La clínica 19
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Fowler disparó primero.

Kaflan se dejó caer sobre el costado derecho y disparó desde el suelo. Estaba herido, pero todavía era capaz de responder.

Los dos estampidos se confundieron en uno solo.

La bala de Fowler alcanzó el soporte metálico de la camilla y salió desviada hacia los paneles del techo, donde abrió un agujero pequeño del que empezaron a caer polvo blanco y fragmentos de aislamiento.

La de Kaflan entró por debajo de la clavícula de la doctora, girándola sobre sí misma antes de hacerla caer contra la cápsula rota del ámbar.

El arma permaneció en su mano.

Durante un instante, Fowler trató de levantarla de nuevo.

No lo hizo con desesperación, sino con una obstinación casi obsesiva, como si la incapacidad de completar aquella tarea fuera un error que todavía pudiese corregirse con disciplina.

Sus dedos cerraron la empuñadura, temblaron una vez y cedieron.

La pistola golpeó el suelo junto a su mejilla.

Kaflan se arrastró hacia ella y apartó el arma de una patada.

—No se mueva.

Fowler respiró a través de los dientes. La sangre se extendía bajo su espalda, penetrando la tela quirúrgica con una lentitud uniforme.

—No sabe lo que ha hecho.

El inspector la miró, y en su rostro no hubo satisfacción, ni siquiera rabia visible. Solo la fatiga exacta de quien ha esperado años una respuesta y, cuando por fin la obtiene, descubre que la respuesta no devuelve nada.

—Sí lo sé.

La mesa de acero que bloqueaba la puerta avanzó otros centímetros.

Alguien disparó desde el pasillo. El proyectil atravesó la hoja lateral del carro y se incrustó en la pared situada detrás de Kaflan. Él giró sobre las rodillas, disparó hacia el hueco abierto y obligó a los hombres a retirarse de nuevo.

—¿Cuántos? —preguntó Linda.

—Al menos dos.

—No puedo moverla.

Kaflan miró hacia Susan.

La sangre ya había empapado la sábana bajo su cuello y descendía por el lateral de la mesa formando gotas gruesas, separadas, cada una demasiado silenciosa para la cantidad de vida que contenía.

Linda seguía comprimiendo la herida con los dedos, aunque el color de sus manos se había vuelto indistinguible del de Susan.

—No la mueva —dijo él.

Linda soltó una risa mínima, sin humor.

—Eso ya lo había deducido.

La puerta volvió a recibir un impacto. Esta vez no fue un cuerpo, sino algo pesado, posiblemente una camilla o un extintor utilizado como ariete. El metal chirrió contra el suelo. Kaflan disparó otra vez y escuchó un gemido al otro lado, seguido de una orden rápida en lituano.

Linda no entendió las palabras, pero entendió la obediencia que provocaron: los pasos se separaron. Uno permaneció frente a la puerta. El otro buscaba otra entrada.

—Van a rodearnos.

Kaflan comprobó el cargador. Quedaban pocos disparos. No dijo cuántos.

Al otro lado del cristal, Köller seguía vivo.

Se había quitado la mitad de los electrodos, arrancándolos con piel y cabello, pero los cables restantes lo mantenían unido al dispositivo como los nervios incompletamente cortados de una amputación.

Su cuerpo se había plegado hacia delante.

La cabeza colgaba entre los hombros y el pecho emitía contracciones cortas, irregulares, en las que cada inspiración parecía requerir una negociación distinta.

La pequeña pieza de ámbar que había caído sobre su camisa estaba apagada.

La cápsula central no.

Entre los fragmentos rotos, la masa negra había vuelto a emitir aquel pulso, primero débil, después regular. No iluminaba la estancia. Solo se señalaba a sí misma.

Köller levantó la cabeza.

Sus ojos encontraron a Fowler en el suelo.

—Corríjalo.

La doctora cerró los párpados durante una fracción de segundo. Cuando volvió a abrirlos, la expresión era la misma que había empleado para hablar de cadáveres bajo la nieve.

—No hay trayecto estable.

—Corríjalo.

—La donante está muriendo.

Köller pareció necesitar tiempo para comprender que la frase no era una objeción técnica, sino la constatación de una pérdida.

—Entonces utilice lo que queda.

Susan abrió los ojos.

Linda lo notó porque la mano suspendida junto a su brazo se movió apenas, no hacia ella, sino en dirección a la voz del anciano.

—No —dijo Susan.

La palabra salió atravesada por un borbotón oscuro. Linda inclinó su rostro hacia un lado para que no aspirara sangre y mantuvo la presión con la otra mano.

—No hables. Susan, no hables.

Pero Susan ya no la escuchaba del todo.

En la superficie brillante del cristal que la separaba de Köller, veía otra cosa. No la sala. No los cables. No a Fowler tendida junto al ámbar. Veía el motel de Chicago después de marcharse.

No había estado allí, y sin embargo el procedimiento le había impuesto la continuación que durante años se había negado a imaginar.

La puerta 27 cerrándose detrás de ella.

Sergei echando la cadena y guardándose la tarjeta de la habitación.

Olena estrechando al niño contra su cuerpo, todavía convencida de que suplicar podía ser útil si elegía correctamente las palabras.

Kateryna entendiendo antes que Olena que no las trasladaban a ningún trabajo.

El segundo hombre bloqueando la salida mientras Sergei recogía los pasaportes de la cómoda.

Y el niño.

El niño no lloraba. Permanecía junto a la puerta, con el llavero azul apretado entre los dedos, esperando que regresara la única persona de aquella habitación que podía salir sin pedir permiso.

Susan había abandonado el aparcamiento antes de oírlo preguntar adónde iba.

Ahora lo oyó.

No dijo su nombre. No podía conocerlo. Preguntó en una lengua que Susan no entendía.

Pero el sentido no necesitaba traducción.

¿Por qué?

Köller se retorció en la silla.

Una sacudida le atravesó la mandíbula, luego el cuello, luego la mitad izquierda del cuerpo.

Intentó ponerse en pie, arrancando consigo los cables aún conectados.

Uno de los monitores cayó al suelo. Otro empezó a emitir una señal plana, no continua, sino interrumpida por espasmos eléctricos que lo devolvían durante segundos a una actividad imposible.

—No es mío —dijo.

Nadie respondió.

—Ese niño no es mío.

Susan giró la cabeza lo mínimo que le permitió el dolor.

—Ahora sí.

Köller la miró.

No hubo comprensión entre ellos.

Köller empezó a convulsionar.

El niño no estaba solo.

—Sáquenlos de mí.

El niño de Berlín permanecía frente a él. El niño de Chicago sostenía aún la puerta.

Eran recuerdos distintos. Köller lo entendió demasiado tarde. Susan no le había transferido a sus víctimas; solo había abierto un acceso que él llevaba décadas manteniendo cerrado.

Los demás niños de su pasado se acercaron hasta ocultarlo.

Köller intentó alcanzar la pieza apagada sobre su pecho. Sus dedos la tocaron y se cerraron alrededor de ella. La cápsula respondió con una fisura limpia, diagonal.

El ámbar central pulsó.

La mano del anciano se contrajo con tal violencia que las falanges quedaron rígidas, curvadas hacia dentro.

El monitor lanzó una secuencia caótica de registros, una actividad breve y excesiva, como si muchas señales diferentes intentaran ocupar a la vez el mismo tejido, como si docenas de conciencias hubieran reclamado el mismo cuerpo.

Su cuerpo se levantó de la silla solo unos centímetros y cayó después con la cabeza ladeada, golpeando el reposabrazos. Mantenía los ojos abiertos.

Luego la pantalla quedó en negro.

No plana.

Negra.

Fowler emitió un sonido ronco.

No lloraba a Köller. Linda lo supo por el modo en que sus ojos se dirigieron a la cápsula, no al cadáver. Observaba el ámbar fracturado con la expresión de quien ha perdido un cuerpo de prueba, pero todavía conserva los datos.

—Apáguelo —ordenó Kaflan.

Fowler no contestó.

—Apáguelo.

—No responde a controles externos.

—Entonces dígame cómo romperlo.

Por primera vez, la doctora sonrió. Fue un gesto muy pequeño, afectado por el dolor, pero no menos limpio.

—Eso es lo que todavía no hemos conseguido averiguar.

El disparo llegó desde una puerta lateral que Linda no había visto.

El cristal que separaba la cámara de Köller de la sala principal se abrió en una telaraña blanca.

Kaflan cayó hacia atrás con un impacto en la protección blanda del hombro ya herido.

No fue una nueva bala: había sido golpeado por el fragmento desprendido del marco al intentar cubrirse.

El tirador, un hombre ancho con uniforme de mantenimiento, apareció detrás del cristal roto, la pistola extendida hacia Linda.

Fowler lo vio.

—La paciente —dijo—. Preserve la paciente.

El hombre dudó.

La orden carecía ya de sentido: Susan no podía preservarse. Pero la clínica había funcionado demasiado tiempo mediante órdenes para que un empleado pudiera distinguir, en mitad de la sangre, cuáles habían dejado de servir.

Kaflan disparó una vez desde el suelo.

El hombre recibió el impacto en el abdomen y cayó de rodillas detrás del cristal, soltando el arma. El ruido hizo que quienes empujaban la puerta principal interrumpieran sus golpes.

Entonces se oyeron las sirenas.

Lejanas al principio. Después más próximas. Varias.

Linda levantó los ojos hacia Kaflan.

Él tenía la pistola todavía alzada, aunque el brazo le temblaba.

—¿Llamó a alguien?

—Antes de entrar —dijo—. Les envié la localización y una parte de los documentos. Les dije que, si no respondía, no esperasen autorización.

La puerta dejó de moverse.

En el pasillo hubo voces. Una discusión breve. Pasos alejándose, otros que no sabían aún si acompañarlos. Desde algún punto inferior del edificio llegó el estrépito de un cristal rompiéndose y una alarma que hasta entonces nadie había activado.

Fowler cerró los ojos.

La clínica no acababa con una explosión ni con el derrumbe de sus paredes.

Acababa de una forma más humillante: perdiendo el control del relato.

En pocos minutos habría uniformes ajenos en sus pasillos, cámaras fotografiando las correas, bolsas transparentes recogiendo jeringas y discos duros, manos sin formación suficiente tocando el ámbar como si se tratara de evidencia y no de una estructura todavía activa.

—No saben conservarlo —murmuró.

Kaflan la apuntó desde el suelo.