12 #2
En la estación, pidió un Bolt. El coche llegó en cuatro minutos: un Toyota gris, limpio, con olor a ambientador de pino y calefacción demasiado alta. El conductor, un hombre joven con la cabeza rapada y una bufanda del Žalgiris Kaunas enrollada en el cuello, confirmó su nombre sin girarse del todo.
—¿Linda?
—Sí.
—¿A la universidad? —preguntó en un perfecto inglés.
—Sí. Facultad de Filología.
El coche avanzó hacia el centro. Vilnius no se parecía a Kaunas en la manera de administrar su pasado.
Kaunas parecía conservarlo por resistencia; Vilnius lo exhibía con una naturalidad más peligrosa.
Iglesias, fachadas barrocas, calles estrechas, patios interiores, cafés con cristales empañados, estudiantes que caminaban deprisa con mochilas y vasos de cartón.
Linda miraba por la ventanilla mientras el conductor hablaba de Bolt con orgullo práctico, como si la aplicación fuese una infraestructura más fiable que el clima.
El coche la dejó cerca de la universidad.
La calle estaba llena de gente, pero el frío imponía una distancia entre los cuerpos.
Linda caminó con el bolso sujeto contra el costado.
Había aprendido en Nueva York a identificar una mirada que permanecía demasiado tiempo sobre una persona, pero allí no percibió vigilancia.
Percibió algo distinto: la sensación de que la ciudad contenía más habitaciones de las que mostraba.
El encuentro ocurrió en una esquina, junto a una librería universitaria.
Linda se apartó para dejar pasar a un hombre que salía de un coche negro.
Era alto, de complexión contenida, vestido con un abrigo oscuro de corte impecable y guantes de cuero.
No tenía la fragilidad de un anciano corriente, aunque la cara indicaba una edad avanzada, quizá más por la calidad de la piel que por las arrugas.
Caminaba con lentitud, pero no con debilidad.
Cada movimiento parecía calculado para no malgastar energía.
Sus ojos se cruzaron durante menos de un segundo.
Linda sintió un rechazo inmediato, físico, previo a cualquier razonamiento. No fue miedo. Fue una advertencia sin palabras, algo parecido a la repulsión que produce encontrar un instrumento quirúrgico donde debería haber cubiertos.
El hombre inclinó apenas la cabeza, con una cortesía europea, seca, antigua.
Linda respondió por reflejo.
Él continuó caminando hacia una calle lateral, acompañado por un hombre más joven que no dijo nada. Al pasar junto a ella, dejó un olor casi imperceptible: colonia cara, lana húmeda y algo medicinal, una nota estéril que le recordó a los pasillos de Aurum Vitae.
Linda se quedó quieta.
No sabía quién era. No tenía motivos para seguirlo.
Sin embargo, durante unos segundos, toda su atención se concentró en la espalda de aquel viejo siniestro, en la forma en que su acompañante adaptaba el paso al suyo, no por respeto, sino por vigilancia.
El anciano no parecía protegido. Parecía transportado con cuidado.
El teléfono vibró.
Un mensaje de Naseda: Vaitkus la espera. No mencione la clínica.
Linda guardó el móvil y entró en el edificio.
Jonas Vaitkus tenía el despacho en una zona antigua de la facultad, al final de un pasillo donde las puertas conservaban placas metálicas con nombres que parecían anteriores a la independencia del país.
Era un hombre muy anciano, pequeño, con las manos deformadas por la artritis y una lucidez que compensaba cualquier deterioro corporal.
Llevaba un jersey gris bajo la chaqueta y unas gafas de montura gruesa. Al verla entrar, se levantó a medias.
—Doctora Harris.
—Profesor Vaitkus.
—Naseda dice que trae usted piedras.
—Fotografías. Y calcos.
—Mejor. Las piedras tienen memoria de propietarios. Las fotografías son más educadas.
Linda no supo si era una broma. Le entregó el sobre.
Vaitkus colocó las imágenes sobre la mesa, encendió una lámpara articulada y sacó una lupa rectangular. Al principio trabajó con curiosidad profesional. Ajustó la luz, separó las fotografías por tamaño, comparó tres signos, tomó notas en una libreta. Después dejó de escribir.
Linda vio el cambio con claridad.
No fue una reacción teatral. No palideció de golpe ni apartó las imágenes como si quemaran. Simplemente retiró la mano izquierda de la mesa y la escondió bajo el borde del escritorio. Un gesto mínimo. Defensivo.
—¿Profesor?
Vaitkus no contestó.
Cogió otra fotografía. La acercó mucho. Sus labios se movieron sin emitir sonido. Después abrió un cajón, sacó un cuaderno viejo, encuadernado en tela azul, y buscó entre hojas llenas de anotaciones manuscritas. Linda reconoció signos similares, no iguales. Familias de marcas. Parentescos gráficos.
—No es lituano medieval —dijo por fin.
—¿Prusiano antiguo?
—No.
—¿Letón arcaico?
Vaitkus negó con la cabeza.
—Eso sería más sencillo. Esto imita una escritura. Usa fragmentos bálticos como quien usa piel ajena para cubrir una máquina.
Linda sintió que la frase descendía despacio.
—Entonces, ¿qué es?
Vaitkus se quitó las gafas. Las limpió, aunque no estaban sucias.
—Una variación de un sistema de notación. Muy raro. Lo he visto una sola vez en mi vida. Pero no en manuscritos religiosos. Ni en documentos medievales.
—¿Dónde?
El anciano miró hacia la puerta cerrada.
—En copias soviéticas de registros médicos experimentales alemanes. Años cuarenta. Material incautado después de la guerra. Parte de ello terminó en archivos de Moscú, otra parte en Vilnius, y según se rumoreaba, otra parte desapareció antes de ser catalogada.
Linda no respiró durante un segundo.
—¿Registros médicos?
—Sí.
—¿Qué anotaban?
Vaitkus volvió a mirar las fotografías. Señaló una secuencia de cortes diminutos en el ámbar.
—No estoy seguro de la traducción completa. Esto no es una frase normal. Es una codificación funcional. Aquí hay una referencia a sujeto emisor. Aquí, a compatibilidad. Aquí… —se detuvo—. Aquí dice algo parecido a memoria retenida o residuo mnésico.
Linda pensó en Susan mirando el suelo.
—¿Y esta inscripción? —preguntó, señalando una de las ampliaciones.
Vaitkus la observó largo rato. Cuando habló, su voz se había vuelto más baja.
—No es una advertencia. Es una clasificación.
—Tradúzcala.
—No puedo con seguridad.
—Profesor.
El anciano cerró los ojos un instante, como si le molestara más comprender que equivocarse.
—«Receptor viable bajo contaminación moral compatible». O quizá «afinidad moral». El término está deformado. No pertenece a la medicina. Tampoco a la lingüística.
Linda sintió una presión seca bajo las costillas.
—¿Contaminación moral?
—Los médicos alemanes eran muy buenos inventando palabras para no escribir crimen.
El silencio posterior no fue académico. Fue un silencio de sótano.
Vaitkus recogió despacio las fotografías, pero no se las devolvió de inmediato.
—¿De dónde sacó usted esto?
Linda metió la mano en el bolso y le entregó la tarjeta de Naseda.
—Pensó que se lo dijo Naseda. El Museo del Diablo. Kaunas. Es una donación anónima.
El profesor leyó el nombre. No pareció tranquilizarse.
—Dígale a Naseda que cierre el archivo.
—No puedo hacer eso.
—Entonces dígale que no guarde las piedras en el museo.
—¿Por qué?
Vaitkus levantó la vista. Sus ojos eran claros, acuosos, demasiado viejos para fingir.
—Porque si alguien las mandó allí, no fue para conservarlas. Fue para que alguien las encontrara e hiciera algo con ellas.
Linda guardó las fotografías. Al hacerlo, una de ellas resbaló y quedó sobre la mesa, boca arriba. La inscripción ampliada parecía una línea de sutura sobre tejido muerto.
—¿Quién podría leer esto completo? —preguntó.
Vaitkus no respondió de inmediato.
Su mirada parecía en otra parte.
—Nadie vivo debería leerlo completo —dijo—. Tenga cuidado con esos documentos. Si alguien hace preguntas, nunca nos hemos visto.