La Colección 2. El patrón
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2. El patrón

La fotocopia aparece a la mañana siguiente, doblada en cuatro, en el bolsillo de la bata que he colgado detrás de la puerta.

La dejo en la mesa, boca arriba, y me voy a la ducha pensando que la tiraré al volver.

No la tiro.

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El autobús de las siete y cuarto huele a ambientador de eucalipto desde que la empresa cambió de proveedor en abril, y desde abril me siento en la fila de atrás con la ventanilla entreabierta aunque llueva. No tengo alergia. No tengo nada. Hay olores que le caen mal a una persona y ya está.

Cuarenta minutos de carretera hasta la ciudad, hoces abajo, con las casas colgadas del borde como si alguien las hubiera dejado ahí para ver cuánto aguantan.

Llego a las ocho menos diez. El archivo abre a las ocho.

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Lo que hago después no me lleva ni un cuarto de hora, y eso es lo que conviene entender: no es una investigación. Es una consulta.

Desde 2011 tenemos índice digital de todo lo escaneado.

Los bloques 2003–2006 se digitalizaron en la primera fase, con dos becarios y un escáner alquilado; los de 2012–2015, en la segunda, ya con reconocimiento de texto, que en papel de juzgado funciona regular pero funciona.

El bloque 2008 lo estoy haciendo yo desde marzo.

Entre unas cosas y otras, hay dieciocho mil folios de esta provincia con las palabras dentro.

Escribo en el buscador «certificación literal de nacimiento» y filtro por procedimientos de diligencias previas con sobreseimiento y archivo.

Salen cuarenta y un resultados.

De esos, treinta y siete son lo que tienen que ser: solicitudes en herencias, en reclamaciones de filiación, en un par de causas por presunta suplantación. Papel en su sitio.

Quedan cuatro. Uno es el mío: Ucedo.

Los otros tres tardo dos minutos en abrirlos y uno en descartar el tercero, que es un accidente de tráfico con un impreso de la abuela del conductor traspapelado.

Quedan dos.

Los abro en pantalla, que no es lo mismo que abrirlos.

Un legajo escaneado no pesa, no huele y no se resiste; pasas folios con la rueda del ratón y te ahorras el minuto de respetar el papel, que es justo el minuto en el que una se entera de lo que tiene delante.

Aun así, bajo el brillo y leo despacio, como si estuvieran cosidos.

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Diligencias previas 883/2004. Juzgado de Instrucción número uno de Cuenca.

Elvira Mansilla Turégano, cincuenta y siete años, auxiliar de clínica jubilada por incapacidad, domiciliada en un pueblo del sur de la provincia. Fallecida el siete de octubre de 2004. Sin nota. Sin indicios de intervención de terceros. Sobreseimiento provisional el veinticuatro de noviembre.

Declara una hermana, que vive en Valencia y que llevaba dos años sin subir.

Dice que Elvira estaba como siempre. Dice, más abajo, que en las últimas llamadas le preguntaba cosas de cuando eran pequeñas: nombres de vecinos, en qué año se fueron del pueblo, si se acordaba de una casa con parra.

El funcionario lo transcribe entero y luego escribe, entre paréntesis, «(la declarante se emociona)», que es la fórmula con la que la Administración registra que alguien está llorando.

Folio sesenta y dos: solicitud de certificación literal de nacimiento, Registro Civil de Zamora, sello de entrada del dos de septiembre de 2004. Casilla de motivo: «Asunto propio.»

Treinta y cinco días.

Diligencias previas 1207/2014. Juzgado de Instrucción número tres de Cuenca.

Marina Choren Ibáñez, cuarenta y un años, profesora de enseñanza secundaria en un instituto de Tarancón. Fallecida el seis de junio de 2014. Sin nota. Sin indicios de intervención de terceros. Sobreseimiento provisional el treinta de julio.

Declaran dos compañeras del claustro. La segunda cuenta que Marina llevaba el tercer trimestre metida en un proyecto con los alumnos de tercero, algo de memoria del pueblo de cada uno, fotos antiguas y un mural, y que se lo había tomado con más interés del que suele tomarse nadie una actividad de tutoría.

Que llamaba a ayuntamientos. Que decía que era para el mural.

Folio ciento nueve: solicitud de certificación literal de nacimiento, Registro Civil de Palencia, sello de entrada del dieciséis de mayo de 2014. Casilla de motivo: «Asunto propio.»

Veintiún días.

Diligencias previas 419/2008. Juzgado de Instrucción número dos de Cuenca.

Tomás Ucedo Barquín, sesenta y un años, farmacéutico jubilado. Fallecido el cuatro de mayo de 2008. Sin nota. Sin indicios de intervención de terceros. Sobreseimiento provisional el diecinueve de junio.

Declara la viuda. Dice que estaba contento. Dice que se pasaba las tardes con papeles suyos.

Folio ochenta y siete. Registro Civil de Guadalajara. Veintiocho de marzo de 2008.

Treinta y siete días.

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Lo primero que noto no es miedo.

Lo primero que noto es lo bien que encajan.

Es la sensación exacta de cuando encuentras el folio que faltaba de un legajo descabalado en otra caja, en otro año, y lo devuelves a su sitio y el expediente vuelve a tener sentido: una satisfacción física, en las manos, muy parecida a la de un cajón que cierra bien.

Elvira Mansilla preguntaba por una casa con parra. Marina Choren llamaba a ayuntamientos por un mural. Tomás Ucedo se pasaba las tardes con papeles suyos.

Encajan como encajan las piezas de un puzle de doscientas, con ese ruidito.

Tres personas muertas y a mí me está gustando.

Lo anoto mentalmente, con esas palabras, y sigo.

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Abro una hoja de cálculo. Le pongo un nombre que no dice nada, `cotejo_dp_sobreseidas.xlsx`, porque los ficheros con nombre interesante son los que alguien mira.

Nueve columnas: nombre, edad, localidad, fecha de fallecimiento, procedimiento, juzgado, registro civil de origen, fecha de sello, días.

Tres filas.

Zamora. Guadalajara. Palencia. Ninguno de los tres nació aquí. Los tres se murieron aquí, en pueblos de esta provincia que en el censo tienen menos vecinos que folios su expediente.

Eso, por sí solo, no significa nada. España lleva sesenta años vaciándose hacia las ciudades y llenándose de gente que se jubila donde hay casa barata; en esta provincia, de cada tres apellidos, dos vienen de fuera.

Lo que significa algo es lo otro.

Los tres pidieron el papel que dice quién eres.

Los tres lo pidieron a un registro civil de su provincia de nacimiento, no del sitio donde vivían, que es lo normal y es también lo lento: un mes de espera si va por correo, más si el tomo es antiguo. Los tres esperaron ese mes.

Los tres escribieron «asunto propio» en la casilla del motivo, que es lo que se escribe cuando la razón verdadera no cabe en una casilla, o cuando no se quiere poner por escrito.

Treinta y cinco días. Treinta y siete. Veintiuno.

Miro la columna de la derecha un rato largo. Con tres datos no hay serie: hay tres datos. Se lo diría a cualquiera que me trajese esto. Se lo diría con estas palabras y con la voz que uso para explicar por qué un expediente no prueba lo que la gente quiere que pruebe.

Guardo el fichero en el escritorio y me voy a comer.

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Como en la mesa, que está prohibido, con el bocadillo encima de una hoja de reciclaje porque las migas entre las teclas son un delito que Rosa persigue con más ahínco que la Fiscalía.

Es tortilla de patata de la de casa, y me sale bien, y me sale bien porque es la de mi madre: la cebolla se pocha primero y despacio, sin prisa, tapada, y no se le echa nada más porque lo demás son fantasías.

Me acuerdo de ella dándome la vuelta a la sartén con el plato en alto, en aquella cocina de azulejos azules con la cenefa a media pared, mientras la radio hablaba sola en la balda.

Cuarenta años después sigo pochando la cebolla tapada como si me estuviera mirando.

Hay infancias peores.

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Rosa baja a las cuatro con dos cafés de máquina, uno para cada una, que es su forma de decir que va a quedarse un rato.

Sesenta y un años, treinta y ocho de archivo, y una memoria que no está en ningún índice: si le preguntas por un procedimiento de 1991 te dice quién lo instruyó, en qué caja está y qué pasó con la familia después.

—Estás con esa cara —dice, y deja el vaso en el hueco de la mesa donde no hay papel.

—¿Qué cara?

—La de cuando encuentras algo que no ibas buscando. —Se sienta—. Suéltalo.

Le enseño la pantalla. Le explico las tres filas en el orden en que las he encontrado, sin adornos: sobreseídas, misma solicitud, mismo motivo escrito, plazos de tres a cinco semanas.

Rosa lee despacio, con las gafas subidas a la frente y los ojos a un palmo, que es como lee ella desde que le cambiaron la graduación.

—Ay, hija.

—Ya.

—Que la gente pide papeles. —Sopla el café—. Mi cuñada pidió la partida de nacimiento y a los dos meses la operaron de la cadera, y no vamos a decir que el Registro Civil le rompió el fémur.

—Tu cuñada no salió sobreseída.

—Mi cuñada no se calla ni debajo del agua. —Se ajusta las gafas—. ¿Cuántos expedientes de estos tienes escaneados?

—Dieciocho mil folios. Tres bloques.

—O sea, nada.

—Nada.

—Pues eso. —Señala la pantalla con la barbilla—. Tú lo que quieres es que haya algo.

—Yo lo que quiero es que las tres filas no digan lo mismo.

Se ríe con la nariz. Da un sorbo. Se queda mirando la pantalla más rato del que hace falta para una broma.

—En el noventa y dos —dice— tuvimos aquí un señor de Madrid tres semanas mirando expedientes de accidentes de caza. Buscaba un patrón. Encontró diecinueve casos y una úlcera. —Baja las gafas—. Al año siguiente había vuelto a ser abogado de divorcios.

—¿Y qué pasó con los diecinueve?

—Nada. Eso es lo que pasa siempre, cariño. Nada.

—Los diecinueve eran de caza. Estos son sobreseídos por muerte no violenta con la misma solicitud previa y el mismo motivo escrito a mano.

—Y con tres.

—Y con tres —le concedo.

Se levanta, recoge su vaso y el mío aunque el mío está por la mitad, y antes de salir se para en la puerta con esa cosa que hace de terminar los refranes por donde le apetece.

—Quien busca, encuentra. Ese es justo el problema del refrán.

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Se lleva los vasos y no los tira: los enjuaga y los deja en la balda del office, apilados con los otros ocho, porque Rosa no ha tirado nada en treinta y ocho años.

Tiene cajas con las gomas elásticas de los legajos de los noventa.

Tiene una carpeta con las felicitaciones de Navidad de jueces que llevan veinte años jubilados o muertos.

Tiene, en el cajón de abajo, los carnets de identidad caducados de tres compañeras que se prejubilaron en 2011, y cuando le preguntas por qué, contesta que porque eran suyos.

«Esto no ocupa», dice, y ocupa.

Yo, en cambio, tiro. Tiro tickets, tiro folletos, tiro los sobres nada más abrirlos. Es una diferencia de carácter que llevo cuatro años atribuyendo a la edad y que a lo mejor no es de carácter.

Vuelvo a la hoja de cálculo.

Añado una décima columna y la titulo «obs.», porque «observaciones» ya sería tomárselo en serio.

Y en las tres filas escribo lo mismo, que es todo lo que sé con certeza a las cuatro y veinte de la tarde de un día cualquiera:

Solicita. Espera. Muere.

Tres es poco. Con tres no hay nada. Un forense con tres casos no firma un informe; firma una petición de más casos.

Pero el bloque 2008 lo estoy escaneando yo, y quedan por delante los bloques 2009, 2010 y 2011, y este archivo tiene diligencias previas sobreseídas desde 1979, y en todas ellas hay un folio con un sello de entrada que nadie ha leído nunca porque no hacía falta leerlo.

Nadie mira los papeles de trámite. Para eso están: para que nadie los mire.

Me quedo delante de la pantalla hasta que se apaga sola.

Y cuando la despierto, lo primero que hago es ordenar la tabla de más antiguo a más reciente.

Que es como se ordena lo que todavía no ha terminado.