La clínica 12
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El Museo del Diablo abría tarde en invierno, pero Naseda ya estaba dentro cuando Linda llegó.

Se encontraba solo, con el abrigo puesto y una taza de café intacta junto al ordenador de recepción.

No parecía un hombre que hubiese pasado la noche allí; parecía un hombre que no había encontrado una razón suficiente para irse.

Las salas permanecían apagadas, salvo por algunas vitrinas del fondo, donde los diablos tallados en madera, cerámica y metal conservaban esa paciencia de los objetos antiguos que no necesitan moverse para resultar ofensivos.

Había diablos campesinos, diablos con sombrero, diablos grotescos que mostraban la lengua, diablos casi cómicos cuya sonrisa, fuera del folclore que la justificaba, adquiría un tono macabro.

Linda se detuvo un instante ante uno de ellos: una figura negra, de cuello largo, que sostenía entre las manos una bolsa demasiado parecida a un corazón.

—No tenemos mucho tiempo —dijo Naseda desde el umbral de su despacho.

No la saludó con cortesía académica. Tampoco se disculpó. Aquello, en él, constituía una confesión suficiente.

Linda lo siguió.

El despacho estaba más desordenado que la última vez.

Había carpetas abiertas, fotografías impresas, ampliaciones de inscripciones y una caja de conservación acolchada sobre la mesa.

Naseda había separado el material en tres grupos: documentos alemanes, fotografías de laboratorio y fragmentos de ámbar oscuro, casi negros, cuya superficie parecía absorber la luz con una eficacia mineral.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Linda.

Naseda cerró la puerta antes de responder.

—He llamado a dos colegas. Uno en Riga. Otro en Tartu. Los dos se negaron a verlo cuando les envié la primera fotografía. No dijeron que no pudieran leerlo. Eso habría sido normal. Dijeron que no querían leerlo.

Linda observó los fragmentos.

—Eso no es una respuesta científica.

—No. Es una respuesta humana.

Naseda abrió una carpeta y sacó una funda transparente.

Dentro había una lámina fotográfica donde el ámbar aparecía ampliado hasta perder cualquier belleza.

La inscripción, bajo esa proximidad, se convertía en una sucesión de cortes, puntos y pequeños signos angulares.

No parecían letras. Parecían instrucciones comprimidas.

—La única persona que podría orientarnos está en Vilnius —dijo él—.

En la Universidad. Concretamente, en el Instituto de Lenguas y Culturas del Báltico, adscrito a la Facultad de Filología.

Se llama Jonas Vaitkus. Está jubilado formalmente, pero conserva despacho, alumnos y enemigos.

Es especialista en lenguas bálticas medievales, paleografía prusiana, glosas marginales en textos religiosos.

Si él no sabe qué es esto, nadie en Lituania lo sabrá.

—¿Le ha hablado de mí?

—Le he dicho que una antropóloga americana necesitaba una consulta urgente. No le he enviado las imágenes buenas. Solo una muestra borrosa.

—¿Y aceptó?

Naseda miró hacia la caja acolchada.

—Aceptó demasiado rápido.

Linda no respondió. Había aprendido que, en ciertas investigaciones, la rapidez de una respuesta podía ser más inquietante que el silencio.

Naseda le entregó un sobre rígido con copias de trabajo, una memoria USB y una tarjeta escrita a mano con una dirección en Vilnius. Después, con un gesto casi paternal, colocó encima una segunda tarjeta, la suya.

—Si ocurre algo, use mi nombre.

—¿Qué puede ocurrir?

El director del museo sostuvo la mirada unos segundos. Tenía ojeras profundas, no por cansancio físico, sino por la acumulación de una idea imposible.

—Cuando mi padre era niño —dijo—, su madre le prohibía tocar el ámbar negro. Decía que algunas piedras no conservan insectos, sino cosas que no han terminado de morir.

Linda habría sonreído en otro momento. Lo habría archivado como superstición local, material folclórico, una forma hermosa y primitiva de explicar la oscuridad de una resina. Pero la frase permaneció entre ambos con una densidad que no pertenecía al folclore.

—Eso no es académico, Gabrielius.

—No. Por eso se lo cuento ahora.

Linda guardó el sobre en su bolso. Mientras lo hacía, notó el peso de los documentos como una presencia orgánica, impropia de papel y plástico.

Salió del museo poco después. En la calle, Kaunas tenía esa luz baja de los días que no terminan de amanecer.

Pidió un coche hasta la estación y, durante el trayecto, revisó en el móvil la mejor manera de moverse en Vilnius.

Había esperado encontrar una predominancia de taxis tradicionales o alguna versión local del caos turístico que acompaña siempre a las capitales, pero la respuesta se repetía en foros, páginas de viaje y recomendaciones institucionales: Bolt.

Bolt para ir de un punto a otro, Bolt para no negociar precios, Bolt para moverse sin explicar demasiado.

Ya había visto decenas de ellos por Kaunas, aunque no había necesitado ninguno por las cortas distancias.

La aplicación le resultó familiar, aunque no fuese Uber.

Había leído que era estonia, nacida en Tallin, extendida por esa Europa oriental que nunca se veía a sí misma como periferia, sino como frontera eficiente entre sistemas que habían aprendido a desconfiar de todo lo centralizado.

El mapa mostraba coches verdes desplazándose por la ciudad con la precisión de glóbulos en un torrente digital.

En el tren hacia Vilnius, Linda apoyó la cabeza contra la ventanilla.

La nieve vieja se acumulaba junto a las vías en franjas grises, mezclada con tierra, sal y restos de combustible.

De vez en cuando aparecía una casa aislada, una nave industrial, un bosque de abedules cuya verticalidad repetida tenía algo de registro cardiográfico.

Linda abrió la carpeta de Naseda, pero no consiguió leer.

Los signos del ámbar volvían a ordenarse ante sus ojos como si esperasen una traducción que no fuera lingüística.

Entonces pensó en Susan.

La había visto por última vez dos días antes.

La clínica había permitido la visita con una facilidad sospechosa, como si alguien hubiese decidido que Linda necesitaba contemplar el resultado parcial de un proceso para comprender menos, no más.

Susan estaba en su habitación, sentada junto a la ventana, con una manta sobre las piernas y el cabello recogido de cualquier manera.

La delgadez no la afeaba; hacía algo peor.

Le retiraba la casualidad al rostro. Los pómulos se habían marcado con una exactitud anatómica, la piel había adquirido un blanco sin circulación aparente y los ojos, aunque seguían siendo los de Susan, parecían mirar desde un lugar ligeramente posterior.

—Es duro el tratamiento, ¿verdad? —había preguntado Linda.

Susan tardó en contestar. No porque buscara palabras, sino porque parecía valorar si merecía la pena utilizarlas.

—¿Duro? Es un infierno. Apenas me reconozco.

Linda se sentó a su lado. Había querido abrazarla y no lo hizo de inmediato.

En circunstancias normales, Susan habría rechazado cualquier gesto de protección con una broma obscena o una imitación cruel de alguna antigua profesora.

Pero aquella Susan no rechazaba nada. Eso era precisamente lo intolerable.

—¿Y las pérdidas de memoria?

—Ahí siguen.

—Podrías eliminar los malos momentos.

Susan volvió la cabeza hacia ella. La preocupación apareció tarde en su cara, como si hubiera recibido la emoción con retraso.

—Eso no se elige, Linda. Ellos dicen que sí, pero no se elige. Siento como si cada día desapareciera una parte de mí.

Linda miró su abdomen, bajo la manta. Tocó con cuidado la zona del ombligo, sin rozar las heridas.

—Una buena parte de ti se ha ido.

Susan bajó la vista.

—Cuatro kilos, para ser exactos.

—¿Tanto?

—Creo que han hecho una barbacoa con ellos.

Linda había reído porque la alternativa era vigilar el modo en que su amiga desaparecía sin levantarse de la cama. Susan seguía teniendo aquel humor extraño, seco, casi indecente, como una lámpara encendida en una habitación que ya había sido abandonada.

Después entró una empleada con bata verde y una bandeja de comida.

—Es la hora del almuerzo.

—No tengo hambre.

—Como siempre, lo dejo aquí y, cuando vuelva, seguro que me encuentro los platos vacíos.

La mujer no se fue al instante. Esperó. Linda observó esa espera con una atención que le enfrió el estómago. Susan tomó la cuchara, sopló sobre el cuenco y sonrió con docilidad.

—Está bastante caliente. Esperaré a que se enfríe un poco.

—Dicen que hoy está delicioso.

Cuando la puerta se cerró, Susan se levantó con un esfuerzo que le humedeció la frente, cogió el cuenco y lo vació en el inodoro.

—¿Qué diablos haces? —susurró Linda.

Susan tiró de la cadena.

—La comida no me sienta bien. El estómago aún se tiene que acomodar.

—Tienes que comer algo.

—No la tiro siempre.

—¿Seguro?

—Confía en mí. ¿Te he mentido alguna vez?

Linda había pensado un instante.

—Richard Franklin.

Susan parpadeó.

—¿Quién es ese?

—No. De ese sí tienes que acordarte.

—¿Franklenstein?

Linda se había permitido sonreír.

—Me mentiste. Dijiste que no habías tenido nada con él.

—Por el amor de Dios. Estaba desesperada. Era ingenua. No pude elegirlo más feo.

—Lo negaste una y otra vez.

—Y lo seguiré negando. ¿Por qué no se habrá ido ese recuerdo? Si hay algo que quiero olvidar en este momento es la cara de Franklenstein.

Linda pidió la tarta de queso. Susan se la cedió sin protestar.

—Muy mal tienes que estar para no comerte los postres.

—Creo que lleva café.

En el asiento del tren, Linda recordó el sabor marrón, dulce, ligeramente amargo. Recordó a Susan mirándola comer con una sonrisa minúscula, no exactamente alegre, no exactamente triste, sino predictiva: como si estuviera registrando una conducta externa para imitarla después.

El tren entró en Vilnius con una vibración suave.

Linda cerró la carpeta.