18
En su memoria siempre había permanecido quieto en el pasillo, aferrado al llavero azul y a la obediencia con que los niños aceptan los lugares que les imponen los adultos.
Pero ahora avanzó sobre la moqueta de rombos y miró directamente al anciano que había irrumpido en aquel recuerdo sin conocer sus reglas.
Köller hizo un movimiento mínimo con la cabeza.
—Retírelo.
Fowler, con el antebrazo atravesado, sostenía la herida contra su abdomen. La sangre empapaba el guante derecho y goteaba desde el borde de la bata, pero su mirada continuaba en los monitores.
—No puede apartarse, no es una imagen independiente.
—Retírelo.
—Lo que ve, forma parte del núcleo.
El niño dio un paso.
En la sala de intervención, el ámbar negro emitió un pulso tan intenso que las lámparas del techo vacilaron. Susan se arqueó sobre la mesa. La aguja fijada bajo el pómulo se desplazó menos de un milímetro, suficiente para que un hilo de sangre descendiera por su mejilla hasta la oreja.
Linda intentó actuar rápido. El movimiento le abrió de nuevo el costado.
Sintió que algo caliente recorría la parte interior del pantalón y tuvo que apoyar una mano sobre el carro de instrumental para no caer.
A dos metros de ella, Susan respiraba con la boca abierta, intentando expulsar una palabra que el dispositivo convertía en impulsos antes de que llegara a tener sonido.
—Desconéctela —dijo Linda.
Fowler la miró como se mira a alguien que propone amputar un miembro sin saber si todavía está irrigado.
—Ya no es posible desconectarla sin destruir el trayecto. Si detenemos el flujo ahora, perderá a los dos
Kaflan no apartaba la pistola de Fowler, pero había aprendido a observar también los reflejos: el cristal, la superficie negra de un monitor apagado, la bandeja metálica donde la doctora había dejado la jeringa. Vio en ella, antes de escucharla, la puerta de servicio abriéndose detrás de él.
Se giró y disparó.
El primer hombre cayó hacia delante, con una pistola en la mano y una tarjeta colgada del cuello.
El segundo no entró; disparó desde el marco.
La bala atravesó una de las pantallas suspendidas, que estalló sobre Susan en un derrame de vidrio y plástico.
Kaflan se dejó caer junto a la mesa quirúrgica y contestó dos veces, obligando al tirador a retroceder.
—¡Al suelo! —gritó a Linda.
Ella ya estaba en el suelo, aunque no por obediencia. Sus piernas habían cedido y ahora se arrastraba hacia Susan con una lentitud indigna, dejando tras de sí una mancha discontinua, oscura sobre el pavimento blanco.
Matkius, tendido junto al panel que había quedado destruido, abrió los ojos. Al incorporarse, la bata se abrió y dejó visible una funda compacta en su cintura.
Había fingido permanecer inconsciente. Lo hizo bien hasta que movió una rodilla.
Linda lo vio levantarse junto al módulo de control auxiliar, una consola más pequeña, protegida por una cubierta transparente.
No necesitó comprender qué iba a hacer. En un lugar como aquel, cualquier mano que alcanzara un interruptor obedecía a una intención incompatible con la supervivencia de Susan.
Cogió del suelo una pinza hemostática y se la lanzó.
La pieza golpeó a Matkius en la sien, sin fuerza suficiente para derribarlo, pero suficiente para desviar su mano. Él se volvió hacia Linda con un gesto que ya no conservaba nada médico.
—No sabe lo que está interrumpiendo.
Linda intentó incorporarse.
—Lo sé perfectamente. Una carnicería con facturas.
Matkius se abalanzó sobre ella.
No buscó el arma. No la necesitaba. Linda sintió sus dedos cerrarse alrededor de su muñeca herida de sangre, luego el golpe de su espalda contra el suelo.
El dolor del costado fue blanco, total, y durante una fracción de segundo el techo se convirtió en una superficie lisa sin profundidad.
Matkius buscó inmovilizarle el brazo, apartarla del módulo, quizá dejarla allí hasta que la hemorragia hiciera el resto.
Linda hundió los dedos de la mano libre en el brazo de su agresor, sin éxito. No tenía suficiente fuerza.
La doctora Fowler, que había dado un paso hacia la consola, soltó un sonido breve, involuntario. Matkius giró la cabeza. Linda aprovechó ese instante para empujar con ambas piernas y liberar la muñeca. No consiguió levantarse, pero sí alcanzar el cable grueso que salía de la cámara del ámbar.
Tiró.
El conector no cedió. Estaba asegurado con una abrazadera de cierre.
Fowler le dio una patada en la mano.
—No toque eso.
Linda levantó la vista. La doctora estaba pálida. No por miedo, sino por pérdida sanguínea; su cuerpo empezaba a disentir de su disciplina.
—¿Cuántos tocó usted antes de enterrarlos?
Fowler la golpeó de nuevo, esta vez en el hombro, y Linda cayó sobre un fragmento de pantalla. Sintió el corte en la palma, pequeño comparado con lo demás.
Al otro lado del cristal, Köller se arrancó uno de los electrodos de la frente.
Sus ojos no estaban en la sala. Seguían en el motel de Chicago.
El niño había llegado hasta la puerta 27.
Puso la mano sobre el picaporte. El llavero azul colgaba entre sus dedos.
Köller retrocedió en su silla.
—Elimine la contaminación —dijo, pero su voz había perdido volumen—. Corte el vector infantil.
Fowler se volvió hacia la pantalla disponible.
—No puedo aislarlo. La memoria no está clasificada por objetos, sino por vínculo causal.
—No me dé una conferencia.
—Usted pidió el núcleo completo.
El niño abrió la puerta.
Susan continuó en Chicago. Vio el marco, la mano pequeña, la luz sucia del pasillo. No vio nada más.
Köller sí.
Al otro lado lo esperaba el niño de Berlín.
Era el mismo que había aparecido junto al escaparate de ropa de la Friedrichstraße: abrigo largo, gorra de lana hundida hasta las cejas y la lesión antigua en la mejilla.
El número cuarenta y siete. No había envejecido.
Conservaba la expresión con que lo había observado desde la acera, como si hubiera reconocido bajo el traje del anciano al médico que aún no había terminado de ser.
Detrás de él no estaba Berlín.
Había nieve endurecida, alambre de espino y dos barracones de madera.
Köller conocía el lugar antes de que apareciera el letrero.
Stutthof no regresó como un paisaje, sino como un inventario: camastros, cubetas esmaltadas, brazaletes numerados, jeringas hervidas, fichas donde la edad ocupaba una casilla y la respuesta al dolor otra.
Los niños salieron del barracón.
No eran una multitud indistinta. Köller reconoció el número que había escrito en cada tarjeta, el ensayo que había autorizado, la dosis que había aumentado para comprobar cuánto tardaba un cuerpo pequeño en dejar de responder.
Algunos conservaban cicatrices. Otros, una delgadez que la memoria no había corregido. Ninguno gritaba.
—Cierre el trayecto —ordenó.
Matkius miró la pantalla.
—No responde.
—Entonces corte la transferencia.
—Si la corto ahora, perderemos la matriz.
Köller giró hacia él un rostro que empezaba a ceder. La piel de las mejillas había perdido tensión; el párpado inferior mostraba una franja húmeda y roja.
—Córtela.
Susan oyó esa frase dentro del motel.
La puerta seguía abierta. Olena mantenía al niño contra su cuerpo.
Kateryna no apartaba la mirada de Susan, no con súplica, sino con una especie de cansancio anticipado, como si ya hubiera entendido que la mujer americana estaba buscando una manera de irse sin parecer culpable.
Sergei permanecía junto a la cómoda, con los pasaportes en la mano.
El niño, sin embargo, ya no miraba a ninguno de ellos.
Miraba a Susan.
Ella intentó retroceder, pero en el recuerdo no tenía cuerpo con el que hacerlo. Solo la presencia insoportable de su decisión, conservada durante años no como trauma, sino como una habitación cerrada por comodidad.
Yo solo reservaba habitaciones.
La frase apareció. Una vez más.
El niño levantó la mano.
No la señaló. Eso habría sido más sencillo. Extendió hacia ella el llavero como quien espera que un adulto haga lo que sabe hacer: abrir una puerta, sacarlo de allí, decidir que una vida importa más que el miedo a quedar implicado.
Susan gritó.
Esta vez el sonido sí llegó a la sala.
El cuerpo se sacudió sobre la mesa, y la banda de la frente arrancó piel en ambas sienes.
El monitor de actividad cerebral lanzó una alarma continua.
El ámbar negro se oscureció hasta parecer opaco, un pequeño órgano necrosado dentro de su cápsula, y enseguida recuperó la luz con una descarga que recorrió los conductores.
Köller convulsionó.
Sus brazos golpearon los reposabrazos. La vía central se arrancó parcialmente y la sangre empezó a acumularse bajo la clavícula, filtrándose por la camisa con una expansión lenta.
La piel de su rostro, que hasta entonces había mantenido una tensión impropia de su edad documental, perdió de pronto su consistencia.
No envejeció de forma teatral; cedió. Las mejillas descendieron, el párpado inferior se retrajo, las manos adquirieron el temblor irregular de un tejido que llevaba demasiado tiempo sostenido por una instrucción externa.
—No —dijo Köller.
Por primera vez, la palabra no fue una orden.
Fowler comprendió lo que estaba ocurriendo. Se lanzó hacia la cámara del ámbar con la mano izquierda y levantó la protección del circuito.
—Matkius, estabilización inversa.
Matkius alcanzó el módulo auxiliar.
Kaflan, desde el suelo, lo vio. Seguía cubriendo la puerta, donde el tirador oculto había vuelto a aparecer. Disparó contra él primero. El proyectil impactó en el hombro del hombre y lo arrojó de nuevo al pasillo. Cuando giró el arma hacia Matkius, ya era tarde.
El médico pulsó el control.
Las correas de Susan se tensaron automáticamente. La aguja profundizó siguiendo el arco metálico que la sujetaba. El módulo vibró bajo la tracción brusca de la extracción forzada; el brazo de fijación cedió una fracción y la punta salió de su trayectoria.
Linda vio cómo el cuerpo de su amiga se elevaba apenas sobre la mesa.
Susan dejó de gritar.