17
Kaja cerró las puertas antes de que Linda y Kaflan llegaran al vestíbulo.
No lo hizo con precipitación. En las cámaras de seguridad, su gesto habría parecido casi banal: una mano sobre el panel oculto bajo el mostrador, dos pulsaciones separadas por una pausa exacta, la mirada fija en la pantalla donde el inspector y la doctora Harris cruzaban la zona exterior de aparcamiento bajo una luz gris de primera hora.
Primero se bloqueó la entrada principal.
Después, las puertas laterales. Luego, los accesos interiores que separaban la zona residencial de la clínica verdadera, esa que no aparecía en los folletos, ni en las visitas guiadas, ni en las fotografías de pacientes sonrientes con batas color crema.
Cinco minutos, había dicho Fowler.
Kaja sabía que podían ser tres, quizá siete si Linda Harris intentaba razonar antes de empujar, quizá menos si Kaflan decidía comportarse como un hombre que acababa de encontrar a su exmujer bajo la nieve y ya no tenía ningún interés en parecer prudente.
Desde fuera, la clínica no cambió. La fachada siguió mostrando la misma discreción cara: vidrio ahumado, piedra clara, la placa metálica con el nombre grabado sin brillo. Nada en aquel edificio indicaba que acababa de convertirse en una caja cerrada desde dentro.
Kaflan lo entendió antes de tocar la puerta.
Linda caminaba a su lado con el abrigo abierto y la carpeta de Naseda bajo el brazo. No le preguntó por Elada. No le preguntó tampoco si estaba preparado. Había preguntas que, formuladas demasiado tarde, dejaban de ser ayuda y se convertían en una manera elegante de retrasar lo inevitable.
—Cuando entremos, no discuta con nadie —dijo Kaflan—. No se separe de mí.
Linda miró las puertas de cristal.
No se abrieron.
—Creo que esa parte acaba de complicarse.
Kaflan apoyó la mano contra el vidrio. Desde el interior, el vestíbulo permanecía visible: el mostrador, la cafetera automática, dos sillones vacíos y una planta ornamental junto a la pared.
También Kaja, de pie detrás de recepción, observándolos sin moverse.
A su derecha esperaba un hombre de traje gris, con un auricular transparente y la chaqueta abrochada pese a la calefacción.
La recepcionista no sonreía.
Eso fue lo primero verdaderamente honesto que Linda vio en ella.
—Ha cerrado. Esa bruja no va a abrirnos —dijo Linda.
—Sí, solo está ganando tiempo.
—¿Tenemos una orden?
Kaflan no apartó la vista de Kaja.
—Tenemos muertos.
Kaflan mostró la placa a través del cristal, a la vez que lo golpeó con la culata de la pistola una sola vez, no para romperlo todavía, sino para que el sonido llegara al otro lado como una notificación formal.
Dentro, Kaja esperó dos segundos antes de pulsar el panel. La entrada principal se abrió, pero ninguna otra puerta lo hizo. El vestíbulo no era una recepción. Era una esclusa.
Linda y Kaflan cruzaron el umbral. En cuanto estuvieron dentro, las hojas se cerraron a su espalda y el mecanismo emitió un golpe seco.
—Inspector Kaflan —dijo Kaja—. Doctora Harris. Siento el incidente de la puerta. Estamos tratando de arreglarlo. Mientras, la clínica permanecerá cerrada.
Kaflan volvió a mostrar la placa sin acercarse al mostrador.
—Necesito acceder a la zona de operaciones. Quiero hablar con la doctora Fowler.
—Eso no será posible.
—No era una pregunta. Abra la puerta interior.
Kaja bajó la mirada hacia la placa, después hacia el rostro de Kaflan. La sonrisa desapareció de su boca sin que su expresión cambiara realmente. Era como ver apagarse un indicador luminoso en una máquina que seguía funcionando.
—Tiene que esperar.
El hombre de traje gris separó ligeramente los brazos. Kaflan vio cómo cargaba el peso sobre la pierna derecha.
No llegó a completar el gesto.
Kaflan sacó la pistola reglamentaria con una rapidez sin teatralidad, un movimiento limpio, casi sobrio, y apuntó al centro del pecho del hombre antes de que este alcanzara lo que llevaba bajo la chaqueta.
—Manos visibles.
El vestíbulo perdió de pronto su función comercial y mostró la geometría real del lugar: dos salidas bloqueadas, un mostrador sólido, un pasillo fuera de alcance y un hombre armado entre ellos y la única puerta útil.
Kaja siguió inmóvil.
—Inspector —dijo—, está cometiendo un error muy grave.
—No. Los errores graves ya los han cometido ustedes.
Kaflan avanzó un paso hacia la recepcionista.
—La tarjeta.
—No tengo acceso a zonas clínicas —dijo Kaja.
El inspector hizo un gesto de desaprobación.
—Kaja.
Kaja mantuvo la mano derecha sobre el mostrador. La izquierda descendió unos centímetros, hacia el cajón situado bajo el panel.
Kaflan desplazó el arma hacia ella.
—Las dos manos arriba.
El vigilante aprovechó ese movimiento. Abrió la chaqueta y sacó una pistola compacta.
Disparó una vez.
Kaflan respondió en el mismo segundo. Su bala alcanzó al hombre bajo el hombro y lo lanzó contra la pared. La del vigilante no llegó hasta el inspector. Linda sintió un golpe lateral, a la altura de las costillas, y chocó contra el mostrador antes de caer sentada.
Linda sintió antes el impacto que el sonido. No cayó de inmediato. Miró hacia abajo con una incomprensión muy breve, como si alguien hubiera derramado un líquido oscuro sobre su blusa.
El proyectil había atravesado el tejido blando en una trayectoria oblicua; no había quedado dentro, pero la sangre salía con una regularidad demasiado rápida para tranquilizarla.
Kaflan apartó el arma del vigilante y la deslizó bajo uno de los sillones. Después se arrodilló junto a Linda.
—Presiona —ordenó Kaflan.
Linda obedeció antes de comprender. Sentada en el suelo, apretó la mano contra la herida. El dolor llegó entonces, no como cuchillo, sino como una expansión abrasiva, una mancha de fuego alojada bajo la piel.
—Puedo caminar.
—Ni se te ocurra moverte.
Kaflan envió desde el teléfono una señal breve. Ya había comunicado la localización antes de entrar, pero los refuerzos tardarían. Guardó el aparato y se volvió hacia Kaja.
—Tarjeta. Planta. Sala.
La recepcionista miró al vigilante, que seguía consciente y comprimía su hombro con la mano sana.
—Aunque llegue, no podrá detenerlo.
—Eso lo decidiré cuando lo vea.
Kaja sacó una tarjeta blanca del bolsillo y la dejó sobre el mostrador.
—Tercera planta. Corredor C. La sala del fondo.
Kaflan tomó la tarjeta y sujetó una brida plástica alrededor de las muñecas de Kaja, fijándola al soporte metálico del mostrador. Luego volvió junto a Linda.
—La policía está en camino. Quédese aquí. Presione la herida y no se levante.
—Salve a Susan.
A pesar de su estado, solo pensaba en su amiga.
La sangre le resbalaba por los dedos, pegajosa, impropiamente cálida en aquel edificio donde todo parecía regulado.
El inspector subió con paso decidido por las escaleras.
Linda esperó hasta dejar de oír sus pasos.
Después se puso en pie.
La clínica se inclinó hacia la izquierda. Apoyó el hombro en la pared, respiró sin llenar del todo los pulmones y siguió el corredor. No intentó alcanzar a Kaflan deprisa. Se limitó a no perder el rastro de puertas que él iba dejando abiertas.
Lo encontró en la tercera planta, ante el último control. La tarjeta de Kaja había permitido pasar junto al ascensor de servicio y abrir dos accesos interiores, pero el lector de la sala LIMBO respondía con una luz roja.
Kaflan la vio llegar y cerró los ojos un instante.
—Déjeme.
—Está sangrando. ¿No puede estarse quieta?
—Y usted está mirando una puerta.
Linda levantó la tapa del lector con la pieza metálica que Naseda utilizaba para abrir fundas de conservación. Detrás había un cable de alimentación y otro, azul, que comunicaba el cierre magnético con el sistema central.
—Si rompe la conexión azul, la cerradura debería liberar el marco.
—¿Debería?
—Los museos también tienen habitaciones que nadie quiere que se abran.
Había visto cerraduras magnéticas en depósitos de museos, vitrinas de alto valor, archivos donde el miedo al robo era más fuerte que el miedo al incendio. Aquello era distinto, pero no lo bastante.
—Dispare al cable azul —dijo.
—¿Está segura?
—No.
Kaflan disparó.
El cierre de la puerta emitió un zumbido agónico y la hoja quedó unos centímetros separada del marco. Kaflan metió los dedos, tiró con el hombro y la abrió lo suficiente para pasar.
Dentro, todo parecía quieto.
Esa fue la primera impresión, falsa y peligrosa. La sala estaba llena de movimiento, pero era un movimiento contenido dentro de funciones: pantallas, electrodos, bombas de perfusión, respiración asistida, manos enguantadas sobre teclados, el ámbar negro latiendo en su cámara transparente.
Susan estaba en la mesa central.
Tenía la cabeza sujeta por una banda, los ojos entreabiertos y una aguja insertada bajo el pómulo derecho, fijada con un soporte articulado. Su rostro no expresaba miedo. Estaba más allá de eso. Parecía escuchar algo que nadie más podía oír.
Al otro lado del cristal, Köller estaba conectado.
No a Susan como se conecta un paciente a un monitor, sino a una estructura preparada para recibir señal: electrodos craneales, vía central, una pieza de ámbar negro más pequeña suspendida sobre el esternón, cables finos entrando en un dispositivo colocado junto a su silla.
El anciano mantenía los ojos abiertos. Miraba a Susan con una concentración sin humanidad visible.
Fowler se volvió despacio.
No parecía sorprendida.
Llevaba la mascarilla puesta, gorro quirúrgico, guantes manchados solo de gel conductor. En su mano derecha sostenía una jeringa.
—Ha llegado tarde, inspector.
Kaflan apuntó a Fowler.
—Apártese de la mesa.
—Si lo interrumpe ahora, puede matarla.
—Usted ya ha matado a demasiados.
Fowler miró a Linda. Sus ojos descendieron hasta la herida, evaluaron la pérdida de sangre y regresaron al rostro con la rapidez de quien calcula un parámetro más.
—Siéntese, doctora Harris. Se está descompensando.
—Qué detalle.
—No era una recomendación compasiva. Era objetiva.
Kaflan avanzó un paso.
—Elada Kaflan. Rebeca Martín. Los cuerpos de la nieve. Los pacientes marcados como lost .
Fowler dejó la jeringa sobre la bandeja con una suavidad insoportable.
—Los cuerpos no eran pacientes cuando los encontró.
—Eran personas.
—Eran fallos.
La palabra quedó suspendida en el aire con más fuerza que un disparo.
Kaflan no movió el arma.
—Repítalo.
—Fueron fallos de integración, de rechazo, de contención. Algunos escaparon antes de completar la reversión. Otros habrían comprometido el programa si alguien los encontraba donde no debía. La nieve hizo lo que hace siempre en esta ciudad: conservar lo suficiente y ocultar el resto.
Linda apoyó la espalda contra la pared. El dolor empezaba a volverse frío en los bordes.
—Usted los sacó de la clínica.
Fowler la miró.
—Yo calmé sus amargos recuerdos.
—Los mató.
La doctora tardó un segundo en responder. No por culpa. Por precisión.
—Sí.
Kaflan apretó la mandíbula.
Fowler continuó, con esa misma voz con la que quizá explicaba riesgos menores en un consentimiento informado.
—Köller, nuestro benefactor, no financia cadáveres.
Financia continuidad. Necesitaba resultados, no escándalos.
Yo le proporcioné ambos: progreso visible y silencio clínico.
Los cuerpos que no servían habrían destruido años de trabajo.
Rebeca fue un error de vigilancia. Elada, un error de acceso.
Su exmujer leyó demasiado y, lo que es peor, entendió lo suficiente.
El nombre de Elada no produjo un temblor en Kaflan. Produjo una quietud absoluta.
—Se va a arrodillar —dijo él—. Ahora.
Fowler no obedeció.
Detrás de ella, Matkius movió una mano hacia el panel.
Linda lo vio.
—¡Kaflan!
El inspector disparó contra el panel técnico. Una pantalla estalló en fragmentos de luz. El ámbar negro emitió un pulso irregular. Susan arqueó apenas la espalda, retenida por las correas.
Köller abrió la boca.
No gritó. Aspiró.
Como alguien que acaba de recibir aire después de muchos minutos bajo el agua.
—No lo entiende —dijo Fowler, y por primera vez su voz perdió la superficie lisa—. No está entrando en ella. Eso era la fase antigua. Eso era torpe. Lo que necesita está dentro de Susan, encapsulado. Un recuerdo moralmente puro en su corrupción. Algo denso. Algo que prende.
—Aléjese.
—Si lo desconecto, él muere.
—Bien.
Köller giró los ojos hacia Kaflan.
—Los muertos no negocian, inspector. Solo esperan turno.
La frase tuvo una sequedad antigua, casi educada.
Susan movió los labios.
Linda se separó de la pared, tambaleándose.
—Susan.
En la cámara transparente, el ámbar negro dejó de latir y se encendió desde el centro, no con luz, sino con una oscuridad iluminada.
Las pantallas que aún funcionaban mostraron líneas superpuestas, registros de actividad que ya no parecían médicos, sino topográficos: mapas de una zona que no debía haber sido abierta.
Susan habló.
No dijo Linda.
No dijo madre.
Dijo un nombre que no había pronunciado en años.
—Olena.
Fowler extendió la mano hacia la aguja.
Kaflan disparó.
La bala le atravesó el antebrazo y la hizo retroceder contra la mesa de instrumental.
Las pinzas cayeron al suelo con un sonido fino, casi musical.
Matkius se lanzó hacia el interruptor de emergencia.
Linda, sin fuerza suficiente para correr, le arrojó la carpeta.
Las hojas se abrieron en el aire como pájaros blancos.
El médico perdió medio segundo apartándolas.
Medio segundo bastó para que Kaflan lo golpeara en la nuca con la pistola.
Köller empezó a reír.
Era una risa baja, seca, sin placer. Más bien el ruido de un mecanismo rozando contra su propia carcasa.
—Ahora ya está dentro —dijo.
Susan abrió los ojos del todo.
La sala desapareció para ella.
O quizá fue la sala la que, por fin, mostró lo que siempre había contenido.
El pasillo del motel estaba allí. La puerta 27. El niño sostenía el llavero azul entre ambas manos. No miraba a Susan.
Miraba a Köller.
Y Köller, al otro lado del cristal, dejó de reír.