se enfría todo.
María Aurora Peláez Muñoz, setenta y nueve años, un metro cincuenta escaso y un delantal de flores encima de una rebeca. Me ha abierto antes de que llame, porque me ha visto aparcar desde la ventana, porque en un pueblo de sesenta personas un coche que aparca es un acontecimiento.
—Maruja —dice—. Aurora no me llama nadie desde que murió mi madre.
Le digo quién soy y de dónde vengo. Le digo que trabajo en el Archivo Judicial Territorial y que estoy revisando el expediente de su marido.
Todo es verdad.
Maruja oye «archivo», «judicial» y «expediente de su marido» y monta con esas tres palabras un edificio entero que yo no he construido, y en el que, por lo que se le pone en la cara, llevaba dieciocho años esperando que llamase alguien.
No la corrijo.
Me sienta en la cocina, no en el salón, que es un gesto que en esta provincia significa algo. Saca la lechera del café, el azucarero, una caja de pastas de la buena.
Y pone tres tazas.
Dos en la mesa, para ella y para mí. La tercera la deja en el vasar de la ventana, boca arriba, junto a un pastillero semanal de siete compartimentos, de esos con las iniciales de los días en relieve, que está lleno.
Lo mira un segundo al dejarla, como se mira un semáforo, y sigue hablando del tiempo.
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—Le voy a preguntar por las últimas semanas.
—Uy.
—¿Cambió en algo?
—Cambió y no cambió. —Se sienta. Se coloca la rebeca—. Se levantaba igual, comía igual. Pero se le fue la tarde.
—¿Cómo que se le fue la tarde?
—Que antes bajaba a la partida y luego regaba, y aquellas semanas ni partida ni riego. Se metía en el cuarto de atrás con la carpeta y allí se estaba hasta la hora de cenar. Yo le llamo el cuarto de atrás, pero es el cuarto donde él tiene los papeles de la farmacia.
Tiene.
Lo dice sin darse cuenta, y sigue, y yo tampoco se lo señalo.
—¿Qué papeles?
—Papeles suyos, me decía. Papeles suyos. —Se ríe con la boca cerrada—. Cincuenta y dos años casada con un hombre que me contaba hasta lo que le cobraban por una caja de gasas, y de pronto papeles suyos.
—¿Usted los vio?
—Yo entré a llevarle el café.
—¿Y?
—Fotos. Fotos y una libreta. —Se para—. Fotos de él de pequeño, que no eran ni diez, que él tenía muy poquitas. Y un cuaderno donde iba apuntando cosas.
—¿Qué cosas?
—Nombres. Nombres de calles. Yo qué sé, hija, yo miré de refilón, que a mí lo suyo no...
Deja la frase donde la deja. Sirve el café. Me acerca la caja de pastas dos centímetros, que es la manera educada de decir coma usted algo.
—¿Llamó a alguien por teléfono aquellas semanas?
—Llamó. —Se anima, como quien por fin puede aportar algo—. Llamó a un ayuntamiento. Yo lo oí desde aquí, porque él hablaba alto por el fijo, que estaba medio sordo y no lo reconocía.
—¿Qué ayuntamiento?
—El de allá. El suyo. —Hace un gesto vago hacia el noroeste, que es como la gente de esta provincia señala Guadalajara—. Preguntaba por unos padrones antiguos. Y colgó de mala manera.
—¿De mala manera cómo?
—Sin despedirse. —Lo dice con la gravedad de quien acaba de describir un acto violento—. Tomás nunca colgaba sin despedirse. Ni a los del banco.
—¿Le habló alguna vez de su infancia? Antes de aquello, quiero decir. En cincuenta y dos años.
—Poco. —Piensa—. Poco, la verdad. Él se quedó sin padres muy pronto, con dieciséis o así, y se vino a estudiar aquí a Cuenca con una tía, y la tía se murió también. No le quedaba nadie. Nunca ha querido volver por allá.
—Por Guadalajara.
—Por Guadalajara. Ni de vacaciones, ni a un entierro, ni nada. —Da un sorbo—. Y aquel abril, un día, me dice: Maruja, ¿tú me guardas la partida de nacimiento? Y le digo yo: hijo, ¿para qué quieres tú eso ahora, si no nos vamos a casar otra vez?
Me quedo con la taza a media altura.
—¿Y qué le contestó?
—Que para saberlo.
—¿Para saber qué?
—Eso mismo le pregunté yo. —Abre las manos y las deja caer en el regazo—. Y me dijo que para tenerlo. Que quería tenerlo. Y a los pocos días vino el sobre grande de Guadalajara, y él lo abrió aquí mismo, en esta mesa, y se estuvo mirando el papel un rato largo.
—¿Dijo algo al leerlo?
—No.
—¿Se lo enseñó?
—A mí no me enseñó nada. —Y aquí, por primera vez, la voz se le pone dura—. Se levantó, se lo llevó al cuarto de atrás y se acabó. Y yo me quedé fregando.
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La caja de fotos la baja del altillo del pasillo con una escalerilla de tres peldaños que no debería usar, y no me deja ayudarla.
Es una caja de zapatos con una goma, y dentro hay ciento y pico fotos sin orden, de esas en las que el color se ha ido al naranja por un lado.
Me arrodillo en el suelo del pasillo para poder extenderlas, porque en la mesa no caben, y al apoyar el peso en la rodilla izquierda noto lo de siempre, esa molestia sorda de la cicatriz de la bici, siete años, y cambio de pierna sin pensarlo.
Las extiendo por décadas. Es un gesto automático que en el archivo tiene nombre: cronología provisional. Se colocan los documentos en el suelo por fecha aproximada antes de tocar nada.
—Anda, mira cómo las pone.
—Deformación profesional.
De Tomás niño hay siete. Siete fotografías de un hombre que vivió sesenta y un años.
Una primera comunión con la vela y el libro, en blanco y negro, con un fondo de estudio pintado.
Dos de un chaval de doce o trece en la puerta de una casa con un perro.
Una de grupo, en unas escaleras, con veinte críos y dos curas.
Y tres de la misma tarde, en un río, con dos adultos que deben de ser los padres.
Detrás de las siete no hay nada escrito. Ni un nombre, ni una fecha, ni un lugar.
Les doy la vuelta a las siete, una por una, por si acaso. Papel Kodak de los sesenta, borde dentado, gramaje de la época. Dos llevan el sello seco de un estudio fotográfico en el ángulo, tan gastado que no se lee. Las otras cinco están limpias como si acabaran de salir del sobre.
En la caja de Maruja, en cambio, las de después de 1974 llevan todas su letra al dorso: «Tomás y yo en Benidorm, agosto». «Boda de la Cesárea». «La casa, cuando pusimos la parra».
—¿Las de él nunca tuvieron nada detrás?
—Nunca. Yo se lo decía, que apuntara. Que un día no te vas a acordar. Y él decía que él se acordaba de todo.
—¿Y de dónde salieron? ¿Las trajo él de Guadalajara?
—Estaban en una carpetilla en su maleta cuando vino. —Se agacha con esfuerzo y coge la de la primera comunión—. Mire qué guapo. Y mire el fondo, que en aquella época te ponían un jardín pintado detrás aunque fueras de un pueblo con dos calles.
Miro las siete fotos alineadas en el suelo de un pasillo de Villalgordo de la Hoz.
Un hombre que se acordaba de todo, pasando las tardes de sus últimas cinco semanas encerrado con siete fotos y una libreta, apuntando nombres de calles y llamando a un ayuntamiento a preguntar por padrones.
Un hombre haciendo el inventario de su propia infancia a los sesenta y un años.
Y encontrando, por lo visto, que no cuadraba.
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—¿Estaba deprimido?
Es la pregunta que hay que hacer y la hago con la voz plana, la de leer una diligencia.
Maruja no se ofende. Debe de llevar dieciocho años contestándola.
—Eso me preguntaron los guardias. Y el médico. Y mi hijo, desde Alemania, por teléfono, que ese fue el que peor.
—¿Y qué contestó?
—La verdad. —Se limpia una miga inexistente del delantal—. Que estaba contento.
—¿Contento?
—Contento. —Levanta la barbilla—. Se reía. Cantaba en la ducha, que llevaba sin cantar desde que cerró la farmacia. Aquel jueves me trajo pan de la panadería de Priego, que está a veinte kilómetros, porque a mí me gusta más. Veinte kilómetros por el pan.
Se calla. Coge la taza. No bebe.
—Un hombre que se quiere ir no conduce cuarenta kilómetros por una barra de pan.
—No.
—Eso es lo que le dije al guardia y eso es lo que le digo a usted. Y el guardia me apuntó lo del pan en su papel, y luego en el papel ponía otra cosa.
En el papel ponía: no se aprecian indicios de intervención de terceros ni circunstancias que aconsejen la práctica de nuevas diligencias . Me lo sé de memoria porque lo he escaneado ochenta veces esta semana.
—Estaba contento —repite, y ahora sí bebe—. Eso es lo que no me deja dormir.
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Le pregunto, ya de pie, si guardó papeles de aquellos días.
Y aquí Maruja se levanta y va derecha al aparador del salón, sin dudar, y saca una carpeta de gomas azul con todo lo de la muerte: la certificación, la factura de la funeraria, dos recibos, la carta del banco, un folio del ayuntamiento.
Y una carta más.
—Esta es la del gestor.
—¿Qué gestor?
—El que vino a lo de los papeles. —Me la da con las dos manos, como se dan las cosas que pesan más de lo que pesan—. A los quince días o así del entierro. Un señor mayor, muy educado, muy fino. Que venía a ordenar lo de mi marido, me dijo. Que era un servicio.
—¿Usted lo había llamado?
—Yo qué iba a llamar, hija.
Es media cuartilla. Papel bueno, de los que ya no se usan.
Membrete impreso arriba a la izquierda, sobrio, dos líneas: el nombre de una gestoría abreviado — Gestoría B.
— y un apartado de correos de Soria. Debajo, cuatro renglones mecanografiados en los que se ofrecen, con una cortesía de otra época, «los servicios de ordenación y archivo de la documentación personal del finado, sin coste para la familia».
Firma: una rúbrica con un lazo bajo, en tinta muy oscura, y una sola inicial.
—¿Y vino?
—Vino. Se estuvo dos horas en el cuarto de atrás, ordenando. Yo le puse un café. —Se le arruga algo en la cara, y no es pena: es otra cosa—. Se llevó la libreta.
—¿La libreta de su marido?
—Dijo que eso iba a los papeles de la farmacia, que había que entregarlo. —Me mira—. ¿No tenía que llevárselo?
Tengo veintiséis años de expedientes en la cabeza y sé exactamente qué contestar a esa pregunta, y por una vez en toda la mañana tardo dos segundos de más.
—No lo sé —digo—. Voy a mirarlo.
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Me acompaña hasta el coche. Me pone en las manos media docena de pastas envueltas en papel de aluminio, que es imposible rechazar sin ofender a una generación entera.
—Vuelva usted cuando quiera. Aquí no viene nadie.
Le digo que sí. Arranco. En el retrovisor se queda en la puerta hasta que giro la esquina de la plaza, y en la esquina de la plaza hay un contenedor de vidrio lleno y un cartel de 2016.
A la salida del pueblo paro en el arcén, saco el móvil y le hago dos fotos a la carta del gestor, que le he pedido prestada y que Maruja me ha dejado llevarme «para lo que haga falta».
Papel bueno. Apartado de correos de Soria. Una inicial.
Lo anoto en la libreta con dos palabras, «gestoría, Soria», y lo subrayo una vez, sin ganas, porque tengo la cabeza en otro sitio: en un hombre que llevó veinte kilómetros de pan a su mujer un jueves y que el domingo siguiente no estaba, y en siete fotografías sin nada escrito por detrás.
Yo tampoco escribo nada detrás de mis fotos.
Meto la primera y me voy.