La clínica 19 #2
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19 #2

—Usted sí sabía conservar cadáveres.

Fowler abrió los ojos, pero no encontró nada que responder.

Linda casi no escuchaba ya lo que ocurría alrededor.

Todo su cuerpo se había reducido a las manos que apretaban el cuello de Susan.

La hemorragia se había ralentizado, pero no porque estuviera cediendo.

El pulso se agotaba. La sangre salía con intervalos más amplios, menos violentos, y aquel descenso era el dato más definitivo de todos.

—Linda…

Linda no respondió de inmediato.

La voz de Susan había sido apenas una fuga de aire, una vibración húmeda bajo la compresa que ella mantenía presionada contra su cuello. Aflojó los dedos lo justo para comprobar el origen de la hemorragia y volvió a comprimir.

—Susan.

Su amiga movió los labios.

Linda aproximó el oído.

—Lo sabía.

No era una pregunta. Ni siquiera parecía pedir que la oyera. Era la frase que había conseguido atravesar la sangre, los sedantes y el ruido de las armas porque ya no necesitaba protección.

Linda creyó al principio que hablaba del procedimiento, de Fowler, de la clínica. Acercó el oído para no obligarla a repetirlo.

—No hables. No gastes fuerzas.

Susan inspiró. El aire entró con un silbido breve y se detuvo antes de llenar los pulmones.

—Sabía... qué iban a hacerles.

La sala se estrechó alrededor de esa frase.

Linda mantuvo la presión.

La clínica se llenaba de sonidos: órdenes en el vestíbulo, pasos ascendiendo por las escaleras, un hombre gritando que arrojaban las armas, otro pidiendo una ambulancia. Todo llegó amortiguado, como si las paredes se hubieran vuelto más gruesas justo cuando empezaban a abrirse.

—A las dos mujeres —dijo Susan.

Respiró.

El aire entró con dificultad, sin profundidad.

Sus pupilas se desplazaron hacia un punto situado detrás de Linda. Quizá veía a Olena y Kateryna. Quizá solo la puerta 27.

—Al niño. Los mataron. Por mi culpa. Perdóname.

Linda abrió la boca. Sin embargo, no contestó.

No sabía si el perdón podía entregarse en nombre de personas muertas, ni si negarlo en aquel momento habría sido justicia o una forma de crueldad tardía. Susan había sido su amiga. También había sido la mujer que entregó a dos mujeres y a un niño a una red de explotación.

Había esperado encontrar a Susan retenida, manipulada, convertida por otros en algo que no podía reconocer. Había atravesado media Europa con la obstinación de quien cree que la verdad, por desagradable que sea, conservará al menos una parte de la persona a la que intenta salvar.

Ahora la tenía bajo las manos.

No había sido únicamente una víctima.

Eso no anulaba lo que la clínica le había hecho. No devolvía razón a Fowler ni volvía legítimo el hambre de Köller. Pero dejaba entre Linda y la mujer que agonizaba una distancia que ninguna amistad previa podía cerrar con rapidez.

Susan buscó su mano.

Esta vez la alcanzó.

Sus dedos estaban fríos y resbaladizos, débiles hasta el punto de no poder sujetarla. Linda pudo haberse apartado. No lo hizo. Tampoco entrelazó los dedos. Permitió el contacto, nada más.

Susan entendió ese límite.

Quizá por eso la repetición de la última palabra no sonó como una solicitud segura de ser atendida, sino como la constatación de una deuda que ya no tendría tiempo de discutir.

—Perdóname.

Susan no esperó respuesta.

Después de dos latidos, quizá tres, su mirada se desplazó hacia la cápsula de ámbar, donde el pulso oscuro continuaba, casi imperceptible, entre los fragmentos.

Su mano perdió tensión sobre la de Linda.

El monitor de la camilla emitió un tono continuo.

Linda no retiró las manos del cuello hasta que un paramédico entró en la sala y se arrodilló a su lado. Él miró la herida de Susan, después sus pupilas, después el registro plano, y tardó lo justo en hablar para que su silencio pareciera una forma profesional de respeto.

—Doctora, tiene que soltarla. Usted también está herida.

Linda obedeció sin mirarlo.

Al retirar las manos, descubrió la piel de Susan marcada por sus propios dedos: cinco zonas más pálidas alrededor de una herida que ya no podía perder más sangre.

Kaflan estaba sentado contra la pared, con dos agentes presionándole el brazo.

Fowler seguía viva. La habían esposado tumbada, porque nadie se atrevía todavía a incorporarla.

Matkius respiraba boca abajo junto a la consola.

Detrás del cristal destruido, el cuerpo de Köller permanecía encorvado sobre sí mismo, con la mano cerrada alrededor de aquella pieza negra.

Un técnico de emergencias se acercó a él.

—No lo toque —dijo Linda.

El hombre se detuvo.

Linda no supo por qué lo había dicho. Quizá por los documentos de Naseda. Quizá por la luz que todavía nacía dentro de la cápsula. Quizá porque, justo antes de que Susan dejara de respirar, había visto que el ámbar no pulsaba al ritmo de la máquina.

Pulsaba cuando ella hablaba del niño.

Fuera de la sala, la clínica empezaba a ser registrada.

Dentro, bajo una luz quirúrgica que seguía funcionando a pesar de los disparos, Linda contempló a Susan Powell como contemplaría una pieza imposible de clasificar: víctima, responsable, material, cadáver.

No encontró una categoría que la absolviera.

Tampoco una que le permitiera marcharse sin mirar atrás.