La Colección 1. El escáner
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La Colección

La Colección

Por Sargo Ruiz

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1. El escáner

Los guantes primero. Nitrilo, talla pequeña, dos pares por turno, porque el polvo de los legajos viejos reseca el látex hasta que se pega a la yema y una empieza a dejar huellas donde no debe.

Después la plegadera, que en el archivo llamamos bisturí porque abre los pliegues sin morderlos.

Después la lámpara, que se enciende con un chasquido de interruptor de los de antes.

Y después el silencio, que aquí no se enciende: ya está puesto.

Son las diez y veinte de la noche y en el Archivo Judicial Territorial de Cuenca solo estamos el escáner y yo.

Aquí abajo huele a papel, a polvo de piedra y a cola vieja. Es un olor de cripta, y no lo digo como queja.

Este país cree en dos cosas: en la familia y en el sello.

De la primera se habla mucho. La segunda funciona sola.

Un funcionario aprieta un cuño húmedo contra un impreso y a partir de ese momento eres hijo de quien dice el impreso, naciste donde dice el impreso y tienes los años que dice el impreso, y podrías presentarte con tu cara y tu voz delante de un juez y pesarías menos que el papel.

Nadie ha dudado nunca de un sello. Ni siquiera los que se dedican a estamparlos.

Yo trabajo en el sótano donde esa fe se guarda a doce grados.

Los muertos de este edificio están bien puestos.

Eso es lo que nadie entiende cuando pregunta cómo puedo pasarme las noches en un sótano con nueve mil cuatrocientas desgracias ajenas.

Los muertos vienen foliados. Vienen con fecha de entrada, número de procedimiento y una carátula que dice exactamente qué son.

No cambian de versión. No se contradicen a mitad de frase, no te miran para ver si les crees, no rectifican la infancia según quién esté delante.

Los vivos improvisan todo el rato. Los muertos, no: los muertos están cerrados.

Yo trabajo mejor con lo que está cerrado.

• • •

Esta noche toca el bloque 2008. Diligencias previas del Juzgado de Instrucción número dos, procedimientos sobreseídos, digitalización íntegra por orden del plan de conservación que alguien firmó en Madrid hace tres años y que aquí ejecutamos Rosa y yo con dos escáneres, uno de los cuales tiene el rodillo picado y muerde la esquina inferior derecha de todo lo que entra.

El bueno es el mío por las noches. Ventaja del turno que nadie quiere.

El procedimiento es siempre el mismo y por eso funciona.

Se abre la carpetilla. Se comprueba que la foliación es correlativa y que no falta ningún folio, porque en 2008 todavía se numeraba a mano y las manos se saltan cosas.

Se retiran las grapas con el bisturí, una por una, sin tirar.

Se aplana el legajo con la palma abierta desde el centro hacia fuera.

Se pasa. Se coteja la imagen contra el original. Se vuelve a coser.

Cuarenta segundos por folio si el papel viene bien. Dos minutos si viene con humedad y hay que separarlo respirando encima.

Voy por el legajo dieciséis de esta semana.

Diligencias previas 419/2008. Un hombre de sesenta y un años, farmacéutico jubilado, encontrado en su domicilio de un pueblo de la Alcarria conquense el cuatro de mayo de 2008.

Sobreseimiento provisional y archivo el diecinueve de junio.

Sin indicios de intervención de terceros.

Tomás Ucedo Barquín.

El atestado dice lo que dicen los atestados.

Hora estimada. Ausencia de nota. Diligencia de inspección ocular con seis fotografías que aquí constan en fotocopia y que a estas alturas son manchas grises donde puede haber una cocina o cualquier otra cosa.

El informe del médico forense, dos folios.

La declaración de la esposa, María Aurora Peláez Muñoz, tres folios y medio, de los cuales dos y medio son ella explicando que su marido estaba contento.

Ese medio folio de más es lo que separa una declaración normal de una declaración de alguien a quien no le han creído.

Después vienen las cosas que vienen siempre.

El índice de efectos personales: reloj, cartera, ciento cuarenta euros, un manojo de llaves con un llavero de propaganda de un laboratorio farmacéutico.

La comparecencia del hijo, que vive en Alemania y declara por exhorto.

La providencia. El decreto de archivo, firmado con una rúbrica que he visto en cuatrocientos expedientes de ese juzgado y que a lo largo de 2008 se va haciendo más pequeña, hasta quedarse en un garabato del tamaño de una uña.

Todos los jueces de instrucción de este país firman más pequeño en junio que en enero.

Sigo. Aplano. Paso. Coteja. Cose.

Y en el folio ochenta y siete me paro.

• • •

No es nada. Es exactamente eso lo que hay que entender: no es nada.

Cosido con el mismo hilo que el resto, entre el informe del forense y el índice de efectos personales, hay un impreso que no pinta ahí.

Modelo normalizado. Solicitud de certificación literal de nacimiento, dirigida al Registro Civil de Guadalajara, sección primera, con el sello de entrada estampado el veintiocho de marzo de 2008 y la casilla de motivo rellenada con dos palabras y una letra torcida.

«Asunto propio.»

Es papel de trámite. De los que se piden para renovar el pasaporte, para una herencia, para casarse por segunda vez.

En una caja de diligencias por muerte violenta pueden aparecer cosas mucho más raras: los folios de un expediente se contaminan con lo que hubiera en la mesa, y en 2008 todavía se cosía deprisa y se cosía a mano.

Lo miro más de lo que dura mirarlo.

Y lo miro porque hay una cosa que no cuadra, y no es la que parece.

Un impreso traspapelado se cuela en un expediente por arriba o por abajo, en la carátula o al final, donde va todo lo que llega tarde.

Este está en el medio. Está cosido en el orden de los folios, entre el forense y los efectos, con el mismo hilo y con el mismo paso de aguja, lo que significa que estaba ahí cuando alguien cosió el legajo entero de una vez.

Alguien lo puso dentro a propósito. O alguien lo encontró en la casa, junto a los papeles del muerto, y lo metió con lo demás sin pensárselo dos veces, que es lo que ocurre el noventa y nueve por ciento de las veces y lo que voy a anotar si alguien me pregunta.

El veintiocho de marzo. La muerte, el cuatro de mayo. Cinco semanas y dos días.

Un hombre de sesenta y un años pide su partida de nacimiento y a las cinco semanas está muerto en su cocina.

Un hombre de sesenta y un años pide su partida de nacimiento porque le hace falta para el banco, y en las cinco semanas siguientes le da un infarto, o le atropellan, o cualquiera de las mil cosas por las que la gente entra en un juzgado de instrucción.

Las dos frases son la misma frase. La segunda es la razonable.

Vuelvo atrás una página.

No lo decido: lo hago. La mano izquierda ya está levantando el folio ochenta y siete cuando la derecha todavía sujeta la plegadera, y me encuentro releyendo la declaración de la viuda con la solicitud puesta al lado, como se cotejan dos documentos que alguien te ha pedido que compares.

Nadie me ha pedido nada.

María Aurora Peláez Muñoz declara que su marido llevaba unas semanas raro. Que estaba contento y raro a la vez, que es la combinación por la que nadie ha dado nunca crédito a una viuda. Que se pasaba las tardes con papeles. Que ella le preguntó qué papeles y él le dijo que papeles suyos.

En la transcripción, el funcionario ha escrito «papeles suyos» entre comillas. Fue un funcionario cuidadoso. Casi nunca lo son.

Miro el impreso otra vez. La letra torcida de «asunto propio» sube al final, como suben las letras de la gente que escribe de pie, apoyada en el mostrador, con la mano por encima de la altura del codo.

Yo he rellenado quinientos impresos así. Se escribe de pie porque en los registros civiles hay repisa y no hay silla, y no hay silla porque nadie ha pensado nunca que rellenar el papel que dice quién eres pueda llevarte más de un minuto.

• • •

Arriba, el vigilante cruza el hall. Se le oye por el pitido de la linterna al chocar contra la hebilla del cinturón, un tic-tic que sube tres pisos por el hueco de la escalera y que llevo cuatro años usando como reloj.

Es Nieto. Ronda a menos veinte de cada hora, con la puntualidad de las cosas que nadie supervisa.

Baja los seis escalones del depósito y asoma la cabeza sin entrar, porque no le gusta el aire de aquí.

—Roldán, que te va a salir moho.

—Doce grados.

—Digo yo que en tu casa habrá calefacción.

—Y aquí hay dos mil legajos por escanear.

Se ríe, dice algo del turno y de la lotería que aquí abajo no se oye entero, y vuelve a subir con su tic-tic. Es una conversación que tenemos dos veces por semana con variaciones mínimas, y me gusta exactamente por eso.

Cuando el pitido se apaga en el segundo piso, me doy cuenta de que estoy tarareando.

No sé qué es. Es una cosa de tres notas que baja y luego se queda plana, y la tengo desde siempre, y me sale cuando estoy concentrada o cuando espero un ascensor.

Rosa me lo ha dicho más de una vez: «Ya estás con la cancioncita.

» En algún momento fue una nana y en algún momento la cantó alguien, y no me acuerdo de quién, y tampoco me hace falta.

Me acuerdo de todo. Es mi oficio.

Me acuerdo de que en 2019 este depósito se inundó por la junta de un bajante y perdimos ciento cuarenta legajos de familia.

Me acuerdo del número de expediente de la primera reclamación que tramité sola.

Me acuerdo de la cocina de mi casa de Valdescosa hasta la cenefa de los azulejos, y de que mi madre ponía la radio en la balda de arriba porque abajo se mojaba con la pila.

Lo que no recuerdo son tres notas. Todo el mundo tiene un agujero de ese tamaño y nadie lo mide.

En el archivo hay una expresión para los folios que aparecen sueltos y no se sabe de qué expediente vienen.

Se llaman documentos sin causa. No se tiran: se guardan en una caja aparte, con su número, por si algún día aparece la causa y hay que devolverlos a su sitio.

Esa caja lleva abierta desde 1987 y tiene dentro doscientas y pico hojas que no son de nadie.

Una nana de tres notas sin madre que la cante es un documento sin causa. Se archiva y se sigue trabajando.

• • •

Termino el legajo. Cuatro folios más, cotejo, hilo, carpetilla, carrito.

Y entonces hago una cosa que no está en el procedimiento.

Saco la solicitud del 419/2008 —no la descoso: la sujeto con la plegadera, la aparto lo justo— y la llevo a la fotocopiadora del pasillo, que tarda catorce segundos en calentarse y hace un ruido de despertar a alguien.

Ochenta y siete. Copia. La original vuelve a su sitio, en su orden, en su folio, porque el día que yo altere la foliación de un expediente será el día en que este trabajo deje de tener sentido.

Antes de cerrar la carpetilla, la esquina inferior del folio ochenta y ocho está doblada hacia dentro desde vete a saber cuándo. La aliso con el pulgar, dos veces, hasta que se queda plana. Hay gente que hace la cama de los hoteles antes de salir. Yo alisó esquinas.

La fotocopia se me queda en la mano.

No hay ninguna razón para llevármela. No es una prueba de nada; no hay causa, no hay parte, no hay nadie que la haya solicitado.

Un impreso de trámite traspapelado en un procedimiento sobreseído hace dieciocho años, de un señor que vendía jarabes en un pueblo de doscientos habitantes y que un domingo de mayo decidió que hasta aquí.

Un hombre pidió el papel que decía quién era y a las cinco semanas dejó de serlo. Eso no es una frase: es una coincidencia con dos fechas.

Deformación profesional, me digo, y la doblo en cuatro y me la meto en el bolsillo de la bata.

Son las doce menos cuarto. Me quedan dos legajos si quiero cumplir el parte de la semana y no me apetece que Rosa me pregunte el lunes por qué he cumplido de más, porque Rosa pregunta esas cosas.

Abro el siguiente. Diligencias previas 502/2008. Guantes, bisturí, lámpara.

Y mientras aplano el primer folio con la palma abierta, desde el centro hacia fuera, me oigo tarareando otra vez las tres notas que bajan y se quedan planas, y esta vez tampoco me paro a pensar de quién eran.