20
La policía tardó diecisiete minutos en transformar la clínica en una escena del crimen.
Linda supo la cifra porque alguien la pronunció junto a ella, mientras un paramédico cortaba su blusa por el costado y otro introducía una vía en el brazo derecho.
Diecisiete minutos desde la primera entrada forzada hasta la confirmación de que no quedaban hombres armados circulando por los pasillos.
El dato tenía la limpieza de una estadística, y quizá por eso le resultó insoportable: Susan había tardado menos en morir.
La cubrieron con una sábana isotérmica que no conseguía darle calor. Cuando intentó incorporarse, una mano enguantada la obligó a permanecer tendida.
—Tiene una herida por arma de fuego.
—No ha afectado a ningún órgano vital.
El paramédico la miró con una paciencia que no era amabilidad, sino costumbre.
—Eso lo decidirá alguien con un escáner, no usted.
Linda giró la cabeza.
La sala de LIMBO ya no se parecía al lugar donde Susan había muerto.
La entrada estaba ocupada por agentes con chalecos, las armas recogidas descansaban dentro de bandejas numeradas, las manchas de sangre habían recibido pequeñas balizas amarillas.
Un fotógrafo documentaba la mesa de intervención desde ángulos sucesivos, deteniéndose ante las correas, la aguja caída, el módulo de extracción forzada y la cápsula abierta.
El cuerpo de Susan seguía allí.
Nadie la había cubierto todavía porque todavía pertenecía a la secuencia de hechos. La muerte, antes de convertirse en duelo, debía quedar fijada en imágenes, medida, registrada, protegida de cualquier error que pudiera beneficiar más tarde a los vivos.
Fowler había sido trasladada en una camilla distinta.
Dos agentes caminaron junto a ella mientras el equipo sanitario controlaba las hemorragias del antebrazo, del muslo y de la región infraclavicular.
Conservaba los ojos abiertos. Al pasar cerca de la cápsula de ámbar, giró la cabeza con una rapidez que no tuvo cuando vio el cuerpo de Susan.
—No lo introduzcan en un contenedor metálico —dijo.
Uno de los policías la miró sin comprender.
—Silencio.
—La aleación altera la respuesta.
—Cierre la boca.
Fowler no insistió. Tampoco parecía necesitarlo. Había dicho lo suficiente para dejar una instrucción en el aire, una pequeña semilla de duda entre personas que todavía creían estar recogiendo únicamente restos de vidrio, sangre y tecnología médica ilegal.
Kaflan estaba sentado sobre una camilla plegable en el pasillo, con el brazo izquierdo inmovilizado contra el pecho.
La bala había atravesado tejido blando sin romper el húmero, según escuchó Linda de boca de un sanitario.
El inspector había asentido como si la información se refiriera a otro hombre.
Miraba hacia la sala, no hacia Fowler, no hacia el cadáver de Köller, sino hacia la mesa donde permanecía Susan.
Cuando sus ojos encontraron los de Linda, no dijo nada.
Entre ambos había demasiados cadáveres para iniciar una conversación.
La sacaron de la sala en una camilla. El techo de la clínica pasó sobre ella en placas blancas sucesivas, interrumpidas por detectores de humo, lámparas de emergencia y cámaras que todavía seguían encendidas.
En el corredor principal vio pacientes apoyados contra las paredes, algunos con batas de hospital, otros con abrigos puestos sobre la ropa de dormir.
Una mujer lloraba sin hacer ruido. Un hombre de edad avanzada preguntaba a cada agente si podía llamar a su hija.
Nadie sabía aún quién había acudido a la clínica para recibir tratamiento, quién había pagado por olvidar algo y quién, de entre aquellos rostros desorientados, podía contener recuerdos que nunca le habían pertenecido.
Entre los pacientes trasladados, un sanitario leyó el nombre de Marsha, la americana de Cleveland.
Estaba consciente, pero no recordaba con quién había llegado a Kaunas ni por qué llevaba tres semanas en la clínica.
No era una explicación; bastaba para confirmar que la tercera planta había seguido utilizándose.
Junto al ascensor, una joven enfermera estaba sentada en el suelo, con las manos sobre la cabeza.
—Yo solo preparaba las vías —repetía—. Yo solo preparaba las vías.
Un agente escribía la frase en una libreta.
Linda cerró los ojos.
No quería dormir. Tenía miedo de que, si cedía al cansancio, despertara en otro lugar y aquella sala quedara reducida a una versión menos exacta, más soportable, una narración corregida por la necesidad de seguir funcionando.
Susan había vivido dentro de ese mecanismo.
Había tomado un acto preciso y lo había rodeado de posibilidades hasta hacerlo habitable.
Quizá no sabía.
Quizá no podía intervenir.
Quizá las habrían encontrado de todas formas.
Linda apretó los dientes hasta sentir dolor en la mandíbula.
Susan había dicho que lo sabía.
Aquella frase no admitía anestesia.
La ambulancia esperaba en la entrada principal.
Fuera, la mañana se había vuelto de un blanco uniforme.
Había empezado a nevar sin que nadie dentro lo advirtiera.
No eran copos grandes, sino partículas finas que descendían verticalmente, sin viento, depositándose sobre los coches policiales, sobre el asfalto ennegrecido por los neumáticos y sobre la placa metálica de Aurum Vitae.
Por primera vez, Linda leyó el nombre sin asociarlo con promesas de descanso o reparación.
Oro de la vida.
La nieve empezó a cubrirlo.
Kaflan se negó a ser trasladado hasta que vio sellada la sala de intervención.
No tuvo que discutir demasiado. Los policías que habían llegado pertenecían a su misma unidad y conocían la diferencia entre un herido que actúa por shock y un inspector que, aunque hubiese dejado de ser útil para disparar, todavía comprendía mejor que nadie qué debía impedirse.
—Ese cuerpo se queda solo —dijo, señalando la cámara donde yacía Köller—. Que nadie le retire nada de la mano hasta que llegue la forense. La pieza se embala y se cataloga por separado.
La subinspectora Ugnė Gricius, la primera agente a la que Kaflan había enviado la localización antes de entrar, observó a través del cristal destruido.
—¿Quién es?
—No lo sé.
—Has entrado a tiros en una clínica por un hombre que no sabes quién es.
Kaflan sostuvo su mirada.
—He entrado por una mujer que sí sabía quién era.
Ugnė no preguntó de inmediato. Miró el cabestrillo improvisado, la sangre seca en la manga, la expresión de su jefe, al que hasta aquella mañana había considerado, en el peor de los casos, obstinado y divorciado.
—¿Elada?
Kaflan asintió.
La palabra no abrió nada. Aquello ya estaba abierto desde que la había encontrado bajo la nieve, cerca del lugar donde una ciudad recordaba a un muchacho que había utilizado su propio cuerpo como protesta.
Él no había tenido un cuerpo vivo con el que despedirse.
Solo una estructura ósea, un pendiente ennegrecido y las cicatrices técnicas de una operación que nadie había registrado.
—Ella encontró algo en los archivos. Revísenlos con cuidado. Y no permitan que borren servidores.
—Los técnicos ya están bajando.
—Que no bajen solos.
Ugnė miró hacia el pasillo donde varios sanitarios intentaban estabilizar a Matkius.
—¿Cuánta gente trabajaba en esto?
Kaflan observó la clínica.
Ya no era un edificio silencioso. Las puertas estaban abiertas, los ascensores retenidos por agentes, las habitaciones marcadas una a una con cinta de intervención.
Aun así, conservaba algo de su naturaleza original: los materiales cálidos, las paredes sin esquinas agresivas, el olor a eucalipto que todavía sobrevivía bajo el de la sangre y la pólvora.
—Los suficientes para que pareciera normal.
Linda despertó en el hospital cuando el cielo ya se había oscurecido.
Tenía el costado vendado, la garganta seca y una presión constante en la zona de la herida que convertía cada respiración profunda en una decisión.
Sobre la mesa había un vaso de agua que no recordaba haber pedido y una bolsa transparente con sus pertenencias: teléfono, cartera, el colgante que había tenido que quitarse antes de entrar en el quirófano menor, y la carpeta de Naseda cubierta de manchas marrones.
No estaba sola.
Kaflan ocupaba una silla junto a la ventana. Tenía el brazo en cabestrillo y una carpeta gris sobre las rodillas. La nieve del exterior reflejaba las luces del aparcamiento, dándole al cristal un tono lechoso detrás de su silueta.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Linda.
—Seis horas.
Ella miró hacia la carpeta.
—¿Susan?
Kaflan no respondió enseguida.
—La han trasladado al instituto forense. La autopsia será mañana.
Linda asintió.
No había esperado otra respuesta. Aun así, una parte de ella había necesitado escuchar una formulación administrativa de la muerte, algo con horarios y procedimientos, para creer que Susan ya no permanecía sobre aquella mesa con el cuello abierto y una palabra sin respuesta en los labios.
—¿Fowler?
—Operada. Bajo custodia. Se niega a declarar, salvo cuando alguien menciona el ámbar. Entonces da instrucciones.
—¿Y Köller?
Kaflan dejó la carpeta sobre la mesa.
—Muerto. O eso dice el médico forense que se atrevió a examinarlo.
Linda lo miró.
—¿Se atrevió?
—Su cuerpo tiene inconsistencias. Cicatrices quirúrgicas antiguas que no corresponden con su edad aparente. Injertos, modificaciones óseas, rastros de procedimientos craneales repetidos. Sus documentos dicen una cosa. Su anatomía dice varias.
Linda cerró los ojos un instante.
—El proyecto Bernstein.
—En el archivo hay referencias desde los años cuarenta. No completas. Fowler borró mucho o Köller nunca permitió que existiera por escrito.
—Elada envió los documentos al museo.
Kaflan inclinó la cabeza.
—Sí.
Linda observó su rostro. No encontró alivio. Solo una forma más definida del dolor.
—Lo siento.
Él apoyó la mano sana sobre la carpeta gris.
—Ella sabía que iban a matarla. Y aun así preparó la entrega. Yo había pasado casi dos años pensando que se había marchado porque quiso dejarme, porque había otra vida que no incluía mis defectos ni mis horarios ni mi manera de convertir cualquier conversación en un interrogatorio.
Linda no dijo nada.
—Era más fácil enfadarme con ella que buscar una explicación que pudiera terminar así.
Abrió la carpeta.
En la primera página había una fotografía de la cápsula de ámbar tomada después del tiroteo. Los fragmentos permanecían dentro de un recipiente transparente, no metálico, rodeados de etiquetas de evidencia.
—¿Dónde está ahora?
—En dependencias policiales. Aislado. Fowler casi entró en shock cuando supo que lo habían trasladado.
Linda extendió la mano hacia la fotografía. No la tocó.
—No debería estar allí.
—¿Dónde debería estar?
La pregunta no contenía ironía. Era peor: esperaba una respuesta razonable.
Linda volvió a ver el pulso oscuro entre los fragmentos.
Recordó el momento en que Susan había hablado del niño y aquella materia había respondido.
No sabía si había sido una sincronía del sistema, una descarga residual o algo que la terminología médica de Fowler jamás habría admitido por no poder medirlo.
—No lo sé.
Kaflan asintió.
Esa fue la única respuesta que pareció creer.
Sobre la mesa, el teléfono de Linda vibró.
La pantalla mostró un número de Nueva York.
Después otro mensaje. Después una notificación del museo.
El mundo exterior empezaba a reclamarla: colegas que ignoraban lo ocurrido, vuelos que podían reprogramarse, documentos que alguien esperaba traducir, una vida organizada alrededor de objetos muertos cuya historia podía estudiarse sin que se incorporaran de repente y pidieran perdón.
Linda apagó el teléfono.
—Quiero ver las pruebas cuando pueda caminar.
—No será hoy.
—No he dicho hoy.
Kaflan recogió la carpeta.
Antes de levantarse, sacó de su interior una bolsa de evidencia menor. Contenía un fragmento negro, diminuto, triangular, de no más de un centímetro. Linda sintió que el aire de la habitación se detenía.
—Eso no debería estar aquí.
—Todavía no está aquí oficialmente —dijo Kaflan—.
Lo encontraron adherido al borde de la bata de Susan cuando la prepararon para el traslado.
Iba a ser tratado como un resto carbonizado del equipo.
Lo vi antes de que lo catalogaran. Cuando salgamos de esta habitación lo devolveré al laboratorio para que quede incorporado a las pruebas.
Linda miró el fragmento.
No emitía luz.
No vibraba.
Era, a simple vista, una astilla de ámbar oscurecida por el calor, una impureza mineral que cualquier conservador habría depositado en una caja acolchada y numerado con precisión.
—¿Por qué me lo enseña?
Kaflan se acercó a la mesa y dejó la bolsa junto a la carpeta manchada de sangre.
—Porque cuando lo retiraron del cuerpo de Susan, el monitor que ya estaba desconectado emitió un pulso.
Linda no se movió.
—Eso no puede ocurrir.
—Lo sé.
La nieve golpeó suavemente el vidrio de la ventana.
En la bolsa transparente, el fragmento permaneció inerte. Pensó en Köller, en el instante en que aquello que deseaba absorber se había vuelto inseparable de aquello que necesitaba destruir.
Extendió la mano.
Sus dedos se detuvieron sobre el plástico sin tocarlo.
El ámbar emitió una luz mínima.
No fue un destello. No fue un pulso visible para alguien que no estuviera mirándolo ya con atención. Apenas una modificación de densidad en el negro, una línea interna que apareció y desapareció como el trazo inicial de un electrocardiograma.
Kaflan la vio.
Linda supo que la había visto porque ninguno de los dos respiró durante unos segundos.
—¿Qué queda dentro? —preguntó él.
Linda contempló el fragmento.
La respuesta correcta habría sido ninguna. Un mineral no contiene culpa. Un conductor no recuerda aquello que ha transmitido. Una máquina interrumpida no conserva la forma de las conciencias que han pasado por ella.
Pero Fowler había tenido razón en una sola cosa: todavía no sabían romperlo.
—No lo sé —dijo Linda.
Esta vez, la frase no cerró nada.
Sobre la mesilla del hospital, entre la sangre seca de los documentos y el vaso de agua intacto, el fragmento de ámbar negro volvió a apagarse.
La habitación permaneció en silencio.
Un silencio pequeño, controlado, casi clínico.
El tipo de silencio en el que algo puede seguir vivo sin necesidad de moverse.