18 #2
Ese silencio resultó más grave que el sonido anterior.
Kaflan disparó contra Matkius. La bala le alcanzó bajo la escápula y lo lanzó sobre la consola. La pistola compacta salió de la funda y cayó junto a los controles, pero el programa ya se había activado. En la pantalla surgieron tres líneas que nadie necesitó interpretar del todo:
EXTRACCIÓN FORZADA
RECEPTOR INESTABLE
PÉRDIDA DEL DONANTE: ASUMIBLE
—Hija de puta —dijo Linda.
Fowler no respondió. Sujetaba con los dientes una compresa contra su propio brazo mientras intentaba, con la mano sana, fijar el nivel de transferencia. Sus dedos mancharon de rojo los controles táctiles. La palabra asumible permanecía sobre la pantalla como una firma.
Kaflan cruzó la sala agachado. Una bala procedente del pasillo le rozó el hombro y arrancó tela del abrigo, pero no se detuvo.
Llegó hasta la puerta de servicio, disparó al mecanismo de cierre y empujó una mesa de acero contra el hueco.
Desde el otro lado, alguien chocó contra ella.
Otro disparo atravesó el tablero metálico y pasó por encima de su cabeza.
—No podremos sostener esto —dijo.
Linda ya había encontrado la abrazadera del cable.
No podía abrirla con los dedos. Estaban húmedos, debilitados, incapaces de ejercer la fuerza precisa. Vio la bandeja caída, buscó entre jeringas, cánulas y tijeras, y encontró un bisturí todavía envuelto a medias en su papel esterilizado.
Fowler la vio también.
Ambas llegaron al cable al mismo tiempo.
La doctora intentó apartarla con el brazo herido y perdió el equilibrio.
Linda hundió el bisturí no en ella, sino en el revestimiento grueso del conductor.
La hoja mordió goma negra, después una malla de protección, después algo que produjo un arco eléctrico azul y el olor inmediato de tejido quemado.
Fowler le agarró el pelo y tiró hacia atrás.
Linda cayó contra sus piernas. El bisturí se perdió debajo de la mesa.
—No comprende qué está matando —susurró Fowler.
Linda, con el rostro casi apoyado en el zapato de la doctora, respondió sin aire:
—Sí. A su inversor.
Metió la mano bajo la mesa, no encontró el bisturí, pero sí el pedal de parada y liberación del soporte craneal. Lo presionó.
El motor de extracción se detuvo con un chasquido y la estructura dejó de ejercer presión.
Solo entonces Linda vio el hilo de sangre que descendía desde el punto de entrada hasta el cuello.
La tracción del programa había sacado la aguja de su trayectoria antes de que ella alcanzara el pedal.
La sangre no brotó en cantidad espectacular. Fue peor por su precisión: un chorro breve, arterial, que golpeó la sábana a la altura del cuello y se convirtió enseguida en un flujo continuo bajo la mandíbula.
Fowler se quedó inmóvil.
No porque lo lamentara.
Porque acababa de perder el material.
Susan inspiró con un ruido húmedo.
Linda se arrastró hasta ella y presionó la herida con ambas manos, aunque comprendió al tacto que aquello no era una herida que pudiera cerrarse apretando.
—Susan. Mírame.
Los ojos de Susan se movieron lentamente hacia ella.
Al otro lado del cristal, Köller lanzó un alarido.
No era de dolor. Era de expulsión.
El ámbar negro se fracturó dentro de la cápsula con una línea diagonal, limpia, y la descarga atravesó los electrodos que aún permanecían sujetos a su cráneo.
Su espalda se arqueó. La pieza pequeña suspendida sobre su esternón se encendió con un fulgor oscuro y después cayó sobre su camisa, apagada.
Köller se llevó ambas manos al rostro.
—Sáquenlos —dijo—. Sáquenlos de mí.
Nadie tuvo que preguntar a qué se refería.
Fowler miró a Köller, luego a Susan, luego a la pistola que había salido de la funda de Matkius al caer junto a la consola. La decisión pasó por su rostro sin alterarlo: no salvar, no asistir, no reparar. Concluir.
Se inclinó hacia la pistola.
Kaflan disparó desde la puerta.
La bala impactó en el muslo de Fowler y la derribó junto a la cápsula quebrada. El disparo siguiente procedió del pasillo y alcanzó a Kaflan en el brazo izquierdo. El inspector soltó la pistola, que resbaló varios metros sobre el suelo.
La mesa que bloqueaba la puerta empezó a desplazarse.
Linda escuchó los cuerpos empujando desde fuera, el metal raspando el pavimento, las respiraciones de hombres que todavía obedecían una orden, aunque ya no existiera un procedimiento que proteger.
Miró a Kaflan: estaba de rodillas, intentando recuperar el arma con una mano inútil.
Miró a Fowler: reptaba hacia la pistola de Matkius, arrastrando la pierna herida.
Miró a Susan: su sangre avanzaba entre sus dedos sin reducirse.
Entonces Susan levantó una mano.
No alcanzó a Linda. La dejó suspendida a pocos centímetros de su brazo, temblorosa, como la mano del niño en la memoria.
—Linda...
La voz era apenas aire deformado por la sangre.
Linda sujetó con más fuerza la herida.
—No hables.
Susan intentó tragar. En sus ojos ya no había sedación ni aquella irritación vacía con la que había recibido los primeros residuos de Chicago. Había algo más limitado, más tardío, y por eso mismo más difícil de soportar: comprensión.
La puerta cedió veinte centímetros.
Kaflan alcanzó su pistola.
Fowler alcanzó la suya.
Y en la cápsula abierta, entre los fragmentos del ámbar negro, algo volvió a emitir un pulso.